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14 de mayo de 2013

Relevo

Arthur Rackham, Brünnhilde's Immolation, 1911




Tomé la decisión más importante de mi vida a los veinte años; si hubiera sabido entonces con certeza el camino por el que esta elección me llevaría, tal vez lo hubiera aceptado de todos modos. Fue mucho el aprendizaje, pero también fue muy alto el precio a pagar por él.  Fue un sendero hermoso como una promesa que se cumple, pero plagado de conflictos y dificultades innecesarios para un alma que no buscase en cierto modo el castigo a su rebeldía.

Mucho después de que la última batalla se extinguiera, las hogueras aún humeaban en los campos devastados. En el silencio de una noche perfumada por la primavera e iluminada por la luna, nos pareció que había sido más sencillo sobrevivir en medio de una batalla que volver a habitar la paz. El arma siempre cerca, por si acaso; los pies dispuestos a correr lejos, o a dar un salto hacia adelante; los nervios tensos al contemplar en el espejo de las aguas las heridas que no se ven de día, las que siguen allí.

No sé si un día entenderé el valor de aquel sacrificio, no sé si un día podré decir convencida que valió la pena. Sé que era de la mayor importancia para lo que una vez fui y que ha sobrevivido sólo para dejarme en esta orilla, regalándome la oportunidad de vivir de nuevo. Lo agradezco, y me pregunto qué podré hacer en adelante para honrar ese gesto. Sé que llega el momento de la despedida, y es tan difícil como necesario dejar de reconocerme en esos grandes ojos tristes en los que ahora danza el reflejo de las llamas.

20 de abril de 2013

Porque has venido han florecido las lilas...



He reencontrado hoy, subiendo la cuesta de la estación, un aroma familiar que venía a buscarme. Al levantar la vista racimos de flores lilas parecían sonreír, cómplices, desde lo alto de una verja. He recordado al instante los días en que camino al instituto mis pasos se negaban a cruzar aquellas puertas, e insistían en seguir a su propio ritmo más allá de las vías del tren, hasta llegar a la playa, desnudarse y enterrarse en la arena mientras el aire salado me alborotaba el cabello. 

Lo cierto es que no he logrado jamás reunir una brizna de arrepentimiento por aquellas fugas... Brillaba el sol de primavera anticipando la generosidad del verano, resplandeciendo sobre el mar, iluminando los callejones alrededor del viejo mercado. Las flores de la glicina y su fragancia anunciaban la proximidad de la víspera de mayo. Y en las clases a las que mi propia rebeldía no hubiera renunciado leíamos, entre otras joyas, el Poema de la rosa als llavis, de Salvat-Papasseit. 
Mientras camino, como una canción infantil o como un hechizo antiguo, vuelven a mí fragmentos de aquellos versos tras una ausencia prolongada en demasía: "Porque has venido han florecido las lilas y han proclamado su gozo envidioso a las rosas (...) Porque has venido ahora vuelvo a querer: diré tu nombre y lo cantará la alondra."   

La primavera ha regresado con una fiereza que mi memoria había descuidado. 
No hay lugar al que mi vista pretenda dirigirse que no haya sido conquistado ya por las flores; sus pétalos se mecen jugando con el viento desde los balcones y ventanas, silvestres en los campos y en las orillas de los caminos. El aire, suave, parece a menudo encantado y veo más colores entre el cielo y la tierra de los que puedo identificar, como si algún dios se hubiera dado a la tarea de devolver al mundo un esplendor arcano, desconocido incluso por las generaciones que nos precedieron.

Y se hace muy extraño pensar en el tiempo que hacía que no sentía posarse sobre mi piel una luz como la de estas tardes. Darme cuenta de cómo la he llegado a añorar, sin sospecharlo siquiera, sin reconocer la sensación ni contar con palabras capaces de describirla. 
Ahora sólo queda agradecer.


En la Tierra la primavera es una danza en la que todo parece volverse ligero y abundan, como las flores y las aves, los juegos. Perséfone regresa del Inframundo retomando con infantil felicidad los caminos que ya le pertenecían mucho antes del tenebroso descenso. Siempre es ella y la otra al mismo tiempo, y está bien que así sea. Sólo bajo la sombra perenne de pestañas empapadas en luto podía iluminarse una mirada capaz de despertar a la naturaleza entera del sueño de la muerte. 

13 de abril de 2013

El derecho al precipicio


Rockwell Kent, Girl on cliff, ca. 1930

Ya no puedo acercarme a su casa como en aquellos días grises, casi felices, en los que fuimos vecinos. Estoy lejos y su dolor me duele. Pero aprovecharé ese tono tan cercano que únicamente las distancias permiten para hacer un poco de magia y pedirle que imagine, Maese, que ahora que nadie puede ofenderse ya por ello, tomo confianzudamente sus manos entre las mías y lo miro directo a los ojos. 

Imagine también que en tal momento me atrevo a recordarle -así quedito y entre nos-, que aquí los presentes vivimos la vida que escogimos vivir, entre las muchas que teníamos al alcance y hubieran podido ser. Una vida que venía danzando de la mano con todas sus posibles consecuencias; y que son las mismas posibilidades que en su día cortejamos con atrevimiento las que hoy vienen a tocar a nuestra puerta.
Y después de esto dígame si puede seguir enojado con quienes -antes por torpeza que por auténtica maldad- nos han dañado alguna vez. Si realmente puede creer aún que les dejamos otra opción.

Sabe que en los cuartos oscuros de nuestro oficio no sólo tejemos la narración de los hechos del mundo, sino de nuestra propia existencia. Sabe, en el fondo, cuán responsables podemos llegar a ser, con todos nuestros trucos, del aspecto final que luzcan las cosas; con cuánta incuestionada naturalidad puede presentarse la más elaborada de nuestras creaciones.
Sabe que, por inconfesable que resulte, esto tiene un poco de teatro, también. Que si caemos al fondo de nuestra desilusión con todo el peso de la experiencia, es sólo para darnos el tremendo lujo de levantarnos después como criaturas a las que el sol sonríe por vez primera.

Si entonces, cuando aún estábamos a tiempo, algún insensato hubiera tratado de disuadirnos de nuestra elección hubiéramos defendido a sangre y fuego nuestro derecho al precipicio. Porque eso es precisamente lo que nuestra alma anhela: El precipicio al que llegan a disolverse los límites que solos nos impusimos, y el instante trágico en el que ella puede al fin desplegarse en sus verdaderas dimensiones. Y, con ello, ver renacer la esperanza de que esta vez no fallaremos a la hora de honrarlas.

No crea que es tan fácil de disimular un espíritu tan grande por más que lo vista en apariencias discretas. No crea que no observamos, por los resquicios que quedan entre las líneas que escribe aquí y allá, que ha sido usted mucho más que un rebelde: un hombre valiente - ambos sabemos las razones-. No crea que la vida, su vida escogida, pueda pasar esto por alto. Recuerde que cuando nuestro ánimo ejerce la alquimia precisa, cada pérdida deviene un reencuentro más jubiloso.

Hace días que me agota la idea de animar a las palabras como quien sopla, aburrido, sobre un puñado de pedacitos de papel... Sé sin embargo que volvería mil veces al llamado de alguno de los nuestros. Como una corriente exaltada la vida me empuja lejos de lo que solía ser, dejando atrás una piel demasiado vieja y pesada que habrá de convertirse en arena de la orilla abandonada al emprender una nueva aventura. 

Discurre la vida siempre hacia lo nuevo e inexplorado, pero no nos conviene resistirnos a su terrible abrazo, en ocasiones incomprensible pero siempre más sabio que nuestras reticentes conciencias. De vez en cuando, hay que dejarse sorprender por la resplandeciente desnudez de los hechos, tal como son, y entregarse sin reservas a la exuberante belleza que se esconde entre los pliegues secretos de la más común de las existencias.

3 de marzo de 2013

La curiosidad...

 


La curiosidad mató al gato.

***
(Posiblemente no había otra manera de hacerle entender que le quedaban aún muchas vidas por vivir.)



23 de febrero de 2013

Eterno resplandor de la mente inmaculada

Louis Hector Leroux, La vestale Tuccia (fragmento), 1877


How happy is the blameless vestal’s lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray’r accepted, and each wish resign’d.


____

¡Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha!
Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada.
¡Eterno resplandor de la mente inmaculada!
Cada rezo aceptado, cada deseo vencido.
 
 Alexander Pope, Eloísa a Abelardo, 1717



1 de febrero de 2013

Imbolg

Kathy Ostman-Magnusen, The Mask, sf



Regresar a la tierra, tan gris como el invierno. Hace un frío terrible, dentro y fuera; un aire de indiferencia, de vacío, sopla incluso en el corazón de las conversaciones y las risas, se extiende como una niebla detrás de las palabras y, bajo un manto de silencio, araña incansable recuerdos que deberían ser cálidos, ansiando arrebatarlos, hacerlos suyos, devorarlos para siempre.

Hay noches largas, mañanas después de esas noches y tardes después de esas mañanas en las que se podría llegar a dudar de la promesa de la primavera. Si no fuera porque la primavera siempre llega, salgamos o no a abrirle la puerta. Si no fuera porque hay primaveras que nunca se van por completo: primaveras que nos habitan y abren puertas a la luz, contradiciéndonos.

19 de enero de 2013

No todo es dejar sueños por los cajones...


Miguel Raya, de la série Gallecs, sin fecha.


[1]

No todo es dejar sueños por los cajones
rodeados de enemigos o bien de objetos
que de forma sutil y astuta nos encarcelan.

Porque vivir es combatir la pereza
de cada instante y restablecer la honda
dimensión de toda cosa dicha,
podemos con cada gesto ganar nuevos ámbitos
y con cada palabra acrecentar la esperanza.

Seremos aquello que queramos ser.
                                                         Por los cristales
del poniente encrespado, la luz estalla.


Miquel Martí i Pol,
Primer Llibre de Bloomsbury (1980-1981)
Traducción  libre.

9 de diciembre de 2012

Habitación de otoño, Gabriel Ferrater


Robert Hurley, Reflect Puddle, sf



La persiana, no del todo cerrada, como
un espanto que se retiene de caer en tierra,
no nos separa del aire. Mira, se abren
treinta y siete horizontes rectos y delgados,
mas el corazón els oblida. Sin añoranza
se nos va muriendo la luz, que era color
de miel, y ahora es color de aroma a manzana.  
Que lento el mundo, que lento el mundo, que lenta
la pena  por las horas que se van
deprisa. ¿Di, te acordarás
de esta habitación?

"La quiero mucho.
Aquellas voces de obreros - ¿Qué son?"
Albañiles:
Falta una casa en la cuadra.
"Cantan,
Y hoy no los oigo. Gritan, rien,
Y hoy que callan se me hace raro".

Qué lentas
las hojas rojas de las voces, qué inciertas
cuando vienen a enterrarnos. Dormidas,
Las hojas de mis besos van cubriendo
Los rincones de tu cuerpo, y mientras olvidas
Las hojas altas del estío, los días
Abiertos y sin besos, muy en el fondo
El cuerpo recuerda: aún
tu piel es mitad de sol, mitad de  luna.
  Gabriel Ferrater



Fuente original: Selecció de poesía catalana.

 

1 de agosto de 2012

Madura el trigo...


Milo Anders, Cosecha, sf
                             






Madura el trigo
pero las uvas están verdes.
No se hace pan si no se muele el trigo
y tú no serás tú si no te pierdes. (...)
                                 Armando Uribe Arce