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26 de marzo de 2015

El rey va desnudo




Muchos entienden que ser bruja equivale a creer en cualquier tipo de "cosas extrañas" de forma indiscriminada; lo mismo da que hablemos de medicina alternativa, conjuros y talismanes, canto de mantras, trabajo ritual, conspiranoia o fantasías decimonónicas de etnocentristas trasnochados. En ocasiones compramos las historias de otros, por absurdas que nos parezcan, porque queremos reafirmar las propias, aquello del "no juzgues si no quieres ser juzgado". Parece la solución más fácil para evitar la hostilidad que supondría admitir simplemente que algo no nos acaba de convencer, que lo vemos de una manera diferente o que no nos cuadra de ninguna de las maneras. Detrás de esta elección, además de este supuesto "interés mutuo" que ciertamente puede terminar haciéndonos comulgar con ruedas de molino puede estar cierto temor a la respuesta de aquellos que contaban con que nuestro apoyo fuera incondicional, o el miedo a no ser "lo suficientemente sensibles" para percibir algo que un grupo de gente está declarando allí mismo como real.

En el cuento de Andersen "El Traje nuevo del Emperador", ante la premisa de que las nuevas telas no pueden ser vistas por gente estúpida, nadie admite que de hecho lo que ven es un emperador desnudo, empezando por el propio emperador. La historia es tan vieja que podemos encontrarla en el folklore de Turquía, India o Sri Lanka. También en el Conde Lucanor (ca.1330) aparece una versión en la que el traje sólo será visto por aquellos que sean hijos de su presunto padre. En la versión de Andersen, sólo un niño es capaz de gritar que ve al emperador desnudo, y tras su atrevimiento el pueblo allí reunido admite que el regente va desnudo, aunque éste hace como si nada y termina su desfile. De haberse tratado de una historia real, alguien hubiera callado al impertinente niño y seguido con la pantomima: Es difícil que se admita de tan buen grado haber mentido por temor a quedar mal, porque naturalmente es algo que a pesar de ofrecernos una salida digna, nos haría quedar aún peor. El descubrimiento de un engaño - o simplemente de una pieza que chirría - a menudo se vuelve contra aquel que no sigue el juego y en ocasiones reciba el castigo del "colectivo" que ha apostado por respaldar la versión de la realidad que ha aceptado a priori, aún cuando a fin de cuentas sus manos estén vacías. Por supuesto, no faltarán  individuos capaces de fabricar y venderse el traje a sí mismos, y salir luego a la calle a presumirlo.

Esto sucede por igual en la vida ordinaria y en la vida mágica/espiritual, si es que realmente se puede trazar una frontera entre ambas. Lo vemos en grupos de adolescentes, pero también de personas adultas, que están pidiendo a gritos atención, que necesitan de artificios para poner un poco de color en sus vidas aburridas, o de subterfugios que justifiquen las acciones en las que no se reconocen. Esto no significa que no se produzcan fenómenos reales (porque una cosa no quita la otra), sino que son gestionados de la peor de las maneras posibles, y suelen acabar creando una auténtica dependencia del individuo hacia sus propias sombras o proyecciones luminosas - cuando no a las de otros-, que no cesan de alimentarse y crecer, atrapándolo en un bucle.
Para ver más allá de lo habitual basta con mirar donde nadie mira y luego ser capaz de aceptar lo que se ve. Del mismo modo que el pasado histórico es sistemáticamente manipulado para justificar construcciones ideológicas del presente, muchas acciones que tienen lugar en el mundo "espiritual" o "mágico" son antes síntomas de un problema básico no-resuelto que soluciones viables para enfrentarlo. A menudo esto me hace pensar en si nos tomamos en serio la premisa de la "responsabilidad por uno mismo", o si nos pueden las ganas de agitar enfáticamente una varita (rosa fresa o negro noche, lo mismo da) y contar historias robadas como si fueran propias.

Por supuesto no hay una única manera de andar el camino, y el autoengaño puede ser una etapa más en este viaje, pero personalmente y a pesar de los disgustos que me causa en público, prefiero mantener al niño impertinente cerca. Lo quiero, porque no se le supone a esta criatura un ánimo destructivo, ni siquiera una intención de afirmar o negar a priori lo que otros dicen; sino de ser sincero respecto a sus propias percepciones (o, en otros casos, sus principios) y que hablar de ello no debería ser motivo de censura, mientras se respete a los demás. Es posible incluso que, en tanto que niño, crea en cosas mucho más locas o absurdas que una tela que sólo los hijos de sus presuntos padres puedan ver. Pero lo necesitamos para recordar que aunque "cualquier cosa" podría funcionar, no lo hará siempre, ni en cualquier lugar, ni será lo mismo para una persona que para otra. Y es también muy útil para burlar las presiones y exigencias de aquellos que quieren para sí lo que pretenden prohibir a otros, por ejemplo, la capacidad de inventar viejos y nuevos dioses y establecer una relación personal con ellos. 

23 de septiembre de 2014

¿Existe la Magia?

Domenico Zampieri, A Virgin with a Unicorn, c 1604–05,
fresco del Palacio Farnese, Roma, según el diseño de Annibale Carracci

Hace algunos días en Un Papá como Darth Vader nos encontramos con la historia de un niño al que en su primer día de escuela su padre le había regalado un anillo asegurando que tenía poderes, pero unas horas más tarde un compañero - hijo, tal vez, de algún ferviente seguidor de Richard Dawkins- había logrado convencerlo de que no existe tal cosa como la magia, porque el anillo no puede hacer aparecer dulces. La tarea que se propusieron los padres fue, simplemente, explicar al pequeño que hay personas que creen en la magia y otras que no, apoyándose en parte en las respuestas que daba la gente a una simple cuestión planteada vía Facebook: "Si creéis que la magia existe y que, este anillo de “Linterna Verde” de la foto tiene poderes mágicos…darle un “like”. Si además compartís la foto…os estaré eternamente agradecido." Hasta el momento la foto ha sido compartida 1567 veces,  ha recibido 4950 likes y 380 comentarios, entre los que se cuentan tanto los de otros padres, amigos y familiares solidarios con la causa de que un niño no pierda la ilusión por esta clase de juegos tan pronto, como las de algunos brujos y brujas que conozco. Y, en muchas ocasiones, las respuestas de unos y otros no eran tan diferentes.

Parece que hay un acuerdo más o menos común en que acabar demasiado pronto con las ilusiones de un niño es quitarle algo muy valioso que le pertenece como un tesoro que, ya de por sí, se considera que tiene fecha de caducidad. Curiosamente, una de las respuestas que leí en varios comentarios fue "la magia sirve para cosas más importantes que hacer aparecer chuches, que se pueden comprar". Me parece una respuesta bastante adecuada para aquellos que nos interrogan acerca de la práctica mágica, porque no faltan adultos tan encaprichados con sus objetivos como un niño pueda estarlo de una bolsa de caramelos; aunque no sea el momento, aunque le vayan a sentar mal, o aunque puedan conseguirlos de manera mucho más práctica con acciones físicas directas en vez de pretenderlos lograr por la vía mágica.

La Magia, en ese sentido amplio que la equipara a la capacidad de maravillarse, es un bien que los adultos necesitan tanto como los niños, pero que en muchas ocasiones no saben como conservar. La Magia no habita en los prodigios, sino en la totalidad de la experiencia; no se desvanece, sino que dejamos de percibirla, al mismo tiempo que perdemos nuestro asombro por la maravilla de lo que somos, de lo que nos rodea, de la simple experiencia de estar vivos aquí y ahora.

Que existen un montón de palancas y cuerdas más o menos metafóricas y algunos métodos más o menos acertados de manipular la realidad en la que vivimos según nuestra voluntad o necesidad, es innegable. Pero por ellos mismos no pueden asegurar que la Magia esté presente, del mismo modo que las máquinas que hace medio milenio podían parecer un auténtico e inexplicable prodigio hoy son parte de esos paisajes industriales ( o de interminables basureros), que nos recuerdan con dolor la naturaleza sacrificada en los pseudoaltares racionalistas. Así mismo, existe la fantasía, que a veces funciona para conectar la Magia, pero que mal empleada sólo nos aleja de más y más de ella.
La Magia que niños y adultos necesitamos aún es la que nos hace ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con amor; la que nos descubre la belleza oculta en lo cotidiano y de vez en cuando incluso logra estremecernos al tomar conciencia por unos segundos de lo inexplicable y lo efímero de nuestras existencias. Esos momentos en los que la posibilidad de cualquier prodigio supranatural no resulta esencialmente más maravillosa que la oportunidad de pasear por un bosque, tomar un café con tu madre en la cocina, mojar los pies en la playa, desayunar tostadas, jugar con tu mascota, circular en bus en una tarde de lluvia o abrazar a tu pareja y decirle que la amas. Esos momentos en los que casi se escapa una lagrimilla y si alguien te pregunta a qué viene sencillamente lo dejas correr, porque a ver quién explica tanta emoción surgida de la nada en un puñado de segundos que tejen recuerdos, deseos, agradecimiento y consideraciones existenciales.

Pero por causas muy diversas, alguna vez en la vida, incluso los que trabajamos con ella, sentimos que perdemos la Magia. Son momentos que no siempre se deben a la dureza de las circunstancias, en los que nos sentimos extraviados y nos falta una dirección en la que marchar o un lugar al que llegar, momentos en los que algo no parece terminar de encajar, o nos sentimos solos porque nuestra propia compañía se hace extraña, porque no acabamos de reconocernos en lo que fuimos, o en lo que vamos a ser. Momentos que duelen, pero tampoco demasiado; que provocan una desazón difícil de explicar y que suelen ser el preludio de un cambio importante, de una nueva etapa. Momentos en los que el fruto que no ha sido recolectado cae al suelo, y alimenta esa tierra negra que es el lecho del mañana, en un tránsito oscuro y regenerador hacia la luz de una nueva primavera. En todo ese proceso también hay también una Magia, tal vez la más difícil de percibir, pero la que nos sostiene al fin y al cabo en nuestros peores momentos, recordándonos que seguimos vivos, pero también que nunca sabemos por cuánto tiempo contaremos con lo que ahora tenemos, ya sea mucho o poco, y más vale aprovecharlo, dejar de querer imponer nuestros planes a toda costa y estar más atentos a las sugerencias del Universo.

Tengo 33 años y aún creo en un montón de cosas que algunos creen imposibles, no sólo la Magia, sino cosas aún "peores" como la honestidad, la coherencia, las ganas de aprender y trabajar, la entrega, la amistad y el amor sinceros. Tengo la tremenda suerte de saber por experiencia que existen, aunque a veces parezcan desterrados de la faz de la tierra, y de no tener ninguno de ellos demasiado lejos. Pero siempre habrá quien dude incluso de la posibilidad de que cosas así existan más allá de los cuentos de hadas o las cabezas soñadoras, personas que verán un muro donde nosotros vemos una puerta, y - más vale tenerlo en cuenta- actuarán en consecuencia, por ejemplo, poniendo negaciones o fantasías (dos caras de la misma moneda) allí donde podría haber realidades maravillosas.
Que la Magia, y otras cosas supuestamente imposibles, existan no significa que sean fáciles de encontrar y reconocer, ni mucho menos que lo sea estar en contacto con ellas...  Una vez mi gato atrapó por reflejo un colibrí que se coló en casa, me miró como preguntando qué hacer con un insecto tan grande y, confundido, sencillamente lo dejó ir. Creo que por lo mismo muchas personas dejan escapar oportunidades maravillosas, proyectan o dejan volar su imaginación lejos de lo tangible, porque de hecho no sabrían qué hacer con la materialización de una posibilidad real entre sus patas, no están preparadas para ello. Y a veces es tan importante recordarnos que la Magia existe como estar conscientes de que hay personas que no quieren, o no pueden creer en ella, y no se puede esperar más al respecto.


14 de septiembre de 2014

Cerremos, si es necesario, las puertas


Christopher Williams, Cerridwen, 1910
Más Vida

Es bueno saber permanecer cuando todo incita
a desistir.
Cerremos, si es necesario, las puertas
y convirtamos la casa en un reducto
donde cada cosa, poco a poco, retome
dimensiones comprensibles y amigas.

Nada nos limita salvo el rechazo
de este espacio. En la incertidumbre granan
voces y más voces y a lo lejos el mar propone
el impulso del viento y la luz de las rutas.

Siempre el poniente convoca fuegos y auroras.

Saber permanecer, he aquí la consigna,
y preservar cadaquién el pequeñísimo
terreno en que proclama, altivo, más vida.

L'àmbit de tots els àmbits (1980)
Hace algunos años cierta violinista comentó en una reunión: "Entre los nuestros no podemos cultivar amistades demasiado comprometidas, porque hay que competir siempre y a toda costa; Pero tampoco podemos enemistarnos con nadie, porque nunca sabemos cuándo lo vamos a necesitar". Estas frases se me quedaron grabadas porque describen muy bien una actitud que logra que me nazca una urgencia terrible por salir de un lugar, o logra disipar cualquier intención o curiosidad que pudiera tener de entrar en él. Es cierto que no soy una persona extrovertida, ni demasiado ducha en las transacciones sociales, sin embargo, los vínculos forjados con mis compañeros de búsqueda - así sea por haber recorrido juntos sólo un tramo del camino -, permanecen a pesar del tiempo y la distancia. Hay muchas personas realmente importantes para mi, por las que siento un respeto, admiración y estima que no habrían podido darse en una relación menos sincera o entregada. Estas relaciones son también pruebas del camino, y frutos de un trabajo  y un aprendizaje sobre nosotros mismos, y sobre los demás.
Desde mi infancia he recorrido caminos de cabras, asomándome a la carretera de vez en cuando y volviendo siempre, tarde o temprano a los senderos menos transitados. Pero el mío es un camino que amo, una búsqueda a la que también me he entregado. Me he entregado a mí, con todo lo que tenía en ese momento, y por cada pago he recibido muchas veces más de lo que hubiera sido sensato pedir. Soy consciente de lo mucho que siempre queda por aprender, para lo que una sola vida o un puñado de ellas no bastarían; sin embargo veo demasiado a menudo personas que se llaman a sí mismos "buscadores", que dan dos pasos y se acomodan a la vera del camino, y van montando su particular tingladillo hasta invadir la carretera, tapando con las telas de sus tiendas ese horizonte que otros siempre seguiremos como enamorados.
Son unos cuantos años y muchos tropiezos en el camino, reconozco las trampas de lejos. Sin embargo, me gusta decir a otros que no les falta capacidad, sino ganas de trabajar; que esa urgencia por tener los frutos en sus cestos antes de estar maduros es una manera pésima de presentarse en los caminos y, a menudo, algo poco honesto para uno mismo y para los demás. No sirvo para advertir a alguien que está comiendo un fruto demasiado verde como para que no le sea indigesto, o que esa artesanía que le ha costado un ojo de la cara es una chapuza, o ese ungüento es un timo... De hecho, creo que algunos buscan precisamente ese timo o esa chapuza para entretenere y no enfrentar cosas mayores; y que de no ser así tal vez una indigestión o una desilusión a tiempo es justo lo que otros necesitan para salvarse de un mal mayor... Pero al mismo tiempo creo que ésa no es la mejor manera de aprender y me doy cuenta de que necesito algo más, algo que va más allá de esto. Puedo pasar por la feria un par de días al año y "socializar", pero mi lugar debe estar en otro sitio. En un sitio donde no haya necesidad de finjir afectos por miedo a perder intereses, para empezar.

Hoy ha sido un día en el que, tras muchas dudas, se han cerrado puertas. Yo las he cerrado, para poder abrir otras, y de paso he aprendido una vieja lección. Por más que no tenga nombre, este Camino que piso y los que considero mis compañeros en él merecen sólo lo mejor que pueda dar. 


31 de julio de 2014

Guardianes del conocimiento

Theodore Kittelsen, La Nix como un caballo blanco, 1909

Todos hemos oído hablar del llamado Guardián del Umbral y nuestra necesidad de enfrentarlo cada vez que, en nuestro propio recorrido existencial, llegamos a un punto sin retorno. El Guardian del Umbral cumple la función de pone a prueba nuestra resolución y compromiso a la hora de seguir la vía escogida, y nos recuerda que habrá una serie de cosas que debemos dejar atrás para seguir adelante. 
Actualmente, los Guardianes de los Umbrales se aburren mucho. Esto suele deberse a que pasos antes de llegar a cualquier umbral personal hay una especie de feria llena de luces de colores y musiquilla donde se asegura al caminante la posibilidad de lucir el título de sacerdote/sacerdotisa, de pertenecer a una tradición con solera, o incluso a un "antiguo linaje" (a menudo tan antiguo que no hay manera de rastrearlo). Una vez llegados a este punto, donde se reparten las etiquetas, no parece necesario dar un sólo paso más. ¿Hace falta algo más? Bueno, depende de la persona.

Cada vez que hago limpieza de la casa acabo encontrándome con un trabajo acerca de la Wicca que presenté hace más de una década, al terminar mis estudios de secundaria. En su día, vertí allí todo lo que sabía acerca del tema, incluidas mis propias conjeturas, y me sirvió para subir la nota global del curso. Pero cada uno de los años que han pasado desde entonces han significado modificaciones, añadidos, matices y correcciones sobre aquel escrito al punto que hoy no hay una sola página que mi consciencia me permitiera dejar intacta. ¿Estaba mal cuando lo escribí? Simplemente, entonces no había más información a mi alcance; a medida que obtuve más información me vi obligada a introducir cambios. Aunque las cosas muchas veces no fueron como yo esperaba, no es tan difícil cuando el compromiso está en el hecho de aprender, de acercarse a la verdad, en lugar de defender una posición concreta y tratar de usar lo que encontramos para defenderla, ignorando lo que no interesa. Si hoy, con lo que he aprendido, insistiera en defender aquel antiguo trabajo, estaría mintiendo a mis lectores/oyentes, pero sobretodo estaría mintiéndome a mí misma  y evitando al Guardian del Umbral. 

Hoy en día el paganismo es una serie de creencias y prácticas que se ha popularizado muchísimo, lo cual tiene sus ventajas y desventajas para los buscadores. Lo que una persona explique en un momento dado puede ser una falsedad, o simplemente puede que haya un tramo de camino que le quede por recorrer; muchas veces es difícil saberlo, porque nadie aprende en carnes ajenas. Por un lado parece haber más información al alcance, por otro, se han multiplicado exponencialmente los elementos distractores que nos alejan de lo que realmente importa a la hora de seguir un camino espiritual.
 La mayoría piensa que la función de los Guardianes del conocimiento es cerrar las puertas a aquellos que no lo merezcan, pero si lo pensamos bien, esta aseveración es un poco estúpida; no estamos hablando de la clase de conocimiento que te vuelva rico o socialmente exitoso de por sí y, por lo tanto, no suele tener ningún interés para los codiciosos, que conocen métodos mucho más efectivos para ello. En uno de los grupos con los que trabajé, se solía decir que "el conocimiento se guarda a sí mismo". 
 
La función de los Guardianes no es cerrar puertas, sino de hecho, mantenerlas abiertas para que el buscador que deja atrás la feria, pueda aún encontrar el Umbral y acceder a su propia y verdadera transformación. Por eso no importa desde qué camino llegues, ante el Umbral las etiquetas, los títulos, las denominaciones, las pertenencias, etc. no sirven absolutamente de nada. Ante el Umbral estamos solos, y una vez lo cruzamos, no somos los mismos. En eso consiste cualquier iniciación digna de ese nombre, en una introducción a un ámbito al que llegamos con todo por aprender, un segundo nacimiento a un mundo que hasta el momento nos era absolutamente desconocido, por mucho que nos hubieran hablado de él.
Por supuesto esta clase de trascendencia no es algo que interese a aquellos que se nutren economica o emocionalmente de la energía que el buscador pone en marcha al partir hacia sus objetivos de conocimiento; cuanto más lo entretengan, más partido sacarán de su necesidad. Por supuesto, algunas lecturas y algunos grupos pueden ayudarnos, pero sólo en algunos aspectos: tarde o temprano estaremos solos y habrá que tomar decisiones y acciones importantes, que nos obligarán a salir de nuestras zonas de comfort y cambiaran nuestra vida. Esto, en sí, puede convertirse en un primer encuentro con el Guardian del Umbral. 

La función del Guardian es recordar que allí hay un sitio por el que cruzar, que hay algo más allá que la realidad consensuada. Una opción alternativa a aquellas que nos han dado y que pretenden dejarnos en manos de la voluntad ajena. Un poco como en el mito de la caverna de Platón, o el Show de Truman; el umbral es esa puerta que se dibuja con tiza en los muros de una prisión, y que resulta que empujando puede abrirse. Es la conciencia de que siempre hay más camino para el que quiera caminar, por más que el colectivo insista que "ya sabemos todo lo que hay que saber" con el fin de mantener su propio orden y preservar sus intereses. 
La apertura de un Umbral, la capacidad de cruzarlo, se demuestra con actitudes y hechos, no con palabras. Por eso, aunque es difícil determinar la autenticidad o falsedad de los conocimientos que una persona puede mostrarnos en un momento dado, es posible prestar atención a otros indicadores, como su manera de tratarnos y tratar a los demás, la coherencia entre lo que dice y lo que hace, las cosas que promueve y aquellas que censura, etc. y sin necesidad de entrar en juicios personales, decidir si es la clase de escuela a la que nos gustaría asistir, o la clase de persona a la que será sano frecuentar.


27 de julio de 2014

El maravilloso poder del "No"


Wenceslas Hollar, El basilisco y la comadreja, s.XVII

A mí me hubiera gustado titular este post "The AMAZING power of NO", así, en inglés, como alguno de esos libros newageros cuyo color de portada salta directo a los ojos al pasar por delante en una librería o área de servicio de gasolinera. Los mismos que constantemente hablan de la importancia de ser positivos, y rara vez nos advierten de las maravillas de saber - o atreverse-  a decir NO.
En realidad este post debería formar parte de una trilogía, pero vamos con calma. El NO parece ser algo tan incómodo para la mayor parte de la población que casi siempre se intenta suavizar con excusas, por más torpes que sean, en vez de atenerse a las razones que lo justifican. A algunas personas el NO les da miedo, un miedo que puede llegar a paralizarles en el momento menos adecuado... A otras les duele más que cualquier herida física y, sin duda, el NO es la vía más rápida que conozco de convertir a un supuesto ser humano un basilisco o, visto de otro modo, de descubrir la verdadera naturaleza de aquellos con quienes nos relacionamos.

Desde luego el "NO" está muy demonizado, especialmente gracias a la Programación Neurolingüística (PNL), y es triste que no se acabe de entender que se trata de algo más que un juego de palabras. Aprender a decir "NO" desde dentro, con actitudes y resoluciones es la manera menos traumática que conozco, por poner un ejemplo, de dejar de fumar, sin nisiquiera tener que emplear la fuerza de voluntad: simplemente teniendo claro que aquello no sólo es innecesario, sino que no nos aporta nada. Y, desde luego, si alguien agrede a un niño por la calle, agradeceremos sin duda que la negativa al acto de violencia por parte de terceros que puedan deter aquello sea inmediata y completa, no que se queden mirando un rato mientras meditan qué grado de violencia sería adecuado tolerar, o visualizando que la agresión se convierte de súbito en una serie de muestras de respeto.

Saber decir NO es tan importante - a veces, incluso más- como perder el miedo a decir que sí, porque también a través de aquello a lo que nos negamos definimos nuestros propios valores y prioridades. Poco tiene que ver con el nivel de extroversión de la persona, o la importancia que de a lo que los demás piensen de ella; hay personas a las que no importa enzarzarse en discusiones violentísimas pero que sin embargo resultan incapaces de mantener la coherencia entre aquello que dicen no aceptar y lo que acaban por dejar entrar a sus vidas, e incluso acaban apoyando de la forma más vehemente, sin pensar en las consecuencias que esto pueda ocasionarles.  Negarnos a algo es una elección nuestra que manifestamos con palabras, hechos y actitudes. 

Sin embargo, debido a que el NO (la negativa, hablada o expresada con acciones) es molesto, muchas veces sólo lo enunciamos cuando una situación o una persona nos están poniendo entre la espada y la pared, y muy a nuestro pesar, porque sabemos lo que vendrá después: Ese "NO" nos convertirá en los malos (o al menos los antipáticos) de la película. En ocasiones, tenemos tanto miedo a ser mal comprendidos/mal vistos que por no decir un NO a tiempo, acabamos causando un mal mayor que aquél que queríamos evitar, a veces incluso dañando a aquellos que confiaban en nosotros.

Soy de natural pacífica e introvertida, escribo en blogs y de vez en cuando colaboro u organizo algún proyecto adicional. He aprendido a dar mis opiniones de manera bastante comedida donde se supone que se pueden dar, siempre puedo documentar en qué están basadas, y de hecho agradezco poderlas contrastar con puntos de vista distintos... No es precisamente la vida de un corsario, y sin embargo hay gente en este mundo que ha albergado odios vodevileros hacia mi persona a causa de ello. Bien, pues cada una de esas historias empieza con un simple NO por mi parte. A juzgar por lo que he visto en mis treinta y dos años de vida, casi estoy segura que algunos míticos imperios debieron tener su origen en algún NO mal encajado... Por compensar, o algo.

A veces es verdad aquello de que "nadie sabe para quien trabaja", pero posiblemente lo único que importa al respecto es qué hace cuando lo descubre. A veces la única opción honorable es decir que NO. Si alguien tiene el descaro de pretender utilizar lo que estamos haciendo de buena fe para sus propios fines, y además estos son contrarios a nuestros principios o a nuestra ética, tenemos todo el derecho de decir que NO, que por ahí NO pasamos. Es necesario entender, para nuestra paz de espíritu, que somos libres y cuando decimos que NO a algo o a alguien estamos expresando nuestros valores, no quitándole nada a nadie (a menos que estemos faltando a un compromiso en el que la otra parte no hubiera fallado, claro).

Pero no hay que engañarse: Incluso el NO más educado y bienintencionado del mundo puede bastar para despertar el basilisco interior de la persona o personas que hasta esa negativa nuestra parecían razonables e incluso dulces y cariñosos. Esto cuando uno es muy joven puede asustar mucho, sin embargo es un miedo que hay que superar si pretendemos desarrollarnos como individuos capaces de pensar por sí mismos y actuar en consecuencia. No significa que una vez decidamos algo no podamos cambiar de opinión, simplemente cuando nuestros principios tiran de nosotros en dirección contraria a la que otros nos piden (o incluso exigen) que avancemos, no es una cuestión de saber o no saber, sino de tener o no el coraje necesario para ser consecuentes con nuestros principios, o simplemente con aquello que queremos que sean nuestras vidas.
Por supuesto cada NO tiene consecuencias, si formas parte del grupo de trabajo equivocado, permanecer en él puede convertirse en un infierno debido a la presión del colectivo, si estás en una red de conocidos pueden empezar las difamaciones, etc. Los niveles de violencia implícita, chantaje y acoso que se pueden desarrollar en el seno de una comunidad autodenominada "espiritual" son simplemente fantásticos: nadie que no lo haya vivido puede imaginarlos por completo y aún viviéndolos son difíciles de aceptar. Pero cuando dejamos de escuchar justificaciones y eufemismos para  empezar a analizar hechos, actitudes y estrategias nos damos cuenta de lo fácil que es convertirse en aquello que en teoría estamos combatiendo (o "intentando sanar").  No nos equivoquemos tampoco, esto sucede por igual en sectas minoritarias que en una oficina completamente anodina... El círculo se va estrechando entorno a la voz disidente: "Sólo tienes que bajar la cabeza y decir que sí y esta tortura terminará". 

Pues NO.

Creo que Alex Rovira es acertadísimo cuando escribe que puedes obligar a que te oigan, a que te aplaudan, a que te besen, a que te cuenten un secreto o a que te sirvan; pero no puedes obligar a que te escuchen, que se emocionen, que te deseen, que confíen en tí o que te amen. Algunas personas seguirán tratándose de imponer y tal vez llegue un momento en el que ya no importe lo bajo que caigan en el proceso... Pero el NO inicial seguirá ahí. Con un poco de suerte, los motivos que nos llevaron a enunciar ese NO se hagan cada vez más evidentes. Por desgracia en algunos casos, sobretodo cuando hemos sido prudentes y discretos, esto no sucede así. Aún en esos casos no hay que olvidar que todo lo que se logra con engaños o malas artes (y no me refiero sólo a la magia oscura) siempre crea un vacío aún mayor que el que se intenta llenar.

Nuestro NO original sigue ahí, intacto, porque las cosas que importan no se pueden forzar.
Y podemos irnos a la cama tranquilos.

3 de abril de 2014

El Monstruo se queda



Todos tenemos épocas difíciles en nuestras vidas, semanas en las que todo parece venir junto, momentos en los que no vemos salida, y cerrando los ojos nos gustaría simplemente volver al barro original, y que el agua de la lluvia nos arrastrara hasta hacernos desaparecer. 
Luego nos sobreponemos, y seguimos.
Obviamente no hablo por aquellos que deciden revolcarse en sus desgracias y recitar en el relato interminable de quejas ensayadas antes que hacer nada... Hablo de las personas que mientras otros hacen esto, se levantan cada dia y luchan, y desde el fondo del pozo en el que se encuentran arañan las paredes buscando una salida, y se quedan sin uñas antes que sin fuerza, pero ahí siguen, mientras los días del plazo indescifrable pasan lentos.

En  una sucesión de acontecimientos que ha caído como una lluvia de piedras, puedo decir que en las últimas semanas me ha pasado prácticamente de todo, y no demasiado bueno, a todos los niveles: relaciones, proyectos, trabajo, salud...  El tipo de confluencias que, además de dejarnos temblando, nos da que pensar.  Una vez pasada la tormenta, no nos vamos a quedar en el dolor, simplemente empezamos de cero, y desde menos que cero si es necesario. Cuando pienso que he estado tantas veces en este punto que casi se ha convertido en mi medio natural, el miedo se esfuma y llega una especie de agradecimiento que no termina de ser una rendición.

Si algo tiene cada uno de los sismos que sacuden nuestras vidas derrumbando la mitad de lo que creíamos certero por los suelos, es que nos ayudan a hacer limpieza de todo aquello que  sobra en nuestras vidas, revelando a nuestra olvidadiza conciencia, la resplandeciente belleza de aquello que es esencial y permanece intacto cuando todo lo demás se agrieta y cae. Desde la perspectiva privilegiada de aquel que se halla entre ruinas podemos entender muchas cosas, y liberarnos ya sin pesar  de las mentiras (o medias verdades) con las que  hasta el momento velábamos nuestros ojos.
Cada vez que nuestro mundo se derrumba, una parte de nosotros muere con él y queda para siempre atrás. Eso significa también que podemos elegir hacia dónde orientaremos nuestro cambio, en el siguiente paso a dar.  Después de años de volver una y otra vez a este punto, puedo decir que la vida es algo que construimos dialogando con la existencia, más que planeando... Aunque tener un plan, ser capaz de entregarse a algo, siempre ayuda.  

Durante todos estos años el Monstruo me ha acompañado, como una sombra que me habita y, a veces, me hace daño. El Monstruo que permanece al fondo de la conciencia, mirando con escepticismo mis intentos de actuar de forma ética incluso cuando ando entre tramposos y cobardes. El Monstruo que, atado, se agita con furia, cada vez que tengo que tolerar una salida de tono, o incluso una falta de respeto de alguien que no cree necesario pensar antes de hablar, o no le importa. El monstruo que me araña por dentro cuando lo contengo sabiendo que alguien está tratando de mentirme o manipularme,  pero no hago nada, porque no está bien acusar sin pruebas ( aunque cuando las tienes, el daño ya está hecho, y ya no importa).

Casi puedo contar con las manos las ocasiones en las que el Monstruo ha escapado de mi control, provocándome una vergüenza terrible, porque gran parte de mi formación la pasé en una pseudoescuela en la que el dolor, la rabia o el enojo, deberían haber sido comprendidos, gestionados y trascendidos, pero como es algo que en realidad cuesta mucho esfuerzo y dedicación, más a menudo eran simplemente criticados, reprimídos y castigados.
Lo llamé Monstruo al ver como individuos que creían que podían seguir con sus experimentos sobre mi persona se asustaban al verlo aparecer... Lo llamé Monstruo porque por su culpa perdí cosas que amaba, o al menos, según los estándares de la época, creía amar. 
Sólo con el tiempo he podido ver que el Monstruo conserva todos los mecanismos de autodefensa que mi conciencia en algún momento trató de suprimir en busca de aprobación ajena, y  por mucho daño que me haya hecho, nunca será mayor que el que me ha ayudado a evitar. A fin de cuentas, el Monstruo ha hecho por mí más que muchos de aquellos que en algún tiempo consideré mis compañeros, o incluso hermanos.  Por no hablar de lo mucho que me ha ayudado a seleccionar  en quienes puedo confiar, algo que curiosamente poco tiene que ver con lo cerca o lejos que tienes a otra persona, o con el tiempo que haga que la conozcas, sino más bien con su manera de reaccionar cuando en el momento más inesperado nuestro Monstruo -  supongo que cada uno tendrá el suyo-  hace su aparición estelar.

Bien... Aquí sentada de nuevo sobre una montaña de piezas rotas y descartables, acaricio el lomo peludo del Monstruo que siempre me ha sido leal. Conversamos acerca de cómo deberíamos abordar el siguiente tramo de nuestras vidas y qué nos apetece construir ahora. Él sabe que hay principios a los que pase lo que pase no pienso renunciar,  y yo sé que puedo contar con que acuda en mi ayuda cuando alguien con las cartas marcadas pretenda hacerme entrar en su juego. Contemplando cómo han cambiado las cosas en los últimos cinco, diez o quince años, no puedo estar más que contenta de haber pasado por tantas muertes y renacimientos, y despertar aquí, ahora, de nuevo. Abrir los ojos después del hundimiento, y comprobar que el Monstruo y yo, no estamos tan solos como solíamos estarlo en estas ocasiones...  
Los Dioses me habrán negado muchas cosas en esta vida, pero me han concedido lo que más me importaba, sin lo cual, nada de lo demás tendría sentido. Así que, feliz y agradecida después de todo, volveré a este punto las veces que haga falta.

17 de diciembre de 2013

Llegando al corazón del Invierno



Echaba de menos volver al camino de cabras... Algo desvencijado por la larga ausencia, sigue siendo un lugar en el que puedo recuperar la paz. Llego después de una gripe intensa, que ha conseguido obligarme a guardar cama, y de paso a hacer también una buena limpieza mental y emocional.

Aunque para mí los años empiezan en Septiembre, hace semanas que recuerdo que hace a penas doce meses me preparaba para mi regreso a Barcelona con el ánimo del exiliado que, en un abrir y cerrar de ojos, se sabe condenado a perder todo; todo lo que ha levantado con su esfuerzo, todo lo que ha configurado su mundo, y todo lo que había amado. Acostumbro a suavizar las patadas que me da la vida, pero creo que los que me acompañaron en aquellos tristes días pudieron ver mi alma hecha jirones... Y sin embargo, debo decir que gracias a ellos, gracias a su amabilidad y su aliento; aquellas últimas semanas en México defendieron, orgullosos, una belleza propia, innegable, y brillaron por encima de la tristeza con una luz que no esperaba y que nunca olvidaré. Así que gracias otra vez, espero de corazón que volvamos a vernos algún día. Y, por supuesto, allí donde yo esté, estará su casa.

Al llegar a mi Barcelona natal, todo se me hacía extraño, frío, hostil... Principalmente mi cabeza. Estuve enferma, empapada hasta los huesos de ese tipo de malestar que dejan las grandes decepciones, los momentos en los que por mucho que te muevas no llegas a ningún sitio, y aunque te quedes quieto tampoco hay descanso posible. Ves como la gente va y viene a tu alrededor, y se alegran de tu regreso; pero estás tan frío por dentro, que a penas llegan los ecos de aquel calor y respondes mecánicamente, como desde un trance lejano. Te gustaría desaparecer para siempre, pero no es posible, así que te quedas y esperas a ver qué pasa... A ver si pasa algo mínimamente interesante. Lo he escrito en alguna ocasión; nunca se valora lo suficiente la curiosidad. A veces mata al gato, sí, y a veces esta es la única manera de que el gato en cuestión descubra las vidas que le quedan por vivir.

La luz  fue ganando terreno a medida que pasan los meses, la naturaleza reverdeciendo, y como en el poema de Ana Rossetti, una cree que el corazón a muerto despedazado, hasta que un día se lo encuentra de nuevo dando lecciones desde su inmortal sabiduría. Y poco a poco reconocemos a nuestros amigos de siempre, y entran personas nuevas en nuestra vida, y casi sin sospecharlo, acabamos por descubir que se han ganado un lugar propio en ella... A pesar de los recelos iniciales, creamos nuevas relaciones y nos entregamos a la labor de cuidarlas con toda nuestra pericia, y todas esas torpezas que está en nuestra mano ir limando. Así que gracias, de corazón, a los que siempre habéis estado ahí, y a todos los que habéis ido llegando, en estos meses, a mi vida... Con mención honorífica a la Confabulación Pagana, por supuesto. Entre unos y otros habéis conseguido que este sea, de hecho y contra todo pronóstico, uno de los mejores años de mi vida.


***

Un año en el que hemos vivido muchas cosas,  sobre las que iré escribiendo en futuros posts, pero sobretodo, un año en el que los mensajes han llegado muy claros, aunque me ha costado entenderlos, sencillamente porque no estaba ni mental ni emocionalmente preparada. Y aquí viene el meollo del asunto, de acordarme de cómo empezó el año y de lo difícil que ha sido en algunos aspectos. Necesitaba que mi alma se hiciera pedazos, que mis estructuras se vinieran abajo, que mi lista obsesiva de cosas que yo creía que tenían que cumplirse "sí o sí", obtuviera por respuesta una y otra vez un severísimo "No, de ninguna manera", hasta lograr que me diera por vencida y empezara a contemplar otras opciones.
O, mejor dicho, hasta que viendo el fracaso absoluto de los modelos en los que he sido de una u otra manera educada (convertidos después en autoimposiciones), me diera por una vez la oportunidad de probar un modelo propio de funcionamiento existencial.

Supongo que para algunas personas debe ser algo tan sencillo que a penas merece ser mencionado... Pero para mí ha sido realmente muy difícil apartar los montones de consejos "bienintencionados pero inútiles a la práctica" que siempre han entorpecido mis pasos, ensombreciendo de culpa la necesidad de trazar un camino propio. Y al fin decir que no pienso dar un sólo paso más dando la espalda a aquello en lo que creo, ni gastaré mis energías en cosas a las que no logre ver un sentido; aunque este modo de proceder, como ironizan algunos, me lleve a vivir debajo de un puente. 
No se trata de terquedad; terquedad es intentar ajustarnos por todos los medios posibles, incluyendo los que nos  desgastan o nos dañan, a una idea de nosotros (o de nuestra vida) que no nos corresponde, sólo porque desde fuera nos dicen (y nosotros aceptamos) que debemos ser así. Esto es más o menos lo que he hecho toda mi vida, si no en todos, sí en muchos aspectos de mi vida; y está claro que no ha funcionado demasiado bien.

Hace años que sé perfectamente lo que quisiera para mí; y principalmente tiene que ver con la manera de relacionarme conmigo misma, con los demás y con el mundo que habito, así como con la manera de actuar y reaccionar ante las situaciones que la vida me ponga por delante, buenas o malas. Una de las cosas que se han esclarecido para mí en estos meses es un esquema del que hace ya un montón de años hablaba Wayne Dyer [...Por cierto que un día de estos voy a escribir a favor de la New Age hasta quedarme a gusto, porque, lo adelanto ya, para mí está claro que hay mucho más que aprender de la New Age original, que de las publicaciones que hacen un refrito de lo mismo y le pasan después el filtro "Instagram" de la tendencia esotérica/pagana/brujeril de moda], según el cual, mientras nos preparamos para vivir una vida mágica/espiritual plena, pasamos por tres fases: una en la que la prioridad es tener, otra en la que nuestro motor es el hacer, y por fin una en la que valoramos el ser por encima de las dos opciones anteriores.

Supongo que nuevamente es una de esas cosas que depende de la educación que hemos recibido/aceptado. Por mi parte el tener o no tener cosas, creo que no me ha afectado demasiado (por aquí somos más bien de no tener). Sin embargo, tal vez como reacción a los modelos excesivamente pasivos que me rodeaban, gasté gran parte de mi juventud en entornos en los que se fomentaba la idea de que "cuanto más haces, más vales", hasta caer en la trampa de un sistema en el que se aprovecha la capacidad y las ganas de hacer cosas de las personas como si éstas no fueran más que combustible, y cuando las mismas personas que han dado su trabajo se agotan o se queman, se las desecha como envoltorios inservibles. La parte buena de este entrenamiento desquiciado es que no hay la pasividad heredada, por enraizada que esté, que lo resista (ahora literalmente soy capaz de "hacer cosas" incluso cuando parece que no hago nada); lo malo es que la acción sin conciencia puede anclarnos en la letargia más absoluta, tanto o más que la ociosidad.

Si nos valoramos en función de las cosas que hacemos; el día que hagamos menos, creeremos que valemos menos, y el día que no podamos hacer nada, además de la impotencia nos encontraremos con que nuestra autoestima puede desvanecerse de la noche a la mañana. Esto no significa que sea fácil cambiar de paradigma... A mi me está costando horrores. Así que llegando al corazón del Invierno, ya instalada en mi tierra junto al mar, rodeada de personas a las que quiero y con un montón de proyectos de todo tipo en el regazo, puedo decir que cada uno de los "NO" que he recibido en estos meses ha sido una auténtica bendición que me ha llevado por el único camino que realmente tiene sentido para mí, e incluso he podido ver los primeros frutos de mi nuevo proceder, tan pequeños como las primeras uvas de una vid, que parecen de juguete, pero nos prometen que crecerán con nuestro cuidado y dedicación. 

La ventaja de moverse desde el ser es que aquello que eres se expresa a través de cualquiera de tus acciones; trabajes en lo que trabajes, escribas acerca de lo que escribas; hablando con otros, comprando, saliendo a caminar, viendo una película, jugando con el gato... Implica estar conectado en todo momento con aquello en lo que crees, y con aquello que eres. La dificultad radica no sólo en lo poco que nos cuesta "desconectarnos", sino en lo mucho que nos cuesta creer en cosas realmente positivas para nosotros y los demás. En el entorno pagano es más curioso si cabe, pues puedes encontrar a personas capaces de sacarse una tradición ancestral de la manga elaborada a partir de sus propias filias y fobias, o a individuos capaces de creer que los dioses se preocupan personalmente de cómo les va un examen, una entrevista de trabajo, una discusión con los vecinos;  pero con una visión completamente escéptica acerca de las posibilidades de transformación (a mejor) de una persona común y corriente.

Poniendo las cartas sobre la mesa; yo creo en las posibilidades de las personas, mucho más que en la intervención particular de una divinidad. Creo que la verdadera magia (y la verdadera espiritualidad), no es otra cosa que la capacidad de transformación del ser humano aplicada a uno mismo. Creo que los dioses tienen propios sus ámbitos de acción, y que no están para sustituir a la humanidad en las labores que le son propias. Estoy segura de que no soy menos pagana por ello, y sospecho que si nos hacemos los locos respecto a nuestra capacidad para transformar nuestro universo, empezando obviamente por nosotros mismos, es porque como bien nos ha enseñado la mitología moderna: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
Vivimos en una sociedad que ha roto los vínculos entre su corazón, su cabeza y sus manos; y por tanto se ha acostumbrado a usar la imaginación como forma de evasión, en vez de aprovecharla para encontrar soluciones a los problemas que encuentra por el camino. Vivimos en una sociedad que permite la fabricación de semillas estériles, ¿tan ilógico es pensar que pretendan hacer lo mismo las semillas de nuestra mente, nuestras ideas, arrebatarles su capacidad generadora, condenarlas a la esterilidad? 

Estoy convencida de que la única de compensar -al menos parte- esta inercia en la que nos vamos hundiendo cada vez más, es demostrando con el ejemplo que en cada ámbito de nuestra vida se pueden hacer las cosas de otras maneras; no sólo acordes con nuestros principios, sino incluso más efectivas y satisfactorias. Y pienso comprometerme con esta convicción, apostar por ella hasta sus últimas consecuencias. Pero de todas las elecciones que he tenido que hacer en mi vida esta es, con toda seguridad la más significativa, porque implica realmente un salto al vacío: Si me caigo, no sé que haré con mi vida; pero lo cierto es que si sobrevivo, tampoco... Todo a partir de este punto es nuevo para mí. Lo único que tengo claro es que nací para esta aventura, y que gracias a los dioses [gracias sobretodo a esa Eris Postpagana capaz de remover cielo y tierra para sacar del embrollo creado una posibilidad insospechada, y enseñarla con una enorme sonrisa de triunfo al mundo], por fin cuento con los compañeros de viaje adecuados para salir en búsqueda de nuestro particular tesoro, y que no necesito nada más para ser feliz. Así que gracias a todos, y en especial al Witchdoctor que me ayuda a lidiar con las sombras que de vez en cuando tratan de tomar el control (además, por supuesto, de ser el rey de los festejos en cada celebración).


25 de septiembre de 2013

No hay una fórmula única



En más de una ocasión, escuchando una advertencia o un consejo, he tenido la sensación de que me hablaban cómo si en mi vida hubiera un enorme vacío y fuera necesario apresurarse a llenarlo de cosas o abarrotarlo con una decoración monotemática. Los consejos y las advertencias suelen darse desde la mejor de las intenciones, pero lo que funciona para unos no tiene porqué ser bueno para otros. Sencillamente, no existe una fórmula única, de modo que avanzamos por la vida probando las fórmulas de los demás, o bien tratando de elaborar una propia. Pero tanto si nos ha ido muy bien como si vamos cargados de dudas propias y ajenas, cuando damos un consejo corremos el riesgo de tratar de reafirmar la opción que nosotros hemos tomado, y olvidar que estamos dirigiéndonos a otra persona, con necesidades y prioridades distintas. Que el otro es alguien con quien podemos compartir mucho, pero que vive dentro de su propia piel.

El pasado domingo, fui a caminar un rato por los campos a las afueras del pueblo. Hacía tiempo que no me podía permitir algo así, y lo disfruté mucho. En un momento, sentada simplemente observando el cielo, muchas cosas cobraron un nuevo sentido, como piezas que encajan en un rompecabezas. Es algo que ha pasado con relativa frecuencia en las últimas semanas, pero que no deja de ser especial cada vez. Cada una de estas revelaciones mínimas me lleva a soltar en vez de acumular, a dejar de tratar de controlarlo todo, por difícil que me resulte. Y cada una me acerca más a la convicción de que es muy poco lo que en realidad necesitamos, que hay herramientas y trabajo de sobra para empezar a limpiar y a ordenar (otros dirían "sanar") tanto dentro como fuera de nosotros mismos. De hecho, las tareas por hacer son tan variadas, que es absurdo juzgar si una es más importante o significativa que las otras... En serio, la que escojas estará bien.

Sé por experiencia que un buen consejo ajeno puede hacer más daño que un error propio, simplemente porque nadie avanza demasiado cuando va en contra de sí mismo. Pero también sé que es injusto culpar a otros, cuando al fin y al cabo somos nosotros quienes decidimos si seguirlo o no. La única manera que se me ocurre de saber si lo estamos haciendo bien es ser capaces de detenernos en cualquier momento, ya sea que pasemos una buena o una mala época, y al preguntarnos si preferiríamos ser otra persona, respondamos que no. Si me detengo ahora mismo, incluso bajo la sombra de una montaña de incertidumbre por la que aún ronda alguna que otra hiena hambrienta, sé que no me gustaría estar en otra piel, que éste es mi lugar, que desde aquí seguiré creciendo y dando frutos. Tal vez tendré que renunciar a muchas cosas, tal vez tenga que lidiar con la oposición activa o pasiva de otros, e incluso con algún arrebato de autocastigo, pero el hecho es que no quiero vivir la vida de otro. 

El problema aquí es que estamos tan acostumbrados a hacerlo todo de puertas para afuera que hacerse   preguntas del tipo ¿Es esto lo que realmente quiero hacer? ¿Tiene esto sentido para mí ahora? suena excentrico o incluso egoísta. Se nos ha acostumbrado a determinar nuestros objetivos fijándonos en modelos externos, y a validar nuestras impresiones en la colectividad. Algo que no me acaba de convencer pasa a ser maravilloso si muchas de las personas que me rodean así lo definen; luego asumiré que algo es felicidad simplemente porque muchos otros le dan ese nombre, incluso aunque mi experiencia al respecto ni siquiera sea positiva. La historia narrada en El traje nuevo del emperador tiene muchos más años que la versión de los Grimm. Es fácil de entender, pero no tan sencillo de aplicar, y no es extraño que nos amarguemos la vida porque no podemos alcanzar algo que creemos que nos hará felices, cuando de hecho podríamos ser felices si sencillamente no nos dejáramos amargar...  Vivimos en un mundo de sombras y reflejos, cerrados a nuestros sentidos internos, tal vez porque éstos tengan demasiado que reclamarnos. Pero si no trabajamos esta parte de nosotros en la que estamos a solas y nos obligamos a ser sinceros con nosotros mismos, nuestro tiempo puede agotarse sin que hayamos hecho nada de lo que realmente nos hubiera gustado hacer con él.

Hace tiempo que tengo una lista de cosas que realmente me apetece hacer, muchas de ellas las he escrito sin saber cuándo podría hacerlas, porque escribir cuesta bien poco. Pero cuando las condiciones apropiadas se dan -y es increíble si me paro a pensar cómo las oportunidades se abren camino- las cosas se hacen,  se disfrutan, y luego se dejan ir. Hay mucho más que hacer, que conocer, que sentir. Alcanzar un objetivo no es lo que me hace feliz, lo que me hace feliz es ir dejando atrás las viejas metas sabiendo que eso es el Camino. Sé que en realidad no voy a ningún lado más que a la muerte y que allí se encontrarán, tarde o temprano, todos los senderos; pero siempre que tengo ocasión me gusta escoger la ruta y la compañía y, por supuesto, el ritmo al que avanzar. Así soy más consciente de la vida, y sólo así puedo celebrarla. Entiendo perfectamente que pueden haber otras fórmulas, que funcionen, que den resultados, que hagan felices a otras personas y las respeto, pero no me gusta que se enarbolen como si fueran el único camino posible, y mucho menos, que se traten de imponer como una solución única. Al parecer ser incómodo es parte del trabajo que escogí realizar en mi paso por este mundo.



22 de septiembre de 2013

Seminario Pagano Ouróboros




Aunque en la actualidad la oferta de talleres y cursos dedicados a técnicas de “crecimiento personal” es muy amplia, a menudo ese tipo de prácticas quedan como una experiencia aislada que carece de una continuidad que permita evaluar la efectividad de los conocimientos recibidos. A partir de esta observación, buscando una alternativa que pudiera funcionar con un grupo de personas procedentes de diversas tradiciones, se ideó el Seminario Pagano que dará inicio en Barcelona el próximo mes de octubre.

En el Seminario Pagano Ouróboros vamos a presentar modelos y técnicas para el desarrollo personal y la consecución de objetivos vinculados a la tradición pagana. Siempre han existido multitud de ramas dentro del paganismo, pero más allá de las particularidades de cada uno de estos senderos existe un fondo común: La relación con la Naturaleza como fuente de vida y conocimiento.  Por esto, el hilo conductor del taller será el viaje de la semilla desde las profundidades a la superficie y su regreso,  el ciclo que discurre Sobre/Bajo tierra. A lo largo de nuestro recorrido, sin embargo, procuraremos no perder de vista los vínculos que el paganismo moderno tiene con otras tradiciones y escuelas de conocimiento (tales como Hermetismo, las tradiciones orientales, la magia ceremonial o incluso la New Age).

Todo el saber acumulado procedente de estos intentos de comprender el universo y el papel que jugamos en él confluye en nuestro presente y resulta muy valioso a la hora de construir la vida que deseamos vivir. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas, en la nuestra recibimos mucha información, de hecho se nos “bombardea” con ella, y no siempre tenemos tiempo de filtrarla o digerirla. Cualquier aprendizaje teórico no es sino una preparación para la experiencia, que es el paso que se omite con mayor frecuencia provocando resultados escasos y confusión. En el Seminario queremos recuperar la experiencia (individual y grupal) como fuente de conocimiento, y fomentar la comunicación como una forma de relacionarnos de manera constructiva con nuestras comunidades dentro y fuera del paganismo.

Aunque existen sistemas de aprendizaje completos y  bien estructurados dentro de algunas tradiciones, en la mayoría de ocasiones el pagano inicia sus estudios y prácticas en solitario, tomando información de diversas fuentes y desarrollando aisladamente una práctica irregular. En el plano teórico, lo que vamos a ver en el Seminario son una serie de modelos generales en los que sea posible ordenar la información que ya tenemos -y la que esté por venir-, para que sea mejor aprovechada. Así mismo, fomentaremos el diálogo entre tradiciones, pero también la capacidad crítica que permita detectar y enfrentar adecuadamente abusos y fraudes.

En el plano práctico revisaremos un conjunto de ejercicios y técnicas (relajación, visualización, respiraciones, pathworking, trabajo con sigil, trabajo ritual…) y presentaremos algunos métodos tanto para enfocar nuestros esfuerzos a la consecución de objetivos, como para beneficiarnos con el aprendizaje derivado de nuestros propios deseos, objetivos, esfuerzos, procesos y resultados. 

Para más información visita nuestro site:
http://seminariopagano.paganfederation.org/


Organizado por:

OuroborosPFI España
  

22 de junio de 2013

La venganza



Hay preguntas que aparecen en un momento cualquiera, como si fueran inocentes, y empiezan a caminar a nuestro lado.  Un día nos damos cuenta de que nos han acompañado por tanto tiempo, que prácticamente se puede decir que han crecido con nosotros, que ha habido una especie de influencia mutua, que a fuerza de descubrie y atesorar elementos para formar una respuesta, al planteamiento inicial no le ha quedado más remedio que reformularse o verse desbordado.
Hace más o menos una década alguien me preguntó qué opinaba de la venganza. Por supuesto, entonces no  le daba demasiada importancia... El tiempo se encargó de dar un sentido a aquello. Supongo que es una de esas cuestiones para las que no hay una respuesta correcta o incorrecta, sólo un posicionamiento existencial que se traduce en una guía para dirigir nuestras vidas.

Ahora puedo decir con toda seguridad que la venganza me parece un desgaste inútil y contraproducente, y que la venganza y el castigo son una y la misma cosa. Tanto el discurso oficial como el de la contra llaman a rechazar la violencia, sin embargo en nuestra sociedad se hace todo lo posible para justificar su uso, como si realmente temiéramos que la violencia pudiera desaparecer de nuestras vidas. Creo que en parte esto se debe una pereza terrible, o a la falta de imaginación y empeño en la búsqueda de auténticas soluciones. En cualquier caso, el afan de venganza me parece una de esas muestras de ignorancia a las que nos acostumbramos de tal manera que a penas notamos ya lo que son.

Demasiadas personas parecen cargar con un puñado de primeras piedras en los bolsillos, como si ellos no tuvieran nada que ver con las situaciones que los rodean y por las que se consideran afectados. A veces hay tantas piedras esperando su turno de ser lanzadas que ya no caben en los bolsillos y se tienen que llevar en las manos, impidiendo que éstas puedan hacer cualquier otra cosa. A veces hay tantas piedras que la persona que las lleva debe desistir de hacer cualquier otra cosa que sentarse a amontonar piedras, y vigilar que nadie pase por allí y se las lleve. Eso es el resentimiento.

Hay momentos en los que declaramos con condescendencia que no quisiéramso vengarnos de nadie, pero que nos gustaría que otra persona sufriera lo que nosotros hemos sufrido para comprender. La vida tiene lecciones para cada uno de nosotros, y por más que se diga, lo cierto es que el sufrimiento es un pésimo maestro. Aquello que aprendemos de las situaciones dolorosas sólo llega una vez hemos conseguido dejar atrás (o trascender) el sufrimiento, nunca  mientras lo vivimos. La experiencia del sufrimiento es completa, tiñe toda nuestra percepción de la realidad; es como una herida abierta por la que se escapa toda la fuerza con la que podríamos estar haciendo otras cosas, por ejemplo, algo que sirviera para ayudar a otro.


Lo cierto es que cuando alguien a quien queremos sufre, incluso si esto fuera un castigo merecido, quisiéramos creer en la posibilidad de que su padecimiento pudiera ser aliviado.  Si hemos pasado por lo mismo, o algo parecido, es posible que intentemos acompañarlo en el proceso, pero pronto nos daremos cuenta de que todo cuanto podemos hacer es esperar en la puerta del laberinto del que tendrá que salir por sí mismo, y sólo entonces encontrará el sentido a lo que sea que le hayamos ido diciendo mientras esperábamos. Para que las personas comprendan cualquier cosa es necesario salir del sufrimiento. El único maestro es el amor (lúcido), la capacidad de vernos en el otro, de ponernos en su piel y, al mismo tiempo, observarlo desde la distancia, tal como es, libres a nuestra vez de apegos y condicionamientos.

Nombrar la venganza es remover cosas que quedaron en el fondo, tirar de hilos que aún duelen. Por lo general no pensamos en vengarnos o castigar, pero queremos creer que la vida o la justicia divina lo harán por nosotros, que nuestro resentimiento está justificado. Y así damos vueltas y vueltas buscando el perdón - tanto el nuestro como el ajeno-, y huyendo de él al mismo tiempo, como un perro que persigue su propio rabo. La única manera de liberarnos de esta condena es aprender a soltar, a dejar ir. Aprender a perdonar y, sobretodo, a perdonar las faltas que hayamos podido cometer contra otros o -sobretodo- contra nosotros mismos, aunque fuera por ignorancia o inconsciencia. 

La culpa es más inútil que cualquiera de los errores que hayamos podido cometer. Esto no significa una trivialización de los daños cometidos, y no justifica nada; sólo subraya el hecho de que no se puede cambiar nada de lo que ya ha sucedido, y cualquier cosa que pueda hacer partirá del presente en el que nosotros, u otros, nos encontremos. Ya he dicho que se trata de una elección personal; creo de verdad que hay suficiente sufrimiento en el mundo, y que no necesitamos más.  Preferiría que las personas - yo me incluyo- pudiéramos aprender, ganar conciencia y resarcir nuestras faltas ayudando a otros a estar mejor, en vez de desperdiciar el regalo de la vida encerrándonos en el castigo, propio o ajeno.

No hace mucho hablaba con un amigo de cómo nuestras redes son más amplias de lo que solemos imaginar. Hacemos algo por alguien y esperamos (aunque no lo confesemos) que, a su debido tiempo, esta persona haga algo por nosotros a su vez. Pero la cosa no suele funcionar así. Hacemos algo por alguien, en un momento dado, porque en ese momento podemos y queremos hacerlo; a su debido tiempo el Universo nos devuelve el favor, a menudo a través de personas a las que tal vez no conocemos demasiado, pero están allí en el momento adecuado. En muchas ocasiones nos encontraremos con que no podemos devolver un favor a la misma persona que nos lo ha hecho, pero sí podremos hacer un bien a otra persona que lo necesite, aunque no la conozcamos mucho, porque estaremos en el lugar y tiempo adecuados y que nuestro turno ha llegado. Se trata de ampliar un poco nuestra área de observación e interacción.

Con el perdón sucede lo mismo, no creo que alguien que nos haya hecho daño pueda resarcirse tratando de compensárnoslo, sobretodo teniendo en cuenta que los daños reales no tienen compensación posible. Pero sería suficiente si en algún lugar de nuestra mente pudiéramos dar permiso para que esta persona tenga una segunda oportunidad de hacer el bien a otros. Esto significa dejar la puerta abierta para que cuando alguno de los nuestros, o nosotros mismos, sea el que caiga en el error, el que se vea separado y enviado a los infiernos de la propia conciencia, tenga al menos una oportunidad de volver al hogar - allí donde el amor espera con paciencia infinita - tarde o temprano.

Ayer fue el solsticio de verano. Honramos al Sol, en su esplendor, pero es mi turno de invitar también a las Sombras que lo acompañan en su viaje. Hablo de culpa y de castigo, de perdón y redención, de resentimiento y amor. Sé que alguien por ahí -y alguna parte de mí misma- me reprochará que esto suene demasiado New Age o tal vez incluso algo cristiano...  Pero también conservo la esperanza de que algún día nuestras tradiciones hagan por nosotros algo más adiestrarnos y sacarnos a pasear como perros, tirando de las cadenas que nos ponen al cuello si nos acercamos a oler unas matas alejadas del camino que trazaron para nosotros, y amonestándonos si intentamos saludar a la criatura que salga de entre ellas.
Las etiquetas me sobran. En todos estos años la vida me ha llevado a muchos lugares en los que las palabras se convierten en trampas, estamos ahora en una de esas fronteras que avanzan y retroceden, tan simple como el eterno juego del mar y la arena en la playa, del mar y el cielo en el horizonte. Fronteras que se disuelven por un momento ante nuestros ojos, para acompañarnos de la mano más allá de los límites impuestos por la apariencia de dualidad.

Y ésta, diez años después, es mi respuesta.

27 de mayo de 2013

Amor y lucidez





Hace unos días en un blog en el que se habla acerca de alimentación surgió un debate acerca de si era seguro o no usar el microondas en la cocina. Una persona nos advirtió que era muy peligroso, y pasó un enlace sobre un experimento en el que se comparaba durante diez días una planta regada con agua que había pasado por el microondas, y otra que no.  Al final, la primera planta había muerto. Como la cosa sonaba alarmista, y no había referencias en el documento, una respuesta cordial era ofrecernos a hacerlo nosotros mismos y ver lo que sucedía. Entonces la persona que nos había escrito pidió que no lo hiciéramos, y que borráramos su comentario, porque siguiendo el principio de ahimsa (no-violencia) e invocando al amor, no quería ser la causa de ningún daño a la planta.
Creo sinceramente que el comentarista tenía la mejor de las intenciones, y los comentarios se ocultaron; pero quedó la curiosidad y en un par de búsquedas rápidas por la red pude comprobar que el mito del agua-de-microondas-asesina-de-plantas había sido desmontado por la vía empírica y explicado en Snopes.com hace un año. Ninguna planta fue dañada durante el experimento de comprobación, por cierto.

Obviamente no estoy escribiendo aquí para defender el uso de un electrodoméstico, sino porque la anécdota que acabo de explicar es una muestra de lo que sucede con relativa frecuencia con las buenas intenciones y los senderos espirituales o de desarrollo personal. El principio de la no-violencia parece tener como objetivo evitar el sufrimiento innecesario, pero a veces el árbol nos impide ver el bosque. Alguien que no quería dañar una sola planta, no tiene reparo alguno en difundir una información falsa que genera un efecto de alarma en aquellos que la leen y que contribuye a las sensaciones de  malestar, desconfianza e impotencia del colectivo.  ¿Qué efecto que puede tener en una persona comer algo que le han dicho que puede ser peligroso para su salud? ¿Cuál será el nivel de culpa que podemos infundir en una madre a la que no le queda más remedio que calentar la comida de sus hijos en el aparato que le hemos advertido que puede dañarlos?  Hacer esto de manera completamente inconsciente, sin haberse detenido siquiera a comprobar la información que estamos esparciendo, ¿no es acaso un acto de violencia innecesaria sobre nuestros congéneres?

Para poder seguir el principio de la no-violencia se necesita ser capaces de discernir. Resulta fácil elegir entre lo beneficioso y lo dañino; lo difícil es, entre dos males, escoger que cause menor perjuicio. Tomar acción, y asumir las consecuencias. Si un principio espiritual nos está inmovilizando o estancando en algún punto, hay una falta de comprensión. Por ignorancia, vertemos el daño sobre nosotros mismos, y perjudicamos a aquellos que están en relación con nosotros. La vida es un fluir constante y para estar bien fluimos con ella.
Existe un apego terrible que se disfraza de virtud cuando nos negamos a quedar en deuda con el resto de los seres vivos a los que estamos vinculados, significa que de algún modo tenemos miedo a aportar nuestra parte en el juego, a entregarnos a aquello que es mayor que nosotros. Querer ponerse a uno mismo por encima del resto de seres y "perdonarles la vida", no es sino un signo de ignorancia y soberbia. Ni siquiera es por este camino por el que se renuncia al mundo. Hay una gran diferencia entre evitar sufrimiento innecesario y adoptar esta actitud tan dañina, olvidando que nuestros cuerpos también serán cadáveres algún día.

Por esto siempre me han gustado las palabras de Khalil Gibran:
Ojalá pudieras vivir bastado con la fragrancia de la tierra, y como una planta sustentarte por la luz.

Pero ya que tienes que matar para comer, y robar a los jóvenes la leche de la madre para saciar tu sed, entonces haz de esto un acto de adoración, y que tu mesa sea un altar en el cual los puros y los inocentes del bosque y campo son sacrificados por aquello que es más puro y más inocente dentro de muchos.

Cuando matas a un animal, dile en tu corazón,

«El mismo poder que te mata, me matará a mí; y así mismo seré consumido.
Porque la ley que te entrega a mi mano, me entregará a mí en la mano de otro más poderoso.

Tu sangre y mi sangre no son sino la savia que alimenta el árbol del cielo».

Y cuando aplastates una manzana con los dientes, dile en tu corazón,

«Tus semillas vivirán en mi cuerpo,
Y los capullos de tu mañana florecerán en mi corazón,
Y tu fragrancia será mi aliento,
Y juntos nos regocijaremos por todas las estaciones».

Tomamos de la Tierra y el Cielo nuestro alimento, nuestra bebida y nuestro aliento. Es verdad que podemos restringir nuestro consumo, eliminar de nuestra ingesta todo cuanto no nos es estrictamente necesario para vivir y desarrollar nuestras funciones, pero esto por sí solo no nos liberará de la deuda principal. En vez de pensar en cómo evitar la acumulación de deuda, podríamos pensar en cómo agradecer todo aquello que nos ha sido entregado, qué es lo que nos toca hacer a nosotros a cambio. Si el mundo entero se entrega de esta manera dramática para que nuestra vida siga un día tras otro en las condiciones que conocemos, lo mínimo que podemos hacer es procurar que esa vida valga la pena, que haya en ella cierta entrega al universo que la sustenta.

Posiblemente el amor sea el único camino, pero el amor en el sentido trascendente del término. Avanzamos en él, hacia él y nos romperemos y volveremos a construir mil veces antes de comprender un ápice de lo que en realidad sucede. No es el amor que podemos sentir por una persona, o un camino, o una deidad concretos; ni tampoco es un amor al que la voluntad pueda poner condición alguna. Este amor ha habitado en la suavidad de un pétalo de flor de almendro; pero ha permanecido, inalterable, mientras la tierra se bañaba en sangre. No es que deba dirigir la vida de la humanidad, es que la humanidad no puede escapar de él.

En el mundo de los hombres, este gran amor es el misterio último que late en el centro silencioso de cada cosa manifiesta. Pero el reino de las formas, en el que habitamos, tiene sus propias características. Para movernos por él necesitamos, además de buenas intenciones y benevolencia, capacidad de comprensión, discernimiento y voluntad de entrega. Necesitamos poner en uso la herramienta del intelecto, comprender cómo funcionan las cosas para poder restablecer el orden cuando se haya alterado o arreglar aquello que se haya estropeado. En su dimensión humana, el amor requiere de lucidez para no equivocar las metas (nutrir, proteger, reparar), de lo contrario sólo conduce a la confusión y a la desgracia propias y ajenas.

28 de enero de 2013

Otra "Encomienda de la Diosa"

Edward Robert Hughes (1851-1914), Radiant Moon (detalle)

Es muy sano aprender a cuestionar nuestras fuentes de información, especialmente cuando somos nuevos en un tema. La capacidad de discernimiento, sin embargo, no se obtiene rechazando de antemano aquello que no nos parece atractivo o conveniente, sino manteniendo cierta cuarentena sobre los datos que van llegando, pactando hipótesis y esperando el momento adecuado para validar o descartar nuestras propias impresiones.
Hace algunas décadas el panorama del paganismo en España era muy distinto al presente y en no pocas ocasiones la información había que extraerla de lugares de dudosa credibilidad, para luego limpiarla, prácticamente reconstruirla antes de que pudiera ser usada. Esto no significa que las cosas sean más fáciles ahora que los medios de transmisión del conocimiento y contacto entre personas proliferan, porque a decir verdad nos vemos obligados a buscar la misma cantidad de información fiable, si no menos, en un terreno mucho más grande y plagado de ruidos y espejismos. 

Pero esta clase de búsqueda "externa" no es precisamente la más importante y a veces se trata sólo de una excusa que nos lleva a la otra búsqueda, la única posible en realidad, que nos lleva, aún reticentes, a asomarnos a nuestro universo interior.Y es este universo interior el que, en ocasiones, despierta resonancias que nos indica por dónde hemos de seguir, y a falta de otras herramientas, improvisa con cualquier cosa que tengamos delante, para llevarnos por donde debemos pasar.
Poniendo en orden cajas ya olvidadas, he reencontrado el primer texto de la brujería moderna que conocí. Como aficionado al género de terror, mi padre había coleccionado los fascículos de la Enciclopedia Planeta de las Ciencias Ocultas y Parapsicología, que estaba ya en casa antes de que yo llegara almundo, y que fue objeto de mi devoción desde la más tierna infancia debido, posiblemente, a lo psicodélico y colorido de las ilustraciones -y los temas- que contenía.

Según esta fuente, el texto referido, un tipo de Enconmienda de la Diosa, formaba parte del "primer Libro de Sombras publicado". Para ser sinceros, decía también cosas como: "Los dioses que se invocan más comúnmente son Zarach y Zaruna: Zarach es el nombre que se le da  al Señor del día, al Sol, al que fertiliza al mundo. Y Zaruna, la Señora es la luna, la Diana nocturna, la reina de los cielos de media noche, la Señora de la muerte y de los por nacer. (...) Por encima de Zarach y Zaruna está el Supremo Hacedor, el Sumo Creador, Padre de todos los seres vivientes." (!!!) Pero a pesar de todo, al copiar esta "Encomienda" me he dado cuenta que al releerla podía recordar mi voz de niña recitándola como una invocación, y toda la emoción que sentía escondida en el bosque, sentada a solas frente a altares sencillos elaborados a base de objetos sustraídos de la cocina.
Este es, de hecho, el material con el que empecé a trabajar - esto y unos preciosos himnos a los elementos, que estaban en otra sección de la misma enciclopedia y que ya no he vuelto a encontrar-. El texto es bastante simple, pero no necesitaba mucho más entonces (de hecho, creo que en realidad ahora tampoco), más que nada lo reproduzco como una curiosidad de otra época, que no me gustaría que se perdiera.

A aquellos que no siguen los caminos secretos, debes ocultarles los secretos de tus conocimientos. Pero esfuérzate en tratar con ellos abiertamente, pues muchos de ellos me rinden culto bajo otro nombre y muchos otros no me conocen. Mantén íntegros tus ideales y respeta los ideales de los demás, pues mucha gente se esfuerza para otra grandeza y sus vidas también están tocadas con la gloria.

Concede a tus amigos dentro de la brujería y fuera de ella tu amor y las mejores palabras de aliento. No les traiciones, si no dales por el contrario toda la felicidad que esté en tus manos. No busques pendencias ni la guerra por ninguna razón. Las razones para la guerra nacen de fantasías y miedo. Busca, por el contrario, razones para el respeto mutuo y poder disfrutar juntos las posibilidades de la vida.

Busca fuerza espiritual y toma conciencia de que no será abrumada por una repentina desgracia. Sé gentil con tu cuerpo y no lo castigues, porque yo te lo he dado como un regalo y eres mi propio hijo. No busques mutilar el cuerpo de tu enemigo, porque también a él lo he creado yo.

Manténte en paz contigo mismo y guarda encarecidamente el honor en tu propio corazón, porque éste es el camino para estar en paz conmigo. No finjas afecto y amor donde no lo hay. Muestra buena voluntad hacia aquellos que te provocan y humillan.

No temas el paso de los años, porque la sabiduría no está en mi semblante juvenil, sino en mi cara oscura. No temas a la vida, recuerda que el ciclo de la muerte y el nuevo nacimiento nivelarán todas las cosas al final...

Yo he estado contigo desde el alborear del tiempo y seguiré estándolo más allá de su fin, porque yo soy el tiempo. Debes venir a mí en silencio, porque yo conozco todas tus necesidades y deseos. Debes recogerte ante mí, abierta o secretamente, de día y de noche. Yo soy tu reina y solamente yo a mis fieles servidores he enseñado mucha sabiduría para poder sobrevivir.

Enciclopedia Planeta de las Ciencias Ocultas y Parapsicología, Barcelona, Planeta, 1977. (Posiblemente Tomo V.)



16 de agosto de 2012

La elección de un camino

Brent Cotton, Crossroads, 2007


No hace mucho un amigo joven cargaba muy orgulloso un ejemplar de "Las 48 leyes del poder", de Robert Greene; me presentó el libro como si fuera un desafío y observó  con atención - cómo no - mi cara de sospecha al ojear la lista de sentencias faltas de ética en su mayoría. Creo que lo decepcioné un poco al decirle que posiblemente valga la pena leerlo, aunque sea para estar prevenido. Estar informado, reflexionar un poco y tomar una elección consciente, teniendo en cuenta las posibles consecuencias. No se trata simplemente de avanzar por una senda preestablecida, sino de construir con el tiempo que nos ha sido dado una vida que podamos decir que fue nuestra.

He conocido a gente que se mueve por el mundo de esa manera, y no los envidio en lo absoluto. Eventualmente adquieren cierto poder, limitado al número de personas que pueden manipular a través del miedo o de la seducción, pero al mismo tiempo la mezquindad los reduce a esclavos o sombras, viviendo por y para la máscara. Pero muchas de esas "leyes", que no dejan de ser trucos y trampas, funcionan. Llevan siglos funcionando, aunque afortunadamente, no sobre todo el mundo.

A menudo permanecemos en la superficie, y rara vez nos preguntamos qué hay detrás o debajo, qué mueve o qué proyecta la imagen que ha apresado nuestra atención. Es común que desconozcamos, por ejemplo, cuál es el precio real de lo que compramos o dónde va a parar en la basura que generamos en nuestras casas. Sospecho que en gran medida este es el motivo por el que se ha podido perpetuar más allá de la lógica la existencia del sistema de consumo en el que actualmente vivimos: proyecta una ilusión asociada al bienestar, y la creemos a pesar de que la lógica nos diga que es insostenible.   

Cada persona debe escoger el sendero que va a seguir, aunque no exista de antemano un nombre para éste. Estoy convencida de que en el fondo, siempre sabemos lo que queremos, aunque no siempre sea cómodo o fácil de aceptar. Lo malo es que si insistimos en ir por un camino distinto, que no coincide con lo que realmente queremos, nos condenamos. 
Cuando me encuentro delante de alguien que aún tiene que hacer tantas elecciones, siento que sería un crimen tratar de conducirlo hacia un lado u otro, acotar antes de tiempo las posibilidades que se extienden ante sus ojos y que tal vez yo no alcance a ver. Pero también me doy cuenta de que me hago mayor, y eso implica que veo matices que antes no percibía, y que para alguien más joven deben ser difíciles de distinguir. Así que me limito a señalar aquello que es posible que pase por alto.

Hace tiempo escribí Tradición, conocimiento y ética, sobre cómo el hecho de que las cosas sean tradicionales o funcionales no es garantía de que sean también éticas o aconsejables. Aunque hay muchos caminos - dentro y fuera de la magia- que proveen resultados comprobables, cada uno de ellos nos llevará a unos lugares determinados, y moldeará de uno u otro modo nuestras existencias. Antes de seguir por ahí debemos plantearnos muy seriamente si el recorrido nos traerá el tipo de experiencias que queremos para nuestra vida.

Señalo esto porque de vez en cuando nos encontramos, por un lado,  algunas personas que parecen impelidos a gritar a los cuatro vientos que han encontrado la "fórmula del éxito", generalmente acumulando cosas, trepando con uñas y dientes en alguna jerarquía, o controlando a un grupo de seguidores. Y por otro, personas que no acaban de tener claro lo que quieren, o cómo conseguirlo, y bajo el auspicio de los primeros, acumulan consejos, libros, intentos fallidos y frustración.

Existe en la cultura que nos rodea una falta crónica de autoreferencia; queremos tal o cual cosa que vemos que otros tienen o hacen, pero raramente pensamos en su coste oculto, en cómo se siente la persona que lo está experimentando, independientemente de la imagen que nos llegue, y mucho menos en cómo nos sentaría a nosotros - una prueba más de que nos situamos antes en el mundo de las ideas que en el de las realidades materiales-.
Es importante tomarnos el tiempo necesario para reflexionar acerca de nuestras necesidades, objetivos y deseos, así como las opciones que tenemos para llegar a satisfacerlos. Ideas del tipo "el fin justifica los medios" pueden llevarnos por un sendero que despreciamos hacia algo que, en realidad, ni siquiera queríamos realmente. Es el tipo de pensamiento que lleva a alguien a estudiar una profesión "con futuro", aunque no le guste, y a conseguir un empleo estable haciendo algo que llegará a odiar, para perjuicio de sus clientes.

La importancia del camino no radica en que podamos equivocarnos a la hora de elegirlo, porque "elegir un camino" es una excusa, un truco lingüístico para calmar la mente. Como escribió Antonio Machado, en realidad no hay ningún camino, el camino se hace al andar. El camino es el recorrido que trazamos durante el tiempo que vivimos, y lo que importa no son tanto las metas a las que nos lleva, sino el modo en que experimentamos cada paso.

Aunque puede sonar ingenuo, después de probar muchos métodos lo que me ha funcionado mejor ha sido detenerme en cualquier momento de mi cotidianidad, en el metro atestado de gente, de paseo por el parque, limpiando la casa o incluso después de un mal día, y preguntarme, a modo de confesión, qué tan feliz me siento en realidad, y si estoy usando mis recursos en cosas que tengan sentido para mí. 
Debo decir en mi favor que en los últimos años he mejorado mucho en la cuestión de tomar decisiones que me lleven allí donde quiero estar. Permaneciendo atenta a esta cuestión tan básica, puedo identificar cuando se produce un desajuste, y sé que tengo que encontrar la manera de que las cosas recuperen un tono adecuado a la gama que elijo experimentar.

En ocasiones me cuesta entender las decisiones que otros toman, pero no tengo nada que cuestionar si están haciendo con ellas lo que realmente quieren hacer. Me entristece un poco, eso sí, las personas que transitan los múltiples senderos de la amargura y la infelicidad para acumular cosas que ni necesitan ni disfrutan. Pero entiendo que, de alguna manera, también ellos hicieron su elección.