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26 de noviembre de 2014

De tiempos, pérdidas y matices



Thomas Lloyd, Autumn leaves, 1895

Al fin el frío vuelve a las calles, y aunque no sepamos hasta cuándo va a durar, tendremos la oportunidad de experimentar todas aquellas sensaciones que sólo se dan esta época del año en la que parte de la naturaleza se prepara para el sueño del invierno; los cambios en el color de las hojas que van desprendiéndose, el aire frío que nos acompaña en el silencio de la noche que nos alcanza a media tarde; el olor a madera quemada en las calles y a turba húmeda en los bosques; el anhelo de una bebida caliente mientras leemos, o miramos el techo, con el ronroneo del gato de fondo. El otoño puede ser una época de descanso y recogimiento, de ralentizarse y pensar las cosas, y luego dejar que todos esos pensamientos se vayan por donde llegaron, porque nada es tan importante cuando se está bien en casa.  

Sin embargo, el frío llega tarde y las hojas ya no se tiñen al ritmo que algunos conocimos en la infancia, todo parece acelerado y antes de que la naturaleza de el primer bostezo, las podas se realizan según el calendario impuesto en alguna oficina. Por desgracia, tiende a considerarse a los árboles como objetos de ornamento de quita y pon, fácilmente sustituibles por otros semejantes. La idea se extiende rápidamente al resto de la naturaleza, y llega hasta las personas. La consigna general parece ser  acelerar, crecer, acelerar e incluso, cuando se pueda, pisar las palabras y el espacio de otro... Esto se hace presente en muchos ámbitos de la vida, incluido en el ámbito de lo "espiritual" que, así expresado, es más una etiqueta que otra cosa. Llega un momento que tanta carrera hacia ningún lugar, no consigue más que agotarnos y embotar nuestros sentidos.

Asociamos el otoño con el mítico descenso al Inframundo, un viaje hacia lo profundo en el que todo aquello que no resulta esencial debe desprenderse y quedar atrás para alimentar el crecimiento de lo que realmente importa, un sacrificio de aquello que nos sobra para alimentar lo que necesitamos traer al mundo en este momento de nuestras vidas. En algunas versiones del descenso de la Diosa al Inframundo, ella pierde no sólo sus joyas, sino su piel, hasta verse reducida a un pedazo de carne. Como ocurre en otros relatos míticos, es este último palpitar, a veces sustituido por el sonido de un tambor, el que permite que aquello que se ha visto reducido a la mínima expresión, pueda recuperarse por completo, es lo que permite que la semilla se anime y llegue a germinar. Además de enfrentar a nuestros demonios y renovar fuerzas, una de las lecciones más importantes que podemos aprender en el descenso a nuestros Infiernos particulares, o en nuestro retiro a la cueva, es la reconexión con ese latido, con el ritmo que la naturaleza puso en nuestro ser, como una canción única.

En "Walden, o La Vida en los Bosques", Thoreau invita a reflexionar al respecto: "¿Por qué hemos de tener una prisa tan grande en triunfar, y en empresas tan desesperadas? Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escuche un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota. No importa que madure con la rapidez del manzano o del roble. ¿Cambiará él su primavera en estío? Si todavía no existe la coyuntura de las cosas para las que fuimos creados, ¿con qué realidad las reemplazaríamos? No debemos encallar en una realidad hueca."

Nos entrenan en la compulsividad y la exhibición de tal modo que a penas dejamos de correr tenemos la sensación de estar perdiéndonos algo. Intenta salir de viaje, aunque sea una excursión, a ver si hay alguien que no tome fotos para compartirlas tan pronto como sea posible en alguna red social. Si prohibes a alguien hacer fotos en un evento, es posible que no acudiera nadie; pero si creas un buen escenario, es posible que la genta acuda, incluso sabiendo de antemano de lo pésimo del contenido.
En los últimos años he participado en varias iniciativas de divulgación en las que constantemente se me ha repetido que si hiciéramos esto o aquello, llamaría la atención de más gente. ¿Tan extraño es que simplemente compartas lo que haces con otras personas afines, en vez de buscar algo así como el máximo público posible? Llevo muchos años transitando caminos sin nombre y he cometido muchos errores, pero comparto con el resto del mundo lo único que creo que en realidad tenemos: ese latido que nos hace únicos. Mi latido es lento y, en ocasiones, denso. Uno puede detenerse a escucharlo o pasar de largo, pero insistir (o tratarme de forzar a) que lo cambie por algo más "adecuado" es ya una pérdida de tiempo. En algunos aspectos soy de una Escuela muy vieja, y por lo visto, absolutamente pasada de moda.  

Incluso en una mañana de verano podemos detenernos debajo de un árbol y observar los matices de verde nacidos del juego entre la luz, las hojas, la brisa y los pájaros. No es una cuestión de tiempo, sino del punto hacia el que dirigimos nuestra atención. Cuando vamos demasiado deprisa, cuando nos preocupamos demasiado en conseguir cosas -por no hablar de dar una imagen-, gastamos demasiada energia en asuntos que, en realidad, son poco importantes y mucho menos trascendentes. Nos perdemos aquello que tenemos al alcance, todos los momentos sagrados, todas las grietas a través de las cuales el universo nos llama por nuestro nombre, oportunidades maravillosas de aprender y difrutar y compartir. Perdemos los matices, las gradaciones, la oportunidad de adentrarnos por sendas que tal vez nadie haya pisado nadie, y descubrir huellas de otros que estuvieron antes que nosotros. 

Empecé a escribir este texto hace un par de semanas, antes de saber que vendrían unos días realmente difíciles, que marcarán un antes y un después. Se podría decir que en tan poco tiempo he perdido un mundo, que la vida, una vez más, me ha puesto en un camino distinto al que yo me dirigía con paso casi militar... Pero la verdad es que al mismo tiempo tengo la sensación de que me han sacado de encima un peso que no me pertenecía, y gracias a ello mi rumbo se ha corregido por sí mismo, ha devenido más auténtico. Me alegro sinceramente por aquello que vendrá en lugar de lo que esperaba, algo que se me anuncia como un reencuentro con ese ritmo propio del que hablaba más arriba, un tiempo en el que no me traten de adiestrar para saltar al gusto de otros, ni me sean robados los matices que guardo para compartir con aquellos a quienes no les importe detenerse a apreciarlos.
 

14 de octubre de 2014

Bajo las aguas

Drowning Dream, por Necromantikk, 2008

"¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún..."  
El espinazo del diablo, 2001.

Llevo años escribiendo sobre el descenso al Inframundo, una experiencia que se repite con mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra búsqueda, de nuestras vidas, y según el momento adquiere una forma u otra. El Descenso es también el inicio del ciclo Bajo Tierra, implica una despedida de todo lo logrado hasta el momento, el aprendizaje del desapego, abrir las manos y dejar ir tanto lo disfrutado como lo sufrido. Idealmente, sólo lo esencial debería permanecer con nosotros, del mismo modo que la semilla deja atrás la carne del fruto, y se adentra en la tierra para resurgir en un nuevo árbol.
Pero el camino de los humanos dista mucho de ser un sendero ideal, y cada uno de los descensos nos recuerda la necesidad de excavar las capas de pieles caídas sobre las que construimos nuestro presente, a la búsqueda de los tesoros que nos queda pendiente traer a la superficie para su manifestación. Otra cosa es que hagamos más o menos caso, ya que en ese viaje hacia nuestras semillas de futuro, en lo profundo de nuestro interior, nos encontraremos también con todos los muertos que nos habitan, no siempre en paz, con los fantasmas no han logrado disolverse porque les queda una cuenta pendiente que saldar. 

Todos conocemos historias de espectros, y solemos creer que pertenecen al mundo exterior. Pero como en una vieja historia de fantasmas que aguardan en las orillas de un pantano, los remanentes de otros tiempos esperan que pasemos cerca para agarrarnos de los tobillos y exigir lo que necesitan para su redención. A veces el descenso al Inframundo no es un acto voluntario, nos pilla por sorpresa, nos arrastra contra voluntad a nuestras profundidades, que no por propias dominamos o resultan menos oscuras. Pero el tesoro sigue estando allí, esperando también a que superamos las pruebas que impone el ciclo Bajo Tierra.
A lo largo de mi propia búsqueda he aprendido mucho de los mitos y de los cuentos, que en ocasiones pueden funcionar como mapas o más bien como indicadores de qué puede pedir de nosotros el camino en un momento determinado, ya que en esencia son la memoria de muchos recorridos. Otra cosa que he aprendido es que cuando nos tomamos el sendero en serio, no existen los "compartimientos estancos". Si las cosas se hacen de forma completa llega un momento en que cada instante de nuestras vidas implica tener los pies en el sendero escogido, y todo lo que hayamos aprendido y practicado resulte una herramienta dolorosamente útil para superar una prueba que la vida nos presenta, a veces, cuando menos lo esperamos.

Existen muchos relatos acerca de espíritus que sorprenden al viajero distraído para arrastrarlo consigo al fondo de las aguas, a las profundidades donde residen los deseos y los temores más profundos de nuestro ser. Del mismo modo en ocasiones un accidente o incluso un evento trivial puede arrebatarnos de forma súbita esa ilusión de control sobre nuestras vidas a la que estamos tan acostumbrados, y hacer temblar nuestro mundo desde sus cimientos.  

Recientemente,  una conversación normal con un familiar me llevó al terreno de mis sombras de una forma tan fulminante como si se hubiera abierto una trampilla bajo mis pies. Al principio me sentí algo extraña, quise quitarle importancia e intenté no hablar de ello, pero en cuestión de horas mi mente estaba obsesionada al punto que la realidad se transformó eclipsando mi presente y haciéndome revivir la impotencia, el dolor y la rabia de un infierno pasado hace años, de forma tan violenta como si hubiera ocurrido ayer mismo. 
Lloré durante días, enfermé de males que relaciono con aquella época. Guardé todas mis fuerzas para no perder el trabajo, porque a penas podía levantarme de la cama. Fue como vivir una pesadilla de la que no podía despertar: los monstruos del pasado devoraban mi presente, amenazando con derrumbar lo que he construido en este tiempo, sin que yo pudiera hacer nada.

Desde una perspectiva racional, nada de aquello tenía sentido; objetivamente, esa etapa de mi vida está superada y mi presente, con todas sus carencias e incomodidades, es mejor que el futuro que me esperaba de no haber pasado por lo que pasé. Sin embargo, sé que en algún momento aprendí a tragarme el dolor y la ira, por justificados que fueran, para poder seguir adelante. Podemos contenerlos el tiempo necesario para que nadie salga demasiado dañado, a cambio de que luego sean liberados en un lugar "seguro". Pero en su día la necesidad me llevó a empujarlos muy al fondo, y a la hora de liberar conscientemente estas fuerzas, parecía que se habian disuelto, que ya no había nada allí.
... Hasta que algo, casualmente, removió el fondo, y las emociones que llevaban demasiado tiempo sumidas en un sueño artificial despertaron con fúria. No había nada que resolver, no había nada que entender de aquello, ningún sentido ulterior; sólo tocaba dejar ir esas emociones que habían quedado atrapada en el fondo, como un fantasma que ha perdido el camino para pasar al otro lado. Dejarlas pasar sin caer en la tentación de reengancharse. Después de llorar todo lo que había que llorar, la obsesión y el malestar se fueron atenuando por sí mismas, y por fin volví a mi vida tal como ahora es.

Hasta la fecha me ha costado explicar este tipo de experiencias, tal vez por el miedo a ser juzgada en un medio en el que cualquier cosa mala que nos pase es susceptible de etiquetarse como un "daño que alguien ha conseguido hacernos", o como un "castigo que por algo nos hemos ganado". Pero me hago mayor y creo que empieza a ser momento de advertir que este es el tipo de cosas a las que nos puede llevar el trabajo interior, a remover los fondos donde habitan nuestros propios fantasmas, en ocasiones irredentos: El que no los haya encontrado es que o no ha profundizado lo suficiente, o sigue empujándolos hacia el fondo. Y esto es en paralelo con lo que puede suceder fuera. Pero si no hubiera un aprendizaje y unas pruebas que pasar no tendría sentido estar en un camino.
Puede parecer que pasar dos o más semanas desconectada porque tu cabeza está en otro lado y tu cuerpo a penas te responde para mantener un trabajo es un "mal", y yo no negaré que es un mal trago, pero realmente me alegro de que haya sucedido de este modo, en vez de generar una enfermedad bastante más grave dentro de unos años. Del mismo modo, si no hubiera tenido cierta idea de lo que podía estar sucediendo podría haberme reenganchado a viejas emociones y confundido y la pesadilla podría haber sido mucho más larga o interminable; del mismo modo, si no hubiera tenido a las personas adecuadas a mi lado, los daños ocasionados por la situación podrían haber sido realmente preocupantes. Así que definitivamente ha sido un asco el proceso de sacarlo, pero está fuera. Comprobado que algo he aprendido, que los esfuerzos valen la pena y que tengo a mi lado a las personas adecuadas, no debo estar haciendo las cosas tan mal. Significa también que el camino se ha despejado y hay vía libre hacia la próxima parte del tesoro a manifestar ( y a compartir con las mismas personas que han demostrado ser las adecuadas). Y eso es bueno. Aunque implica seguir trabajando, por supuesto.

Para muchos de nosotros no existe tal cosa como un "...De seis a ocho meditaré/visualizaré sobre el Descenso al Inframundo, pondré una vela  y así habré cumplido con la celebración de esta festividad." Algo así puede suceder al principio del camino, algo parecido a mojarse un poco los pies antes de zambullirse en el agua. Esto no significa que todo el mundo esté en condiciones o tenga ganas de convertirse en nadador profesional, pero creo que es fácil de entender la diferencia que existe entre asistir a una exhibición de natación, y ponerse a nadar: nademos mejor o peor, con un estilo u otro, con más o menos resistencia se trata de experiencias distintas a ser un espectador externo. Creo que es importante recordarlo de vez en cuando. Nuestra formación puede facilitarnos mapas, que como decía antes, nos ayudan a entender qué puede pedir el camino de nosotros en un momento dado; pero luego hay que vivir ese camino, con todos sus monstruos, redenciones, compañeros de viaje y tesoros. 

23 de septiembre de 2014

¿Existe la Magia?

Domenico Zampieri, A Virgin with a Unicorn, c 1604–05,
fresco del Palacio Farnese, Roma, según el diseño de Annibale Carracci

Hace algunos días en Un Papá como Darth Vader nos encontramos con la historia de un niño al que en su primer día de escuela su padre le había regalado un anillo asegurando que tenía poderes, pero unas horas más tarde un compañero - hijo, tal vez, de algún ferviente seguidor de Richard Dawkins- había logrado convencerlo de que no existe tal cosa como la magia, porque el anillo no puede hacer aparecer dulces. La tarea que se propusieron los padres fue, simplemente, explicar al pequeño que hay personas que creen en la magia y otras que no, apoyándose en parte en las respuestas que daba la gente a una simple cuestión planteada vía Facebook: "Si creéis que la magia existe y que, este anillo de “Linterna Verde” de la foto tiene poderes mágicos…darle un “like”. Si además compartís la foto…os estaré eternamente agradecido." Hasta el momento la foto ha sido compartida 1567 veces,  ha recibido 4950 likes y 380 comentarios, entre los que se cuentan tanto los de otros padres, amigos y familiares solidarios con la causa de que un niño no pierda la ilusión por esta clase de juegos tan pronto, como las de algunos brujos y brujas que conozco. Y, en muchas ocasiones, las respuestas de unos y otros no eran tan diferentes.

Parece que hay un acuerdo más o menos común en que acabar demasiado pronto con las ilusiones de un niño es quitarle algo muy valioso que le pertenece como un tesoro que, ya de por sí, se considera que tiene fecha de caducidad. Curiosamente, una de las respuestas que leí en varios comentarios fue "la magia sirve para cosas más importantes que hacer aparecer chuches, que se pueden comprar". Me parece una respuesta bastante adecuada para aquellos que nos interrogan acerca de la práctica mágica, porque no faltan adultos tan encaprichados con sus objetivos como un niño pueda estarlo de una bolsa de caramelos; aunque no sea el momento, aunque le vayan a sentar mal, o aunque puedan conseguirlos de manera mucho más práctica con acciones físicas directas en vez de pretenderlos lograr por la vía mágica.

La Magia, en ese sentido amplio que la equipara a la capacidad de maravillarse, es un bien que los adultos necesitan tanto como los niños, pero que en muchas ocasiones no saben como conservar. La Magia no habita en los prodigios, sino en la totalidad de la experiencia; no se desvanece, sino que dejamos de percibirla, al mismo tiempo que perdemos nuestro asombro por la maravilla de lo que somos, de lo que nos rodea, de la simple experiencia de estar vivos aquí y ahora.

Que existen un montón de palancas y cuerdas más o menos metafóricas y algunos métodos más o menos acertados de manipular la realidad en la que vivimos según nuestra voluntad o necesidad, es innegable. Pero por ellos mismos no pueden asegurar que la Magia esté presente, del mismo modo que las máquinas que hace medio milenio podían parecer un auténtico e inexplicable prodigio hoy son parte de esos paisajes industriales ( o de interminables basureros), que nos recuerdan con dolor la naturaleza sacrificada en los pseudoaltares racionalistas. Así mismo, existe la fantasía, que a veces funciona para conectar la Magia, pero que mal empleada sólo nos aleja de más y más de ella.
La Magia que niños y adultos necesitamos aún es la que nos hace ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con amor; la que nos descubre la belleza oculta en lo cotidiano y de vez en cuando incluso logra estremecernos al tomar conciencia por unos segundos de lo inexplicable y lo efímero de nuestras existencias. Esos momentos en los que la posibilidad de cualquier prodigio supranatural no resulta esencialmente más maravillosa que la oportunidad de pasear por un bosque, tomar un café con tu madre en la cocina, mojar los pies en la playa, desayunar tostadas, jugar con tu mascota, circular en bus en una tarde de lluvia o abrazar a tu pareja y decirle que la amas. Esos momentos en los que casi se escapa una lagrimilla y si alguien te pregunta a qué viene sencillamente lo dejas correr, porque a ver quién explica tanta emoción surgida de la nada en un puñado de segundos que tejen recuerdos, deseos, agradecimiento y consideraciones existenciales.

Pero por causas muy diversas, alguna vez en la vida, incluso los que trabajamos con ella, sentimos que perdemos la Magia. Son momentos que no siempre se deben a la dureza de las circunstancias, en los que nos sentimos extraviados y nos falta una dirección en la que marchar o un lugar al que llegar, momentos en los que algo no parece terminar de encajar, o nos sentimos solos porque nuestra propia compañía se hace extraña, porque no acabamos de reconocernos en lo que fuimos, o en lo que vamos a ser. Momentos que duelen, pero tampoco demasiado; que provocan una desazón difícil de explicar y que suelen ser el preludio de un cambio importante, de una nueva etapa. Momentos en los que el fruto que no ha sido recolectado cae al suelo, y alimenta esa tierra negra que es el lecho del mañana, en un tránsito oscuro y regenerador hacia la luz de una nueva primavera. En todo ese proceso también hay también una Magia, tal vez la más difícil de percibir, pero la que nos sostiene al fin y al cabo en nuestros peores momentos, recordándonos que seguimos vivos, pero también que nunca sabemos por cuánto tiempo contaremos con lo que ahora tenemos, ya sea mucho o poco, y más vale aprovecharlo, dejar de querer imponer nuestros planes a toda costa y estar más atentos a las sugerencias del Universo.

Tengo 33 años y aún creo en un montón de cosas que algunos creen imposibles, no sólo la Magia, sino cosas aún "peores" como la honestidad, la coherencia, las ganas de aprender y trabajar, la entrega, la amistad y el amor sinceros. Tengo la tremenda suerte de saber por experiencia que existen, aunque a veces parezcan desterrados de la faz de la tierra, y de no tener ninguno de ellos demasiado lejos. Pero siempre habrá quien dude incluso de la posibilidad de que cosas así existan más allá de los cuentos de hadas o las cabezas soñadoras, personas que verán un muro donde nosotros vemos una puerta, y - más vale tenerlo en cuenta- actuarán en consecuencia, por ejemplo, poniendo negaciones o fantasías (dos caras de la misma moneda) allí donde podría haber realidades maravillosas.
Que la Magia, y otras cosas supuestamente imposibles, existan no significa que sean fáciles de encontrar y reconocer, ni mucho menos que lo sea estar en contacto con ellas...  Una vez mi gato atrapó por reflejo un colibrí que se coló en casa, me miró como preguntando qué hacer con un insecto tan grande y, confundido, sencillamente lo dejó ir. Creo que por lo mismo muchas personas dejan escapar oportunidades maravillosas, proyectan o dejan volar su imaginación lejos de lo tangible, porque de hecho no sabrían qué hacer con la materialización de una posibilidad real entre sus patas, no están preparadas para ello. Y a veces es tan importante recordarnos que la Magia existe como estar conscientes de que hay personas que no quieren, o no pueden creer en ella, y no se puede esperar más al respecto.


23 de agosto de 2014

El dios vencido

Gleaning, Arthur Huges (1832-1915)


"Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones. Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo."
La savia de los almendros. Crónica de la primavera.

Hay algo en los campos cuando, al caer la tarde, salgo a pasear por los caminos de tierra que los rodean. Vemos al trigo crecer verde y tornarse dorado, caer bajo la hoz y convertirse en montones de paja amontonados en los mismos campos en los que  meses atrás germinó la semilla de la que procedía. Es el dios vencido - por sí mismo -, el grano sacrificado convertido en símbolo de todo aquello que muere para que el resto de criaturas se alimenten, que nos recuerda que un día también nosotros entregaremos nuestro último aliento para volver a la tierra. En los márgenes de los campos un viento fresco agita sombras entre las cañas, y en el cielo nubes grises anuncian anticipadamente el tránsito a la época oscura del año. El guardián del umbral espera, aún cuando no se manifieste.

Hay matices en el desarrollo de nuestra práctica mágica/espiritual que no aparecen en los manuales, del mismo modo que ningún tratado genérico hablaría de las relaciones concretas que tenemos con nuestro círculo cercano. En muchas ocasiones sería más conveniente dejar de lado las explicaciones dadas y abrirse a la experiencia directa. Y cuando hablo de las "explicaciones dadas" no me refiero sólo a las que recibimos, sino también a las que por alguna extraña razón nos vemos impelidos a dar.  

Este año me he encontrando explorando el ciclo sobre-tierra y ha sido algo agotador, seguramente por primeriza, y por no tener detrás el entrenamiento más adecuado (y no me refiero a que no tenga el conocimiento necesario, sino a ciertas lagunas de disciplina...). Si estuviera en un tablero de la oca, hace días que habría pisado la casilla de la muerte, para empezar el viaje desde cero. Pero si lo que llega ahora es la cosecha, es lo que tiene sentido e incluso prefiero que sea así, ha habido muchas cosas en este recorrido y quisiera vivirlas plenamente antes de pasar a otro orden de cosas.

En estas fechas muchos paganos celebran la abundancia de la cosecha como resultado de sus esfuerzos, y también como una muestra de generosidad de la naturaleza. Pero de unos años a esta parte prevalece para mí en este momento la noción del sacrificio y de la entrega, más allá de la analogía en el reino natural, en relación con la necesidad de desapego. Es posible que al tener la atención en la parte del ciclo que transcurre Sobre-Tierra estos conceptos resuenen aún con más fuerza. En el momento de la cosecha el grano se sacrifica en su momento óptimo, da lo mejor de sí. Podría seguir vivo, pero entonces simplemente se iría marchitando y acabaría cayendo de todos modos, pero su descomposición sólo alimentaría a la tierra. 

En el ciclo del héroe, el joven acumula méritos hasta convertirse en héroe y en no pocas ocasiones su gesta consiste en desplazar a un antiguo rey que ha olvidado que su función es servir al pueblo, y se aferra al poder, corrompiéndolo. Una vez el héroe deviene rey deberá evitar acabar convirtiéndose en el mismo mal que un día llegó a combatir; y la única manera de hacerlo es recordar a quien sirve, y aprender a dejar ir. Después de entregar todo lo que tiene, como el alma descarnada, puede adentrarse en la segunda parte de la historia, la que discurre por los reinos internos, Bajo Tierra.

Escribió C.G: Jung, a raíz de este punto de inflexión existencial: "El Sol contrae los rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo". Jung, en 1930, se refería con esto a la segunda etapa de la vida adulta. Sin embargo, del mismo modo que aunque consideremos la primavera  análoga a la juventud y el invierno a la vejez, las estaciones se van sucediendo a lo largo de nuestros años, también las diferentes etapas del ciclo se suceden varias veces a lo largo de las vidas de cada individuo. Simplemente, destilamos más o menos aprendizaje de ellas en función de nuestra madurez y atención al fenómeno (que es lo mismo que decir que para muchos pasan tan inadvertidas como las estaciones).

El dios que se vence a sí mismo (que vence su apego y se entrega a la transformación) es recibido por el bosque, por las sombras que se alargaran cada día que pase. El dios de la época oscura del año no es sólo el devorador, sino el sabio que domina aquellos aspectos desconocidos para el que sólo ha desarrollado su ser en las etapas externas del camino, a través del aprendizaje efectuado en el encuentro. La experiencia del rey que ha muerto pasará así a formar parte del aprendizaje acumulado por las generaciones de reyes, alimentará el legado de su función y será la herencia que esperará al próximo joven que comprenda y asuma el destino siempre transitorio del monarca.

Hablaba párrafos arriba de cómo a menudo nos complicamos la vida o nos desgastamos por tratar de dar explicaciones innecesarias. El lenguaje de la parte del ciclo que se desarrolla Sobre Tierra es, antes que cualquier otra cosa, el de la acción. El rey no explica, actúa; no intenta convencer, sino que muestra con el ejemplo la posibilidad que ha escogido encarnar. En el ciclo del héroe el rey es esencialmente un servidor, y el poder que ejerce en un territorio, un préstamo. Del mismo modo, nosotros tenemos un cuerpo y una personalidad que habrán de desintegrarse al final de nuestros días. 

A  escala menor, cada uno de nosotros asume roles o posiciones que en un momento dado, ya sea con violencia o con naturalidad, deberá dejar atrás. Cada vez que nos encontramos con una de estas situaciones conviene preguntarnos a qué servimos (porqué empezamos a caminar, cuál es el objeto de nuestra búsqueda, en qué creemos, cuáles son nuestros ideales...) y actuar en consecuencia, dejando ir y entregándonos  sin reticencias a la transformación.

Puede que, como decía más arriba, la secuencia nos deje la sensación de haber pisado la casilla de la muerte para volver al principio, puede que implique un pequeño o gran sacrificio, pero el camino tiene sus propios métodos para corregir nuestro rumbo en caso de que nos hayamos alejado demasiado de la senda que en justicia nos pertenece recorrer; y al final siempre podemos agradecer la oportunidad de volver a empezar, apreciando mejor cada uno de nuestros pasos.
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf

3 de abril de 2014

El Monstruo se queda



Todos tenemos épocas difíciles en nuestras vidas, semanas en las que todo parece venir junto, momentos en los que no vemos salida, y cerrando los ojos nos gustaría simplemente volver al barro original, y que el agua de la lluvia nos arrastrara hasta hacernos desaparecer. 
Luego nos sobreponemos, y seguimos.
Obviamente no hablo por aquellos que deciden revolcarse en sus desgracias y recitar en el relato interminable de quejas ensayadas antes que hacer nada... Hablo de las personas que mientras otros hacen esto, se levantan cada dia y luchan, y desde el fondo del pozo en el que se encuentran arañan las paredes buscando una salida, y se quedan sin uñas antes que sin fuerza, pero ahí siguen, mientras los días del plazo indescifrable pasan lentos.

En  una sucesión de acontecimientos que ha caído como una lluvia de piedras, puedo decir que en las últimas semanas me ha pasado prácticamente de todo, y no demasiado bueno, a todos los niveles: relaciones, proyectos, trabajo, salud...  El tipo de confluencias que, además de dejarnos temblando, nos da que pensar.  Una vez pasada la tormenta, no nos vamos a quedar en el dolor, simplemente empezamos de cero, y desde menos que cero si es necesario. Cuando pienso que he estado tantas veces en este punto que casi se ha convertido en mi medio natural, el miedo se esfuma y llega una especie de agradecimiento que no termina de ser una rendición.

Si algo tiene cada uno de los sismos que sacuden nuestras vidas derrumbando la mitad de lo que creíamos certero por los suelos, es que nos ayudan a hacer limpieza de todo aquello que  sobra en nuestras vidas, revelando a nuestra olvidadiza conciencia, la resplandeciente belleza de aquello que es esencial y permanece intacto cuando todo lo demás se agrieta y cae. Desde la perspectiva privilegiada de aquel que se halla entre ruinas podemos entender muchas cosas, y liberarnos ya sin pesar  de las mentiras (o medias verdades) con las que  hasta el momento velábamos nuestros ojos.
Cada vez que nuestro mundo se derrumba, una parte de nosotros muere con él y queda para siempre atrás. Eso significa también que podemos elegir hacia dónde orientaremos nuestro cambio, en el siguiente paso a dar.  Después de años de volver una y otra vez a este punto, puedo decir que la vida es algo que construimos dialogando con la existencia, más que planeando... Aunque tener un plan, ser capaz de entregarse a algo, siempre ayuda.  

Durante todos estos años el Monstruo me ha acompañado, como una sombra que me habita y, a veces, me hace daño. El Monstruo que permanece al fondo de la conciencia, mirando con escepticismo mis intentos de actuar de forma ética incluso cuando ando entre tramposos y cobardes. El Monstruo que, atado, se agita con furia, cada vez que tengo que tolerar una salida de tono, o incluso una falta de respeto de alguien que no cree necesario pensar antes de hablar, o no le importa. El monstruo que me araña por dentro cuando lo contengo sabiendo que alguien está tratando de mentirme o manipularme,  pero no hago nada, porque no está bien acusar sin pruebas ( aunque cuando las tienes, el daño ya está hecho, y ya no importa).

Casi puedo contar con las manos las ocasiones en las que el Monstruo ha escapado de mi control, provocándome una vergüenza terrible, porque gran parte de mi formación la pasé en una pseudoescuela en la que el dolor, la rabia o el enojo, deberían haber sido comprendidos, gestionados y trascendidos, pero como es algo que en realidad cuesta mucho esfuerzo y dedicación, más a menudo eran simplemente criticados, reprimídos y castigados.
Lo llamé Monstruo al ver como individuos que creían que podían seguir con sus experimentos sobre mi persona se asustaban al verlo aparecer... Lo llamé Monstruo porque por su culpa perdí cosas que amaba, o al menos, según los estándares de la época, creía amar. 
Sólo con el tiempo he podido ver que el Monstruo conserva todos los mecanismos de autodefensa que mi conciencia en algún momento trató de suprimir en busca de aprobación ajena, y  por mucho daño que me haya hecho, nunca será mayor que el que me ha ayudado a evitar. A fin de cuentas, el Monstruo ha hecho por mí más que muchos de aquellos que en algún tiempo consideré mis compañeros, o incluso hermanos.  Por no hablar de lo mucho que me ha ayudado a seleccionar  en quienes puedo confiar, algo que curiosamente poco tiene que ver con lo cerca o lejos que tienes a otra persona, o con el tiempo que haga que la conozcas, sino más bien con su manera de reaccionar cuando en el momento más inesperado nuestro Monstruo -  supongo que cada uno tendrá el suyo-  hace su aparición estelar.

Bien... Aquí sentada de nuevo sobre una montaña de piezas rotas y descartables, acaricio el lomo peludo del Monstruo que siempre me ha sido leal. Conversamos acerca de cómo deberíamos abordar el siguiente tramo de nuestras vidas y qué nos apetece construir ahora. Él sabe que hay principios a los que pase lo que pase no pienso renunciar,  y yo sé que puedo contar con que acuda en mi ayuda cuando alguien con las cartas marcadas pretenda hacerme entrar en su juego. Contemplando cómo han cambiado las cosas en los últimos cinco, diez o quince años, no puedo estar más que contenta de haber pasado por tantas muertes y renacimientos, y despertar aquí, ahora, de nuevo. Abrir los ojos después del hundimiento, y comprobar que el Monstruo y yo, no estamos tan solos como solíamos estarlo en estas ocasiones...  
Los Dioses me habrán negado muchas cosas en esta vida, pero me han concedido lo que más me importaba, sin lo cual, nada de lo demás tendría sentido. Así que, feliz y agradecida después de todo, volveré a este punto las veces que haga falta.

25 de enero de 2014

Bienvenida


La popularización del paganismo/brujería nos ha permitido acceder a información que hace años era muy difícil de conseguir, y nos ha dado nuevos espacios de convivencia, pero también ha generado un ruido del que a veces es necesario separarse, para volver a preguntarse por las cosas que de verdad importan. Cuando empecé este camino aún era niña, y como todos los niños tenía algunas ideas muy claras acerca de los requisitos mínimos que debían cumplirse para poder considerarse un iniciado/a. Tras años de búsqueda, me encuentro un panorama en el que a menudo se da por buena prácticamente cualquier cosa que se nos cruza en el camino, o por el contrario, se produce un ataque igualmente indiscriminado, cuasi fúrico, hacia cualquier cosa que salga de nuestros propios esquemas.

Posiblemente mis cuotas de autoexigencia han sido enfermizas, tanto pensar en los "debería" me ha impedido a menudo apreciar el valor que había en lo que ya era, y darme cuenta de que desde allí, sin más, podía ir avanzando tranquilamente por el camino que escogí.
La verdad es que ahora veo a nuevos paganos/brujos/sacerdotes felicísimos de ostentar un título o certificado obtenido en un curso de varios meses, semanas, o incluso días y aunque de entrada es algo que de verdad me parece excesivo, (y de vez en cuando hasta me parece un poco falso), algo en mi también me recuerda que no todo el mundo necesita las mismas cosas, y que mientras no se engañe a nadie, aquello tampoco está del todo mal.

Creo que los enormes rodeos que mi camino ha dibujado en el tiempo formaban parte de un aprendizaje que a penas empiezo a digerir... Dadas las fechas creo que no es casual que esté pensando en la claridad de aquellos principios y en como, si lo descuidamos, el paso del tiempo puede apagar nuestro brillo. A pesar de que algunos consideren Imbolg un festival inocentemente alegre, otros lo trabajamos como uno de los momentos más duros del ciclo anual, y un momento crítico en el paralelo del desarrollo individual. En el que lo más viejo en nosotros lleva de la mano a lo más joven hasta los límites de sus dominios, para que esa nueva etapa pueda crecer y dar los frutos que volverán una y otra vez a alimentar la tierra de la que surgieron.

Así como morir puede ser un dejarse ir y no requiere de esfuerzo alguno, nacer es esforzarse por llegar a la otra orilla en un camino que muchos no son capaces de completar. Contamos para esta travesía desde las profundidades, con la luz que hemos recogido, como una semilla, en el fondo del abismo invernal. Pero antes de que pueda incluso empezar a germinar, algunos la sueltan a medio camino, porque se les hace demasiado largo, o la cambian por otra cosa porque no la consideran suficientemente valiosa.

De este pequeño drama encontraremos ecos a lo largo de toda nuestra vida, épocas en las que la luz se pierde, o se ahoga entre otras cosas. Muchas veces, creyendo hacer lo correcto (y esto sucede a menudo cuando sentimos grandes miedos) nos enmarañamos en palabras y acciones que, de hecho, van en contra de lo que en principio pretendíamos defender. La buena noticia es que, con la debida purificación y el debido esfuerzo, la llama puede encenderse de nuevo, y nuestra Vida recuperar su dosis inmensa de maravilla.

A veces puede ser útil recuperar nuestros ojos de niño (lo que en vez de "hacer el tonto", como muchos parecen haber entendido, significaría más bien "dejarse de tonterías") para dar una segunda mirada sobre los problemas o situaciones que nos abruman. Pero puede ser incluso más útil, sencillamente, volver a lo esencial y preguntarnos por aquello que nos importa en realidad: ¿Por qué empezamos este camino que recorremos, cada uno a su manera? ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosas amamos y respetamos? ¿De qué manera podemos mostrar este amor y este respeto? ¿Lo estamos haciendo?

Hace unos días encontré por casualidad una canción que cantábamos en los campamentos de verano, que me recordó lo real que es la posibilidad de acabar traicionando nuestros principios en un mundo dominado por la perversión del lenguaje propagandístico, capaz de dar la vuelta a prácticamente cualquier cosa, capaz de perpetuar estructuras y actitudes dañinas simplemente cambiando un poco el vocabulario empleado para tirar de nuestras emociones más básicas.
Puede ser que tanto bosque, tanto libro, tanta noche estrellada, tanta canción y tanta hoguera hicieran de mí una hippie de lo peor... Muchos ni siquiera lo sospechan, porque esta parte de mí ha sido bastante maltratada por las sombras de turno, ya fueran internas o externas. A mí misma me sorprendió encontrarla de pie después de tantos golpes y desprecios, mirándome desafiante, preguntándome qué pensaba hacer ahora.

Decidí que había llegado el momento de honrarla. Porque, bien pensado, posiblemente sea lo mejor de mí.
Entonces volví a sentir lo que se siente cuando se cruza un umbral... Como iluminado por una nueva luz, el mundo de cada día se mostraba profundo y lleno misterio, y yo recuperaba una antigua felicidad, casi olvidada, en medio de estos días grises, y no precisamente por las nubes que cubren nuestros cielos. Cada uno de los momentos en los que experimentamos cosas así es una iniciación, sin necesidad de tradiciones o certificados que la avalen. Y a cada uno le llegará el turno, si no le ha llegado ya, de darse cuenta. Una iniciación no es más que una nueva Bienvenida.


17 de diciembre de 2013

Llegando al corazón del Invierno



Echaba de menos volver al camino de cabras... Algo desvencijado por la larga ausencia, sigue siendo un lugar en el que puedo recuperar la paz. Llego después de una gripe intensa, que ha conseguido obligarme a guardar cama, y de paso a hacer también una buena limpieza mental y emocional.

Aunque para mí los años empiezan en Septiembre, hace semanas que recuerdo que hace a penas doce meses me preparaba para mi regreso a Barcelona con el ánimo del exiliado que, en un abrir y cerrar de ojos, se sabe condenado a perder todo; todo lo que ha levantado con su esfuerzo, todo lo que ha configurado su mundo, y todo lo que había amado. Acostumbro a suavizar las patadas que me da la vida, pero creo que los que me acompañaron en aquellos tristes días pudieron ver mi alma hecha jirones... Y sin embargo, debo decir que gracias a ellos, gracias a su amabilidad y su aliento; aquellas últimas semanas en México defendieron, orgullosos, una belleza propia, innegable, y brillaron por encima de la tristeza con una luz que no esperaba y que nunca olvidaré. Así que gracias otra vez, espero de corazón que volvamos a vernos algún día. Y, por supuesto, allí donde yo esté, estará su casa.

Al llegar a mi Barcelona natal, todo se me hacía extraño, frío, hostil... Principalmente mi cabeza. Estuve enferma, empapada hasta los huesos de ese tipo de malestar que dejan las grandes decepciones, los momentos en los que por mucho que te muevas no llegas a ningún sitio, y aunque te quedes quieto tampoco hay descanso posible. Ves como la gente va y viene a tu alrededor, y se alegran de tu regreso; pero estás tan frío por dentro, que a penas llegan los ecos de aquel calor y respondes mecánicamente, como desde un trance lejano. Te gustaría desaparecer para siempre, pero no es posible, así que te quedas y esperas a ver qué pasa... A ver si pasa algo mínimamente interesante. Lo he escrito en alguna ocasión; nunca se valora lo suficiente la curiosidad. A veces mata al gato, sí, y a veces esta es la única manera de que el gato en cuestión descubra las vidas que le quedan por vivir.

La luz  fue ganando terreno a medida que pasan los meses, la naturaleza reverdeciendo, y como en el poema de Ana Rossetti, una cree que el corazón a muerto despedazado, hasta que un día se lo encuentra de nuevo dando lecciones desde su inmortal sabiduría. Y poco a poco reconocemos a nuestros amigos de siempre, y entran personas nuevas en nuestra vida, y casi sin sospecharlo, acabamos por descubir que se han ganado un lugar propio en ella... A pesar de los recelos iniciales, creamos nuevas relaciones y nos entregamos a la labor de cuidarlas con toda nuestra pericia, y todas esas torpezas que está en nuestra mano ir limando. Así que gracias, de corazón, a los que siempre habéis estado ahí, y a todos los que habéis ido llegando, en estos meses, a mi vida... Con mención honorífica a la Confabulación Pagana, por supuesto. Entre unos y otros habéis conseguido que este sea, de hecho y contra todo pronóstico, uno de los mejores años de mi vida.


***

Un año en el que hemos vivido muchas cosas,  sobre las que iré escribiendo en futuros posts, pero sobretodo, un año en el que los mensajes han llegado muy claros, aunque me ha costado entenderlos, sencillamente porque no estaba ni mental ni emocionalmente preparada. Y aquí viene el meollo del asunto, de acordarme de cómo empezó el año y de lo difícil que ha sido en algunos aspectos. Necesitaba que mi alma se hiciera pedazos, que mis estructuras se vinieran abajo, que mi lista obsesiva de cosas que yo creía que tenían que cumplirse "sí o sí", obtuviera por respuesta una y otra vez un severísimo "No, de ninguna manera", hasta lograr que me diera por vencida y empezara a contemplar otras opciones.
O, mejor dicho, hasta que viendo el fracaso absoluto de los modelos en los que he sido de una u otra manera educada (convertidos después en autoimposiciones), me diera por una vez la oportunidad de probar un modelo propio de funcionamiento existencial.

Supongo que para algunas personas debe ser algo tan sencillo que a penas merece ser mencionado... Pero para mí ha sido realmente muy difícil apartar los montones de consejos "bienintencionados pero inútiles a la práctica" que siempre han entorpecido mis pasos, ensombreciendo de culpa la necesidad de trazar un camino propio. Y al fin decir que no pienso dar un sólo paso más dando la espalda a aquello en lo que creo, ni gastaré mis energías en cosas a las que no logre ver un sentido; aunque este modo de proceder, como ironizan algunos, me lleve a vivir debajo de un puente. 
No se trata de terquedad; terquedad es intentar ajustarnos por todos los medios posibles, incluyendo los que nos  desgastan o nos dañan, a una idea de nosotros (o de nuestra vida) que no nos corresponde, sólo porque desde fuera nos dicen (y nosotros aceptamos) que debemos ser así. Esto es más o menos lo que he hecho toda mi vida, si no en todos, sí en muchos aspectos de mi vida; y está claro que no ha funcionado demasiado bien.

Hace años que sé perfectamente lo que quisiera para mí; y principalmente tiene que ver con la manera de relacionarme conmigo misma, con los demás y con el mundo que habito, así como con la manera de actuar y reaccionar ante las situaciones que la vida me ponga por delante, buenas o malas. Una de las cosas que se han esclarecido para mí en estos meses es un esquema del que hace ya un montón de años hablaba Wayne Dyer [...Por cierto que un día de estos voy a escribir a favor de la New Age hasta quedarme a gusto, porque, lo adelanto ya, para mí está claro que hay mucho más que aprender de la New Age original, que de las publicaciones que hacen un refrito de lo mismo y le pasan después el filtro "Instagram" de la tendencia esotérica/pagana/brujeril de moda], según el cual, mientras nos preparamos para vivir una vida mágica/espiritual plena, pasamos por tres fases: una en la que la prioridad es tener, otra en la que nuestro motor es el hacer, y por fin una en la que valoramos el ser por encima de las dos opciones anteriores.

Supongo que nuevamente es una de esas cosas que depende de la educación que hemos recibido/aceptado. Por mi parte el tener o no tener cosas, creo que no me ha afectado demasiado (por aquí somos más bien de no tener). Sin embargo, tal vez como reacción a los modelos excesivamente pasivos que me rodeaban, gasté gran parte de mi juventud en entornos en los que se fomentaba la idea de que "cuanto más haces, más vales", hasta caer en la trampa de un sistema en el que se aprovecha la capacidad y las ganas de hacer cosas de las personas como si éstas no fueran más que combustible, y cuando las mismas personas que han dado su trabajo se agotan o se queman, se las desecha como envoltorios inservibles. La parte buena de este entrenamiento desquiciado es que no hay la pasividad heredada, por enraizada que esté, que lo resista (ahora literalmente soy capaz de "hacer cosas" incluso cuando parece que no hago nada); lo malo es que la acción sin conciencia puede anclarnos en la letargia más absoluta, tanto o más que la ociosidad.

Si nos valoramos en función de las cosas que hacemos; el día que hagamos menos, creeremos que valemos menos, y el día que no podamos hacer nada, además de la impotencia nos encontraremos con que nuestra autoestima puede desvanecerse de la noche a la mañana. Esto no significa que sea fácil cambiar de paradigma... A mi me está costando horrores. Así que llegando al corazón del Invierno, ya instalada en mi tierra junto al mar, rodeada de personas a las que quiero y con un montón de proyectos de todo tipo en el regazo, puedo decir que cada uno de los "NO" que he recibido en estos meses ha sido una auténtica bendición que me ha llevado por el único camino que realmente tiene sentido para mí, e incluso he podido ver los primeros frutos de mi nuevo proceder, tan pequeños como las primeras uvas de una vid, que parecen de juguete, pero nos prometen que crecerán con nuestro cuidado y dedicación. 

La ventaja de moverse desde el ser es que aquello que eres se expresa a través de cualquiera de tus acciones; trabajes en lo que trabajes, escribas acerca de lo que escribas; hablando con otros, comprando, saliendo a caminar, viendo una película, jugando con el gato... Implica estar conectado en todo momento con aquello en lo que crees, y con aquello que eres. La dificultad radica no sólo en lo poco que nos cuesta "desconectarnos", sino en lo mucho que nos cuesta creer en cosas realmente positivas para nosotros y los demás. En el entorno pagano es más curioso si cabe, pues puedes encontrar a personas capaces de sacarse una tradición ancestral de la manga elaborada a partir de sus propias filias y fobias, o a individuos capaces de creer que los dioses se preocupan personalmente de cómo les va un examen, una entrevista de trabajo, una discusión con los vecinos;  pero con una visión completamente escéptica acerca de las posibilidades de transformación (a mejor) de una persona común y corriente.

Poniendo las cartas sobre la mesa; yo creo en las posibilidades de las personas, mucho más que en la intervención particular de una divinidad. Creo que la verdadera magia (y la verdadera espiritualidad), no es otra cosa que la capacidad de transformación del ser humano aplicada a uno mismo. Creo que los dioses tienen propios sus ámbitos de acción, y que no están para sustituir a la humanidad en las labores que le son propias. Estoy segura de que no soy menos pagana por ello, y sospecho que si nos hacemos los locos respecto a nuestra capacidad para transformar nuestro universo, empezando obviamente por nosotros mismos, es porque como bien nos ha enseñado la mitología moderna: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
Vivimos en una sociedad que ha roto los vínculos entre su corazón, su cabeza y sus manos; y por tanto se ha acostumbrado a usar la imaginación como forma de evasión, en vez de aprovecharla para encontrar soluciones a los problemas que encuentra por el camino. Vivimos en una sociedad que permite la fabricación de semillas estériles, ¿tan ilógico es pensar que pretendan hacer lo mismo las semillas de nuestra mente, nuestras ideas, arrebatarles su capacidad generadora, condenarlas a la esterilidad? 

Estoy convencida de que la única de compensar -al menos parte- esta inercia en la que nos vamos hundiendo cada vez más, es demostrando con el ejemplo que en cada ámbito de nuestra vida se pueden hacer las cosas de otras maneras; no sólo acordes con nuestros principios, sino incluso más efectivas y satisfactorias. Y pienso comprometerme con esta convicción, apostar por ella hasta sus últimas consecuencias. Pero de todas las elecciones que he tenido que hacer en mi vida esta es, con toda seguridad la más significativa, porque implica realmente un salto al vacío: Si me caigo, no sé que haré con mi vida; pero lo cierto es que si sobrevivo, tampoco... Todo a partir de este punto es nuevo para mí. Lo único que tengo claro es que nací para esta aventura, y que gracias a los dioses [gracias sobretodo a esa Eris Postpagana capaz de remover cielo y tierra para sacar del embrollo creado una posibilidad insospechada, y enseñarla con una enorme sonrisa de triunfo al mundo], por fin cuento con los compañeros de viaje adecuados para salir en búsqueda de nuestro particular tesoro, y que no necesito nada más para ser feliz. Así que gracias a todos, y en especial al Witchdoctor que me ayuda a lidiar con las sombras que de vez en cuando tratan de tomar el control (además, por supuesto, de ser el rey de los festejos en cada celebración).


15 de octubre de 2013

La Prueba, Antonio Colinas



El Bosque, Ilustración para la Divina Comedia de Dante, por Gustave Doré


 LA PRUEBA
 
Mira: a punto estás de penetrar en el bosque.
Vas a dejar la casa blanca de la cima,
tan plácida, tan llena de música y sosiego,
y ahí te espera el bosque impenetrable.

Irremediablemente deberás cruzarlo:
el bosque que desciende por ladera escabrosa,
el bosque en que no hay nadie
y el bosque en el que puede haber de todo,
el bosque de humedades venenosas,
morada de lo negro
y de una luz que enturbia la mirada.
Entra en él con cuidado y sal sin prisas,
mas nunca se te ocurra abandonar la senda
que desciende y desciende y desciende.
Mira mucha hacia arriba y no te olvides
de que este tiempo nuestro va pasando
como la hoz por el trigo.
Allá arriba, en las ramas,
no hay luces que te cieguen si es de día.
Y si fuese de noche,
la negrura más honda la sierran faros ciertos.
Todo lo que está arriba guía siempre.

Mira, te espera el bosque impenetrable.
Recuerda que la senda que lo cruza
—la senda como río que te lleva—
debe ser dulce cauce y no boa untuosa
que repta y extravía en la maraña.
Que te guíe la música que dejas
—la música que es número y medida—
y que más alta música te saque
al fin, tras dura prueba a mar de luz.


                                                   Antonio Colinas


PD.  Unos versos que hace ya algunos, por estas fechas, años conocí de la mano de Verónica Cabrera  :)

20 de abril de 2013

Porque has venido han florecido las lilas...



He reencontrado hoy, subiendo la cuesta de la estación, un aroma familiar que venía a buscarme. Al levantar la vista racimos de flores lilas parecían sonreír, cómplices, desde lo alto de una verja. He recordado al instante los días en que camino al instituto mis pasos se negaban a cruzar aquellas puertas, e insistían en seguir a su propio ritmo más allá de las vías del tren, hasta llegar a la playa, desnudarse y enterrarse en la arena mientras el aire salado me alborotaba el cabello. 

Lo cierto es que no he logrado jamás reunir una brizna de arrepentimiento por aquellas fugas... Brillaba el sol de primavera anticipando la generosidad del verano, resplandeciendo sobre el mar, iluminando los callejones alrededor del viejo mercado. Las flores de la glicina y su fragancia anunciaban la proximidad de la víspera de mayo. Y en las clases a las que mi propia rebeldía no hubiera renunciado leíamos, entre otras joyas, el Poema de la rosa als llavis, de Salvat-Papasseit. 
Mientras camino, como una canción infantil o como un hechizo antiguo, vuelven a mí fragmentos de aquellos versos tras una ausencia prolongada en demasía: "Porque has venido han florecido las lilas y han proclamado su gozo envidioso a las rosas (...) Porque has venido ahora vuelvo a querer: diré tu nombre y lo cantará la alondra."   

La primavera ha regresado con una fiereza que mi memoria había descuidado. 
No hay lugar al que mi vista pretenda dirigirse que no haya sido conquistado ya por las flores; sus pétalos se mecen jugando con el viento desde los balcones y ventanas, silvestres en los campos y en las orillas de los caminos. El aire, suave, parece a menudo encantado y veo más colores entre el cielo y la tierra de los que puedo identificar, como si algún dios se hubiera dado a la tarea de devolver al mundo un esplendor arcano, desconocido incluso por las generaciones que nos precedieron.

Y se hace muy extraño pensar en el tiempo que hacía que no sentía posarse sobre mi piel una luz como la de estas tardes. Darme cuenta de cómo la he llegado a añorar, sin sospecharlo siquiera, sin reconocer la sensación ni contar con palabras capaces de describirla. 
Ahora sólo queda agradecer.


En la Tierra la primavera es una danza en la que todo parece volverse ligero y abundan, como las flores y las aves, los juegos. Perséfone regresa del Inframundo retomando con infantil felicidad los caminos que ya le pertenecían mucho antes del tenebroso descenso. Siempre es ella y la otra al mismo tiempo, y está bien que así sea. Sólo bajo la sombra perenne de pestañas empapadas en luto podía iluminarse una mirada capaz de despertar a la naturaleza entera del sueño de la muerte. 

13 de abril de 2013

El derecho al precipicio


Rockwell Kent, Girl on cliff, ca. 1930

Ya no puedo acercarme a su casa como en aquellos días grises, casi felices, en los que fuimos vecinos. Estoy lejos y su dolor me duele. Pero aprovecharé ese tono tan cercano que únicamente las distancias permiten para hacer un poco de magia y pedirle que imagine, Maese, que ahora que nadie puede ofenderse ya por ello, tomo confianzudamente sus manos entre las mías y lo miro directo a los ojos. 

Imagine también que en tal momento me atrevo a recordarle -así quedito y entre nos-, que aquí los presentes vivimos la vida que escogimos vivir, entre las muchas que teníamos al alcance y hubieran podido ser. Una vida que venía danzando de la mano con todas sus posibles consecuencias; y que son las mismas posibilidades que en su día cortejamos con atrevimiento las que hoy vienen a tocar a nuestra puerta.
Y después de esto dígame si puede seguir enojado con quienes -antes por torpeza que por auténtica maldad- nos han dañado alguna vez. Si realmente puede creer aún que les dejamos otra opción.

Sabe que en los cuartos oscuros de nuestro oficio no sólo tejemos la narración de los hechos del mundo, sino de nuestra propia existencia. Sabe, en el fondo, cuán responsables podemos llegar a ser, con todos nuestros trucos, del aspecto final que luzcan las cosas; con cuánta incuestionada naturalidad puede presentarse la más elaborada de nuestras creaciones.
Sabe que, por inconfesable que resulte, esto tiene un poco de teatro, también. Que si caemos al fondo de nuestra desilusión con todo el peso de la experiencia, es sólo para darnos el tremendo lujo de levantarnos después como criaturas a las que el sol sonríe por vez primera.

Si entonces, cuando aún estábamos a tiempo, algún insensato hubiera tratado de disuadirnos de nuestra elección hubiéramos defendido a sangre y fuego nuestro derecho al precipicio. Porque eso es precisamente lo que nuestra alma anhela: El precipicio al que llegan a disolverse los límites que solos nos impusimos, y el instante trágico en el que ella puede al fin desplegarse en sus verdaderas dimensiones. Y, con ello, ver renacer la esperanza de que esta vez no fallaremos a la hora de honrarlas.

No crea que es tan fácil de disimular un espíritu tan grande por más que lo vista en apariencias discretas. No crea que no observamos, por los resquicios que quedan entre las líneas que escribe aquí y allá, que ha sido usted mucho más que un rebelde: un hombre valiente - ambos sabemos las razones-. No crea que la vida, su vida escogida, pueda pasar esto por alto. Recuerde que cuando nuestro ánimo ejerce la alquimia precisa, cada pérdida deviene un reencuentro más jubiloso.

Hace días que me agota la idea de animar a las palabras como quien sopla, aburrido, sobre un puñado de pedacitos de papel... Sé sin embargo que volvería mil veces al llamado de alguno de los nuestros. Como una corriente exaltada la vida me empuja lejos de lo que solía ser, dejando atrás una piel demasiado vieja y pesada que habrá de convertirse en arena de la orilla abandonada al emprender una nueva aventura. 

Discurre la vida siempre hacia lo nuevo e inexplorado, pero no nos conviene resistirnos a su terrible abrazo, en ocasiones incomprensible pero siempre más sabio que nuestras reticentes conciencias. De vez en cuando, hay que dejarse sorprender por la resplandeciente desnudez de los hechos, tal como son, y entregarse sin reservas a la exuberante belleza que se esconde entre los pliegues secretos de la más común de las existencias.

22 de marzo de 2013

El imposible retorno



Franz Marc, Seated Mythical Animal, 1912

Los retornos no existen, nunca regresamos por completo a ningún lado; ni siquiera a nosotros mismos. Después de la alegría de reencontrar lugares, sensaciones y personas que han habitado mi recuerdo todos estos años de ausencia, descubro que hoy por hoy no soy menos extranjera en Barcelona de lo que una vez lo fui en México. 
Despierto cada mañana sintiendo no una añoranza que de aquellas que nos atan al pasado, sino de la que nos llama a la búsqueda. El deseo casi carnal de concretar alguna de las infinitas posibilidades que nos pasan por la cabeza cuando el universo que solíamos habitar es ya un irreconocible descampado lleno de ruinas, y aún no sabemos exactamente qué realidad nos apetece construir.

A veces dejar tu casa y tus cosas atrás no es suficiente cambio; cruzar un océano no es suficiente cambio, y tampoco lo es cambiar por completo de entorno social. En última instancia, el cambio es algo que sucede por dentro.
Cada día que pasa veo con mayor claridad algunas cosas que sucedieron no hace demasiado tiempo, pero que quedan ya muy lejos. Las veo como de pequeña veía las películas de miedo, asomando el ojo entre los dedos de mis manos, intentando evitar el impacto de las escenas más terroríficas. Pero tengo que mirar, y atreverme cada vez un poco más, porque al fin y al cabo es mi vida: nadie más puede ocuparse de ella. 

Dado que la misma vida me ha demostrado que era absolutamente necesario que lo hiciera, es un trabajo que me tomo muy en serio. Y para hacerlo bien, por más reclamos que me conlleve, necesito grandes dosis de distancia y silencio a mi alrededor. Ciertamente, debía hacer demasiado tiempo que no me prestaba verdadera atención: Cuando me pregunto a mí misma de qué va todo esto, las respuestas que me doy llegan a sorprenderme. 

Llevo escribiendo sobre magia, brujería y paganismo muchos años, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que en estos ámbitos se están teniendo más en cuenta la formas que los contenidos. No digo que esto sea así para todo el mundo y en toda ocasión, pero tampoco me parece demasiado sensato desoír una alarma que suena día y noche. Tal vez no sé lo suficiente, o no he dado con las personas adecuadas; tal vez los dioses se aburran y quieran verme haciendo trucos nuevos o incluso puede que, después de todo, éste no sea mi camino.

Creo que estemos en el punto que estemos debemos aceptar la responsabilidad de asegurar la continuidad de nuestro crecimiento. Evitar que aquello que usamos como herramienta eche a perder nuestro trabajo, e impedir que nuestras definiciones nos aprisionen y acabe por tener más peso el nombre -o la imagen, o la forma- que la realidad que se está describiendo. 

Tengo ahora más preguntas de las que podría enumerar y sé que debo alejarme de lo hasta ahora conocido en búsqueda de las posibles respuestas y retomar el valor de la experiencia directa (y los experimentos). Dejar a un lado todo lo que ya ha sido, y volver al camino como quien nada sabe, empujada por la necesidad de buscar un lenguaje nuevo - no "nuevo" para la humanidad, me basta que lo sea para mí- que me permita manifestar todas aquellas cosas que he hecho esperar tanto tiempo en la antesala de mi conciencia.

Tampoco es que se pueda decir mucho más al respecto, si supiera exactamente lo que encontraré más allá de las limitaciones que he aceptado durante todo este tiempo, la aventura que me propongo vivir sería mucho menos atractiva. Pero cuando haya hecho realidad algunas ideas locas, con mucho gusto explicaré cómo lo conseguí. 


***


Dicho lo cual: A partir de ahora Un camino de cabras fungirá como un blog personal, es decir, con el transcurrir de los días acabará por haber un poco de todo.  
Los artículos y otros materiales específicos sobre magia, brujería o paganismo se irán moviendo a Ouróboros o a Ouróboros ABC. Seguiré en PFI, y disponible para los grupos de investigación académica.  En otro orden de cosas, el nombre de los Bjalfi - y lo que conlleva- pasa a manos de una persona de mi entera confianza, que ya lo hará saber si en algún momento lo considera oportuno. A partir de ahora aquí nos quedamos con Vaelia y ya.  :)


***


5 de febrero de 2013

Carta VIII, Primavera temprana


Robert Kingsley, Early Spring, 2007

De 1902 a 1908 el poeta alemán Rainer María Rilke (Praga, 1875- Val-Mont, 1926) mantuvo correspondencia con un joven Franz Xaver Kappus, quien inicialmente le escribió pidiéndole su opinión sobre algunos versos. Fueron publicadas en 1929, bajo el título "Cartas a un joven Poeta", yo las conocí por recomendación de un profesor y de una manera u otra me han acompañado hasta la fecha.

En la Carta VIII he visto siempre un paralelismo con esta época invernal en la que la primavera se anuncia, sí, pero como algo pendiente de confirmar. Un momento en el que la semilla debe desgarrar la piel o la cáscara que la cubre y abrirse paso hacia la luz, a través de la tierra, en un viaje largo y agotador, antes de tener siquiera la oportunidad de desplegar sus hojas. La primavera temprana puede ser muy dura y también triste, sin embargo encierra el secreto del crecimiento más hondo.


Carta VIII

 Borgeby Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904

(...) Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si, mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.

Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla...

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.

Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. (...)

Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

(...) Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo...

No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.

No se observe demasiado. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (...)