Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arte. Mostrar todas las entradas

23 de febrero de 2013

Eterno resplandor de la mente inmaculada

Louis Hector Leroux, La vestale Tuccia (fragmento), 1877


How happy is the blameless vestal’s lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray’r accepted, and each wish resign’d.


____

¡Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha!
Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada.
¡Eterno resplandor de la mente inmaculada!
Cada rezo aceptado, cada deseo vencido.
 
 Alexander Pope, Eloísa a Abelardo, 1717



30 de octubre de 2012

La Muerte y la doncella


J.P. Lynch, Dead and the Maiden, 2010

Traducción de extractos de La jeune fille et la mort, de Céline Fons.

Nacimiento y evolución del tema
El tópico de la Muerte y la doncella hunde sus raíces en las antiguas tradiciones mitológicas: entre los griegos, el rapto de la diosa Core (Proserpina) por Hades, dios del Inframundo, es una de las fuentes más antiguas que se conocen.  A este primer encuentro de la doncella con la Muerte lo siguió rápidamente el sacrificio de Ifigenia, en el marco de las leyendas de la guerra de Troya, y por otros mitos etiológicos propios a la ciudad de Atenas.

Volveremos en detalle a estas leyendas fundacionales que unen a dos personajes antagonistas e inesperados, ofreciendo una base de inspiración a los futuros artistas. Pues es esta antigua visión la que se plasmó a finales del siglo XV convirtiéndose en el tópico de la doncella y la Muerte.  Este tema encontrará su cúspide entre los artistas alemanes del Renacimiento, pero se localizará también entre los poetas Ronsard e Hugo, y en las pinturas del Romanticismo del siglo XIX.  
A mediados del siglo XIV, la gran epidemia de peste diezmó cerca de un tercio de la población europea. Es lo que se ha llamado a menudo "el declive de la Edad Media", entre numerosas guerras y epidemias que afectan Europa. La Muerte se halla en el centro de lo cotidiano,  omnipresente en estos tiempos oscuros. Existe una verdadera fascinación por la gran segadora, de la que se guardan numerosos testimonios a través de los tópicos de la Danza Macabra, la Muerte y la doncella y el Triunfo de la Muerte. Esta obsesión se basa sobretodo en el esplendor de los vivos y la inevitable putrefacción que acompaña a la muerte. Sobre este contraste se apoya gran parte de la iconografía europea de la muerte. 
En casi todas las Danzas macabras figuraba ya un encuentro de la Muerte con una hermosa dama o una encantadora doncella; y también aparece una mujer joven en el tópico de las Tres edades y la Muerte. En ambos casos no existe traza alguna de erotismo. Con la Muerte y la doncella se creó un nuevo vínculo en la mentalidad de la época: se descubrió el oscuro lazo que existe entre la sexualidad y la Muerte, que más tarde estudiarían los psicoanalistas.  
En este tipo de representaciones, la doncella no es arrastrada a un baile, sino a un intercambio sensual, que se erotizará progresivamente con el paso del tiempo. La intimidad va ganando importancia. Sin embargo, a pesar de la sensualidad de este nuevo género, no se olvida la moraleja: se evoca siempre el carácter efímero de la vida, de la feroz belleza de la mujer. Su cuerpo, su rostro, sus cabellos y su pecho devendrán alimento para los gusanos. (...) 


Sentido y símbolos ocultos


Flor Marchita
¿A qué se debe esta profunda atracción por un sacrilegio como éste? ¿Por qué querer representar la muerta en el rostro de la juventud? "La Muerte y la doncella" es un tópico a la vez fascinante y chocante pues pone en escena lo impensable: la juventud enfrentada a la Muerte, fuera del orden natural de las cosas. la lógica pide que los padres partan antes que los hijos, que la Muerte se lleve a los viejos y a los enfermos, y la visión de la juventud en su esplendor y belleza no puede ser sino un crimen, una injusticia. ¿Cómo puede llevarse a quien no ha tenido tiempo de vivir? Esta imagen se ve reforzada por la imagen dulce e inocente de la joven muerta, que no parece merecer su trágico destino. No disfrutará de una boda, no conocerá el gozo de ser madre. Es un grito de revuelta e impotencia ante este drama.  
Pero al mismo tiempo, la Muerte la congela en su edad más bella, en la cúspide de su esplendor, y la doncella no conocerá el peso de los años, la decrepitud. No contará sus cabellos blancos ni recordará con nostalgia la época de su juventud. El tiempo se detiene y le da el poder de permanecer eternamente joven y hermosa en el recuerdo de los hombres.  Entre los antiguos griegos, existía el concepto de la "Bella Muerte" en la que se consideraba mejor morir joven y cubierto de gloria que viejo y amargado; se obtenía así la inmortalidad y la seguridad de que sus hazañas se citarían durante generaciones. ¿Acaso no se habla hoy del destino trágico de la joven Tarentina o de Ofelia? ¿Las imaginamos viejas y arrugadas al lado del fuego?
Erotismo
Pero el tópico de la "Muerte y la doncella" evoca también pensamientos más sombríos, como la visión de los gusanos moviéndose sobre un hermoso rostro en descomposición, o la sangre  corriendo de la herida en el cuello. Denuncia de la fragilidad de la belleza, pero también fascinación por lo mórbido que recuerda ciertos poemas de Baudelaire sobre la Belleza: aquella que lleva en sí la Muerte y la fealdad, a imagen de las Flores del Mal. ¿Una belleza mortífera? La joven y la Muerte recuerda la ambigüedad de la mujer, portadora de vida y de muerte, tal como la bruja. 
La muerte de la doncella mezcla dos conceptos que Freud llamó Eros y Thanatos, las pulsiones sexuales y agresivas, que están constantemente relacionadas. Los griegos contaban que los ancianos sacrificaban una joven virgen antes del combate, con el fin de excitar el ardor guerrero de las tropas. La joven recibe un corte en la garganta, que tal vez sea el nacimiento del pecho, lugar de seducción por excelencia. El sacrificio de una joven virgen es un acto erótico, aún más cuando la sangre corre y la asimilación de la ceremonia de inmolación a un matrimonio no se hace sin recordar una desfloración.  
Relacionar a la joven con la muerte, bajo la imagen de un espantoso esqueleto, es redefinir el vínculo con la sexualidad. Nacemos de un corte (con el cordón, con la madre...) y el acto sexual permite volver a la unión, a la armonía de los cuerpos, una especie de inmortalidad del instante. La pulsión de vida se alía a la de muerte, es el principio del acto creador que mezcla vida y muerte en su seno. (...).

Escribí en Sombras densas cómo nos asusta más el declive del cuerpo que la muerte. La evolución del tópico artístico de la Muerte y la Doncella me parece un buen ejemplo de la manera en que culturalmente somos capaces de dar la vuelta a un tema para escapar de nuestra sombra. Existen otras interpretaciones sobre el tema que la misma autora, Céline Fons, aborda en profundidad en su tesis de maestría: La Jeune Fille et la Mort:  le sacrifice volontaire dans les tragédies d'Euripide. 




25 de julio de 2012

La savia de los almendros. Crónica de la primavera.


Como parte del trabajo en el Taller de Crónica, se decidió publicar una serie de artículos relacionados con los movimientos sociales que desde hace más de un año han estado surgiendo y desarrollándose en diversos puntos del planeta.  Decidí retomar entonces el texto de La savia de los almendros, escrito después de leer las noticias relacionadas con la Primavera valenciana, y seguir el curso de ideas a las que me llevó. 

Mercedes Pérez (Kotori), Almendro en flor, 2010

La crónica. Y cómo se hace para hablar de lo que no se puede… Trepa por una raíz hacia el centro donde los relatos son uno, narrado mil veces en mil formas distintas y diluido en el tiempo por donde fluye más o menos desapercibido.

Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones.
Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo.

***

De camino al trabajo, con hojas como escudos y yemas a modo de lanzas, un joven almendro desafía desde hace semanas al invierno. Y cada día que pasa son más los botones que aparecen en sus ramas, más los pétalos que brillan como armas de marfil. Es posible que este arbolito esperara, como se espera lo inevitable, la granizada por la que hace apenas unos días, los vecinos se asomaron asustados a las ventanas. Sorprendidos porque la memoria de los hombres es, a menudo efímera, y desconoce esa atávica batalla entre las flores y el hielo, por más de que también tenga lugar en ellos, incluso si se encuentran pensando en otras cosas.

En la escuela, de niños, nos enseñaron que la primavera era la época más alegre del año; aquí y allí brotaban flores coloridas y pululaban indolentes los zánganos. Nos lo enseñaron así porque no recordaban lo que la primavera era. Sin embargo -esto algunos lo saben demasiado bien-, la primavera no es otra cosa que sobrevivir al invierno, y acercarse a un verano que muchos no llegan a conocer. La auténtica primavera no es el tiempo del sol, sino aquel en el que se clama por su regreso bajo la amenaza de un cielo plomizo o el azote de un viento helado.

Al refugio de las casas, de las oficinas, de los cines... Los desmemoriados se compadecen de la locura de los almendros, cuyas delicadas flores parecen abrirse siempre antes de tiempo, llevados por una insensata falta de paciencia que les impide esperar a que las condiciones para florecer sean las óptimas.
Y al otear perezosamente los colores que van rompiendo del gris monótono del horizonte, al intuir que con ellos llegan también el deshielo y el movimiento al mundo, algunos incluso se molestan; por más que cierren los ojos será difícil prolongar el cómodo letargo.  

Fuera, olvidadas de sí mismas, suaves corolas ondean como banderas, para señalar al invierno que su plazo está por expirar.  Los almendros son heraldos del regreso de Perséfone del exilio en las profundidades del inframundo. Abriendo camino a las primeras cosechas, la diosa asciende por el sendero de pétalos que el granizo desbarató, vestida con sus mismos colores, blanca y rosada aurora que llega tras una noche que parecía eterna.

Acaso por el íntimo conocimiento de su función, no tienen los almendros - jóvenes o ancianos-, miedo del frío, de las sombras o de la muerte. A pesar de los fuertes vientos, de la lluvia o de la helada permanecen erguidos, sostenidos por unas raíces cada vez más profundas. Alentados por el crecimiento de sus ramas oscuras, que tienden al cielo como manos que quisieran asir la luz y el calor y derramarlos eternamente sobre el reino de los mortales, ofrecen sus flores con singular generosidad, sin preocuparse demasiado por si éstas habrán de convertirse en fruto o caer en tierra, porque florecen en abundancia.

Esto es así en todas las Primaveras: a pesar de la desigualdad de condiciones esas flores aparentemente frágiles, desafían con su claridad la amenaza de roca que se cierne sobre ellas. Lo hacen incluso sin ser conscientes del triunfo  conquistado en silencio; pues aún quedando deshechas por el suelo, son la prueba viviente de que tras un inverno demasiado largo la savia de los almendros vuelve a circular.

Despierta con su latido la tierra dormida, levantan el vuelo de las aves que cantan a los cuatro confines del mundo lo que aunque los hombres no recuerden, pueden aprender de nuevo, reverdeciendo.

***

El Invierno siempre regresa. Posiblemente no podríamos vivir en una eterna Primavera, tampoco en un Verano u Otoño eternos, por lo que la reaparición en escena del viejo invierno no carece de una cierta lógica. ¿Para qué batallar?

Forma parte del carácter invernal el tratar de permanecer como un ídolo monolítico y perpetuar indefinidamente el silencio y el estancamiento que terminan por imponerse bajo su reinado. El Invierno intentará prolongar su mandato, aunque para ello tenga que hundir zarpas de hielo en la carne de la tierra y devorar por igual a hijos ajenos y propios antes de que éstos puedan llegar a conocer la luz del sol, ahogando de antemano la voz que podría reclamar que el momento de los nuevos ha llegado.

El Invierno volverá, haciéndonos sentir demasiado débiles, pequeños e impotentes ante el despliegue de sus titánicas fuerzas, y la guerra más vieja del mundo no podrá jamás ganarse por completo. ¿Para qué batallar, entonces?
Es necesario lograr desterrarlo a tiempo, cada vez, aunque no pueda ser por siempre. Hay muchas razones para ello; las aves, las cosechas, los hijos propios y los ajenos… Dicho así, no ha de parecer gran cosa; pero sospechamos que en el fondo, de esta capacidad de oponer resistencia, sobrevivir y arañar con manos desnudas un pedazo de Invierno para convertirlo en un principio de primavera, depende que una vida merezca ser vivida.