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14 de octubre de 2014

Bajo las aguas

Drowning Dream, por Necromantikk, 2008

"¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún..."  
El espinazo del diablo, 2001.

Llevo años escribiendo sobre el descenso al Inframundo, una experiencia que se repite con mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra búsqueda, de nuestras vidas, y según el momento adquiere una forma u otra. El Descenso es también el inicio del ciclo Bajo Tierra, implica una despedida de todo lo logrado hasta el momento, el aprendizaje del desapego, abrir las manos y dejar ir tanto lo disfrutado como lo sufrido. Idealmente, sólo lo esencial debería permanecer con nosotros, del mismo modo que la semilla deja atrás la carne del fruto, y se adentra en la tierra para resurgir en un nuevo árbol.
Pero el camino de los humanos dista mucho de ser un sendero ideal, y cada uno de los descensos nos recuerda la necesidad de excavar las capas de pieles caídas sobre las que construimos nuestro presente, a la búsqueda de los tesoros que nos queda pendiente traer a la superficie para su manifestación. Otra cosa es que hagamos más o menos caso, ya que en ese viaje hacia nuestras semillas de futuro, en lo profundo de nuestro interior, nos encontraremos también con todos los muertos que nos habitan, no siempre en paz, con los fantasmas no han logrado disolverse porque les queda una cuenta pendiente que saldar. 

Todos conocemos historias de espectros, y solemos creer que pertenecen al mundo exterior. Pero como en una vieja historia de fantasmas que aguardan en las orillas de un pantano, los remanentes de otros tiempos esperan que pasemos cerca para agarrarnos de los tobillos y exigir lo que necesitan para su redención. A veces el descenso al Inframundo no es un acto voluntario, nos pilla por sorpresa, nos arrastra contra voluntad a nuestras profundidades, que no por propias dominamos o resultan menos oscuras. Pero el tesoro sigue estando allí, esperando también a que superamos las pruebas que impone el ciclo Bajo Tierra.
A lo largo de mi propia búsqueda he aprendido mucho de los mitos y de los cuentos, que en ocasiones pueden funcionar como mapas o más bien como indicadores de qué puede pedir de nosotros el camino en un momento determinado, ya que en esencia son la memoria de muchos recorridos. Otra cosa que he aprendido es que cuando nos tomamos el sendero en serio, no existen los "compartimientos estancos". Si las cosas se hacen de forma completa llega un momento en que cada instante de nuestras vidas implica tener los pies en el sendero escogido, y todo lo que hayamos aprendido y practicado resulte una herramienta dolorosamente útil para superar una prueba que la vida nos presenta, a veces, cuando menos lo esperamos.

Existen muchos relatos acerca de espíritus que sorprenden al viajero distraído para arrastrarlo consigo al fondo de las aguas, a las profundidades donde residen los deseos y los temores más profundos de nuestro ser. Del mismo modo en ocasiones un accidente o incluso un evento trivial puede arrebatarnos de forma súbita esa ilusión de control sobre nuestras vidas a la que estamos tan acostumbrados, y hacer temblar nuestro mundo desde sus cimientos.  

Recientemente,  una conversación normal con un familiar me llevó al terreno de mis sombras de una forma tan fulminante como si se hubiera abierto una trampilla bajo mis pies. Al principio me sentí algo extraña, quise quitarle importancia e intenté no hablar de ello, pero en cuestión de horas mi mente estaba obsesionada al punto que la realidad se transformó eclipsando mi presente y haciéndome revivir la impotencia, el dolor y la rabia de un infierno pasado hace años, de forma tan violenta como si hubiera ocurrido ayer mismo. 
Lloré durante días, enfermé de males que relaciono con aquella época. Guardé todas mis fuerzas para no perder el trabajo, porque a penas podía levantarme de la cama. Fue como vivir una pesadilla de la que no podía despertar: los monstruos del pasado devoraban mi presente, amenazando con derrumbar lo que he construido en este tiempo, sin que yo pudiera hacer nada.

Desde una perspectiva racional, nada de aquello tenía sentido; objetivamente, esa etapa de mi vida está superada y mi presente, con todas sus carencias e incomodidades, es mejor que el futuro que me esperaba de no haber pasado por lo que pasé. Sin embargo, sé que en algún momento aprendí a tragarme el dolor y la ira, por justificados que fueran, para poder seguir adelante. Podemos contenerlos el tiempo necesario para que nadie salga demasiado dañado, a cambio de que luego sean liberados en un lugar "seguro". Pero en su día la necesidad me llevó a empujarlos muy al fondo, y a la hora de liberar conscientemente estas fuerzas, parecía que se habian disuelto, que ya no había nada allí.
... Hasta que algo, casualmente, removió el fondo, y las emociones que llevaban demasiado tiempo sumidas en un sueño artificial despertaron con fúria. No había nada que resolver, no había nada que entender de aquello, ningún sentido ulterior; sólo tocaba dejar ir esas emociones que habían quedado atrapada en el fondo, como un fantasma que ha perdido el camino para pasar al otro lado. Dejarlas pasar sin caer en la tentación de reengancharse. Después de llorar todo lo que había que llorar, la obsesión y el malestar se fueron atenuando por sí mismas, y por fin volví a mi vida tal como ahora es.

Hasta la fecha me ha costado explicar este tipo de experiencias, tal vez por el miedo a ser juzgada en un medio en el que cualquier cosa mala que nos pase es susceptible de etiquetarse como un "daño que alguien ha conseguido hacernos", o como un "castigo que por algo nos hemos ganado". Pero me hago mayor y creo que empieza a ser momento de advertir que este es el tipo de cosas a las que nos puede llevar el trabajo interior, a remover los fondos donde habitan nuestros propios fantasmas, en ocasiones irredentos: El que no los haya encontrado es que o no ha profundizado lo suficiente, o sigue empujándolos hacia el fondo. Y esto es en paralelo con lo que puede suceder fuera. Pero si no hubiera un aprendizaje y unas pruebas que pasar no tendría sentido estar en un camino.
Puede parecer que pasar dos o más semanas desconectada porque tu cabeza está en otro lado y tu cuerpo a penas te responde para mantener un trabajo es un "mal", y yo no negaré que es un mal trago, pero realmente me alegro de que haya sucedido de este modo, en vez de generar una enfermedad bastante más grave dentro de unos años. Del mismo modo, si no hubiera tenido cierta idea de lo que podía estar sucediendo podría haberme reenganchado a viejas emociones y confundido y la pesadilla podría haber sido mucho más larga o interminable; del mismo modo, si no hubiera tenido a las personas adecuadas a mi lado, los daños ocasionados por la situación podrían haber sido realmente preocupantes. Así que definitivamente ha sido un asco el proceso de sacarlo, pero está fuera. Comprobado que algo he aprendido, que los esfuerzos valen la pena y que tengo a mi lado a las personas adecuadas, no debo estar haciendo las cosas tan mal. Significa también que el camino se ha despejado y hay vía libre hacia la próxima parte del tesoro a manifestar ( y a compartir con las mismas personas que han demostrado ser las adecuadas). Y eso es bueno. Aunque implica seguir trabajando, por supuesto.

Para muchos de nosotros no existe tal cosa como un "...De seis a ocho meditaré/visualizaré sobre el Descenso al Inframundo, pondré una vela  y así habré cumplido con la celebración de esta festividad." Algo así puede suceder al principio del camino, algo parecido a mojarse un poco los pies antes de zambullirse en el agua. Esto no significa que todo el mundo esté en condiciones o tenga ganas de convertirse en nadador profesional, pero creo que es fácil de entender la diferencia que existe entre asistir a una exhibición de natación, y ponerse a nadar: nademos mejor o peor, con un estilo u otro, con más o menos resistencia se trata de experiencias distintas a ser un espectador externo. Creo que es importante recordarlo de vez en cuando. Nuestra formación puede facilitarnos mapas, que como decía antes, nos ayudan a entender qué puede pedir el camino de nosotros en un momento dado; pero luego hay que vivir ese camino, con todos sus monstruos, redenciones, compañeros de viaje y tesoros. 

23 de septiembre de 2014

¿Existe la Magia?

Domenico Zampieri, A Virgin with a Unicorn, c 1604–05,
fresco del Palacio Farnese, Roma, según el diseño de Annibale Carracci

Hace algunos días en Un Papá como Darth Vader nos encontramos con la historia de un niño al que en su primer día de escuela su padre le había regalado un anillo asegurando que tenía poderes, pero unas horas más tarde un compañero - hijo, tal vez, de algún ferviente seguidor de Richard Dawkins- había logrado convencerlo de que no existe tal cosa como la magia, porque el anillo no puede hacer aparecer dulces. La tarea que se propusieron los padres fue, simplemente, explicar al pequeño que hay personas que creen en la magia y otras que no, apoyándose en parte en las respuestas que daba la gente a una simple cuestión planteada vía Facebook: "Si creéis que la magia existe y que, este anillo de “Linterna Verde” de la foto tiene poderes mágicos…darle un “like”. Si además compartís la foto…os estaré eternamente agradecido." Hasta el momento la foto ha sido compartida 1567 veces,  ha recibido 4950 likes y 380 comentarios, entre los que se cuentan tanto los de otros padres, amigos y familiares solidarios con la causa de que un niño no pierda la ilusión por esta clase de juegos tan pronto, como las de algunos brujos y brujas que conozco. Y, en muchas ocasiones, las respuestas de unos y otros no eran tan diferentes.

Parece que hay un acuerdo más o menos común en que acabar demasiado pronto con las ilusiones de un niño es quitarle algo muy valioso que le pertenece como un tesoro que, ya de por sí, se considera que tiene fecha de caducidad. Curiosamente, una de las respuestas que leí en varios comentarios fue "la magia sirve para cosas más importantes que hacer aparecer chuches, que se pueden comprar". Me parece una respuesta bastante adecuada para aquellos que nos interrogan acerca de la práctica mágica, porque no faltan adultos tan encaprichados con sus objetivos como un niño pueda estarlo de una bolsa de caramelos; aunque no sea el momento, aunque le vayan a sentar mal, o aunque puedan conseguirlos de manera mucho más práctica con acciones físicas directas en vez de pretenderlos lograr por la vía mágica.

La Magia, en ese sentido amplio que la equipara a la capacidad de maravillarse, es un bien que los adultos necesitan tanto como los niños, pero que en muchas ocasiones no saben como conservar. La Magia no habita en los prodigios, sino en la totalidad de la experiencia; no se desvanece, sino que dejamos de percibirla, al mismo tiempo que perdemos nuestro asombro por la maravilla de lo que somos, de lo que nos rodea, de la simple experiencia de estar vivos aquí y ahora.

Que existen un montón de palancas y cuerdas más o menos metafóricas y algunos métodos más o menos acertados de manipular la realidad en la que vivimos según nuestra voluntad o necesidad, es innegable. Pero por ellos mismos no pueden asegurar que la Magia esté presente, del mismo modo que las máquinas que hace medio milenio podían parecer un auténtico e inexplicable prodigio hoy son parte de esos paisajes industriales ( o de interminables basureros), que nos recuerdan con dolor la naturaleza sacrificada en los pseudoaltares racionalistas. Así mismo, existe la fantasía, que a veces funciona para conectar la Magia, pero que mal empleada sólo nos aleja de más y más de ella.
La Magia que niños y adultos necesitamos aún es la que nos hace ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con amor; la que nos descubre la belleza oculta en lo cotidiano y de vez en cuando incluso logra estremecernos al tomar conciencia por unos segundos de lo inexplicable y lo efímero de nuestras existencias. Esos momentos en los que la posibilidad de cualquier prodigio supranatural no resulta esencialmente más maravillosa que la oportunidad de pasear por un bosque, tomar un café con tu madre en la cocina, mojar los pies en la playa, desayunar tostadas, jugar con tu mascota, circular en bus en una tarde de lluvia o abrazar a tu pareja y decirle que la amas. Esos momentos en los que casi se escapa una lagrimilla y si alguien te pregunta a qué viene sencillamente lo dejas correr, porque a ver quién explica tanta emoción surgida de la nada en un puñado de segundos que tejen recuerdos, deseos, agradecimiento y consideraciones existenciales.

Pero por causas muy diversas, alguna vez en la vida, incluso los que trabajamos con ella, sentimos que perdemos la Magia. Son momentos que no siempre se deben a la dureza de las circunstancias, en los que nos sentimos extraviados y nos falta una dirección en la que marchar o un lugar al que llegar, momentos en los que algo no parece terminar de encajar, o nos sentimos solos porque nuestra propia compañía se hace extraña, porque no acabamos de reconocernos en lo que fuimos, o en lo que vamos a ser. Momentos que duelen, pero tampoco demasiado; que provocan una desazón difícil de explicar y que suelen ser el preludio de un cambio importante, de una nueva etapa. Momentos en los que el fruto que no ha sido recolectado cae al suelo, y alimenta esa tierra negra que es el lecho del mañana, en un tránsito oscuro y regenerador hacia la luz de una nueva primavera. En todo ese proceso también hay también una Magia, tal vez la más difícil de percibir, pero la que nos sostiene al fin y al cabo en nuestros peores momentos, recordándonos que seguimos vivos, pero también que nunca sabemos por cuánto tiempo contaremos con lo que ahora tenemos, ya sea mucho o poco, y más vale aprovecharlo, dejar de querer imponer nuestros planes a toda costa y estar más atentos a las sugerencias del Universo.

Tengo 33 años y aún creo en un montón de cosas que algunos creen imposibles, no sólo la Magia, sino cosas aún "peores" como la honestidad, la coherencia, las ganas de aprender y trabajar, la entrega, la amistad y el amor sinceros. Tengo la tremenda suerte de saber por experiencia que existen, aunque a veces parezcan desterrados de la faz de la tierra, y de no tener ninguno de ellos demasiado lejos. Pero siempre habrá quien dude incluso de la posibilidad de que cosas así existan más allá de los cuentos de hadas o las cabezas soñadoras, personas que verán un muro donde nosotros vemos una puerta, y - más vale tenerlo en cuenta- actuarán en consecuencia, por ejemplo, poniendo negaciones o fantasías (dos caras de la misma moneda) allí donde podría haber realidades maravillosas.
Que la Magia, y otras cosas supuestamente imposibles, existan no significa que sean fáciles de encontrar y reconocer, ni mucho menos que lo sea estar en contacto con ellas...  Una vez mi gato atrapó por reflejo un colibrí que se coló en casa, me miró como preguntando qué hacer con un insecto tan grande y, confundido, sencillamente lo dejó ir. Creo que por lo mismo muchas personas dejan escapar oportunidades maravillosas, proyectan o dejan volar su imaginación lejos de lo tangible, porque de hecho no sabrían qué hacer con la materialización de una posibilidad real entre sus patas, no están preparadas para ello. Y a veces es tan importante recordarnos que la Magia existe como estar conscientes de que hay personas que no quieren, o no pueden creer en ella, y no se puede esperar más al respecto.


23 de agosto de 2014

El dios vencido

Gleaning, Arthur Huges (1832-1915)


"Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones. Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo."
La savia de los almendros. Crónica de la primavera.

Hay algo en los campos cuando, al caer la tarde, salgo a pasear por los caminos de tierra que los rodean. Vemos al trigo crecer verde y tornarse dorado, caer bajo la hoz y convertirse en montones de paja amontonados en los mismos campos en los que  meses atrás germinó la semilla de la que procedía. Es el dios vencido - por sí mismo -, el grano sacrificado convertido en símbolo de todo aquello que muere para que el resto de criaturas se alimenten, que nos recuerda que un día también nosotros entregaremos nuestro último aliento para volver a la tierra. En los márgenes de los campos un viento fresco agita sombras entre las cañas, y en el cielo nubes grises anuncian anticipadamente el tránsito a la época oscura del año. El guardián del umbral espera, aún cuando no se manifieste.

Hay matices en el desarrollo de nuestra práctica mágica/espiritual que no aparecen en los manuales, del mismo modo que ningún tratado genérico hablaría de las relaciones concretas que tenemos con nuestro círculo cercano. En muchas ocasiones sería más conveniente dejar de lado las explicaciones dadas y abrirse a la experiencia directa. Y cuando hablo de las "explicaciones dadas" no me refiero sólo a las que recibimos, sino también a las que por alguna extraña razón nos vemos impelidos a dar.  

Este año me he encontrando explorando el ciclo sobre-tierra y ha sido algo agotador, seguramente por primeriza, y por no tener detrás el entrenamiento más adecuado (y no me refiero a que no tenga el conocimiento necesario, sino a ciertas lagunas de disciplina...). Si estuviera en un tablero de la oca, hace días que habría pisado la casilla de la muerte, para empezar el viaje desde cero. Pero si lo que llega ahora es la cosecha, es lo que tiene sentido e incluso prefiero que sea así, ha habido muchas cosas en este recorrido y quisiera vivirlas plenamente antes de pasar a otro orden de cosas.

En estas fechas muchos paganos celebran la abundancia de la cosecha como resultado de sus esfuerzos, y también como una muestra de generosidad de la naturaleza. Pero de unos años a esta parte prevalece para mí en este momento la noción del sacrificio y de la entrega, más allá de la analogía en el reino natural, en relación con la necesidad de desapego. Es posible que al tener la atención en la parte del ciclo que transcurre Sobre-Tierra estos conceptos resuenen aún con más fuerza. En el momento de la cosecha el grano se sacrifica en su momento óptimo, da lo mejor de sí. Podría seguir vivo, pero entonces simplemente se iría marchitando y acabaría cayendo de todos modos, pero su descomposición sólo alimentaría a la tierra. 

En el ciclo del héroe, el joven acumula méritos hasta convertirse en héroe y en no pocas ocasiones su gesta consiste en desplazar a un antiguo rey que ha olvidado que su función es servir al pueblo, y se aferra al poder, corrompiéndolo. Una vez el héroe deviene rey deberá evitar acabar convirtiéndose en el mismo mal que un día llegó a combatir; y la única manera de hacerlo es recordar a quien sirve, y aprender a dejar ir. Después de entregar todo lo que tiene, como el alma descarnada, puede adentrarse en la segunda parte de la historia, la que discurre por los reinos internos, Bajo Tierra.

Escribió C.G: Jung, a raíz de este punto de inflexión existencial: "El Sol contrae los rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo". Jung, en 1930, se refería con esto a la segunda etapa de la vida adulta. Sin embargo, del mismo modo que aunque consideremos la primavera  análoga a la juventud y el invierno a la vejez, las estaciones se van sucediendo a lo largo de nuestros años, también las diferentes etapas del ciclo se suceden varias veces a lo largo de las vidas de cada individuo. Simplemente, destilamos más o menos aprendizaje de ellas en función de nuestra madurez y atención al fenómeno (que es lo mismo que decir que para muchos pasan tan inadvertidas como las estaciones).

El dios que se vence a sí mismo (que vence su apego y se entrega a la transformación) es recibido por el bosque, por las sombras que se alargaran cada día que pase. El dios de la época oscura del año no es sólo el devorador, sino el sabio que domina aquellos aspectos desconocidos para el que sólo ha desarrollado su ser en las etapas externas del camino, a través del aprendizaje efectuado en el encuentro. La experiencia del rey que ha muerto pasará así a formar parte del aprendizaje acumulado por las generaciones de reyes, alimentará el legado de su función y será la herencia que esperará al próximo joven que comprenda y asuma el destino siempre transitorio del monarca.

Hablaba párrafos arriba de cómo a menudo nos complicamos la vida o nos desgastamos por tratar de dar explicaciones innecesarias. El lenguaje de la parte del ciclo que se desarrolla Sobre Tierra es, antes que cualquier otra cosa, el de la acción. El rey no explica, actúa; no intenta convencer, sino que muestra con el ejemplo la posibilidad que ha escogido encarnar. En el ciclo del héroe el rey es esencialmente un servidor, y el poder que ejerce en un territorio, un préstamo. Del mismo modo, nosotros tenemos un cuerpo y una personalidad que habrán de desintegrarse al final de nuestros días. 

A  escala menor, cada uno de nosotros asume roles o posiciones que en un momento dado, ya sea con violencia o con naturalidad, deberá dejar atrás. Cada vez que nos encontramos con una de estas situaciones conviene preguntarnos a qué servimos (porqué empezamos a caminar, cuál es el objeto de nuestra búsqueda, en qué creemos, cuáles son nuestros ideales...) y actuar en consecuencia, dejando ir y entregándonos  sin reticencias a la transformación.

Puede que, como decía más arriba, la secuencia nos deje la sensación de haber pisado la casilla de la muerte para volver al principio, puede que implique un pequeño o gran sacrificio, pero el camino tiene sus propios métodos para corregir nuestro rumbo en caso de que nos hayamos alejado demasiado de la senda que en justicia nos pertenece recorrer; y al final siempre podemos agradecer la oportunidad de volver a empezar, apreciando mejor cada uno de nuestros pasos.
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf

18 de septiembre de 2013

Desde el umbral del otoño



Mis años empiezan al final del verano. Un día indeterminado de septiembre algo en el aire logra detener mi pensamiento, alejarlo por unos segundos del mundo atareado que lo circunda, como si pudiera mitigar mágicamente sus ruidos. Entonces sé que el momento ha llegado: la última celebración de la luz, el agradecimiento, la despedida, la vuelta a esa casa oscura que todos tenemos en el seno de la tierra. Sé que me voy a ralentizar, que me va a apetecer menos salir y que estaré menos disponible porque aunque mire fuera de mí, estaré viéndome por dentro. El equinoccio de otoño siempre es un umbral que cruzo sabiendo que algo debe quedar atrás para que lo desconocido pueda acercase hasta ser familiar.

Esta ocasión es especialmente significativa, acaso porque el trabajo de este año ha sido más intenso que el de los anteriores. Acostumbrada a dejar por escrito prácticamente cada paso en el camino, me estremezco al buscarme en el reflejo cobrizo de la memoria. Hace un año, mi vida entera empezaba a deshacerse sin pedir permiso, como una construcción cuyos materiales estuvieran condenados de antemano a sucumbir... Es natural que cuando algo así sucede, al menor movimiento todo empiece a temblar, y el derrumbe sea inevitable. Sin embargo, eso no nos ahorra el dolor de las heridas cuando todo cae encima, ni la rabia de no habernos dado cuenta a tiempo de lo que iba a suceder para al menos ponernos a resguardo.

Hay un camino muy largo - tan largo, que no corresponde medirlo en tiempo- desde que un mundo se cae hecho añicos, hasta que comprendemos que la vida no termina, que nuestra tarea sigue, que hay cosas tan buenas o mejores como las que ya vivimos esperando a que vayamos a por ellas. Pero hay que ser valientes, hay que dar un paso detrás de otro desde el centro mismo de la oscuridad, atrevernos a confiar en la vida y en nosotros mismos. Comprender que somos algo más que el dolor, por más que éste pueda volver a irrumpir en escena en cualquier momento. Hay que tener ganas o, al menos, dejar de resistirnos a esas fuerzas que desde nuestro interior tiran de nosotros constantemente hacia la luz.   
Budi Satria Kwan, Journey of a Thousand Miles


Hace un año mi vida, tal como yo la tenía en mente, terminó. Terminó del mismo modo en que las frutas se pudren, para que la semilla pueda desprenderse fácilmente, para que a la semilla no le falte alimento al germinar. Aquello que tenía apuntado en los cuadernos de trabajo, lo que era realmente importante para mí, - lo irreductible, es decir, la semilla-, siguió creciendo a pesar de mi incomprensión, abriéndose camino, encontrando maneras de realizarse que yo entonces no podía ni siquiera imaginar.

Mi mundo de entonces era demasiado pequeño y forzosamente debía quedar atrás, pero esto no significa que el proceso no fuera doloroso. Muchas veces estando frente al altar -donde recuperaba por unos minutos la paz perdida-, me lamentaba y a la vez pedía disculpas por la ignorancia que me impedía ver cómo todo aquello que estaba sucediendo podía ser algo bueno, y terminaba por agradecer lo desconocido que se abría camino hacia mí.
No ha sido fácil, porque acumulamos resistencias, pero he tenido la suerte de contar con quien me echara una mano en el momento preciso para evitar que cayera rodando colina abajo y todo el esfuerzo realizado fuera en vano. Sin esperarlo, lo mismo que al inicio del viaje era  desconocido, ha resultado hacerme descubrir, entre otras cosas aún más importantes, una felicidad como nunca antes la había vivido.

Este ciclo me ha permitido identificar y empezar a dejar atrás una enorme carga de pensamientos caducos que he arrastrado durante años, y que me han condicionado demasiado; a medida que los dejo ir la serenidad y la alegría vienen a ocupar su lugar. Es muy posible que aquellos que me conocen se pregunten "¿Pero de qué serenidad habla esta mujer?", a lo que sólo podré responder que antes era peor -y también que por segunda vez en mi vida tengo uñas-.
Por supuesto el proceso no termina aquí y siempre habrá aspectos que trabajar, simplemente se trata de hacer una pausa para agradecer las enseñanzas y experiencias que esta cosecha ha traído, y sobretodo la presencia de aquellos que me han acompañado en ellas, haciendo de mi universo un lugar mucho más valioso en el que habitar.

8 de septiembre de 2013

Las zapatillas rojas



En el umbral que separa lo que se conoce de lo que se espera conocer se proyectan a menudo los fantasmas de la duda y el temor. Recuerdo, en más de una ocasión, haber deseado tener un par de zapatos de rubí como los de Dorothy, que me aseguraran el regreso a casa si las cosas se ponían demasiado feas... Sin embargo, a veces ese billete de regreso es lo último que necesitamos.

Para algunos el hogar está justo al otro lado de esa frontera que retiene al viajero como la Esfinge y su enigma. Y su llamado, difícil de acallar, és dolorosamente claro por más que lo vistan las brumas de la incertidumbre. Aunque las maravillas que acontecen cada instante en nuestro entorno serían incontables, a penas llaman nuestra atención porque en algún momento se decidió ponerles una etiqueta que las enviara directamente al fondo de los armarios, con todo aquello que "tal vez un día podamos necesitar". Pero lo cierto es que son sumamente importantes y no estaría mal asegurarnos de tenerlas a mano. 

Vivimos nuestra realidad muy por debajo de sus posibilidades: Las puertas permanecen abiertas, pero nos quedamos en la frontera alimentando nuestras dudas como los ancianos alimentan a los patos en un parque, y nos empeñamos en encontrar la manera de perder nada al dar el siguiente paso... ¡Cómo si pudiéramos hacerlo! Nos resultan aleccionadoras las historias en las que un humano trata de negociar con la Muerte, pero no pensamos demasiado en los modos que tenemos de hacer lo mismo con la Vida, como si ésta fuera menos implacable que su hermana oscura.

A veces los zapatos de rubí se convierten en aquellas malditas zapatillas rojas que hacían danzar sin descanso a aquel que las calzaba; ser perpetuamente sacudido por fuerzas invisibles e implacables durante el sueño y la vigilia, sin un tiempo para nosotros, para los nuestros. Contínuamente torturados por una legión de voces que nos recuerdan que no somos nada, que no merecemos nada, que tenemos sólo un lugar que ocupar, un rol que cumplir y una lista de tareas que desempeñar con eficiencia. Aunque a menudo lo juzguemos como una locura, lo más sensato que podemos hacer en estos casos es sacarnos esos zapatos de rubí, lanzarlos bien lejos, y avanzar descalzos y confiados más allá del arco iris. Al fin y al cabo no hay nada realmente importante que podamos perder en esto, que no pudiéramos perder de todos modos al decidir instalarnos en la autotortura.

Lo cierto es que muchas de las cosas que conservamos en forma de anhelo están más cerca de nuestro mundo de lo que nos atrevemos a creer. En no pocas ocasiones, de hecho, pugnan por manifestarse en nuestras vidas y nosotros, cobardes, las empujamos una y otra vez al fondo. Como deseo no exigen nada de nosotros, sin embargo su realización requiere un compromiso, un riesgo, una mirada sostenida a los abismos, especialmente a los propios.
Tal vez por ello cargamos con el peso de muchas generaciones que han sostenido un "no" perpétuo por respuesta, que han levantado muros y cerrado puertas hasta encarcelarse a sí mismas, pero siempre podemos aprender a decir "sí", y dar un paso más, o un saltito. Y esperar a ver qué pasa. Y seguir a nuestro propio ritmo. Y celebrar cada paso; disfrutar del camino, de sus paisajes, de los percances y alegrías que vayan apareciendo.

La humanidad ha olvidado el sentido profundo de sus propios códigos, ha perdido la comprensión y, confundiendo fondos y forma, padece de una literalidad mortal... Muchas de las cosas en las que no acabamos de atrevernos a creer están aquí mismo, esperando simplemente a que nos demos cuenta. Y si puede ser cierto que nuestros ojos han perdido la capacidad de verlas, nada nos impide alargar una mano para tocarlas.


28 de julio de 2013

Convertirse en gato







Arthur Rackham, All through Egypt every man burns a lamp (fragmento), s/f


Hace unas semanas encontré un cráneo de gato. Los huesos fascinan, porque avivan recuerdos de viejas historias que permanecen generación tras generación, idénticas en el fondo, cambiando las formas que las cubren. Son el reducto de lo que fue, la última memoria, como las brasas que no volverán a arder pero aún no se han enfriado del todo. Lo interrogo y me cuenta por qué algunas brujas terminan convirtiéndose en gatos. Se han dicho muchas cosas de estos animales, pero, a fin de cuentas el motivo por el que se odia o se ama al gato es que se trata de una criatura capaz de acompañarse perfectamente a sí misma. Sin importar lo duras que sean las condiciones de su vida, no sólo se acomodará en el primer rayo de sol que encuentre como un rey lo haría en su trono, sino que lo disfrutará mil veces más.

Hace tiempo alguien que entonces parecía mucho más fuerte que yo, me arrinconó para torturarme maliciosamente sentenciando con voz grave todo aquello bueno que yo no era y jamás podría ser... No era el primero, ni sería el último, de una lista ya borrosa de individuos que me recordaron hasta la saciedad todo lo que hacía mal, todo lo que "me permitía", que me señalaban como si hubiera algún error de configuración en mí que pudiera echar a perder cualquier cosa con la que llegara a entrar en contacto. No fue el primero, ni sería el último en intentar derrumbarme por completo para construir sobre las ruinas su propia idea de lo que yo debía ser, pero en aquella ocasión, con el último resquicio de resistencia que me quedaba, algo salió al paso desde muy adentro respondiendo: "Entonces, quiero ser como un gato, y que todo esto me dé igual. Y que me de igual estar sola, y que me importe una mierda lo que la gente como tú pueda pensar de mí". 

Como un gato de cuento, he muerto varias veces desde aquel día. A veces ha sido la curiosidad lo que me ha llevado de una vida a otra. En ocasiones aún siento el roce de las invisibles cadenas del entrenamiento que, lección tras lección, se prolongó el tiempo necesario para aprender que sólo dependía de mí que siguieran allí. Las cosas me hubieran ido mucho mejor si no me lo hubiera tomado siempre tan en serio todo, lo sé: pero yo creía en la realidad de todas aquellas maravillas cuyos nombres otros sólo usan como cebo. Lo cierto es que, a pesar de todo, sigo creyendo en ella. Sigo en el camino, convencida, y cada segundo que pasa tardo menos en detectar las trampas. Hago las paces con mi vida, aunque no siempre sea fácil, y me compadezco de los tramposos, porque llegará el día en que tendrán que rendir cuentas por todo aquello sagrado que fue nombrado en vano, o se usó para propósitos desviados.

Tal vez sea hora ya de ir asumiendo que el mundo de "los que tanto saben", es las más de las veces una farsa en la que se miente más que se habla, en la que las promesas no tienen otro valor que el de poder enredarnos para que entremos en túneles por los que ellos no caben, y consigamos para ellos los tesoros que no pueden alcanzar con sus propias manos. Renunciar a su corrupción, y aprender de cada uno de nuestros pasos, de cada golpe y cada caricia que la Vida por sí misma nos da. Restablecer el vínculo, devolver la esencia a todas las formas que hace ya mucho fueron privadas de ella. Porque cuando llega al destino adecuado, el oro de las hadas no necesita desvanecerse al amanecer.

27 de mayo de 2013

Amor y lucidez





Hace unos días en un blog en el que se habla acerca de alimentación surgió un debate acerca de si era seguro o no usar el microondas en la cocina. Una persona nos advirtió que era muy peligroso, y pasó un enlace sobre un experimento en el que se comparaba durante diez días una planta regada con agua que había pasado por el microondas, y otra que no.  Al final, la primera planta había muerto. Como la cosa sonaba alarmista, y no había referencias en el documento, una respuesta cordial era ofrecernos a hacerlo nosotros mismos y ver lo que sucedía. Entonces la persona que nos había escrito pidió que no lo hiciéramos, y que borráramos su comentario, porque siguiendo el principio de ahimsa (no-violencia) e invocando al amor, no quería ser la causa de ningún daño a la planta.
Creo sinceramente que el comentarista tenía la mejor de las intenciones, y los comentarios se ocultaron; pero quedó la curiosidad y en un par de búsquedas rápidas por la red pude comprobar que el mito del agua-de-microondas-asesina-de-plantas había sido desmontado por la vía empírica y explicado en Snopes.com hace un año. Ninguna planta fue dañada durante el experimento de comprobación, por cierto.

Obviamente no estoy escribiendo aquí para defender el uso de un electrodoméstico, sino porque la anécdota que acabo de explicar es una muestra de lo que sucede con relativa frecuencia con las buenas intenciones y los senderos espirituales o de desarrollo personal. El principio de la no-violencia parece tener como objetivo evitar el sufrimiento innecesario, pero a veces el árbol nos impide ver el bosque. Alguien que no quería dañar una sola planta, no tiene reparo alguno en difundir una información falsa que genera un efecto de alarma en aquellos que la leen y que contribuye a las sensaciones de  malestar, desconfianza e impotencia del colectivo.  ¿Qué efecto que puede tener en una persona comer algo que le han dicho que puede ser peligroso para su salud? ¿Cuál será el nivel de culpa que podemos infundir en una madre a la que no le queda más remedio que calentar la comida de sus hijos en el aparato que le hemos advertido que puede dañarlos?  Hacer esto de manera completamente inconsciente, sin haberse detenido siquiera a comprobar la información que estamos esparciendo, ¿no es acaso un acto de violencia innecesaria sobre nuestros congéneres?

Para poder seguir el principio de la no-violencia se necesita ser capaces de discernir. Resulta fácil elegir entre lo beneficioso y lo dañino; lo difícil es, entre dos males, escoger que cause menor perjuicio. Tomar acción, y asumir las consecuencias. Si un principio espiritual nos está inmovilizando o estancando en algún punto, hay una falta de comprensión. Por ignorancia, vertemos el daño sobre nosotros mismos, y perjudicamos a aquellos que están en relación con nosotros. La vida es un fluir constante y para estar bien fluimos con ella.
Existe un apego terrible que se disfraza de virtud cuando nos negamos a quedar en deuda con el resto de los seres vivos a los que estamos vinculados, significa que de algún modo tenemos miedo a aportar nuestra parte en el juego, a entregarnos a aquello que es mayor que nosotros. Querer ponerse a uno mismo por encima del resto de seres y "perdonarles la vida", no es sino un signo de ignorancia y soberbia. Ni siquiera es por este camino por el que se renuncia al mundo. Hay una gran diferencia entre evitar sufrimiento innecesario y adoptar esta actitud tan dañina, olvidando que nuestros cuerpos también serán cadáveres algún día.

Por esto siempre me han gustado las palabras de Khalil Gibran:
Ojalá pudieras vivir bastado con la fragrancia de la tierra, y como una planta sustentarte por la luz.

Pero ya que tienes que matar para comer, y robar a los jóvenes la leche de la madre para saciar tu sed, entonces haz de esto un acto de adoración, y que tu mesa sea un altar en el cual los puros y los inocentes del bosque y campo son sacrificados por aquello que es más puro y más inocente dentro de muchos.

Cuando matas a un animal, dile en tu corazón,

«El mismo poder que te mata, me matará a mí; y así mismo seré consumido.
Porque la ley que te entrega a mi mano, me entregará a mí en la mano de otro más poderoso.

Tu sangre y mi sangre no son sino la savia que alimenta el árbol del cielo».

Y cuando aplastates una manzana con los dientes, dile en tu corazón,

«Tus semillas vivirán en mi cuerpo,
Y los capullos de tu mañana florecerán en mi corazón,
Y tu fragrancia será mi aliento,
Y juntos nos regocijaremos por todas las estaciones».

Tomamos de la Tierra y el Cielo nuestro alimento, nuestra bebida y nuestro aliento. Es verdad que podemos restringir nuestro consumo, eliminar de nuestra ingesta todo cuanto no nos es estrictamente necesario para vivir y desarrollar nuestras funciones, pero esto por sí solo no nos liberará de la deuda principal. En vez de pensar en cómo evitar la acumulación de deuda, podríamos pensar en cómo agradecer todo aquello que nos ha sido entregado, qué es lo que nos toca hacer a nosotros a cambio. Si el mundo entero se entrega de esta manera dramática para que nuestra vida siga un día tras otro en las condiciones que conocemos, lo mínimo que podemos hacer es procurar que esa vida valga la pena, que haya en ella cierta entrega al universo que la sustenta.

Posiblemente el amor sea el único camino, pero el amor en el sentido trascendente del término. Avanzamos en él, hacia él y nos romperemos y volveremos a construir mil veces antes de comprender un ápice de lo que en realidad sucede. No es el amor que podemos sentir por una persona, o un camino, o una deidad concretos; ni tampoco es un amor al que la voluntad pueda poner condición alguna. Este amor ha habitado en la suavidad de un pétalo de flor de almendro; pero ha permanecido, inalterable, mientras la tierra se bañaba en sangre. No es que deba dirigir la vida de la humanidad, es que la humanidad no puede escapar de él.

En el mundo de los hombres, este gran amor es el misterio último que late en el centro silencioso de cada cosa manifiesta. Pero el reino de las formas, en el que habitamos, tiene sus propias características. Para movernos por él necesitamos, además de buenas intenciones y benevolencia, capacidad de comprensión, discernimiento y voluntad de entrega. Necesitamos poner en uso la herramienta del intelecto, comprender cómo funcionan las cosas para poder restablecer el orden cuando se haya alterado o arreglar aquello que se haya estropeado. En su dimensión humana, el amor requiere de lucidez para no equivocar las metas (nutrir, proteger, reparar), de lo contrario sólo conduce a la confusión y a la desgracia propias y ajenas.

16 de diciembre de 2012

Solsticio de invierno: Descenso hacia la luz


Fuente


Desde niños vemos sucederse las estaciones en el mundo que nos rodea; de celebración en celebración decoramos aún las escuelas y nuestras casas dando la bienvenida al tiempo de las flores, al del trigo dorado, al de las hojas caídas y al de la nieve. Sin importar cuál sea nuestra preferida, y al menos mientras somos niños, comprendemos que cada estación tiene su propia corte y nos colma de regalos que sólo ella puede dar.

A medida que acumulamos años, las estaciones empiezan a sucederse también en nuestras vidas. Sin embargo, desconectados de lo que en realidad somos, en lugar de dar la bienvenida a las primaveras, veranos, otoños e inviernos que se suceden en nuestro interior nos quejamos de las particulares  bendiciones que traen a nuestra existencia.

Se acerca el solsticio de invierno, la noche más larga del año, en la que un sólo fuego puede revivir la esperanza del retorno del sol. Para muchas personas es un tiempo lleno de recuerdos a veces alegres y dolorosos al mismo tiempo. Son días de dibujar en el vaho de las ventanas, de ralentizarse un poco al caminar por la calle para prestar atención al olor de alguna chimenea encendida o al brillo de las luces, tiempo de tomar chocolate caliente una mañana de domingo, de repartir abrazos, de aventurar proyectos futuros e incluso de pedir deseos...

Pero cuando el otoño ha pasado por nuestros corazones, llevándose todo cuánto podía ser llevado, cuando las hojas caídas, se han convertido en tierra que las lluvias arrastran, hemos descendido lejos de todo, y de todos, dejando atrás como una vieja piel, como una máscara rota, gran parte de aquello que creíamos ser.  
En la noche más larga, lo que queda de nosotros se hunde en la tierra, siguiendo las propias raíces hacia el Inframundo del que nace la realidad que habitamos en la vigilia. Una realidad que creamos con algún fin - aún cuando lo desconozcamos- y que, terminado su ciclo, se agota, palidece y debe ser renovada, volver a encenderse desde este centro sagrado, para mantenernos conectados a la Vida.

Así como la Osa trae al mundo a sus cachorros en el fondo de una cueva de la que no saldrán hasta la primavera, es posible que en el exterior pasen los meses sin ver aflorar los resultados de esta renovación; pero uno sabe que llegarán con la misma certeza que se tiene de que las semillas germinarán, que los brotes surgirán de la tierra y que, a su debido tiempo, el fruto maduro estará en nuestras manos.

Siempre a la Vida sigue más Vida, y tras cada Ciclo más que un descanso, hay un necesario acondicionamiento para lo que ha de venir. Siempre obtenemos aquello que en lo profundo deseamos, aún cuando esto nos lleve por senderos insospechados; y si hemos hecho bien nuestro trabajo, es posible que incluso obtengamos más, aunque no siempre nos sintamos preparados o dispuestos a aceptar esas bendiciones y las recibamos con alguna que otra lágrima entre nuestras alegrías. 


18 de noviembre de 2012

Interiores

Poul Friis Nybo (1869-1929), Interior con mujer leyendo.

El invierno es justo, restituye la luz
a su límite más puro,
mezcla presencia y olvido en el corazón de las doncellas
y nos incita quietamente a la ternura.

Todo el verano hemos holgado
y ahora los caminos se afilan y se precisan
y el ladrido de los perros en la noche
es impresionantemente próximo.

Volveremos a la perdida intimidad
y a los viejos libros de siempre,
como quien regresa a la casa del padre,
un poco menos puros
pero quién sabe si un poco más dóciles al mensaje.
Miquel Martí i Pol, L'arrel i l'escorça, 1975
 
A mediados de otoño cerré los ojos por un momento y sentí como si cerrara dos grandes ventanas, me diera la vuelta y me quedara sola en una estancia conocida y extraña al mismo tiempo. Los abrí rápido y seguí tecleando, con la sensación de haber dejado alguna tarea pendiente y la promesa de regresar más tarde a ella. La visión de este espacio íntimo, solitario y esencialmente desnudo en el que de una manera u otra, vamos acumulando todo tipo de trastos, vuelve una y otra vez. Necesitamos un tiempo para separar aquellos pensamientos que han envejecido mal y observar por última vez esos miedos y esperanzas nuestros, ya caducos, que sólo esperan nuestro permiso para partir en paz.

En estas fechas el mundo se despide para renovarse y el aire se puebla de fantasmas. A menos que se lo impidamos, también algo en nuestro interior trabaja discretamente reordenando el contenido de nuestra mente, sonriendo de vez en cuando al imaginar qué consecuencias tendrá su labor en el exterior, en nuestras vidas, al llegar la primavera. Pero por el momento, todo lo que sabemos, es que el frío se extiende y el paisaje, e incluso las calles transitadas de la ciudad, se tornan progresivamente silenciosos a medida que la oscuridad nos envuelve.

A veces, en días como estos, queremos permanecer solos y no hablar demasiado, para volver a nosotros, a nuestros cuerpos, a esos sueños accidentalmente relegados con la carrera de los días. Algo desde dentro nos exige parar, nos obliga al menos a ralentizarnos, y nos trae de la mano el recuerdo de nuestros muertos amados, los que ya no están, los que perdimos, los que ya no somos; nos trae a tantos buenos compañeros que partieron, y también a aquellos enemigos que de una manera u otra, a base de adversidad, pasaron a formar parte de nuestro círculo íntimo, sin los cuales no sabríamos explicarnos demasiadas cosas.

Es el tiempo de las verdades, más redentoras que dolorosas, que finalmente nos atrevemos a decir en voz alta frente al espejo, aunque para rescatarlas sea necesario adentrarse en el pozo oscuro al que hace tanto tiempo las arrojamos. Y es tiempo de aceptación de todo aquello que, sencillamente, nos sobrepasa y escapa de nuestro control. Días tal vez algo tristes, de silenciosa belleza, en los que una ligera melancolía de origen ignoto parece cubrirlo todo. Días que son como quedarse mirando la lluvia tras los cristales, en los que todo lo que podemos hacer es dejar que pase el tiempo, que caigan las gotas y fluyan riachuelos en el asfalto. Dejar que pase todo recuerdo y todo pensamiento, como una parvada de alas translúcidas que emprende su última migración; sin asustarse, sin enfadarse, sin tratar ya de arreglar nada, sin sentir el impulso de salir corriendo. Permanecer quieto y tranquilo y permitir que todo pase, nada más.

Después de la lucha y del gozo, de los esfuerzos y los resultados, de todo lo bueno y todo lo malo, dejar por un momento la corrientes de emociones que pueden discurrir por nuestra vida, y permanecer quietos, rendirnos ante la Vida con las manos abiertas, sin pretender atesorar nada, sin rechazar nada de lo que quiera venir.


11 de noviembre de 2012

Tu ya no estás y florecerán las rosas...



Veronica Winters, Moonlit Tree, 2007

CARTA A DOLORES

Me cuesta imaginarte por siempre ausente.
Tantos recuerdos de tí se me acumulan
que ni dejan lugar a la tristeza
y te vivo intensamente sin tenerte.
No quiero hablarte con voz melancólica,
tu muerte no me quema las entrañas,
ni me angustia, ni me quita el gozo de vivir;
me duele saber que no podremos compartir
nunca más el pan, ni hacernos compañía;
pero de este dolor saco la fuerza
para escribirte estas palabras y recordarte.
Más tenazmente que nunca, me esfuerzo en crecer
sabiendo que tú creces conmigo: proyectos,
ilusiones, deseos, cobran impulso
por ti y contigo, por muy distantes que te sean,
y contigo y por tí sueño cumplirlos.  
Te me haces presente en las pequeñas cosas
y es en ellas donde te pienso y te evoco,
seguro como nunca de que la única esperanza
de sobrevivir es amar con fuerza suficiente 
para convertir todo lo que hacemos en vida
y acrecentar la esperanza y la belleza.

Tu ya no estás y florecerán las rosas,
madurarán las mieses y el viento tal vez 
despertará secretas melodías;
tu ya no estás y el tiempo ahora me transcurre 
entre el recuerdo de ti, que me acompañas,
y aquel esfuerzo, que bien conoces,
de persistir cuando nada nos es propicio.
Desde estas palabras muy tiernamente te pienso,
mientras la tarde muy suavemente declina.
Todos los colores proclaman vida nueva
y yo la vivo, y en tí se me representa
sorprendentemente vibrante y armoniosa. 
No volverás nunca, pero perduras
en las cosas y en mí de tal manera,
que me cuesta imaginarte por siempre ausente.


Miquel Martí i Pol, Llibre d'absències, 1984
(Traducción de la casa).

30 de octubre de 2012

La Muerte y la doncella


J.P. Lynch, Dead and the Maiden, 2010

Traducción de extractos de La jeune fille et la mort, de Céline Fons.

Nacimiento y evolución del tema
El tópico de la Muerte y la doncella hunde sus raíces en las antiguas tradiciones mitológicas: entre los griegos, el rapto de la diosa Core (Proserpina) por Hades, dios del Inframundo, es una de las fuentes más antiguas que se conocen.  A este primer encuentro de la doncella con la Muerte lo siguió rápidamente el sacrificio de Ifigenia, en el marco de las leyendas de la guerra de Troya, y por otros mitos etiológicos propios a la ciudad de Atenas.

Volveremos en detalle a estas leyendas fundacionales que unen a dos personajes antagonistas e inesperados, ofreciendo una base de inspiración a los futuros artistas. Pues es esta antigua visión la que se plasmó a finales del siglo XV convirtiéndose en el tópico de la doncella y la Muerte.  Este tema encontrará su cúspide entre los artistas alemanes del Renacimiento, pero se localizará también entre los poetas Ronsard e Hugo, y en las pinturas del Romanticismo del siglo XIX.  
A mediados del siglo XIV, la gran epidemia de peste diezmó cerca de un tercio de la población europea. Es lo que se ha llamado a menudo "el declive de la Edad Media", entre numerosas guerras y epidemias que afectan Europa. La Muerte se halla en el centro de lo cotidiano,  omnipresente en estos tiempos oscuros. Existe una verdadera fascinación por la gran segadora, de la que se guardan numerosos testimonios a través de los tópicos de la Danza Macabra, la Muerte y la doncella y el Triunfo de la Muerte. Esta obsesión se basa sobretodo en el esplendor de los vivos y la inevitable putrefacción que acompaña a la muerte. Sobre este contraste se apoya gran parte de la iconografía europea de la muerte. 
En casi todas las Danzas macabras figuraba ya un encuentro de la Muerte con una hermosa dama o una encantadora doncella; y también aparece una mujer joven en el tópico de las Tres edades y la Muerte. En ambos casos no existe traza alguna de erotismo. Con la Muerte y la doncella se creó un nuevo vínculo en la mentalidad de la época: se descubrió el oscuro lazo que existe entre la sexualidad y la Muerte, que más tarde estudiarían los psicoanalistas.  
En este tipo de representaciones, la doncella no es arrastrada a un baile, sino a un intercambio sensual, que se erotizará progresivamente con el paso del tiempo. La intimidad va ganando importancia. Sin embargo, a pesar de la sensualidad de este nuevo género, no se olvida la moraleja: se evoca siempre el carácter efímero de la vida, de la feroz belleza de la mujer. Su cuerpo, su rostro, sus cabellos y su pecho devendrán alimento para los gusanos. (...) 


Sentido y símbolos ocultos


Flor Marchita
¿A qué se debe esta profunda atracción por un sacrilegio como éste? ¿Por qué querer representar la muerta en el rostro de la juventud? "La Muerte y la doncella" es un tópico a la vez fascinante y chocante pues pone en escena lo impensable: la juventud enfrentada a la Muerte, fuera del orden natural de las cosas. la lógica pide que los padres partan antes que los hijos, que la Muerte se lleve a los viejos y a los enfermos, y la visión de la juventud en su esplendor y belleza no puede ser sino un crimen, una injusticia. ¿Cómo puede llevarse a quien no ha tenido tiempo de vivir? Esta imagen se ve reforzada por la imagen dulce e inocente de la joven muerta, que no parece merecer su trágico destino. No disfrutará de una boda, no conocerá el gozo de ser madre. Es un grito de revuelta e impotencia ante este drama.  
Pero al mismo tiempo, la Muerte la congela en su edad más bella, en la cúspide de su esplendor, y la doncella no conocerá el peso de los años, la decrepitud. No contará sus cabellos blancos ni recordará con nostalgia la época de su juventud. El tiempo se detiene y le da el poder de permanecer eternamente joven y hermosa en el recuerdo de los hombres.  Entre los antiguos griegos, existía el concepto de la "Bella Muerte" en la que se consideraba mejor morir joven y cubierto de gloria que viejo y amargado; se obtenía así la inmortalidad y la seguridad de que sus hazañas se citarían durante generaciones. ¿Acaso no se habla hoy del destino trágico de la joven Tarentina o de Ofelia? ¿Las imaginamos viejas y arrugadas al lado del fuego?
Erotismo
Pero el tópico de la "Muerte y la doncella" evoca también pensamientos más sombríos, como la visión de los gusanos moviéndose sobre un hermoso rostro en descomposición, o la sangre  corriendo de la herida en el cuello. Denuncia de la fragilidad de la belleza, pero también fascinación por lo mórbido que recuerda ciertos poemas de Baudelaire sobre la Belleza: aquella que lleva en sí la Muerte y la fealdad, a imagen de las Flores del Mal. ¿Una belleza mortífera? La joven y la Muerte recuerda la ambigüedad de la mujer, portadora de vida y de muerte, tal como la bruja. 
La muerte de la doncella mezcla dos conceptos que Freud llamó Eros y Thanatos, las pulsiones sexuales y agresivas, que están constantemente relacionadas. Los griegos contaban que los ancianos sacrificaban una joven virgen antes del combate, con el fin de excitar el ardor guerrero de las tropas. La joven recibe un corte en la garganta, que tal vez sea el nacimiento del pecho, lugar de seducción por excelencia. El sacrificio de una joven virgen es un acto erótico, aún más cuando la sangre corre y la asimilación de la ceremonia de inmolación a un matrimonio no se hace sin recordar una desfloración.  
Relacionar a la joven con la muerte, bajo la imagen de un espantoso esqueleto, es redefinir el vínculo con la sexualidad. Nacemos de un corte (con el cordón, con la madre...) y el acto sexual permite volver a la unión, a la armonía de los cuerpos, una especie de inmortalidad del instante. La pulsión de vida se alía a la de muerte, es el principio del acto creador que mezcla vida y muerte en su seno. (...).

Escribí en Sombras densas cómo nos asusta más el declive del cuerpo que la muerte. La evolución del tópico artístico de la Muerte y la Doncella me parece un buen ejemplo de la manera en que culturalmente somos capaces de dar la vuelta a un tema para escapar de nuestra sombra. Existen otras interpretaciones sobre el tema que la misma autora, Céline Fons, aborda en profundidad en su tesis de maestría: La Jeune Fille et la Mort:  le sacrifice volontaire dans les tragédies d'Euripide. 




20 de octubre de 2012

Sombras densas


Ramón Casas Carbó, La Sargantain, 1907

A finales de octubre las sombras ralentizan el paso y se vuelven densas como fantasmas que tocan levemente nuestras manos cuando caminamos por las calles en las que empiezan a amontonarse las primeras hojas caídas. La víspera de Noviembre se recordará a los que ya partieron, y la muerte ocupará un lugar en las mesas de los vivos, como una invitada de honor. Calladas o ruidosas, estas celebraciones pueden ser una manera de reencontrarnos con nuestra sombra, pero también de seguir huyendo de ella.

Hace ya algunos años, el Ciclo Anual  sigue a la semilla en su viaje de las profundidades a la superficie de la tierra y, después de la flor y el fruto, el regreso al origen. En el ciclo de la semilla este es el tiempo que se encuentra más allá de la madurez, el último tramo del camino de la superficie, la vejez. Tras la muerte vendrá la fase de la putrefacción, el desprendimiento último que permitirá una nueva germinación.
El pesar que puede causarnos la idea de la muerte, a menudo no es nada en comparación con el horror que nos supone el natural declive del cuerpo; el abrazo último del tiempo que nos devolverá a la desnudez de los huesos, y finalmente a la tierra misma, nos espanta al recordarnos nuestra fundamental vulnerabilidad. 

La Tierra nos recuerda que el tiempo que tenemos para andar sobre su superficie está contado y tarde o temprano volveremos al mismo limo del que nos levantamos. La Tierra nos recuerda también a la vejez, la enfermedad y el dolor que afectan a nuestro cuerpo físico y - aunque muy equívocamente -, con nuestra tendencia a los placeres "mundanos" y el sufrimiento asociado a nuestro apego a los mismos.

La Tierra es una gran maestra a la que demasiado a menudo se prefiere desoír, sus enseñanzas se desdeñan con frecuencia por parecer demasiado familiares o básicas, sin caer en la cuenta de que a penas conocemos la superficie del mundo que habitamos y de que poco podremos levantar sin una buena base. Nos ve correr como niños en nuestros juegos de aire, fuego y agua, sabiendo que cuando llegue el momento nos sentaremos a meditar en sus faldas y que por más que ese momento nunca llegue, agotados ya los días de nuestra vida, volveremos a su seno.

A pesar de su crucial importancia en el camino del aprendizaje, los procesos de descomposición suelen ser un punto ciego en la contemplación de los ciclos - salvo por aquellos que se detienen, fascinados, en ellos, produciendo un desequilibrio en el sentido contrario -.  La putrefacción, que no es otra cosa que un abandono y una disolución necesarios para entrar en el Inframundo e iniciar un nuevo ciclo, causa el mismo rechazo que la sombra y es, en cierta medida, la sombra misma que viene a enfrentarnos para rendirse a un bien más grande de lo que hemos encarnado hasta el momento.

Cuando la muerte ronda cerca, cuando algo en nuestro interior nos avisa de que necesitamos terminar con una situación, alejarnos de unas circunstancias, abandonar una antigua forma de vida, cuando la parte de nosotros que permanece despierta huele el final de algo, nuestras sombras se hacen presentes, más corpóreas y amenazantes que nunca, señalando el límite de nuestro viejo ser y preguntándonos, insidiosas, si seremos capaces de cruzarlo o no.  Si no estuvieran allí nuestro miedo, nuestra angustia, nuestros apegos, ¿quién temería al cambio? Y sin embargo, la sombras deben estar allí, y al menos una parte de ellas cruza con nosotros, y se reintegra como fortaleza en la siguiente etapa de nuestra vida.

Ya he escrito acerca del poco respeto que, a mi entender, se guarda a las sombras, sin embargo,  por su naturaleza a la Sombra le trae sin cuidado la clase de respeto que socialmente se le pueda ofrecer. Está ahí desde que el humano es humano, en sus sueños y pesadillas, habita las vidas de todos y cada uno, y desempeña su sagrado papel, tanto si se aprovechan las oportunidades que brinda como si no. Pienso en la sombra como en una criatura feral, un ser al que no se ha sometido - ni se puede someter- por medio de embellecimientos artificiales, una realidad a la que no se puede engañar ni disfrazar, algo que escapa del control de nuestro ego, algo con lo que este ego se golpeará una y otra vez o se tropezará una y otra vez hasta cascarse como un huevo; algo que está ahí para ser reconocido y superado.

Si algo se puede decir acerca de la sombra, es que nunca trataríamos de usarla para ganarnos la simpatía  de otros... No es un dolor de garganta, es una diarrea, no es una imagen romántica de tristeza y languidez, es la ira, la rabia, la culpa. Es la envidia insana, los celos o el deseo desesperado de poseer, el momento en el que perdemos el control, las palabras de las que sabemos que nos vamos a arrepentir escapando de nuestros labios, o aquél silencio que no rompimos y resuena en nuestra cabeza porque no nos perdonamos el haberlo consentido; la desconfianza, la maldicencia, la torpeza y la debilidad y la falta de ánimo; el dolor físico que nos golpea y ante el que nada podemos hacer... Es una imagen fea, horrible, que nos devuelve el espejo; ya sea reflejando un cuerpo que se marchita, o un ánimo envilecido con causa o sin ella. 

No es algo que usaríamos para ganar el amor de otros, porque nuestro trabajo nos cuesta superar la vergüenza que nos produce y aceptar que, sencillamente, es algo que está ahí y que podemos querernos a pesar de ello. Y sin embargo, es absolutamente necesario aprender esto. Conocer nuestras sombras, identificarlas, tratar con ellas, irlas redimiendo a medida que tenemos la posibilidad. Porque en la medida que conocemos nuestras propias sombras podemos despreocuparnos de aquellas que el resto del mundo pueda proyectar en nuestro camino.

30 de agosto de 2012

Los caminos del sol

Camille Seaman, The Big Cloud, 2012

Hace unas semanas necesité redactar una breve presentación... es un ejercicio que me resulta siempre difícil, en el que por lo general - y aún sabiendo que eso no es del todo correcto- acabo citando algunas de las cosas que he hecho y recordando algunas personas que son importantes para mí. Algo después de terminar con el trámite me di cuenta de que en el resumen de mi trayectoria en el camino, no había citado ni una de esas sombras voraces que me han perseguido, a veces, por años.  

De poco serviría aparentar que no han sido nada importante, gran parte de mi aprendizaje lo debo a  esas sombras gigantescas que asomaban en cualquier rincón gritando sencillamente los nombres del vacío y la eternidad, mostrando después la miseria en la que puede caer la humanidad y, de vez en cuando, sencillamente sosteniendo un espejo ante mis ojos. No es que no sean importantes, las sombras del camino están en cada palabra que pronuncio y en cada acción que realizo, si no se ven demasiado, es tal vez porque están en el lugar que les corresponde. 

Una de las cosas que me enseñaron es que es más efectivo - y tal vez más sabio- aprender a caer y levantarse rápido, con cierta naturalidad y sin hacer demasiado escándalo, que creer que somos tan perfectos y tenemos tanta razón que nunca vamos a tropezar. Que es más fácil vivir sin miedo cuando no importa perder que cuando estamos preocupados por mantenernos triunfantes e invictos. Y que contamos con más energía a nuestra disposición cuando nos mostramos tal como somos, que si tenemos que invertir parte de ella en sostener una máscara. 

La imagen que a menudo se evoca de los caminos solares es la de un espacio desértico dominado por un orden único, rígido y homogeneizador. Un sol abrasador, cuya luz ciega, que deja seca la tierra y la vuelve estéril, y que puede hacer lo mismo con las mentes y los corazones de aquellos que están bajo su influencia. Ciertos individuos se sienten identificados y buscan a toda costa convertirse en el líder que se sitúa en la cima de la jerarquía; pero muchas otras personas, tan desesperadas que quieren ser salvadas, se aferran al papel de sirvientes, e incluso al de esclavos, si es preciso.

Pero los caminos del sol son más viejos, más profundos, más sabios y amorosos que todo esto. Es fácil entenderlo si consideramos que los defectos que señalamos en un sendero o vía de conocimiento son, con toda probabilidad, pruebas del mismo que aquellos que lo recorren aún no han superado.  Todos los caminos del sol enseñan que, como el trigo, llegado a su punto álgido, el rey debe caer. Debe convertirse en alimento, entregarse, abandonar la corona, envejecer, morir, cruzar al reino de las sombras, ser desmembrado, perderse, y volverse a encontrar; reagruparse entorno a un núcleo esencial, y regresar al mundo de los vivos bajo una forma nueva, joven e indefensa, desnudo de cualquier antiguo privilegio, salvo el del ser. Y en todo este recorrido la tierra lo ve crecer, lo nutre y recibe sus restos en la oscuridad profunda y húmeda de la que volverá a surgir. Lo cierto es que tal vez más de la mitad del camino solar transcurre, bajo la tierra o bajo nubes de tormenta, entre las sombras maestras que han de irlo despojando de sus defectos ciclo tras ciclo.

Es necesario honrar a las sombras maestras, al peso de la decepción que destroza nuestras ilusiones a menudo que nos acercamos al conocimiento, a las espinas que rasgan nuestra vieja piel, en la que ya no cabíamos y permanecíamos atrapados, a los golpes terribles que derrotan nuestras resistencias y nos liberan de los miedos. A las heridas que se convierten en umbrales que cruzamos hacia una existencia que sencillamente no nos habríamos atrevido a imaginar. 
Tengo la impresión que en la actualidad, aunque se hable más de ellas, se tiene más miedo que nunca a estas viejas maestras, a tal punto que existe una cierta irreverente y prácticamente enfermiza compulsión por tratar de domesticarlas, de empequeñecerlas, de fingirlas, incluso de comprarlas y aplacar mezquinamente las exigencias que la propia alma levanta ante la intuición aún lejana de la auténtica presencia de las sombras. 

Resulta mucho más sencillo, sin embargo, disfrutar de cada detalle, mientras esto sea posible, vivir sin miedos y pagar el tributo de las sombras en el momento en que llega, sin pensarlo más de la cuenta; confiando en que aún cuando un universo entero deba perderse, otro surgirá en su lugar.


30 de abril de 2012

El vino de los hipócritas




Hace algo más de un año que dejé de fumar, una experiencia bastante interesante de la que hablaré en otra ocasión, porque antes quería escribir de algo que considero aún más importante: el hecho de que resulte mucho más fácil sacar elementos tóxicos del cuerpo que del pensamiento.
Es obvio que un cuerpo más limpio y sano es un excelente soporte para los progresos de la mente, especialmente cuando estamos hablando del desarrollo de facultades psíquicas. Pero una cosa es buscar por convencimiento esta clase de mejora personal y otra, muy distinta, es criminalizar a aquellos que no siguen el mismo camino, con el propósito de sentirse "mejor que" o "por encima de" otro. No es extraño que cierto tipo de gentes, incluso dentro de los grupos de entrenamiento y "trabajo", se tomen muchas más libertades de las que critican en otros con la saña de auténticos inquisidores. Se trata de una clase de veneno es mucho más peligroso que aquellos que otros toleran en sus cuerpos, sin embargo pocas veces se detecta con facilidad y aún en menos ocasiones se llama la atención al respecto.

No entiendo de qué puede servir querer hacer sentir mal o hacer sentir menos a otra persona, a menudo más joven, más insegura o en inferioridad de condiciones, por cuestiones que realmente carecen de importancia, con esa despreciable manía de medirlo todo con una doble vara, y una considerable desproporcionalidad a la hora de lanzar una crítica que resulta de todo menos constructiva. Lo que en todo caso deberíamos hacer es esforzarnos por ser mejores de lo que ya somos y colaborar con otros, aún más en los tiempos que corren, tiempos en los que sería demasiado ingenuo esperar que una autoridad externa venga a rescatarnos, y demasiado estúpido no entender que sólo nos tenemos los unos a los otros.

El hecho de que sea precisamente entre las personas que siguen disciplinas más estrictas, o cultivan hábitos más alejados de los convencionalismos cotidianos, donde he encontrado una mayor tolerancia -que no condescendencia- respecto a las prácticas y decisiones ajenas, me convence de que no es una cuestión de indiferencia sino de profunda comprensión. Alguna vez hemos hablado ya del problema que supone que la tradición se perpetúe en la forma, pero pierda el contenido. El excesivo apego a rigideces es señal de que no se acaba de entender lo que significan, qué utilidad tenían o tienen las reglas, principios o leyes a los que se aferran, y un síntoma de que hay demasiado miedo a arriesgarse a volver a aprender.

A lo largo del camino podemos encontrarnos personas que tratarán de señalar aquello que consideran "incorrectos" en nosotros. Este señalamiento, que por exceso de absurdo a menudo no llega poderse considerar una verdadera crítica, puede dirigirse a nuestras costumbres, a aquellos que comemos, bebemos, escuchamos, leemos o vemos, al modo en como nos vestimos, a las personas con las que nos relacionamos y, de hecho, a prácticamente a cualquier cosa que no entre en sus esquemas.
Esta es una de las lecciones más importantes que recibiré en esta vida, y hace poco vi la sintetizada en un proverbio africano: "No se trata de cómo te llame, sino a qué respondes tu. Pero si no sabes quien eres, cualquiera puede ponerte un nombre. Y si cualquiera puede ponerte un nombre, entonces responderás a cualquier cosa."

Sin duda, el vino puede utilizarse simplemente como una bebida alcohólica más, pero no es tan difícil comprender que también es una libación ancestral ligada a la tierra, al sol y al mar, a las culturas que nos precedieron: un símbolo de continuidad y transformación que antaño fue un bien sagrado, y que lo seguirá siendo en tanto se lo trate como tal.

La uva que  creció bajo la caricia solar es arrancada de la vid y pisoteada, despojada de su piel es triturada y filtrada, y lo que queda de ella se encierra en la oscuridad, y se abandona bajo tierra, como un muerto. Pasado el tiempo adecuado, lo que se saca de esa oscuridad no es ya un fruto más, es un tesoro.  Sin embargo, lo que hace que el mosto se convierta en vino, en ese líquido sagrado que se emplea en el ritual - a veces incluso en sustitución de la sangre-, siempre estuvo en la uva, y es precisamente el proceso en el que la fruta se entrega por completo lo que permite su transformación.

No se trata de seguir el camino del sacrificio como una manera repetida de castigarnos a nosotros mismos, sino de mantenernos dispuestos a dejar atrás lo que una vez fuimos y entregarnos con confianza  a los procesos de la vida que nos ayudarán a convertirnos en aquello que estamos llamados a ser: Nada que no estuviera ya en nosotros desde un primer momento, pero que sin embargo necesita desarrollarse y, en ocasiones, rasgar y desprenderse de la vieja piel.

Es por esto que, aunque nunca me han gustado demasiado las bebidas alcohólicas, dos o tres veces al año, en ocasiones especiales y siempre por Samhain, disfruto bastante de llenar media copa del vino rojo más oscuro que encuentro y brindar por los hipócritas que he ido encontrando en este camino en el que a menudo vemos más trucos que auténtica magia. Es precisamente por que me encuentro en el lugar que yo escogí y me encaminé, en vez de aquél que tenían reservado para mí, en el que les gustaría verme,  que puedo darme el lujo de beber sinceramente a su salud y por su bien, que falta les hace.

Feliz Beltane.

17 de abril de 2012

Reverdecer

Vania Zouravliov, Autumn rot, sf.

Cada cierto tiempo el mundo palidece a nuestro alrededor como una envoltura desgastada, y el camino que recorríamos parece extinguirse en un enredo de pequeños senderos que no llegan a ningún lugar, en un muro o en un despeñadero. En ocasiones, el triunfo de la primavera consiste precisamente en emerger de la crisálida no puede contener el impulso que la habita, en romper la cáscara que nos protegía precisamente aislándonos de un mundo nuevo que será el nuestro. 

Justo antes de cruzar la frontera sentimos el vértigo de las cosas que se van de un modo humilde,  sin a penas despedirse. Sentimos crearse en nuestro pecho, o en nuestras tripas, un vacío que no añora, un vacío necesario para contener el aliento y dar una vez más ese salto hacia delante que nos llevará una realidad desconocida que terminará por devenir cotidiana y desgastarse a su vez. Y aún a través de los rayos de sol tamizados por las nuevas hojas reconocemos el brillo acerado de las herramientas de la muerte. Compañera constante y madre de la sabiduría, también nos lleva de la mano hacia el resplandor de una nueva vida.

Así reverdecemos los humanos. De este modo, a pesar de los años y las experiencias acumuladas, nos encontramos una mañana de marzo tirados sobre la hierba, abstraídos en los detalles mínimos del movimiento de un insecto que pasa ante nuestra mirada, de nuevo curiosa. Y un mediodía de abril paseamos por las calles admirando el vigor recuperado del sol resplandeciendo en la fuente o en el rojo de los geranios  y una parte de nosotros elige volver a confiar, o cuanto menos dar una oportunidad sincera, a aquello que no conocemos; sin importar cuántas veces antes nuestra confianza haya sido traicionada por lo que ya conocimos. 

Somos tan viejos como lo que ya hemos aprendido, pero al mismo tiempo tan jóvenes como lo que estamos dispuestos a no dar por sentado. En cualquier momento el mundo que creemos conocer se nos caerá, porque nuestras ideas sobre la realidad no dejan de ser una ilusión que, aunque bien trenzada, termina por secarse. No es el mundo el que envejece, sino nuestra percepción de él la que se queda atrás; tanto más para aquellos cuya necesidad de saber funge como un gran impulso, como una montura mítica que ansía cabalgar más allá de los valles del sueño.

Si la suerte nos acompaña, si no tememos las pequeñas despedidas, de la impresión del vacío y enfrentamos el miedo a lo que no sabemos, cualquier día nos sentiremos de nuevo desvalidos entre montones de cosas nuevas, resplandecientes, de las que no teníamos ni la menor idea, incluyendo algunas que no nos atrevíamos siquiera a imaginar y que, al fin y al cabo, allí están, sonrientes, saludándonos con toda la naturalidad, demostrándonos que el camino nunca termina, sencillamente tenemos que aprender a ver por dónde sigue.