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29 de septiembre de 2015

Lo Oculto

Lucien Lévy-Dhurmer, Portrait of a young woman, sf

Puede ocurrir en cualquier momento, aunque a menudo sucede cerca de los equinoccios que anuncian la llegada de la época oscura y luminosa del año; derrepente nos damos cuenta de que en un descuido hemos perdido algo por el camino, que quizá nos hemos dejado algo demasiado importante atrás. Una parte de nosotros se ha cansado de que tiráramos de ella hacia ningún lugar y ha aprovechado nuestra falta de atención para escapar porque, al menos, ella tenía claro a dónde quería ir. 

Repentinamente espantados percibimos que algo importante ya no está ahí, y de paso nos damos cuenta de lo cansados que estamos, de las mil maneras en las que nos hemos forzado más allá de lo aceptable o dejado caer en la apatía, y nos invade el deseo de reencuentro con nosotros mismos, la necesidad de volver a "casa", de "reconectar"...
Otras veces poco tiene que ver con lo estacional, puede que hayamos estado demasiado tiempo encerrados en una habitación concreta de nuestra mente, tratando ciertos temas, y es hora de abrir las ventanas para que entren el aire y la luz y nuevas ideas y formas de ver las cosas. O bien puede que hayamos estado pidiendo/exigiendo peras a los olmos hasta que tras acumular mucha frustración terminamos por aceptar que los olmos son lo que son y ni dan peras ni  las pueden dar, y que, por otra parte, posiblemente nosotros no necesitamos peras para nada.

Sea como sea, en un momento de lucidez decidimos romper con nuestra obcecación, inercia o letargia y dejarnos guiar por las señales que marcan el camino al lugar seguro en el que podremos recuperar aquello que ahora sentimos ausente, recuperándonos a cada paso. Los procesos de desgaste y renovación se repiten cíclicamente en nuestras vidas, y al final uno termina por tener sus propios trucos para no perder del todo el hilo de su existencia... 

Mi último extravío se veía venir, y no me pilló tan desprevenida. Hacía falta mucha limpieza, incluso es posible que algo más de lo habitual en estos casos, pero con la mera limpieza no basta. Es necesario también algo de inspiración, algo distinto a nosotros, que no esté demasiado desgastado - ni saturado por los efectos del filtro instagram-, un diálogo para poner a circular las ideas. 

Por esto decidí recuperar "Lo Oculto", de Colin Wilson; un ensayo publicado en 1971 que defiende que tras fenómenos considerados paranormales se encuentra un cúmulo de potencialidades del ser humano y su conciencia. A lo largo de esta obra, Wilson relata una muy personal  "historia de la magia", y emplea detalles biográficos de personajes como John Dee, Dion Fortune, Cagliostro, Crowley o Agripa, además de abundantes citas y documentación de otros personajes históricos. 

Escogí este libro para recuperar el hilo de mi relación con lo oculto porque era una recomendación común dentro de algunos círculos en los que me moví hace años, y me apetecía reencontrarme con él a la luz de un sentido de la crítica más desarrollado de lo que por aquel entonces se consideraba apropiado. Algo maravilloso de los libros es que nos permiten ser más receptivos y pacientes de lo que tal vez lo seríamos si aquellos que los escribieron nos hablaran directamente, aún contándonos las mismas cosas. 

Tal como sospechaba, en muchos aspectos no puedo estar más en desacuerdo con Wilson, que - como muchos otros autores- parece haber construido su "historia" tomando  hechos y documentos sueltos y ordenándolos a su gusto, como ejemplos ilustrativos de un discurso subjetivo (por no hablar de lo machista, o de la manía que demuestra al politeísmo). Sin embargo Lo Oculto es también una interesante miscelánea de temática oculta y personajes, y aunque de lo que cuenta personalmente me creo a penas una cuarta parte, está bien contado. Por supuesto, nadie le quita los documentos y las cuestiones planteadas (aún cuándo las respuestas ofrecidas no nos satisfagan), y alguna que otra cosa con la que sí estoy de acuerdo, como el fragmento que sigue, que tiene que ver, en parte, con la reconexión de la que hablaba más arriba;

"El problema del hombre no es su incapacidad para alcanzar la concentración con la que podría sacar máximo provecho a sus poderes, sino su ignorancia sobre lo que dicha concentración es capaz de conseguir. Y esta noción deriva en una formulación de vital importancia: el "ocultismo" no es un intento de descorrer el velo de lo desconocido, sino simplemente el de la banalidad que llamamos "presente".

El mecanismo básico para conseguirlo es muy simple. Por lo general soy un hombre "encerrado en mí mismo". Si no tengo nada en especial que hacer , simplemente permito que mi mente divague; suelo pensar en algún cotilleo, o intento recordar las palabras de alguna canción popular; puedo meditar sobre alguna preocupación o resentimiento, o acerca de un programa que vi en la televisión la noche anterior. Yo elijo la finalidad con que utilizo mi consciencia. Podría decir que la consciencia es como una caja, y que yo determino lo que coloco en su interior.

Ahora supongamos que estoy dando un paseo en Lake District. Contemplo un paisaje impresionante, pero a través de una especie de velo, el velo de mí mismo y mis triviales preocupaciones. Estoy permitiendo que las imágenes se asocien a "vibraciones" mediocres.

Consideremos ahora lo que sucede si el paisaje que contemplo se relaciona con una vibración más profunda. Supongamos, por ejemplo, que mientras admiro los páramos que circundan Haworth Parsonage la imagen me hace pensar en Cumbres Borrascosas y la tragedia de las Brontë. ¿Qué sucede cuando experimento la repentina vibración de la gravedad? Simplemente que soy rescatado de mi visión personal y limitada de la vida, una visión comparable a la que tendría un gusano desde la tierra; sucede que recuerdo que la vida es mucho más grande, más excitante, más importante, más trágica de lo que había percibido. En realidad, yo lo "había sabido" siempre, pero me había permitido "olvidarlo".

El arte funciona así: nos rescata de la trivialidad que nosotros mismos elegimos, esa trivialidad a la que tan proclives somos; se parece a una nota grave de órgano que nos pone los pelos de punta y provoca un escalofrío que nos recorre todo el cuerpo. Nos "alejamos" de la vida como una cámara que realiza un plano general con un gran angular. Sencillamente tomamos consciencia de más realidad que antes. (...) "
 Lo Oculto, Colin Wilson
Arkano Books, Madrid, 2006

23 de agosto de 2014

El dios vencido

Gleaning, Arthur Huges (1832-1915)


"Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones. Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo."
La savia de los almendros. Crónica de la primavera.

Hay algo en los campos cuando, al caer la tarde, salgo a pasear por los caminos de tierra que los rodean. Vemos al trigo crecer verde y tornarse dorado, caer bajo la hoz y convertirse en montones de paja amontonados en los mismos campos en los que  meses atrás germinó la semilla de la que procedía. Es el dios vencido - por sí mismo -, el grano sacrificado convertido en símbolo de todo aquello que muere para que el resto de criaturas se alimenten, que nos recuerda que un día también nosotros entregaremos nuestro último aliento para volver a la tierra. En los márgenes de los campos un viento fresco agita sombras entre las cañas, y en el cielo nubes grises anuncian anticipadamente el tránsito a la época oscura del año. El guardián del umbral espera, aún cuando no se manifieste.

Hay matices en el desarrollo de nuestra práctica mágica/espiritual que no aparecen en los manuales, del mismo modo que ningún tratado genérico hablaría de las relaciones concretas que tenemos con nuestro círculo cercano. En muchas ocasiones sería más conveniente dejar de lado las explicaciones dadas y abrirse a la experiencia directa. Y cuando hablo de las "explicaciones dadas" no me refiero sólo a las que recibimos, sino también a las que por alguna extraña razón nos vemos impelidos a dar.  

Este año me he encontrando explorando el ciclo sobre-tierra y ha sido algo agotador, seguramente por primeriza, y por no tener detrás el entrenamiento más adecuado (y no me refiero a que no tenga el conocimiento necesario, sino a ciertas lagunas de disciplina...). Si estuviera en un tablero de la oca, hace días que habría pisado la casilla de la muerte, para empezar el viaje desde cero. Pero si lo que llega ahora es la cosecha, es lo que tiene sentido e incluso prefiero que sea así, ha habido muchas cosas en este recorrido y quisiera vivirlas plenamente antes de pasar a otro orden de cosas.

En estas fechas muchos paganos celebran la abundancia de la cosecha como resultado de sus esfuerzos, y también como una muestra de generosidad de la naturaleza. Pero de unos años a esta parte prevalece para mí en este momento la noción del sacrificio y de la entrega, más allá de la analogía en el reino natural, en relación con la necesidad de desapego. Es posible que al tener la atención en la parte del ciclo que transcurre Sobre-Tierra estos conceptos resuenen aún con más fuerza. En el momento de la cosecha el grano se sacrifica en su momento óptimo, da lo mejor de sí. Podría seguir vivo, pero entonces simplemente se iría marchitando y acabaría cayendo de todos modos, pero su descomposición sólo alimentaría a la tierra. 

En el ciclo del héroe, el joven acumula méritos hasta convertirse en héroe y en no pocas ocasiones su gesta consiste en desplazar a un antiguo rey que ha olvidado que su función es servir al pueblo, y se aferra al poder, corrompiéndolo. Una vez el héroe deviene rey deberá evitar acabar convirtiéndose en el mismo mal que un día llegó a combatir; y la única manera de hacerlo es recordar a quien sirve, y aprender a dejar ir. Después de entregar todo lo que tiene, como el alma descarnada, puede adentrarse en la segunda parte de la historia, la que discurre por los reinos internos, Bajo Tierra.

Escribió C.G: Jung, a raíz de este punto de inflexión existencial: "El Sol contrae los rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo". Jung, en 1930, se refería con esto a la segunda etapa de la vida adulta. Sin embargo, del mismo modo que aunque consideremos la primavera  análoga a la juventud y el invierno a la vejez, las estaciones se van sucediendo a lo largo de nuestros años, también las diferentes etapas del ciclo se suceden varias veces a lo largo de las vidas de cada individuo. Simplemente, destilamos más o menos aprendizaje de ellas en función de nuestra madurez y atención al fenómeno (que es lo mismo que decir que para muchos pasan tan inadvertidas como las estaciones).

El dios que se vence a sí mismo (que vence su apego y se entrega a la transformación) es recibido por el bosque, por las sombras que se alargaran cada día que pase. El dios de la época oscura del año no es sólo el devorador, sino el sabio que domina aquellos aspectos desconocidos para el que sólo ha desarrollado su ser en las etapas externas del camino, a través del aprendizaje efectuado en el encuentro. La experiencia del rey que ha muerto pasará así a formar parte del aprendizaje acumulado por las generaciones de reyes, alimentará el legado de su función y será la herencia que esperará al próximo joven que comprenda y asuma el destino siempre transitorio del monarca.

Hablaba párrafos arriba de cómo a menudo nos complicamos la vida o nos desgastamos por tratar de dar explicaciones innecesarias. El lenguaje de la parte del ciclo que se desarrolla Sobre Tierra es, antes que cualquier otra cosa, el de la acción. El rey no explica, actúa; no intenta convencer, sino que muestra con el ejemplo la posibilidad que ha escogido encarnar. En el ciclo del héroe el rey es esencialmente un servidor, y el poder que ejerce en un territorio, un préstamo. Del mismo modo, nosotros tenemos un cuerpo y una personalidad que habrán de desintegrarse al final de nuestros días. 

A  escala menor, cada uno de nosotros asume roles o posiciones que en un momento dado, ya sea con violencia o con naturalidad, deberá dejar atrás. Cada vez que nos encontramos con una de estas situaciones conviene preguntarnos a qué servimos (porqué empezamos a caminar, cuál es el objeto de nuestra búsqueda, en qué creemos, cuáles son nuestros ideales...) y actuar en consecuencia, dejando ir y entregándonos  sin reticencias a la transformación.

Puede que, como decía más arriba, la secuencia nos deje la sensación de haber pisado la casilla de la muerte para volver al principio, puede que implique un pequeño o gran sacrificio, pero el camino tiene sus propios métodos para corregir nuestro rumbo en caso de que nos hayamos alejado demasiado de la senda que en justicia nos pertenece recorrer; y al final siempre podemos agradecer la oportunidad de volver a empezar, apreciando mejor cada uno de nuestros pasos.
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf

3 de julio de 2014

La cima


Vistas desde La Mussara (Tarragona), 2014


Hace algunos meses empecé a explorar el proceso de Ascenso - entendido como el tránsito opuesto al Descenso al Inframundo-. Al no tratarse de una elección consciente, me costaba imaginar a dónde conduciría este camino; como cada inicio estaba lleno de incógnitas y de expectativas que, paso a paso, se van viendo expuestas y superadas por la realidad. De hecho, es precisamente este punto el que a menudo me permite validar la experiencia como algo más allá de un paseo por mi propia fantasía.
Cuando aprendemos a enlazar nuestros recorridos psíquicos con los físicos solemos encontrarnos con esclarecimientos súbitos, con momentos en los que las cosas por fin parecen encajar. Algo parecido me ocurrió una noche de finales de este junio, cuando sin esperarlo me encontré contemplando tierra y cielo desde el asombroso mirador de la Mussara, un enclave cuyo auténtico misterio me temo que no se encuentra en las historias que se cuentan al respecto.

Del mismo modo que hay muchos aprendizajes en el camino del Descenso, debe haber muchas enseñanzas en el Ascenso. En muchas culturas el ascenso es una vía iniciática que transcurre por medio de los logros, ya sean mundanos (materiales o sociales) o ascéticos, y que lleva a la unión o encuentro con el "Padre", y la identificación con este principio en el punto álgido del camino Sobre Tierra.
La literatura al respecto tiene sentido, y algo de eso  iré desgranando en mi vida y - de paso- en los siguientes posts, pero una cosa es cómo las historias, el relato heredado explícita o implícitamente toma forma en nuestro pensamiento, y otra la forma en que se manifiesta cuando pisamos sobre el terreno.

En algún momento de nuestra historia empezamos a percibir rasgos de humanidad en las divinidades, los dioses y diosas se convirtieron en maestros de las artes y conocimientos legados a la civilización. A cambio, encerramos nuestra percepción de lo divino en esa reducida esfera hasta el punto que si un dios convoca la lluvia es para castigar o premiar a los humanos, sus cosechas y su ganado; como si nada importara más en el universo, como tierras, océanos y criaturas que los pueblan no siguieran ahí, sosteniéndonos al fin y al cabo. Algo parecido sucede con ese antropoteísmo exacerbado que nos lleva a trasladar los rasgos de género que culturalmente asignamos a hombres y mujeres a las divinidades, tal cual, sin pensar en dar un paso más allá hacia la naturaleza íntegra de una divinidad. La montaña (altura) es la contraparte de la sima (profundidad), podemos sexualizar estos elementos pero a menudo es innecesario para trabajar con ellos, o incluso puede convertirse en una distracción.

Si tuviera que concentrar en una palabra lo que este tránsito me ha aportado, sería, sin lugar a dudas, "Perspectiva". Por supuesto, hablar de "perspectiva" desde la cima de una montaña suena a obviedad, pero el caso es que, en ocasiones, las cosas no son precisamente complicadas. Algo que se puede ver la noche del 23 de junio desde el barranco en el que termina lo que queda de la Mussara, son los fuegos artificiales de las celebraciones de San Juan en los pueblos y ciudades que se extienden a los pies de la sierra. Tan impresionantes como se ven cuando estamos a orillas de la playa, la altura de la cima recuerda calmadamente lo que en realidad son: fuegos artificiales, efímero entretenimiento humano que no puede competir y palidece ante la solemnidad rocosa de los montes, o el brillo inigualable de las estrellas. Los gigantes no tienen prisa, aún cuando se la erosión los vaya mermando y la misma oscuridad los devore al final; en comparación nuestras vidas aceleradas son a penas un suspiro, y incluso tal vez la humanidad misma lo sea.

Aunque no sería sensato cambiar la escala humana por la de los montes, las estrellas o los dioses en nuestra vida cotidiana, pero encontrarnos súbitamente expulsados de la burbuja en la que a menudo nos encontramos "demasiado atareados" como para dedicarnos a vivir, sí puede ayudar a repensar algunos aspectos de nuestras vidas y corregir las proporciones que con el tiempo y por inercia hemos ido descuidando. Reconocer qué es "naturaleza sustentadora" y qué "fuego artificial" en nuestro entorno, y en nosotros mismos. A veces simplemente rehuímos detenernos y contemplar, porque sabemos que la toma de conciencia nos empujará a hacer grandes cambios y no tenemos demasiado claro cómo afrontarlos. La naturaleza reencontrada nos impulsa a buscar nuestro ritmo interno, que a menudo retorcemos y forzamos por exigencias ajenas o autoimpuestas. Pero el ascenso supone también llegar a un punto desde el cuál orientarnos, la oportunidad de salir por un momento del bosque en el que estamos inmersos,  ver a dónde lleva el camino que seguimos (o los diferentes caminos a los que tenemos acceso) y hacer elecciones meditadas al respecto.

5 de junio de 2014

Toda semilla tiene un tiempo...

Persephone, Kris Waldherr, sf

Las últimas semanas han sido de aquellas en las que cada día te dices "ya queda menos", a pesar de no saber ni "cuánto queda" en realidad, ni en qué condiciones estarás cuando acabe. Uno de esos momentos en los que puedes ver claramente el sol iluminando el valle de enfrente, pero sobre tu cabeza pasan, muy, pero muy lentas las nubes de tormenta. 
En el pasado, me entrenaron para fingir que no existían las malas épocas, lo cual me parece un gran error. Puedo conceder que, a la luz de algunas consideraciones de la fe o la razón, las malas épocas no existan; sin embargo fingir es un ejercicio que siempre hace más mal que bien, y en este caso simplemente indicaría no entender nada. Así que hablo de malas épocas, y todos sabemos de lo que hablo. Estamos prácticamente a las puertas del verano, y esto permanecer en retiro parece dejarnos fuera de lugar: "No es lo que toca...pero es lo que hay". 

Y lo que hay, es lo que debe ser. No porque nos conformemos, sino porque además de los cambios estacionales, cada uno de nosotros posee ritmos y ciclos propios que también es nuestra tarea conocer, compreder y aprender a respetar. Es la parte del conocimiento que el Mundo no nos puede dar, porque reside en nosotros mismos, sólo falta aprender a escuchar. Y así, mientras no hacía nada de lo que quería hacer porque otras obligaciones me lo impedían, como una ficha aparentemente apartada del tablero, resulta que algunas piezas sueltas que tenía en la cabeza se han ido poniendo en su lugar, lo cual será de lo mejor que me lleve - a pesar de todo- de este momento de mi vida. 
Otra cosa que ha sucedido en estas semanas me han llegado respuestas, a preguntas que hice  hace años. Sé que eran buenas preguntas porque no ha importado cuánto tardara en llegar la respuesta, aún después tantos años tenía sentido saber aquello. Como buscadora por naturaleza (acerca de los roles arquetípicos escribiremos otro día), es comprensible que gran parte de mis "siembras" hayan sido preguntas, o simplemente cosas que quiero saber. Otras personas sembrarán el deseo de una pareja, de una habilidad determinada, de una estabilidad material, etc.

Aunque todos tenemos una lista casi interminable de cosas que creemos que deberíamos "tener", si hacemos un análisis más profundo del asunto nos daremos cuenta de que en realidad ya tenemos aquello que es más importante para nosotros. No sólo en en ámbito mágico, sino desde cada aspecto de nuestras vidas, incluido por supuesto el inconsciente, imponemos nuestras prioridades a la hora de hacer las elecciones que trazarán nuestro camino en la vida. A partir de aquí podemos deducir dos cosas, la primera, que siempre será más fácil atraer algo que tenga sentido para nosotros, y la segunda, lo importante que es a nivel práctico trabajar sin máscaras, conscientes de las ideas que albergamos y las emociones que nos mueven. Y esto es, en gran medida a lo que nos referimos a la hora de hablar de los "procesos bajo tierra". Cada semilla tiene su tiempo, que escapa de nuestro control; sólo podemos decidir qué sembramos a cada momento, sin saber nunca cuando o en qué condiciones recibiremos sus frutos.

Decía al principio del post que tratar de fingir es siempre una mala idea, porque tarde o temprano aquello que tenemos por dentro, ya sea bueno o malo, admirable o execrable, acaba saliendo a la luz. Puede que lo haga en forma de reconocimientos externos, o simplemente a través de felicidad; y a la inversa, también puede que no sea denunciado o castigado, pero se manifestará en forma de una vida desgraciada.  Y al escribir estas cosas no me refiero a lo que puede ser un acierto aislado, un golpe de suerte o una equivocación de las que todos hemos comentido alguna vez (nadie es perfecto); sino a sentimientos e ideas largamente acunados, fomentados bien por haber sido cuidados con esmero, o por haberse dejado proliferar por negligencia.  
La paciencia es una de esas virtudes que se me escapan,  pero si en algo me han servido estas semanas de "mala racha" es para darme cuenta de que todo llega, y, si es importante para nosotros, nunca es demasiado tarde para darle la bienvenida. Una y otra vez nos encontramos con los frutos de las emociones, las ideas, los esfuerzos que sembramos en algún momento de nuestra vida, ya sea cercano o lejano. Por lo tanto, si actuamos conforme a nuestros principios, poco habrá que temer del futuro. Lo que tenga que salir a la luz, de nosotros, o de los demás, ya saldrá... No puede ser de otro modo.

3 de abril de 2014

El Monstruo se queda



Todos tenemos épocas difíciles en nuestras vidas, semanas en las que todo parece venir junto, momentos en los que no vemos salida, y cerrando los ojos nos gustaría simplemente volver al barro original, y que el agua de la lluvia nos arrastrara hasta hacernos desaparecer. 
Luego nos sobreponemos, y seguimos.
Obviamente no hablo por aquellos que deciden revolcarse en sus desgracias y recitar en el relato interminable de quejas ensayadas antes que hacer nada... Hablo de las personas que mientras otros hacen esto, se levantan cada dia y luchan, y desde el fondo del pozo en el que se encuentran arañan las paredes buscando una salida, y se quedan sin uñas antes que sin fuerza, pero ahí siguen, mientras los días del plazo indescifrable pasan lentos.

En  una sucesión de acontecimientos que ha caído como una lluvia de piedras, puedo decir que en las últimas semanas me ha pasado prácticamente de todo, y no demasiado bueno, a todos los niveles: relaciones, proyectos, trabajo, salud...  El tipo de confluencias que, además de dejarnos temblando, nos da que pensar.  Una vez pasada la tormenta, no nos vamos a quedar en el dolor, simplemente empezamos de cero, y desde menos que cero si es necesario. Cuando pienso que he estado tantas veces en este punto que casi se ha convertido en mi medio natural, el miedo se esfuma y llega una especie de agradecimiento que no termina de ser una rendición.

Si algo tiene cada uno de los sismos que sacuden nuestras vidas derrumbando la mitad de lo que creíamos certero por los suelos, es que nos ayudan a hacer limpieza de todo aquello que  sobra en nuestras vidas, revelando a nuestra olvidadiza conciencia, la resplandeciente belleza de aquello que es esencial y permanece intacto cuando todo lo demás se agrieta y cae. Desde la perspectiva privilegiada de aquel que se halla entre ruinas podemos entender muchas cosas, y liberarnos ya sin pesar  de las mentiras (o medias verdades) con las que  hasta el momento velábamos nuestros ojos.
Cada vez que nuestro mundo se derrumba, una parte de nosotros muere con él y queda para siempre atrás. Eso significa también que podemos elegir hacia dónde orientaremos nuestro cambio, en el siguiente paso a dar.  Después de años de volver una y otra vez a este punto, puedo decir que la vida es algo que construimos dialogando con la existencia, más que planeando... Aunque tener un plan, ser capaz de entregarse a algo, siempre ayuda.  

Durante todos estos años el Monstruo me ha acompañado, como una sombra que me habita y, a veces, me hace daño. El Monstruo que permanece al fondo de la conciencia, mirando con escepticismo mis intentos de actuar de forma ética incluso cuando ando entre tramposos y cobardes. El Monstruo que, atado, se agita con furia, cada vez que tengo que tolerar una salida de tono, o incluso una falta de respeto de alguien que no cree necesario pensar antes de hablar, o no le importa. El monstruo que me araña por dentro cuando lo contengo sabiendo que alguien está tratando de mentirme o manipularme,  pero no hago nada, porque no está bien acusar sin pruebas ( aunque cuando las tienes, el daño ya está hecho, y ya no importa).

Casi puedo contar con las manos las ocasiones en las que el Monstruo ha escapado de mi control, provocándome una vergüenza terrible, porque gran parte de mi formación la pasé en una pseudoescuela en la que el dolor, la rabia o el enojo, deberían haber sido comprendidos, gestionados y trascendidos, pero como es algo que en realidad cuesta mucho esfuerzo y dedicación, más a menudo eran simplemente criticados, reprimídos y castigados.
Lo llamé Monstruo al ver como individuos que creían que podían seguir con sus experimentos sobre mi persona se asustaban al verlo aparecer... Lo llamé Monstruo porque por su culpa perdí cosas que amaba, o al menos, según los estándares de la época, creía amar. 
Sólo con el tiempo he podido ver que el Monstruo conserva todos los mecanismos de autodefensa que mi conciencia en algún momento trató de suprimir en busca de aprobación ajena, y  por mucho daño que me haya hecho, nunca será mayor que el que me ha ayudado a evitar. A fin de cuentas, el Monstruo ha hecho por mí más que muchos de aquellos que en algún tiempo consideré mis compañeros, o incluso hermanos.  Por no hablar de lo mucho que me ha ayudado a seleccionar  en quienes puedo confiar, algo que curiosamente poco tiene que ver con lo cerca o lejos que tienes a otra persona, o con el tiempo que haga que la conozcas, sino más bien con su manera de reaccionar cuando en el momento más inesperado nuestro Monstruo -  supongo que cada uno tendrá el suyo-  hace su aparición estelar.

Bien... Aquí sentada de nuevo sobre una montaña de piezas rotas y descartables, acaricio el lomo peludo del Monstruo que siempre me ha sido leal. Conversamos acerca de cómo deberíamos abordar el siguiente tramo de nuestras vidas y qué nos apetece construir ahora. Él sabe que hay principios a los que pase lo que pase no pienso renunciar,  y yo sé que puedo contar con que acuda en mi ayuda cuando alguien con las cartas marcadas pretenda hacerme entrar en su juego. Contemplando cómo han cambiado las cosas en los últimos cinco, diez o quince años, no puedo estar más que contenta de haber pasado por tantas muertes y renacimientos, y despertar aquí, ahora, de nuevo. Abrir los ojos después del hundimiento, y comprobar que el Monstruo y yo, no estamos tan solos como solíamos estarlo en estas ocasiones...  
Los Dioses me habrán negado muchas cosas en esta vida, pero me han concedido lo que más me importaba, sin lo cual, nada de lo demás tendría sentido. Así que, feliz y agradecida después de todo, volveré a este punto las veces que haga falta.

5 de marzo de 2014

Lejos puede ser aquí mismo




Lejos puede ser aquí mismo, en el silencio. No en el silencio entendido como la ausencia completa de sonido, sino el silencio respetuoso de las palabras que enmudecen para mezclarse con el sonido del viento entre las hojas, para perderse en la textura rugosa del tronco y seguir los senderos ascendentes de las ramas, para sonreír en el verde de las yemas que asoman tempranas para saludar al sol de Primavera.
El silencio es, a veces, tiempo necesario para sumergirse de nuevo en el mundo y descubrirlo todo de nuevo, y recuperar el asombro y el agradecimiento. El silencio es, en ocasiones, una soledad compartida, un abrazo de punta a punta de la distancia, que nos une en lo más íntimo bajo un mismo cielo estrellado; porque en el fondo, en la raíz, somos lo mismo y nos buscamos al crecer siguiendo los caminos del viento.

Hace un puñado de meses empecé a acercarme a los árboles, algo que posiblemente no hacía con seriedad desde niña, cuando estas cosas resultaban mucho más sencillas. Creo que todo empezó a hacerse evidente con un joven almendro, en una esquina por lo demás anodina, del Distrito Federal. La vuelta al Mediterráneo no fue precisamente un acontecimiento alegre, y durante algún tiempo lo único que sabía hacer para acallar la desesperación era caminar y observar en silencio la naturaleza y sus colosales dimensiones envolviéndome como una mortaja, de la que meses después emergiría una nueva persona, aunque siguiera siendo "yo". 
Los veía y me veían, a su manera, los árboles. A fuerza de pasar repetidamente por algunos caminos, terminamos por saludarnos. No les he puesto nombres, pero cada uno de ellos es diferente a otro, cada uno tiene una voz única y silenciosa. Sólo con su presencia, algunos han logrado transformar mi visión sobre algunas cosas. El Granado que asoma en los límites de un campo cercano, que es como una anciana de dedos nudosos y cabellera enredada ofreciendo su fruto aunque nadie lo tome, más que los pájaros y los gusanos, y espera a reverdecer por más que  la impaciencia de los almendros y las mimosas haya ya florecido. Estos almendros y estas mimosas que insisten en sacar sus flores al sol, por más que haga a penas un puñado de días que una poda irreflexiva convirtiera sus ramas en recortados muñones, y a pesar de las heridas florecen, tercos, porque no se puede detener el impulso de su savia al despertar...

Entre todos,  uno me acogió con cierta condescendencia  bajo su majestuosa sombra. Al principio  nada fuera de lo común, a penas un breve saludo al pasar; pero con el paso de las semanas y meses, un día te das cuenta de que aquello es un amigo del que dolerá despedirse. Debo ya mucho al Roble de la encrucijada, entre otras cosas la evidencia de que el ritmo que traía conmigo no servía en aquella esfera y el ver elevarse como una ola sobre mí el miedo a perder los hilos de las mil cosas que intento manejar día con día; los proyectos, los compromisos, las expectativas, etc. Lógicamente a su entender en realidad esas cosas no importan demasiado. No me queda más remedio que admitir que tiene razón... Que a menudo las palabras, las mismas ideas, son como hojas que se secan, y que el viento pone a nuestros pies para nutrir las esperanzas y proyectos de un nuevo reverdecer.
Pero a veces necesito también abrazar, aunque sea con los ojos, las dimensiones gigantescas de una presencia que me recuerda las raíces y las ramas de mi propio ser, aquello de donde vengo, aquello hacia lo que crezco, en un impulso desde lo más profundo... Aquello que constituye la evolución de la semilla que yo misma soy. Y necesito acogerme en la protección de una paciencia infinita como la suya, y permanecer lejos, aunque esté aquí mismo, y reencontrar el sentido de las cosas. A veces necesito de esta soledad, que es en realidad la compañía de las cosas sutiles; el cultivo de una serie de delicados vínculos que me unen al mundo, de caminos que recorro en silencio, de historias que en ocasiones resultan difíciles de traducir.


25 de septiembre de 2013

No hay una fórmula única



En más de una ocasión, escuchando una advertencia o un consejo, he tenido la sensación de que me hablaban cómo si en mi vida hubiera un enorme vacío y fuera necesario apresurarse a llenarlo de cosas o abarrotarlo con una decoración monotemática. Los consejos y las advertencias suelen darse desde la mejor de las intenciones, pero lo que funciona para unos no tiene porqué ser bueno para otros. Sencillamente, no existe una fórmula única, de modo que avanzamos por la vida probando las fórmulas de los demás, o bien tratando de elaborar una propia. Pero tanto si nos ha ido muy bien como si vamos cargados de dudas propias y ajenas, cuando damos un consejo corremos el riesgo de tratar de reafirmar la opción que nosotros hemos tomado, y olvidar que estamos dirigiéndonos a otra persona, con necesidades y prioridades distintas. Que el otro es alguien con quien podemos compartir mucho, pero que vive dentro de su propia piel.

El pasado domingo, fui a caminar un rato por los campos a las afueras del pueblo. Hacía tiempo que no me podía permitir algo así, y lo disfruté mucho. En un momento, sentada simplemente observando el cielo, muchas cosas cobraron un nuevo sentido, como piezas que encajan en un rompecabezas. Es algo que ha pasado con relativa frecuencia en las últimas semanas, pero que no deja de ser especial cada vez. Cada una de estas revelaciones mínimas me lleva a soltar en vez de acumular, a dejar de tratar de controlarlo todo, por difícil que me resulte. Y cada una me acerca más a la convicción de que es muy poco lo que en realidad necesitamos, que hay herramientas y trabajo de sobra para empezar a limpiar y a ordenar (otros dirían "sanar") tanto dentro como fuera de nosotros mismos. De hecho, las tareas por hacer son tan variadas, que es absurdo juzgar si una es más importante o significativa que las otras... En serio, la que escojas estará bien.

Sé por experiencia que un buen consejo ajeno puede hacer más daño que un error propio, simplemente porque nadie avanza demasiado cuando va en contra de sí mismo. Pero también sé que es injusto culpar a otros, cuando al fin y al cabo somos nosotros quienes decidimos si seguirlo o no. La única manera que se me ocurre de saber si lo estamos haciendo bien es ser capaces de detenernos en cualquier momento, ya sea que pasemos una buena o una mala época, y al preguntarnos si preferiríamos ser otra persona, respondamos que no. Si me detengo ahora mismo, incluso bajo la sombra de una montaña de incertidumbre por la que aún ronda alguna que otra hiena hambrienta, sé que no me gustaría estar en otra piel, que éste es mi lugar, que desde aquí seguiré creciendo y dando frutos. Tal vez tendré que renunciar a muchas cosas, tal vez tenga que lidiar con la oposición activa o pasiva de otros, e incluso con algún arrebato de autocastigo, pero el hecho es que no quiero vivir la vida de otro. 

El problema aquí es que estamos tan acostumbrados a hacerlo todo de puertas para afuera que hacerse   preguntas del tipo ¿Es esto lo que realmente quiero hacer? ¿Tiene esto sentido para mí ahora? suena excentrico o incluso egoísta. Se nos ha acostumbrado a determinar nuestros objetivos fijándonos en modelos externos, y a validar nuestras impresiones en la colectividad. Algo que no me acaba de convencer pasa a ser maravilloso si muchas de las personas que me rodean así lo definen; luego asumiré que algo es felicidad simplemente porque muchos otros le dan ese nombre, incluso aunque mi experiencia al respecto ni siquiera sea positiva. La historia narrada en El traje nuevo del emperador tiene muchos más años que la versión de los Grimm. Es fácil de entender, pero no tan sencillo de aplicar, y no es extraño que nos amarguemos la vida porque no podemos alcanzar algo que creemos que nos hará felices, cuando de hecho podríamos ser felices si sencillamente no nos dejáramos amargar...  Vivimos en un mundo de sombras y reflejos, cerrados a nuestros sentidos internos, tal vez porque éstos tengan demasiado que reclamarnos. Pero si no trabajamos esta parte de nosotros en la que estamos a solas y nos obligamos a ser sinceros con nosotros mismos, nuestro tiempo puede agotarse sin que hayamos hecho nada de lo que realmente nos hubiera gustado hacer con él.

Hace tiempo que tengo una lista de cosas que realmente me apetece hacer, muchas de ellas las he escrito sin saber cuándo podría hacerlas, porque escribir cuesta bien poco. Pero cuando las condiciones apropiadas se dan -y es increíble si me paro a pensar cómo las oportunidades se abren camino- las cosas se hacen,  se disfrutan, y luego se dejan ir. Hay mucho más que hacer, que conocer, que sentir. Alcanzar un objetivo no es lo que me hace feliz, lo que me hace feliz es ir dejando atrás las viejas metas sabiendo que eso es el Camino. Sé que en realidad no voy a ningún lado más que a la muerte y que allí se encontrarán, tarde o temprano, todos los senderos; pero siempre que tengo ocasión me gusta escoger la ruta y la compañía y, por supuesto, el ritmo al que avanzar. Así soy más consciente de la vida, y sólo así puedo celebrarla. Entiendo perfectamente que pueden haber otras fórmulas, que funcionen, que den resultados, que hagan felices a otras personas y las respeto, pero no me gusta que se enarbolen como si fueran el único camino posible, y mucho menos, que se traten de imponer como una solución única. Al parecer ser incómodo es parte del trabajo que escogí realizar en mi paso por este mundo.



22 de septiembre de 2013

Seminario Pagano Ouróboros




Aunque en la actualidad la oferta de talleres y cursos dedicados a técnicas de “crecimiento personal” es muy amplia, a menudo ese tipo de prácticas quedan como una experiencia aislada que carece de una continuidad que permita evaluar la efectividad de los conocimientos recibidos. A partir de esta observación, buscando una alternativa que pudiera funcionar con un grupo de personas procedentes de diversas tradiciones, se ideó el Seminario Pagano que dará inicio en Barcelona el próximo mes de octubre.

En el Seminario Pagano Ouróboros vamos a presentar modelos y técnicas para el desarrollo personal y la consecución de objetivos vinculados a la tradición pagana. Siempre han existido multitud de ramas dentro del paganismo, pero más allá de las particularidades de cada uno de estos senderos existe un fondo común: La relación con la Naturaleza como fuente de vida y conocimiento.  Por esto, el hilo conductor del taller será el viaje de la semilla desde las profundidades a la superficie y su regreso,  el ciclo que discurre Sobre/Bajo tierra. A lo largo de nuestro recorrido, sin embargo, procuraremos no perder de vista los vínculos que el paganismo moderno tiene con otras tradiciones y escuelas de conocimiento (tales como Hermetismo, las tradiciones orientales, la magia ceremonial o incluso la New Age).

Todo el saber acumulado procedente de estos intentos de comprender el universo y el papel que jugamos en él confluye en nuestro presente y resulta muy valioso a la hora de construir la vida que deseamos vivir. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas, en la nuestra recibimos mucha información, de hecho se nos “bombardea” con ella, y no siempre tenemos tiempo de filtrarla o digerirla. Cualquier aprendizaje teórico no es sino una preparación para la experiencia, que es el paso que se omite con mayor frecuencia provocando resultados escasos y confusión. En el Seminario queremos recuperar la experiencia (individual y grupal) como fuente de conocimiento, y fomentar la comunicación como una forma de relacionarnos de manera constructiva con nuestras comunidades dentro y fuera del paganismo.

Aunque existen sistemas de aprendizaje completos y  bien estructurados dentro de algunas tradiciones, en la mayoría de ocasiones el pagano inicia sus estudios y prácticas en solitario, tomando información de diversas fuentes y desarrollando aisladamente una práctica irregular. En el plano teórico, lo que vamos a ver en el Seminario son una serie de modelos generales en los que sea posible ordenar la información que ya tenemos -y la que esté por venir-, para que sea mejor aprovechada. Así mismo, fomentaremos el diálogo entre tradiciones, pero también la capacidad crítica que permita detectar y enfrentar adecuadamente abusos y fraudes.

En el plano práctico revisaremos un conjunto de ejercicios y técnicas (relajación, visualización, respiraciones, pathworking, trabajo con sigil, trabajo ritual…) y presentaremos algunos métodos tanto para enfocar nuestros esfuerzos a la consecución de objetivos, como para beneficiarnos con el aprendizaje derivado de nuestros propios deseos, objetivos, esfuerzos, procesos y resultados. 

Para más información visita nuestro site:
http://seminariopagano.paganfederation.org/


Organizado por:

OuroborosPFI España
  

16 de diciembre de 2012

Solsticio de invierno: Descenso hacia la luz


Fuente


Desde niños vemos sucederse las estaciones en el mundo que nos rodea; de celebración en celebración decoramos aún las escuelas y nuestras casas dando la bienvenida al tiempo de las flores, al del trigo dorado, al de las hojas caídas y al de la nieve. Sin importar cuál sea nuestra preferida, y al menos mientras somos niños, comprendemos que cada estación tiene su propia corte y nos colma de regalos que sólo ella puede dar.

A medida que acumulamos años, las estaciones empiezan a sucederse también en nuestras vidas. Sin embargo, desconectados de lo que en realidad somos, en lugar de dar la bienvenida a las primaveras, veranos, otoños e inviernos que se suceden en nuestro interior nos quejamos de las particulares  bendiciones que traen a nuestra existencia.

Se acerca el solsticio de invierno, la noche más larga del año, en la que un sólo fuego puede revivir la esperanza del retorno del sol. Para muchas personas es un tiempo lleno de recuerdos a veces alegres y dolorosos al mismo tiempo. Son días de dibujar en el vaho de las ventanas, de ralentizarse un poco al caminar por la calle para prestar atención al olor de alguna chimenea encendida o al brillo de las luces, tiempo de tomar chocolate caliente una mañana de domingo, de repartir abrazos, de aventurar proyectos futuros e incluso de pedir deseos...

Pero cuando el otoño ha pasado por nuestros corazones, llevándose todo cuánto podía ser llevado, cuando las hojas caídas, se han convertido en tierra que las lluvias arrastran, hemos descendido lejos de todo, y de todos, dejando atrás como una vieja piel, como una máscara rota, gran parte de aquello que creíamos ser.  
En la noche más larga, lo que queda de nosotros se hunde en la tierra, siguiendo las propias raíces hacia el Inframundo del que nace la realidad que habitamos en la vigilia. Una realidad que creamos con algún fin - aún cuando lo desconozcamos- y que, terminado su ciclo, se agota, palidece y debe ser renovada, volver a encenderse desde este centro sagrado, para mantenernos conectados a la Vida.

Así como la Osa trae al mundo a sus cachorros en el fondo de una cueva de la que no saldrán hasta la primavera, es posible que en el exterior pasen los meses sin ver aflorar los resultados de esta renovación; pero uno sabe que llegarán con la misma certeza que se tiene de que las semillas germinarán, que los brotes surgirán de la tierra y que, a su debido tiempo, el fruto maduro estará en nuestras manos.

Siempre a la Vida sigue más Vida, y tras cada Ciclo más que un descanso, hay un necesario acondicionamiento para lo que ha de venir. Siempre obtenemos aquello que en lo profundo deseamos, aún cuando esto nos lleve por senderos insospechados; y si hemos hecho bien nuestro trabajo, es posible que incluso obtengamos más, aunque no siempre nos sintamos preparados o dispuestos a aceptar esas bendiciones y las recibamos con alguna que otra lágrima entre nuestras alegrías. 


18 de noviembre de 2012

Interiores

Poul Friis Nybo (1869-1929), Interior con mujer leyendo.

El invierno es justo, restituye la luz
a su límite más puro,
mezcla presencia y olvido en el corazón de las doncellas
y nos incita quietamente a la ternura.

Todo el verano hemos holgado
y ahora los caminos se afilan y se precisan
y el ladrido de los perros en la noche
es impresionantemente próximo.

Volveremos a la perdida intimidad
y a los viejos libros de siempre,
como quien regresa a la casa del padre,
un poco menos puros
pero quién sabe si un poco más dóciles al mensaje.
Miquel Martí i Pol, L'arrel i l'escorça, 1975
 
A mediados de otoño cerré los ojos por un momento y sentí como si cerrara dos grandes ventanas, me diera la vuelta y me quedara sola en una estancia conocida y extraña al mismo tiempo. Los abrí rápido y seguí tecleando, con la sensación de haber dejado alguna tarea pendiente y la promesa de regresar más tarde a ella. La visión de este espacio íntimo, solitario y esencialmente desnudo en el que de una manera u otra, vamos acumulando todo tipo de trastos, vuelve una y otra vez. Necesitamos un tiempo para separar aquellos pensamientos que han envejecido mal y observar por última vez esos miedos y esperanzas nuestros, ya caducos, que sólo esperan nuestro permiso para partir en paz.

En estas fechas el mundo se despide para renovarse y el aire se puebla de fantasmas. A menos que se lo impidamos, también algo en nuestro interior trabaja discretamente reordenando el contenido de nuestra mente, sonriendo de vez en cuando al imaginar qué consecuencias tendrá su labor en el exterior, en nuestras vidas, al llegar la primavera. Pero por el momento, todo lo que sabemos, es que el frío se extiende y el paisaje, e incluso las calles transitadas de la ciudad, se tornan progresivamente silenciosos a medida que la oscuridad nos envuelve.

A veces, en días como estos, queremos permanecer solos y no hablar demasiado, para volver a nosotros, a nuestros cuerpos, a esos sueños accidentalmente relegados con la carrera de los días. Algo desde dentro nos exige parar, nos obliga al menos a ralentizarnos, y nos trae de la mano el recuerdo de nuestros muertos amados, los que ya no están, los que perdimos, los que ya no somos; nos trae a tantos buenos compañeros que partieron, y también a aquellos enemigos que de una manera u otra, a base de adversidad, pasaron a formar parte de nuestro círculo íntimo, sin los cuales no sabríamos explicarnos demasiadas cosas.

Es el tiempo de las verdades, más redentoras que dolorosas, que finalmente nos atrevemos a decir en voz alta frente al espejo, aunque para rescatarlas sea necesario adentrarse en el pozo oscuro al que hace tanto tiempo las arrojamos. Y es tiempo de aceptación de todo aquello que, sencillamente, nos sobrepasa y escapa de nuestro control. Días tal vez algo tristes, de silenciosa belleza, en los que una ligera melancolía de origen ignoto parece cubrirlo todo. Días que son como quedarse mirando la lluvia tras los cristales, en los que todo lo que podemos hacer es dejar que pase el tiempo, que caigan las gotas y fluyan riachuelos en el asfalto. Dejar que pase todo recuerdo y todo pensamiento, como una parvada de alas translúcidas que emprende su última migración; sin asustarse, sin enfadarse, sin tratar ya de arreglar nada, sin sentir el impulso de salir corriendo. Permanecer quieto y tranquilo y permitir que todo pase, nada más.

Después de la lucha y del gozo, de los esfuerzos y los resultados, de todo lo bueno y todo lo malo, dejar por un momento la corrientes de emociones que pueden discurrir por nuestra vida, y permanecer quietos, rendirnos ante la Vida con las manos abiertas, sin pretender atesorar nada, sin rechazar nada de lo que quiera venir.


20 de octubre de 2012

Sombras densas


Ramón Casas Carbó, La Sargantain, 1907

A finales de octubre las sombras ralentizan el paso y se vuelven densas como fantasmas que tocan levemente nuestras manos cuando caminamos por las calles en las que empiezan a amontonarse las primeras hojas caídas. La víspera de Noviembre se recordará a los que ya partieron, y la muerte ocupará un lugar en las mesas de los vivos, como una invitada de honor. Calladas o ruidosas, estas celebraciones pueden ser una manera de reencontrarnos con nuestra sombra, pero también de seguir huyendo de ella.

Hace ya algunos años, el Ciclo Anual  sigue a la semilla en su viaje de las profundidades a la superficie de la tierra y, después de la flor y el fruto, el regreso al origen. En el ciclo de la semilla este es el tiempo que se encuentra más allá de la madurez, el último tramo del camino de la superficie, la vejez. Tras la muerte vendrá la fase de la putrefacción, el desprendimiento último que permitirá una nueva germinación.
El pesar que puede causarnos la idea de la muerte, a menudo no es nada en comparación con el horror que nos supone el natural declive del cuerpo; el abrazo último del tiempo que nos devolverá a la desnudez de los huesos, y finalmente a la tierra misma, nos espanta al recordarnos nuestra fundamental vulnerabilidad. 

La Tierra nos recuerda que el tiempo que tenemos para andar sobre su superficie está contado y tarde o temprano volveremos al mismo limo del que nos levantamos. La Tierra nos recuerda también a la vejez, la enfermedad y el dolor que afectan a nuestro cuerpo físico y - aunque muy equívocamente -, con nuestra tendencia a los placeres "mundanos" y el sufrimiento asociado a nuestro apego a los mismos.

La Tierra es una gran maestra a la que demasiado a menudo se prefiere desoír, sus enseñanzas se desdeñan con frecuencia por parecer demasiado familiares o básicas, sin caer en la cuenta de que a penas conocemos la superficie del mundo que habitamos y de que poco podremos levantar sin una buena base. Nos ve correr como niños en nuestros juegos de aire, fuego y agua, sabiendo que cuando llegue el momento nos sentaremos a meditar en sus faldas y que por más que ese momento nunca llegue, agotados ya los días de nuestra vida, volveremos a su seno.

A pesar de su crucial importancia en el camino del aprendizaje, los procesos de descomposición suelen ser un punto ciego en la contemplación de los ciclos - salvo por aquellos que se detienen, fascinados, en ellos, produciendo un desequilibrio en el sentido contrario -.  La putrefacción, que no es otra cosa que un abandono y una disolución necesarios para entrar en el Inframundo e iniciar un nuevo ciclo, causa el mismo rechazo que la sombra y es, en cierta medida, la sombra misma que viene a enfrentarnos para rendirse a un bien más grande de lo que hemos encarnado hasta el momento.

Cuando la muerte ronda cerca, cuando algo en nuestro interior nos avisa de que necesitamos terminar con una situación, alejarnos de unas circunstancias, abandonar una antigua forma de vida, cuando la parte de nosotros que permanece despierta huele el final de algo, nuestras sombras se hacen presentes, más corpóreas y amenazantes que nunca, señalando el límite de nuestro viejo ser y preguntándonos, insidiosas, si seremos capaces de cruzarlo o no.  Si no estuvieran allí nuestro miedo, nuestra angustia, nuestros apegos, ¿quién temería al cambio? Y sin embargo, la sombras deben estar allí, y al menos una parte de ellas cruza con nosotros, y se reintegra como fortaleza en la siguiente etapa de nuestra vida.

Ya he escrito acerca del poco respeto que, a mi entender, se guarda a las sombras, sin embargo,  por su naturaleza a la Sombra le trae sin cuidado la clase de respeto que socialmente se le pueda ofrecer. Está ahí desde que el humano es humano, en sus sueños y pesadillas, habita las vidas de todos y cada uno, y desempeña su sagrado papel, tanto si se aprovechan las oportunidades que brinda como si no. Pienso en la sombra como en una criatura feral, un ser al que no se ha sometido - ni se puede someter- por medio de embellecimientos artificiales, una realidad a la que no se puede engañar ni disfrazar, algo que escapa del control de nuestro ego, algo con lo que este ego se golpeará una y otra vez o se tropezará una y otra vez hasta cascarse como un huevo; algo que está ahí para ser reconocido y superado.

Si algo se puede decir acerca de la sombra, es que nunca trataríamos de usarla para ganarnos la simpatía  de otros... No es un dolor de garganta, es una diarrea, no es una imagen romántica de tristeza y languidez, es la ira, la rabia, la culpa. Es la envidia insana, los celos o el deseo desesperado de poseer, el momento en el que perdemos el control, las palabras de las que sabemos que nos vamos a arrepentir escapando de nuestros labios, o aquél silencio que no rompimos y resuena en nuestra cabeza porque no nos perdonamos el haberlo consentido; la desconfianza, la maldicencia, la torpeza y la debilidad y la falta de ánimo; el dolor físico que nos golpea y ante el que nada podemos hacer... Es una imagen fea, horrible, que nos devuelve el espejo; ya sea reflejando un cuerpo que se marchita, o un ánimo envilecido con causa o sin ella. 

No es algo que usaríamos para ganar el amor de otros, porque nuestro trabajo nos cuesta superar la vergüenza que nos produce y aceptar que, sencillamente, es algo que está ahí y que podemos querernos a pesar de ello. Y sin embargo, es absolutamente necesario aprender esto. Conocer nuestras sombras, identificarlas, tratar con ellas, irlas redimiendo a medida que tenemos la posibilidad. Porque en la medida que conocemos nuestras propias sombras podemos despreocuparnos de aquellas que el resto del mundo pueda proyectar en nuestro camino.

17 de abril de 2012

Reverdecer

Vania Zouravliov, Autumn rot, sf.

Cada cierto tiempo el mundo palidece a nuestro alrededor como una envoltura desgastada, y el camino que recorríamos parece extinguirse en un enredo de pequeños senderos que no llegan a ningún lugar, en un muro o en un despeñadero. En ocasiones, el triunfo de la primavera consiste precisamente en emerger de la crisálida no puede contener el impulso que la habita, en romper la cáscara que nos protegía precisamente aislándonos de un mundo nuevo que será el nuestro. 

Justo antes de cruzar la frontera sentimos el vértigo de las cosas que se van de un modo humilde,  sin a penas despedirse. Sentimos crearse en nuestro pecho, o en nuestras tripas, un vacío que no añora, un vacío necesario para contener el aliento y dar una vez más ese salto hacia delante que nos llevará una realidad desconocida que terminará por devenir cotidiana y desgastarse a su vez. Y aún a través de los rayos de sol tamizados por las nuevas hojas reconocemos el brillo acerado de las herramientas de la muerte. Compañera constante y madre de la sabiduría, también nos lleva de la mano hacia el resplandor de una nueva vida.

Así reverdecemos los humanos. De este modo, a pesar de los años y las experiencias acumuladas, nos encontramos una mañana de marzo tirados sobre la hierba, abstraídos en los detalles mínimos del movimiento de un insecto que pasa ante nuestra mirada, de nuevo curiosa. Y un mediodía de abril paseamos por las calles admirando el vigor recuperado del sol resplandeciendo en la fuente o en el rojo de los geranios  y una parte de nosotros elige volver a confiar, o cuanto menos dar una oportunidad sincera, a aquello que no conocemos; sin importar cuántas veces antes nuestra confianza haya sido traicionada por lo que ya conocimos. 

Somos tan viejos como lo que ya hemos aprendido, pero al mismo tiempo tan jóvenes como lo que estamos dispuestos a no dar por sentado. En cualquier momento el mundo que creemos conocer se nos caerá, porque nuestras ideas sobre la realidad no dejan de ser una ilusión que, aunque bien trenzada, termina por secarse. No es el mundo el que envejece, sino nuestra percepción de él la que se queda atrás; tanto más para aquellos cuya necesidad de saber funge como un gran impulso, como una montura mítica que ansía cabalgar más allá de los valles del sueño.

Si la suerte nos acompaña, si no tememos las pequeñas despedidas, de la impresión del vacío y enfrentamos el miedo a lo que no sabemos, cualquier día nos sentiremos de nuevo desvalidos entre montones de cosas nuevas, resplandecientes, de las que no teníamos ni la menor idea, incluyendo algunas que no nos atrevíamos siquiera a imaginar y que, al fin y al cabo, allí están, sonrientes, saludándonos con toda la naturalidad, demostrándonos que el camino nunca termina, sencillamente tenemos que aprender a ver por dónde sigue.

8 de abril de 2012

Despacio

Hannah Hayoubi, Sloth smiles, 2011 

Para algunas personas tomarse las cosas con calma es un privilegio destinado a periodos vacacionales, mientras que otras ni siquiera en vacaciones serían capaces de cometer tal osadía contra uno de los signos del tiempo que nos ha tocado vivir: la aceleración. Porque un aumento de velocidad es necesario en ocasiones y bastante disfrutable, pero hablamos aquí de una aceleración absurda a todos los niveles; de un sentirse constantemente apremiado por una autoridad invisible que además nos azuza contra los demás en una serie de competencias ciegas en las que nadie gana, y en las que, por si fuera poco, de paso nos perdemos a nosotros mismos.

Vivimos en una realidad distorsionada, que asumimos como normal, aunque sabemos que hace a penas un par de siglos los ritmos de trabajo y descanso aún los marcaba el curso solar, y que entonces la palabra alimento significaba algo completamente diferente. Aquellos descubrimientos que debieran ser ventajosos para la humanidad han sido, en gran medida, empleados en contra de su propio bienestar, toda vez que se han cobrado un alto precio. Son, sin embargo, elementos y servicios que en muchos casos a penas necesitamos y que en la mayoría resultan completamente prescindibles. Dicho de otro modo, tenemos la opción de no usarlos, o de hacerlo de una manera que no resulte tan contraproducente.

Es posible que nos encontremos incluso más desconectados de nuestros propios ritmos que de los ciclos estacionales, y aunque tratamos de acercarnos a espacios naturales olvidamos con frecuencia nuestro propio cuerpo. Por eso éste de vez en cuando nos recuerda - a través de un sinfín de molestias de menor o mayor gravedad - que está ahí y que más nos valdría detenernos a escucharlo. Sin embargo nos resistimos, porque hemos sido educados para seguir adelante, forzando la máquina, aguantando lo que nos caiga encima en vez de detenernos a buscar y aplicar la solución adecuada que nos liberará de una vez de las cargas innecesarias.

Queda claro, por lo tanto, que no es una cuestión de productividad, sino -nuevamente- de valores  pervertidos. La opción de seguir adelante y a la mayor velocidad siempre y a cualquier precio nos va desgastando y merma poco a poco nuestra capacidad de prestar atención a lo que estamos haciendo y nuestras ganas de hacerlo.  Se nos enseña a compararnos con otros, a estar atentos a las oportunidades disfrazadas de trenes que no han de volver a pasar, pero que están ahí cada 15 minutos, llenos de gente a la que sólo llevan de una estación gris a otra, en círculos descendientes hacia un infierno de tedio iluminado periódicamente por estallidos de una excitación grotesca.

Ir despacio puede ser un acto de desobediencia a este poder abstracto que nos acecha desde las sombras de la sociedad que habitamos. Al igual que caminar nos permite percibir una realidad distinta a la de los automovilistas,  cuando vamos despacio o, sencillamente, a un ritmo no-acelerado nos damos cuenta de una multitud de detalles que antes habíamos pasado por alto. Cuando dedicamos a las cosas el tiempo necesario - en vez del triple de tiempo que supone tratar de hacerlas "rápido" sin éxito-, adquirimos también una comprensión más profunda de aquello con lo que nos relacionamos.

Todo empieza quizá, por aprender a ralentizarse, que no es tan fácil como pudiera parecer. A pesar de los beneficios que esta práctica nos reporta, el hecho de disminuir nuestra velocidad nos hace sentir un poco incómodos, como si estuviéramos rompiendo un acuerdo tácito con aquellos que nos rodean. La situación se agrava cuando se trata de reducir nuestra disponibilidad para concentrarnos en asuntos propios: No responder una llamada o un mensaje tan pronto como llega se interpreta como una especie de desaire, así que corremos el riesgo de empezar a responder por compromiso, mecánicamente, pero no sólo a los mensajes y las llamadas.

El primer paso para realizar cambios importantes y duraderos es precisamente detenerse a observar, analizar la situación en la que nos encontramos, la situación a la que queremos llegar y los recursos con los que contamos para ello, con el fin de realizar un plan de trabajo. Pero se necesita algo de intimidad no interrumpida para empezar a pensar en lo que uno está haciendo, aunque a veces da miedo - no vamos a engañar a nadie- darse cuenta de las cosas a las que en realidad estamos dedicando nuestro tiempo, o los agujeros negros por los que lo dejamos correr.

Recuperar nuestros propios ritmos y ciclos, que de forma natural engranan con los que la naturaleza nos muestra al otro lado de las fronteras de nuestro cuerpo, es una manera de recuperar nuestra propia vida, nuestros sentidos, nuestra consciencia del presente, y nuestra capacidad de actuar, todo lo cual redunda en un inmediato aumento de nuestra salud y bienestar y, posiblemente, en también en el de aquellos que nos rodean - al menos cuando les toca tratar con nosotros-.