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27 de mayo de 2013

Amor y lucidez





Hace unos días en un blog en el que se habla acerca de alimentación surgió un debate acerca de si era seguro o no usar el microondas en la cocina. Una persona nos advirtió que era muy peligroso, y pasó un enlace sobre un experimento en el que se comparaba durante diez días una planta regada con agua que había pasado por el microondas, y otra que no.  Al final, la primera planta había muerto. Como la cosa sonaba alarmista, y no había referencias en el documento, una respuesta cordial era ofrecernos a hacerlo nosotros mismos y ver lo que sucedía. Entonces la persona que nos había escrito pidió que no lo hiciéramos, y que borráramos su comentario, porque siguiendo el principio de ahimsa (no-violencia) e invocando al amor, no quería ser la causa de ningún daño a la planta.
Creo sinceramente que el comentarista tenía la mejor de las intenciones, y los comentarios se ocultaron; pero quedó la curiosidad y en un par de búsquedas rápidas por la red pude comprobar que el mito del agua-de-microondas-asesina-de-plantas había sido desmontado por la vía empírica y explicado en Snopes.com hace un año. Ninguna planta fue dañada durante el experimento de comprobación, por cierto.

Obviamente no estoy escribiendo aquí para defender el uso de un electrodoméstico, sino porque la anécdota que acabo de explicar es una muestra de lo que sucede con relativa frecuencia con las buenas intenciones y los senderos espirituales o de desarrollo personal. El principio de la no-violencia parece tener como objetivo evitar el sufrimiento innecesario, pero a veces el árbol nos impide ver el bosque. Alguien que no quería dañar una sola planta, no tiene reparo alguno en difundir una información falsa que genera un efecto de alarma en aquellos que la leen y que contribuye a las sensaciones de  malestar, desconfianza e impotencia del colectivo.  ¿Qué efecto que puede tener en una persona comer algo que le han dicho que puede ser peligroso para su salud? ¿Cuál será el nivel de culpa que podemos infundir en una madre a la que no le queda más remedio que calentar la comida de sus hijos en el aparato que le hemos advertido que puede dañarlos?  Hacer esto de manera completamente inconsciente, sin haberse detenido siquiera a comprobar la información que estamos esparciendo, ¿no es acaso un acto de violencia innecesaria sobre nuestros congéneres?

Para poder seguir el principio de la no-violencia se necesita ser capaces de discernir. Resulta fácil elegir entre lo beneficioso y lo dañino; lo difícil es, entre dos males, escoger que cause menor perjuicio. Tomar acción, y asumir las consecuencias. Si un principio espiritual nos está inmovilizando o estancando en algún punto, hay una falta de comprensión. Por ignorancia, vertemos el daño sobre nosotros mismos, y perjudicamos a aquellos que están en relación con nosotros. La vida es un fluir constante y para estar bien fluimos con ella.
Existe un apego terrible que se disfraza de virtud cuando nos negamos a quedar en deuda con el resto de los seres vivos a los que estamos vinculados, significa que de algún modo tenemos miedo a aportar nuestra parte en el juego, a entregarnos a aquello que es mayor que nosotros. Querer ponerse a uno mismo por encima del resto de seres y "perdonarles la vida", no es sino un signo de ignorancia y soberbia. Ni siquiera es por este camino por el que se renuncia al mundo. Hay una gran diferencia entre evitar sufrimiento innecesario y adoptar esta actitud tan dañina, olvidando que nuestros cuerpos también serán cadáveres algún día.

Por esto siempre me han gustado las palabras de Khalil Gibran:
Ojalá pudieras vivir bastado con la fragrancia de la tierra, y como una planta sustentarte por la luz.

Pero ya que tienes que matar para comer, y robar a los jóvenes la leche de la madre para saciar tu sed, entonces haz de esto un acto de adoración, y que tu mesa sea un altar en el cual los puros y los inocentes del bosque y campo son sacrificados por aquello que es más puro y más inocente dentro de muchos.

Cuando matas a un animal, dile en tu corazón,

«El mismo poder que te mata, me matará a mí; y así mismo seré consumido.
Porque la ley que te entrega a mi mano, me entregará a mí en la mano de otro más poderoso.

Tu sangre y mi sangre no son sino la savia que alimenta el árbol del cielo».

Y cuando aplastates una manzana con los dientes, dile en tu corazón,

«Tus semillas vivirán en mi cuerpo,
Y los capullos de tu mañana florecerán en mi corazón,
Y tu fragrancia será mi aliento,
Y juntos nos regocijaremos por todas las estaciones».

Tomamos de la Tierra y el Cielo nuestro alimento, nuestra bebida y nuestro aliento. Es verdad que podemos restringir nuestro consumo, eliminar de nuestra ingesta todo cuanto no nos es estrictamente necesario para vivir y desarrollar nuestras funciones, pero esto por sí solo no nos liberará de la deuda principal. En vez de pensar en cómo evitar la acumulación de deuda, podríamos pensar en cómo agradecer todo aquello que nos ha sido entregado, qué es lo que nos toca hacer a nosotros a cambio. Si el mundo entero se entrega de esta manera dramática para que nuestra vida siga un día tras otro en las condiciones que conocemos, lo mínimo que podemos hacer es procurar que esa vida valga la pena, que haya en ella cierta entrega al universo que la sustenta.

Posiblemente el amor sea el único camino, pero el amor en el sentido trascendente del término. Avanzamos en él, hacia él y nos romperemos y volveremos a construir mil veces antes de comprender un ápice de lo que en realidad sucede. No es el amor que podemos sentir por una persona, o un camino, o una deidad concretos; ni tampoco es un amor al que la voluntad pueda poner condición alguna. Este amor ha habitado en la suavidad de un pétalo de flor de almendro; pero ha permanecido, inalterable, mientras la tierra se bañaba en sangre. No es que deba dirigir la vida de la humanidad, es que la humanidad no puede escapar de él.

En el mundo de los hombres, este gran amor es el misterio último que late en el centro silencioso de cada cosa manifiesta. Pero el reino de las formas, en el que habitamos, tiene sus propias características. Para movernos por él necesitamos, además de buenas intenciones y benevolencia, capacidad de comprensión, discernimiento y voluntad de entrega. Necesitamos poner en uso la herramienta del intelecto, comprender cómo funcionan las cosas para poder restablecer el orden cuando se haya alterado o arreglar aquello que se haya estropeado. En su dimensión humana, el amor requiere de lucidez para no equivocar las metas (nutrir, proteger, reparar), de lo contrario sólo conduce a la confusión y a la desgracia propias y ajenas.

6 de agosto de 2012

El Lince

ACAJÚ, Cachorro de lince ibérico, 2012

Los linces son un género de mamíferos carnívoros de los felinos, entre los que se distinguen cuatro especies, todas habitantes del hemisferio norte: Lince rojo (Lynx rufus), lince de canadá (Lynx canadensis), lince euroasiático (Lynx lynx) y el lince ibérico (Lynx pardinus). El llamado lince africano (Caracal caracal), que habita en África y gran parte de Asia Central y Occidental, es un felino que guarda algunas semejanzas externas fruto de la convergencia evolutiva, como son su cola corta, sus orejas terminadas en largos pelos negros y los mechones de las mejillas, pero que no está emparentado con el género Lynx.

El lince rojo (Lynx rufus)

Len Blumin, Bobcat, 2004
El lince rojo está ampliamente distribuido por Noerteamérica; desde el sur de Canadá hasta el sur de México, y desde la costa atlántica hasta la pacífica. Se encuentra en una gran variedad de hábitats, desde bosques boreales hasta zonas semidesérticas, y prefiere refugiarse en zonas de vegetación densa, grutas y otras zonas cubiertas.
Puede alcanzar los 60 cm de altura y llegar a pesar 18 kg. La coloración del pelaje va del gris al marrón, con orejas negras en cuyos extremos se observa el característico “pincel” negro de los linces, además el lince rojo tiene unas franjas negras distintivas en las patas delanteras, y la punta de la cola negra.
Al igual que otros linces, el lince rojo es principalmente solitario y territorial. Los individuos de diferente sexo solapan sus respectivas áreas y se toleran entre sí, cosa que no ocurre con los de su mismo género. La época de apareamiento es entre febrero y marzo y el periodo de gestación es de aproximadamente dos meses. Los cachorros acompañan a la madre aproximadamente hasta los nueve meses de edad, momento en que se dispersan en busca de su propio territorio.
A pesar de preferir alimentarse de conejos y liebres, el lince rojo caza desde pequeños roedores o aves, hasta ciervos, y ocasionalmente puede comportarse como carroñero.

El lince canadiense (Lynx canadensis)

Erwin and Peggy Bauer, Lynx stalking its prey, 2010
El lince canadiense, habita la taiga de Canadá y Alaska, aunque también se encuentra en algunas zonas boscosas del norte de EEUU.  Es una de las especies más grandes de lince. Se caracteriza por su pelaje pardo claro y largo, normalmente no presenta manchas o las tienen en muy poca cantidad, principalmente en las patas. Como otros linces suele alimentarse de pequeños mamíferos o aves, especialmente de liebres, y sólo ocasionalmente ciervos y caribúes.  Las hembras paren de 1 a 5 cachorros en primavera. A pesar de que la especie no se considera en peligro de extinción, el lince canadiense ha desaparecido de algunos territorios debido a la destrucción de su hábitat o de la caza por su piel.

El lince boreal o euroasiático (Lynx lynx)

Andreas Tille, Lynx in Numedal Zoo, 2003
El área de distribución original de esta especie abarca gran parte de Europa (donde se ha reducido considerablemente debido a la acción humana) y Asia.  Se trata de una especie predominantemente forestal, aunque también puede vivir en praderas y pastos de montaña e incluso en la tundra siberiana.
Es el lince de mayor tamaño. El pelaje varía entre pardo rojizo y amarillento, tornándose grisáceo y mucho más largo en invierno. El patrón de manchas varía de unas regiones a otras, incluso dentro de una misma subespecie. Por lo general, las poblaciones situadas más al norte y en hábitats más despejados presentan una menor concentración de manchas, que aumenta en los individuos que viven en bosques más densos, en el sur de su área de distribución. En la cara se observan manchas, marcas y líneas, también negras, como la punta de la cola.

Como sucede con el lince rojo, los territorios de individuos de diferente sexo se solapan. Dentro del territorio de cada macho suele existir el territorio - más pequeño- de una hembra, con la que se aparea con mayor frecuencia. Cuando la hembra tiene crías, el macho, no participa en su cuidado y suele evitar las áreas más frecuentadas por ésta y sus cachorros, no obstante, sigue defendiendo los límites de su territorio, por lo que durante esta época la hembra queda a salvo de disputas por el territorio o la comida, centrándose en sacar adelante a la camada.
La época de apareamiento tiene lugar entre enero y marzo. Durante dos días dentro de este periodo, macho y hembra se reúnen y viven, cazan, comen y duermen juntos. Lo habitual es que las hembras lo hagan una sola vez al año. Los machos, por el contrario, buscan otras hembras, apareándose varias veces durante la época de cría.

El periodo de gestación es de aproximadamente dos meses, la hembra da a luz normalmente de 1 a 5 crías diminutas, aunque pueden darse partos mucho más numerosos. Al cumplir un año los jóvenes linces inician su vida en solitario. Las hembras permanecen en áreas cercanas a las de la madre, mientras que los machos viajan largas distancias para encontrar su propio territorio.
Al contrario que otros linces, el euroasiático basa su dieta en la captura de ungulados, generalmente jóvenes, como ciervos, muflones, rebecos, cabras salvajes o renos. Los individuos jóvenes y los que habitan en zonas más escasas en ungulados consumen con mayor frecuencia pequeños mamíferos, aves e incluso otros carnívoros de menor tamaño.

El lince ibérico (Lynx pardinus)

ACAJÚ, Lince ibérico cazando, 2012
El lince ibérico es una especie de lince endémica de la Península Ibérica, y el felino más amenazado del mundo.  Es un lince de pequeño tamaño, que pesa aproximadamente la mitad que el lince boreal o euroasiático. Los machos adultos pesan un promedio de 12,8 kg y las hembras sobre 9,3 kg, llegando a pesar los machos hasta 20 kg.  La coloración del pelaje varía de pardo a grisáceo con los flancos moteados de negro, la cola también termina en negro. son características las orejas puntiagudas terminadas en pelos negros rígidos, y las patillas que cuelgan de sus mejillas.

El lince ibérico se encuentra en el bosque y matorral mediterráneo, en zonas muy restringidas de la península ibérica, que le proporcionan refugio y pastos abiertos para cazar. En España en muy pocas áreas, bien conservadas y aisladas de la actividad humana, mientras que en Portugal parece que se ha extinguido.  El tamaño del territorio ocupa unos 10 km². En zonas ricas en alimento, el territorio del lince será algo menor que en zonas pobres. El lince está generalmente ausente en las tierras de cultivo y en plantaciones de árboles exóticos (eucalipto y ciertos pinos), donde también escasean los conejos.

En la mayoría de los casos, el lince ibérico vive de manera solitaria y nómada, mostrándose más sociable en la época de celo. Es un ágil cazador que se aproxima sigilosamente a la presa y salta sobre ella con rapidez. Menos frecuentemente espera oculto a que pase cerca una pieza. Los linces jóvenes son básicamente crepusculares y diurnos, con un aumento de su actividad nocturna después de su primer año de vida. Durante el invierno, los linces pueden tener actividad durante las 24 horas del día, contrastando con sus hábitos casi estrictamente nocturnos en verano.
El lince ibérico es el único carnívoro considerado como especialista en conejos. Esta especie le aporta del 80 al 90% de su alimentación. También consume aves, especialmente patos, pequeños mamíferos y ungulados.

ACAJÚ, Pareja de linces ibéricos, 2012
La época del celo comienza entre enero y febrero. A pesar de ser un animal de hábitos solitarios, en esta época del año el lince ibérico suele permanecer con su pareja. La gestación dura de  aproximadamente dos meses o dos meses y medio. Las camadas suelen constar de una a cuatro crías, siendo lo más habitual dos cachorros. Los cachorros se independizan en un período de 7 a 12 meses (más o menos cuando la hembra entra de nuevo en celo) y permanecen en su territorio natal hasta los 20 meses. Suelen sobrevivir a la independencia entre uno y dos linces por hembra.
Las hembras pueden criar en su primer invierno, pero es posible que una hembra no se reproduzca hasta transcurridos cinco años de edad, y solamente cuando su madre muera y adquiera un territorio se reproducirá (lo que no favorece la repoblación del lince).

El lince ibérico fue declarado especie en peligro en 1986 por el centro de seguimiento de la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (IUCN). Este estatus se mantuvo en las revisiones periódicas de este organismo hasta 2002 en que se cambió a una categoría de mayor amenaza En Peligro Crítico.
ACAJÚ, Madre lince con su camada, sf.
Las principales amenazas sobre la especie son los atropellos con vehículos de motor, la caza furtiva, la instalación de cepos y lazos dirigidos a otras especies, el envenenamiento y la reducción de las poblaciones de conejo debidas a la sobreexplotación del estrato herbáceo que conlleva la ganadería intensiva, además de otros problemas comunes a muchas especies que provocan la pérdida de hábitat, como los incendios forestales, la urbanización del medio natural y las reforestaciones inadecuadas con especies de crecimiento rápido -pino y eucalipto- que son incompatibles con el desarrollo del matorral. Otro factor que dificulta la viabilidad de esta especie es la fragmentación de su área de distribución por construcción de infraestructuras, lo que provoca que las poblaciones se separen hasta llegar a estar totalmente incomunicadas, lo que impide el intercambio genético entre poblaciones.

Ante la situación crítica del lince ibérico, desde hace años se desarrolla un programa de cría en cautividad, cuya finalidad es proporcionar un número suficiente de individuos para salvaguardar la especie dela extinción y ayudar a restaurarla en la naturaleza. Los objetivos del programa son establecer una población de lince ibérico viable desde el punto de vista sanitario, genético y demográfico, y, por otro lado, preparar a los ejemplares de lince ibérico para su reintroducción en áreas de distribución histórica. La reintroducción del lince ibérico en el área de distribución histórica es imprescindible para garantizar la recuperación de la especie a medio-largo plazo. Con la conservación del lince ibérico se está contribuyendo a conservar uno el ecosistema del monte mediterráneo, que da cobijo a otras especies en peligro de extinción.
En la página Lynxexsitu se puede seguir en detalle el desarrollo de este programa, que además ofrece un sistema de voluntariado para biólogos, veterinarios, licenciados en ciencias ambientales y otras titulaciones relacionadas con la conservación de especies. Otro proyecto importante para la conservación del lince ibérico es el Life-lince, que también presenta informes sobre su desarrollo y admite voluntariado.


EL LINCE EN LA MITOLOGÍA

A pesar de la amplia distribución con la que cuenta, el papel del lince en la mitología parece ser discreto. En la mitología Nativa Americana el lince se asocia al coyote en términos de dualidad. Lince y Coyote se vinculan respectivamente a la niebla y al viento, elementos opuestos en el folklore nativo. Esta dualidad básica, con muchas variaciones, se encuentra en las culturas nativas de Norte América, con paralelismos en Sur América.  Una versión, que aparece por ejemplo entre los Nez Perce muestra a Lince y Coyote como seres opuestos, antítesis el uno del otro. Sin embargo, otra versión los muestra idénticos. Claude Lévi-Strauss arguyó que los gemelos que representan conceptos opuestos es inerente en las mitologías del Nuevo Mundo, pero la dualidad simétrica es propia de las culturas del Viejo Mundo. Adicionalmente, la versión que se encuentra entre los Nez Perce es mucho más compleja, mientras que la versión que muestra a lince y coyote como equivalentes parece haber perdido el sentido original de la historia.

Según la mitología griega, los linces descendían de Linco. La diosa Deméter, en agradecimiento por la información que sobre el paradero de su hija le había dado había aportado,  entregó a Triptólemo el grano del trigo y lo instruyó en su cultivo. A su vez, Triptólemo confirió a Linco, rey escita, el privilegio de ser el primer hombre en conocer los secretos de la agricultura. Sin embargo, Linco se negó a transmitir a los demás hombres el conocimiento que le había sido legado e incluso trató de matar a Triptólemo, por lo que fue convertido en una bestia por la diosa Démeter y condenado a vivir en los bosques.

En la mitología griega otros personajes llevan el lince en sus nombres, si bien no se menciona directamente una metamorfosis o un vínculo con este animal. Un ejemplo es el episodio de las Danaides. A causa de una disputa con su hermano Egipto, Dánao se exilió junto con sus hijas y llegó a convertirse en rey de Argos. Egipto envió a sus cincuenta hijos para que se casaran con sus cincuenta primas, sellando así la paz entre hermanos. Sin embargo, Dánao encargó a sus hijas la misión de llevar una daga la noche de bodas y asesinar a sus esposos. Sin embargo, la mayor de las danaides, Hipermnestra no llegó a ejecutar a su esposo, Linceo, como muestra de gratitud por haberla respetado durante toda la noche. Linceo se refugió en una colina  e  Hipermnestra le hizo saber que era seguro regresar agitando una antorcha. Por ello, Hipermnestra fue sometida a juicio y condenada a muerte, pero resultó finalmente liberada por Afrodita, quien había sido conmovida por los enamorados. Más tarde Linceo vengaría la muerte de sus hermanos matando a Dánao. Linceo e Hipermnestra fundaron una dinastía de reyes argivos, comenzando con Abas. En algunas versiones del mito, las danaides fueron condenadas en el inframundo a acarrear agua eternamente en un cántaro con agujeros, pero Hipermnestra accedió directamente al Eliseo.  

Lince viene de la raíz indoeuropea *leuk - 'luz, brillo", como animal que ve en la noche, conserva un simbolismo luminoso, tal como el lobo en los países septentrionales. Algunos autores han señalado una posible relación simbólica entre el lince y el dios céltico Lug - cuyos nombres son homónimos en irlandés antiguo-, paralela a la que existe entre el lobo y Apolo. Aunque en esta asociación se considera a Lug como dios solar, o considerando principalmente el aspecto solar de esta divinidad. Los mismos autores señalan que las cuerdas de arpa se fabricaban con tripas de lince, y que  el sonido de estos instrumentos se consideraba sagrados. 
Es necesario señalar al respecto que durante muchos años el nombre *Lugus se consideró derivado de la raíz proto-indoeuropea *leuk-, "luz", y por ello se consideró un dios solar. Sin embargo esta etimología fue descartada debido a que no se conoce ningún caso en que la *k proto-indoeuropea  derive en *g-  en proto-céltico, sino que permanece como *k. La derivación directa de la raíz proto-indoeuropea *leuk- (‘luz blanca’) es *leuk- como en el nombre del dios Leucetios.

Una creencia medieval atribuía a la mirada del lince el poder de horadar muros y murallas; en algunos grabados renacentistas en que se representan los cinco sentidos, el lince figura la vista. Se creía también que el lince era capaz de percibir sobre las imágenes el reflejo de aquello que le estaba oculto. 
En 1603, Federico Cesi funda la Accademia dei Lincei ("Academia de Linces"). Fue una de las sociedades científicas más antiguas, y  su emblema fue un lince peleando con Cerbero, el guardián del inframundo, invocando la reputación del lince de ver a través de los engaños y descubrir la verdad. Los fundadores de la academia se inspiraron en la obra Magia Naturalis de Giambattista della Porta, que tenía una ilustración del legendario felino en la cubierta con las palabras «...con ojos de lince, examinando aquellas cosas que se manifiestan por sí mismas, de manera que habiéndolas observado, pueda fervorosamente usarlas».  
Federico Cesi dijo"... la perspicacia del lince proviene de dos virtudes complementarias - agudeza de vision y profundidad de entendimiento, el exterior y el interior, el ojo y la mente", "así como el lince, con su visión superior, no sólo ve lo que yace afuera sino que también percibe lo que proviene del interior". Cesi y sus allegados estaban interesados en todas las ciencias naturales, en su seno se escribieron obras como Il Saggiatore de Galileo Galilei, o el Tesoro Messicano que describía la fauna y la flora del Nuevo Mundo.  


Fuentes consultadas:

http://en.wikipedia.org/wiki/Lleu_Llaw_Gyffes
Jean Chevalier, Alain Gheerbrant: Diccionario de símbolos, Barcelona, Herder, 2003, pp.648-649, 652-653.

Imágenes
Las imágenes de los linces, canadiense y europeo se pueden encontrar en Wikimedia Commons.
Las imágenes de linces ibéricos han sido publicadas por la productora ACAJÚ. La mayoría de estas imágenes son fotogramas de una serie de documentales en alta definición sobre el lince ibérico que están preparando y que forma parte del proyecto de conservación del Lince ibérico.


30 de julio de 2012

Después del incendio


Sara Uría, Brote, sf

Como cada año, los incendios arrasan parte de nuestros bosques, aunque este año el fuego parece haberse ensañado especialmente. Por supuesto, a pesar de que se busque señalar culpables, aquello que hay detrás de tanto sufrimiento es una mala gestión de las áreas forestales, provocada por la ignorancia y el desinterés de los mal llamados "responsables". 
Una vez más, como en tantos otros aspectos que no parecen tener cabida en las agendas del político de turno, las iniciativas para mejorar esta situación provienen de ciudadanos que en ocasiones no tienen más que aportar que sus desinteresadas ganas de ayudar. A pesar de esta situación, son muchos los logros que se pueden alcanzar por este medio, si bien debemos asegurarnos que nuestras buenas intenciones y esfuerzos no caigan en un saco roto, o lo que sería peor, resulten contraproducentes.  

Después de un incendio, después de tragar con los ojos las imágenes desoladoras que las llamas dejan a su paso, nuestra imaginación herida trata de sustituir el gris de la ceniza por un tapiz de nuevos y redentores verdes. El bosque puede recuperarse, nos decimos; lo que no queremos oír es que para recuperar nuestros bosques debemos ser capaces de darles tiempo. Lo que no queremos oír es que para volver a tener bosques, deberemos defender durante muchos meses los terrenos calcinados y silenciosos. Sucede, al fin y al cabo con nuestras propias vidas; hemos adquirido la tendencia a desechar las cosas antes que arreglarlas, a descartar un proyecto, por importante que sea, si nos pide invertir demasiado tiempo en su realización, etc. 
Plantar un árbol, o dos, o un millar es una buena ayuda. Pero no sirve de nada si no se hace cuándo y dónde debe hacerse. De hecho, no sería muy extraño que con el argumento de que "la reforestación no funcionó", se decida vender el terreno y despedirse no sólo del bosque que se perdió, sino del que pudo haber regresado. 

No nos sobran bosques, y cada vez están en peores condiciones. Entre las muchas cosas que quedan por hacer y que, por su naturaleza, deberían incumbir a todo aquel que se considere pagano, es recuperar el conocimiento relacionado con los bosques; las especies que los habitan, los modos en los que éstas interactúan, entender cuál es el papel del hombre en los bosques, a los cuales puede - y debería- defender, no sólo desde la posición de un voluntariado de emergencia, sino como una fuente de trabajo digno, que tampoco nos sobra, así como contribuir a revalorar los bosques - y otros entornos naturales-, como un espacio de educación y cultura que no podemos permitirnos perder. Este no es un trabajo que se pueda conseguir en un año o dos, pero es una labor que debe hacerse, que cualquiera puede empezar a hacer, y en la cual cada objetivo alcanzado, por pequeño que sea, es un gran logro, aún cuando no sirva a fines publicitarios.

Dicho esto, reproducimos un fragmento de el comunicado emitido por la asociación IAEDEN-Salvem l'Empordà el pasado 27 de julio, con algunas indicaciones para recuperar los terrenos afectados por un incendio. El comunicado completo puede leerse en VivaLeBio.


MEDIDAS Y CRITERIOS A TENER EN CUENTA PARA RECUPERAR UNA ZONA DESPUÉS DE UN INCENDIO 
Desde la IAEDEN-Salvem l'Empordà, ante las diferentes iniciativas que están saliendo a internet, de manera más o menos estructuradas, de plantación de árboles o de realizar acciones de recuperación, queremos hacer un llamamiento a la calma y serenidad. Queremos recordar los criterios científicos basados ​​en evidencias y conocimientos que deben tenerse en cuenta con una situación de este tipo. Un ejemplo lo podemos encontrar en estas recomendaciones(1): 
1. No repoblar entre 12 y 24 meses después del incendio. El suelo pasa durante los primeros meses por "una ventana temporal de riesgo de degradación". Es un sistema muy frágil que implica que los primeros centímetros de profundidad quedan afectados. El mismo suelo ha de regenerarse antes de llevar a cabo cualquier tipo de intervención humana. 
2. Reforestar sin utilizar maquinaria para conservar el banco de semillas edáfico. Es importante repoblar con especies autóctonas y hacerlo cuando el suelo goza de humedad suficiente para que el plante arraigue. Durante el invierno sería una buena época. Y sólo si es necesario. En gran parte de las zonas el medio se puede auto-reforestar sin nuestra ayuda. 
3. Proteger de la erosión. Si se quiere proteger de una posible erosión por lluvias torrenciales, la actuación debe ser en este caso inmediata, lo antes posible. En este sentido aplicar materia orgánica podría ser efectivo. A menudo se forman de manera natural, acolchados de acículas de pino. Un ejemplo de cómo la propia naturaleza protege el suelo del impacto de las gotas de lluvia. Habrá zonas donde el suelo ha quedado en muy malas condiciones y donde ni siquiera una reforestación podría ser un éxito. Para estos casos la aplicación de algún sustrato orgánico, compuesto, podría funcionar. 
4. Consultar a profesionales. Hay que diagnosticar para poder decidir qué es lo mejor en cada caso, y en cada zona afectada. A veces es mejor dejar que la naturaleza se recupere por sí sola, pero cualquier decisión debe basarse en un diagnóstico experto. 
(1) Jorge Mataix-Solera, profesor de Edafología Ambiental de la Universidad Miguel Hernández de Elche (UMH). Coordinador de FUEGORED, red donde cada vez hay más presencia de gestores que tratan de acercar la investigación a la gestión forestal. En 2012 la red se compone ya de más de 200 miembros, investigadores de más de 30 universidades y centros de todo el estado así como destacados investigadores extranjeros procedentes de países como Australia, Estados Unidos, Portugal, Lituania o Reino Unido.
IAEDEN (Institución Altempordanesa para la Defensa y el Estudio de la Naturaleza) - Salvem L'Empordà 

1 de julio de 2012

A favor de lo "pagano"


Jules Bastien-Lepage, At harvest time, 1880


Es evidente que las palabras cambian a medida que cambian las ideas de la comunidad que las emplea: ganan nuevos significados y se desprenden de los que han caído en desuso, adquieren  matices que subrayan lo nuevo, lo obsoleto o lo recuperado, y se las orienta para restringir definiciones o ampliar conceptos.  Hace algún tiempo empecé a leer críticas al uso de la palabra "pagano", por la que siento un especial aprecio. Sin pretender llevar la contraria a nadie, me apetecía explicar porqué a mí sí me gusta esta denominación - aunque tal vez después de la lectura, es posible que más de uno prefiera dejar de ser llamado así -. 

Como se habrá leído ya mucho la palabra pagano deriva del latín paganus (aldeano). Señala al respecto el historiador Peter Brown : 
A finales del siglo IV empezó a circular entre los cristianos el término paganus, “pagano”, para subrayar el carácter marginal del politeísmo. Originariamente la palabra paganus significaba “personaje de segunda clase”, designando por ejemplo al paisano frente al soldado regular, o al suboficial frente al oficial de alto rango. Un sacerdote hispano, Orosio, que escribió Historia contra los paganos por encargo de san Agustín en 416, añadiría un nuevo elemento a este sentido denigratorio y excluyente. Hacía saber a los politeístas cultos, a los notables de las ciudades e incluso a los miembros del Senado romano, que la religión que profesaban era propia de las gentes del campo, de los habitantes del pagus, de los paysans o paesanos, es decir, una religión propia únicamente de un obstinado grupo de campesinos que no se habían visto afectados por los tremendos cambios que habían puesto patas arriba las ciudades del Imperio romano. [1]
De modo que la palabra "pagano" era ya empleada para desacreditar a otros incluso antes de que el cristianismo la blandiera como un arma mediática, que más tarde serviría para definir a cualquier creyente no cristiano. El término pagano ha sido usado para referirse a religiones politeístas como el hinduismo, a creencias como el animismo, a los cultos afroamericanos, o al chamanismo. Sería difícil hallar entre estas tradiciones, unas estructuras de pensamiento y práctica básicos comunes tan frecuentes como los que encontramos entre aquellas tradiciones que, al menos a ojos externos, forman parte del paganismo occidental. 

El hecho de que la palabra "pagano" surgiera como un insulto no es más relevante que el resto de los significados y matices que la palabra ha adquirido con el paso de los siglos. Aún hoy, la mayoría de significados recogidos en el diccionario de la Real Academia Española para las palabra "brujo" y "bruja" son peyorativos y bastante inexactos si se consideran desde la realidad de las personas que en la actualidad se consideran a sí mismos brujos y brujas. Sin embargo, la mayoría de practicantes que se sienten cómodos con la palabra, han priorizado la asociación entre "pagano" y "campestre".

En este contexto, palabras pagano o paganismo tienen significados amplios e incluyentes, y requieren a menudo de añadidos para la creación de definiciones capaces de identificar en detalle sólo una entre la miríada de corrientes de pensamiento, tradiciones o prácticas que se pueden englobar bajo el término generalista.  Podríamos aventurar que precisamente paganismo es lo que hay detrás de estas diferencias, y es también el término que conserva la memoria de lo que fueron y el testigo de su supervivencia hasta la actualidad. La palabra pagano no ha dado un salto desde la Antigüedad tardía hasta el siglo XX, sino que ha serpenteado de línea en línea y de susurro en susurro a lo largo de generaciones que no conviene descuidar (al menos, desde la perspectiva historiográfica).

En un rango mucho más estrecho podríamos encontrar un paralelismo con la expresión musulmana "gentes del libro" empleada entre las principales religiones y cultos monoteístas para distinguirse como grupo - a pesar de sus diferencias internas - frente al politeísmo y la "idolatría". Subrayo lo de  "mucho más estrecho", porque entiendo que las palabras pagano y paganismo no deberían restringirse al ámbito religioso, y mucho menos al de las religiones establecidas.

Considero que la asociación entre "pagano" y "rural" no es precisamente trivial, sino que es lo que ha justificado el éxito de la palabra en el s.XX y -al menos- parte del XXI. Es "el campo" lo que encontramos al remontar hacia los orígenes de lo que posteriormente vamos a identificar como pagano.  Independientemente de la variedad de creencias y formas de culto, las prácticas paganas, que siguen los ciclos de los cultivos y del ganado, están estrechamente ligadas al terrible cambio de mentalidad que supuso la neolitización de los territorios en las que surgieron, incluyendo la resignificación de elementos precedentes, propios de sociedades pre-agrícolas.

En este aspecto, el paganismo moderno ha crecido y proliferado especialmente en núcleos urbanos, dando lugar a nuevas religiones; pero no sería justo ignorar el paganismo reticente que ha subsistido, unas veces escondido, y otras no, en el seno de las comunidades cristianas. Viejas creencias, estructuras y prácticas que pueden o no tener relación con los dioses, genios o espíritus rescatados y pulcramente diferenciados en las últimas décadas, pero que sin duda la tienen con las cosechas y el ganado, con  el paso de las estaciones y su efecto pocas veces controlable sobre el medio de subsistencia, el límite entre el territorio cultivado y lo salvaje, entre la extensión conocida, habitable, y lo desconocido que la circunda, donde el hombre queda a merced de fuerzas superiores que aún no ha sido capaz de dominar.

La cuestión es que, al hablar de paganismo, podemos remitirnos más que a una serie de religiones y cultos, a una serie de aprendizajes y técnicas (también de índole espiritual y mágica, pero no exclusivamente) derivados de la  experiencia y la observación de realidades concretas, de las que durante siglos ha dependido nuestra subsistencia y que han moldeado nuestras culturas. No se trata de un estancamiento en la añoranza estéril de otros tiempos -que, a decir verdad, no fueron mejores-, sino de la conciencia adquirida de que muchos de estos aprendizajes pretéritos, convenientemente revisados y aplicados, podrían constituir soluciones eficientes para gran cantidad de problemas que nos agobian en la actualidad. 

A pesar de los cambios que ha impuesto la industrialización en nuestro modelo de consumo, seguimos dependiendo de la tierra y sus frutos; aunque el argumento pueda parecer en exceso materialista, este vínculo está anclado en nuestro fondo y es sagrado porque en última instancia de él dependen nuestras vidas. Desde el momento en que no entendemos este vínculo como sagrado y le prestamos la debida atención, perdemos gran parte del conocimiento y comprensión que nos está reservado como humanos. A menudo también dañamos a otros y a nosotros mismos a causa de nuestra ignorancia al respecto, individual o colectiva. No vamos a ganar la conciencia de un día para el otro, simplemente apunto que hay suficiente trabajo por hacer como para no tomarse este asunto demasiado a la ligera.

Aunque respeto a sus seguidores, no deja de sorprenderme la insistencia de muchas religiones de competir entre ellas e instaurar órdenes y límites artificiales, muchas veces innecesarios, que terminan en la reafirmación de un ego grupal y dificultan el vínculo con la divinidad que sus practicantes pretenden desarrollar.  Una de las cosas que me gusta del término paganismo, así, en genérico, es que es un término del que difícilmente podría adueñarse una tradición en concreto, sino que su significado se construye a partir de realidades muy distintas entre sí, y deja espacio para todos. Sin embargo, esto no significa que todos los paganos deban "hermanarse", ni mucho menos tratar de eliminar las particularidades de cada tradición o grupo. Simplemente se trata del reconocimiento de un referente común y, lo que es más importante, vivo. 

Incluso si no existieran libros al alcance, podríamos acudir "al campo" y aprender por nuestra propia disposición lo mismo que otros han escrito - y aún lo que han tratado de escribir, porque es difícil de expresar en palabras-, y usar este conocimiento para explicarnos el mundo en el que vivimos, ayudarnos a otros y a nosotros mismos. De nuestra experiencia como criaturas agrícolas y ganaderas adquirimos las pautas que marcan nuestras festividades, supimos que existen buenas y malas cosechas, conocimos el valor del trabajo y también que, en ocasiones, el resultado final no depende por completo de nosotros. Del campo aprendimos el recorrido que va desde la semilla en lo profundo de la tierra hasta fruto, y su vuelta a la tierra a través de la descomposición;  la frontera con lo desconocido insondable, un nuevo paso entre los mundos. 

Uno de los peligros de la práctica espiritual, o incluso filosófica, es caer en la trampa de la abstracción excesiva, y terminar pensando o imaginando más que experimentando la vida. A pesar de que muchos vivimos alejados del entorno rural, el vínculo con la tierra permanece de tal modo que, cuando volvemos nuestra atención hacia estos principios, y en mayor medida cuanto más los convertimos en una experiencia consciente en nuestras vidas, recuperamos parte de la calma, la orientación y el conocimiento que nos permiten recuperar nuestro sendero entre el tumulto de mensajes publicitarios, modelos artificiales y soluciones engañosas con los que día a día se nos atormenta. 

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[1] Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental, Barcelona, ed. Crítica, 1997. Publicamos este fragmento y algunos otros que ayudan a hacernos una idea del contexto histórico referido en "El nacimiento del paganismo" Ouróboros.

29 de noviembre de 2011

La naturaleza imaginada




Posiblemente, cuando iniciamos nuestro camino en paganismo nos aprendimos de memoria la etimología según la cuál la palabra religión procedía del latín religare, "volver a atar, a vincular". Y aunque dicha etimología sea dudosa, nos pareció una buena definición de lo que el paganismo debía ser: un camino en el que despertar la conciencia acerca de los vínculos que nos unen a lo más profundo de la oscura tierra, a lo más alto del cielo resplandeciente, a los elementos, al resto de criaturas vivientes con los que compartimos el único planeta que, al menos por el momento, podemos habitar.

Gran parte de la sabiduría heredada de nuestros antepasados en forma de leyendas y rituales codifica, a través de símbolos, determinados conocimientos acerca de los vínculos (positivos o negativos) del humano con aquello que lo rodea. Sin embargo, cuando el vínculo real del que nació el conocimiento se ha roto, las leyendas, rituales y otras expresiones simbólicas corren el riesgo de perder su significado, y convertirse en un recordatorio condenado a desvanecerse con el paso del tiempo. A menos que hagamos algo al respecto.

Todas estas formas de transmisión de conocimiento como son las antiguas canciones, los cuentos, las tradiciones domésticas, etc. son los últimos rescoldos del fuego que la humanidad, a través de sus muy diversas culturas, debería mantener encendido para evitar la extinción de ambos. Pero mantener algo vivo no significa repetirlo de modo idéntico a perpetuidad, sino viajar a la raíz, y comprender el aspecto más profundo de su realidad.

En las últimas décadas se han hecho importantes estudios acerca de las tradiciones, las narraciones, las costumbres y sus significados para una comunidad concreta o el conjunto de la humanidad, se han recuperado fragmentos perdidos de nuestro pasado, se han descifrado conocimientos ante los cuales permanecíamos ciegos hasta el momento. Todo esto ha contribuido al fortalecimiento de las formas de expresión del paganismo moderno. Sin embargo, no parece haber un avance equivalente en lo que a recuperación de los vínculos que dieron origen a estos códigos se refiere.

Es posible que esto sea debido a que en la actualidad los paganos occidentales han crecido en un medio urbano, o urbanizado, en el que estos vínculos con la tierra son constantemente negados y la naturaleza es tratada como un símbolo más, como un icono, una imagen idílica y, sobretodo, lejana. Se trata de una naturaleza imaginada... en cierto modo prefabricada como un escenario que se pisa, pero con el cuál jamás se interactúa. Un adorno, algo que está ahí, al otro lado de una barrera invisible, silenciosa e impenetrable.

Salvo algunas excepciones, no conocemos en profundidad el medio silvestre, la magnitud del daño que una alteración como la mengua o desaparición de una especie, animal o vegetal, puede causar en el ecosistema en el que está implicado, ni siquiera de cómo puede afectarnos a nosotros. Sin embargo, a menudo en un paseo por la red podemos constatar como los llamados animales totémicos o de poder ejercen una enorme atracción sobre muchos miembros de la comunidad pagana. Lamentablemente, incluso los animales que encabezan las listas de popularidad son con demasiada frecuencia unas criaturas cuya realidad es desconocida.

Una comunidad, o un individuo no escogía el animal que le parecía más fuerte o más bonito para que fuera su "animal de poder", sino que el animal totémico surgía como expresión simbólica del vínculo que los unía con dicha especie. Si no hay un conocimiento real de la naturaleza, no hay aprendizaje al respecto. Y, por supuesto, si no hay un vínculo con la especie no tiene demasiado sentido - al menos para la que escribe- hablar de totémicos a los que, cuanto menos, se les debe un respeto y algún tipo de servicio. Muchas de las especies preferidas por los "totemistas", como los lobos o las águilas, están en peligro de extinción, esto debería darnos alguna pista sobre lo que nos corresponde hacer al respecto. Creo que muchos naturalistas tienen un vínculo más sagrado con las especies por las que trabajan que algunos paganos...

En términos mucho más cercanos tenemos el caso de la agricultura y la ganadería. Si no fuera por los altibajos en los precios, y algunos titulares en periódicos y cabeceras de informativos, no nos daríamos por enterados de una sequía, una plaga, o una inundación. No es algo que nos cause una preocupación real. No vemos nacer, crecer y morir a los seres vivos que nos dan sustento y, por lo tanto, es difícil que comprendamos cabalmente no sólo cuánto debemos a la naturaleza, sino que nos dediquemos a la labor de devolverle algo, de trabajar por ella.

A pesar de los milenios que nos separan de los primeros humanos, aún no hemos adquirido la capacidad de alimentarnos de símbolos. A pesar de los siglos que nos separan de los campesinos medievales, del tiempo de las batallas nocturnas para asegurar buenas cosechas, aún dependemos de las semillas para alimentarnos. Se están haciendo cosas terribles con el ganado y los vegetales de los que actualmente nos alimentamos, y se están haciendo cosas terribles con la gente del campo, pero, al parecer, son cuestiones de segundo orden, y el paganismo no pelea ya por esta clase de asuntos.

Mientras se conserve la raíz el árbol podrá renacer, pero posiblemente poco haremos con un puñado de hojas. Por ello es necesario romper el escenario de la naturaleza imaginada, cruzar la barrera y limpiar, actualizar o restablecer los vínculos que nos unen al resto de seres vivos.
Por suerte para nosotros, muchas de las criaturas que han dado origen a la cultura que heredamos, siguen siendo reales. Como las viejas leyendas, a veces están ocultos en alguna especie de reserva, y pueden recuperarse con los cuidados adecuados. La realidad siempre supera a la ficción, y por ello es más triste perder una especie, que aquello que se escribió sobre la misma, que aquello que nos podría contar o podríamos deducir observándola en su medio.

Hay mucho trabajo que hacer al respecto, al que tal vez sería conveniente entregarse sin pensar en los resultados comparativos, como una práctica espiritual, como un servicio desinteresado a la comunidad y a la naturaleza; cualquier mejora, es una mejora.



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PD:

Con todo esto en la cabeza, decidí empezar con la divulgación publicando una serie de posts acerca de varias especies animales, teniendo en cuenta tanto su realidad natural y los roles simbólicos que se les han atribuido en diferentes culturas (así como se hizo con el proyecto "Naturaleza mítica" con el lobo, pero en versión breve).

Así mismo, voy a tratar de hacer una serie de artículos sobre la difícil situación a la que la agricultura y la ganadería están expuestas en la actualidad. Esto es un reto, ya que realmente no conozco demasiado al respecto, sin embargo creo que es una cuestión que hace tiempo debería estar entre los temas a tratar.


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