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14 de octubre de 2014

Bajo las aguas

Drowning Dream, por Necromantikk, 2008

"¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún..."  
El espinazo del diablo, 2001.

Llevo años escribiendo sobre el descenso al Inframundo, una experiencia que se repite con mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra búsqueda, de nuestras vidas, y según el momento adquiere una forma u otra. El Descenso es también el inicio del ciclo Bajo Tierra, implica una despedida de todo lo logrado hasta el momento, el aprendizaje del desapego, abrir las manos y dejar ir tanto lo disfrutado como lo sufrido. Idealmente, sólo lo esencial debería permanecer con nosotros, del mismo modo que la semilla deja atrás la carne del fruto, y se adentra en la tierra para resurgir en un nuevo árbol.
Pero el camino de los humanos dista mucho de ser un sendero ideal, y cada uno de los descensos nos recuerda la necesidad de excavar las capas de pieles caídas sobre las que construimos nuestro presente, a la búsqueda de los tesoros que nos queda pendiente traer a la superficie para su manifestación. Otra cosa es que hagamos más o menos caso, ya que en ese viaje hacia nuestras semillas de futuro, en lo profundo de nuestro interior, nos encontraremos también con todos los muertos que nos habitan, no siempre en paz, con los fantasmas no han logrado disolverse porque les queda una cuenta pendiente que saldar. 

Todos conocemos historias de espectros, y solemos creer que pertenecen al mundo exterior. Pero como en una vieja historia de fantasmas que aguardan en las orillas de un pantano, los remanentes de otros tiempos esperan que pasemos cerca para agarrarnos de los tobillos y exigir lo que necesitan para su redención. A veces el descenso al Inframundo no es un acto voluntario, nos pilla por sorpresa, nos arrastra contra voluntad a nuestras profundidades, que no por propias dominamos o resultan menos oscuras. Pero el tesoro sigue estando allí, esperando también a que superamos las pruebas que impone el ciclo Bajo Tierra.
A lo largo de mi propia búsqueda he aprendido mucho de los mitos y de los cuentos, que en ocasiones pueden funcionar como mapas o más bien como indicadores de qué puede pedir de nosotros el camino en un momento determinado, ya que en esencia son la memoria de muchos recorridos. Otra cosa que he aprendido es que cuando nos tomamos el sendero en serio, no existen los "compartimientos estancos". Si las cosas se hacen de forma completa llega un momento en que cada instante de nuestras vidas implica tener los pies en el sendero escogido, y todo lo que hayamos aprendido y practicado resulte una herramienta dolorosamente útil para superar una prueba que la vida nos presenta, a veces, cuando menos lo esperamos.

Existen muchos relatos acerca de espíritus que sorprenden al viajero distraído para arrastrarlo consigo al fondo de las aguas, a las profundidades donde residen los deseos y los temores más profundos de nuestro ser. Del mismo modo en ocasiones un accidente o incluso un evento trivial puede arrebatarnos de forma súbita esa ilusión de control sobre nuestras vidas a la que estamos tan acostumbrados, y hacer temblar nuestro mundo desde sus cimientos.  

Recientemente,  una conversación normal con un familiar me llevó al terreno de mis sombras de una forma tan fulminante como si se hubiera abierto una trampilla bajo mis pies. Al principio me sentí algo extraña, quise quitarle importancia e intenté no hablar de ello, pero en cuestión de horas mi mente estaba obsesionada al punto que la realidad se transformó eclipsando mi presente y haciéndome revivir la impotencia, el dolor y la rabia de un infierno pasado hace años, de forma tan violenta como si hubiera ocurrido ayer mismo. 
Lloré durante días, enfermé de males que relaciono con aquella época. Guardé todas mis fuerzas para no perder el trabajo, porque a penas podía levantarme de la cama. Fue como vivir una pesadilla de la que no podía despertar: los monstruos del pasado devoraban mi presente, amenazando con derrumbar lo que he construido en este tiempo, sin que yo pudiera hacer nada.

Desde una perspectiva racional, nada de aquello tenía sentido; objetivamente, esa etapa de mi vida está superada y mi presente, con todas sus carencias e incomodidades, es mejor que el futuro que me esperaba de no haber pasado por lo que pasé. Sin embargo, sé que en algún momento aprendí a tragarme el dolor y la ira, por justificados que fueran, para poder seguir adelante. Podemos contenerlos el tiempo necesario para que nadie salga demasiado dañado, a cambio de que luego sean liberados en un lugar "seguro". Pero en su día la necesidad me llevó a empujarlos muy al fondo, y a la hora de liberar conscientemente estas fuerzas, parecía que se habian disuelto, que ya no había nada allí.
... Hasta que algo, casualmente, removió el fondo, y las emociones que llevaban demasiado tiempo sumidas en un sueño artificial despertaron con fúria. No había nada que resolver, no había nada que entender de aquello, ningún sentido ulterior; sólo tocaba dejar ir esas emociones que habían quedado atrapada en el fondo, como un fantasma que ha perdido el camino para pasar al otro lado. Dejarlas pasar sin caer en la tentación de reengancharse. Después de llorar todo lo que había que llorar, la obsesión y el malestar se fueron atenuando por sí mismas, y por fin volví a mi vida tal como ahora es.

Hasta la fecha me ha costado explicar este tipo de experiencias, tal vez por el miedo a ser juzgada en un medio en el que cualquier cosa mala que nos pase es susceptible de etiquetarse como un "daño que alguien ha conseguido hacernos", o como un "castigo que por algo nos hemos ganado". Pero me hago mayor y creo que empieza a ser momento de advertir que este es el tipo de cosas a las que nos puede llevar el trabajo interior, a remover los fondos donde habitan nuestros propios fantasmas, en ocasiones irredentos: El que no los haya encontrado es que o no ha profundizado lo suficiente, o sigue empujándolos hacia el fondo. Y esto es en paralelo con lo que puede suceder fuera. Pero si no hubiera un aprendizaje y unas pruebas que pasar no tendría sentido estar en un camino.
Puede parecer que pasar dos o más semanas desconectada porque tu cabeza está en otro lado y tu cuerpo a penas te responde para mantener un trabajo es un "mal", y yo no negaré que es un mal trago, pero realmente me alegro de que haya sucedido de este modo, en vez de generar una enfermedad bastante más grave dentro de unos años. Del mismo modo, si no hubiera tenido cierta idea de lo que podía estar sucediendo podría haberme reenganchado a viejas emociones y confundido y la pesadilla podría haber sido mucho más larga o interminable; del mismo modo, si no hubiera tenido a las personas adecuadas a mi lado, los daños ocasionados por la situación podrían haber sido realmente preocupantes. Así que definitivamente ha sido un asco el proceso de sacarlo, pero está fuera. Comprobado que algo he aprendido, que los esfuerzos valen la pena y que tengo a mi lado a las personas adecuadas, no debo estar haciendo las cosas tan mal. Significa también que el camino se ha despejado y hay vía libre hacia la próxima parte del tesoro a manifestar ( y a compartir con las mismas personas que han demostrado ser las adecuadas). Y eso es bueno. Aunque implica seguir trabajando, por supuesto.

Para muchos de nosotros no existe tal cosa como un "...De seis a ocho meditaré/visualizaré sobre el Descenso al Inframundo, pondré una vela  y así habré cumplido con la celebración de esta festividad." Algo así puede suceder al principio del camino, algo parecido a mojarse un poco los pies antes de zambullirse en el agua. Esto no significa que todo el mundo esté en condiciones o tenga ganas de convertirse en nadador profesional, pero creo que es fácil de entender la diferencia que existe entre asistir a una exhibición de natación, y ponerse a nadar: nademos mejor o peor, con un estilo u otro, con más o menos resistencia se trata de experiencias distintas a ser un espectador externo. Creo que es importante recordarlo de vez en cuando. Nuestra formación puede facilitarnos mapas, que como decía antes, nos ayudan a entender qué puede pedir el camino de nosotros en un momento dado; pero luego hay que vivir ese camino, con todos sus monstruos, redenciones, compañeros de viaje y tesoros. 

28 de julio de 2013

Convertirse en gato







Arthur Rackham, All through Egypt every man burns a lamp (fragmento), s/f


Hace unas semanas encontré un cráneo de gato. Los huesos fascinan, porque avivan recuerdos de viejas historias que permanecen generación tras generación, idénticas en el fondo, cambiando las formas que las cubren. Son el reducto de lo que fue, la última memoria, como las brasas que no volverán a arder pero aún no se han enfriado del todo. Lo interrogo y me cuenta por qué algunas brujas terminan convirtiéndose en gatos. Se han dicho muchas cosas de estos animales, pero, a fin de cuentas el motivo por el que se odia o se ama al gato es que se trata de una criatura capaz de acompañarse perfectamente a sí misma. Sin importar lo duras que sean las condiciones de su vida, no sólo se acomodará en el primer rayo de sol que encuentre como un rey lo haría en su trono, sino que lo disfrutará mil veces más.

Hace tiempo alguien que entonces parecía mucho más fuerte que yo, me arrinconó para torturarme maliciosamente sentenciando con voz grave todo aquello bueno que yo no era y jamás podría ser... No era el primero, ni sería el último, de una lista ya borrosa de individuos que me recordaron hasta la saciedad todo lo que hacía mal, todo lo que "me permitía", que me señalaban como si hubiera algún error de configuración en mí que pudiera echar a perder cualquier cosa con la que llegara a entrar en contacto. No fue el primero, ni sería el último en intentar derrumbarme por completo para construir sobre las ruinas su propia idea de lo que yo debía ser, pero en aquella ocasión, con el último resquicio de resistencia que me quedaba, algo salió al paso desde muy adentro respondiendo: "Entonces, quiero ser como un gato, y que todo esto me dé igual. Y que me de igual estar sola, y que me importe una mierda lo que la gente como tú pueda pensar de mí". 

Como un gato de cuento, he muerto varias veces desde aquel día. A veces ha sido la curiosidad lo que me ha llevado de una vida a otra. En ocasiones aún siento el roce de las invisibles cadenas del entrenamiento que, lección tras lección, se prolongó el tiempo necesario para aprender que sólo dependía de mí que siguieran allí. Las cosas me hubieran ido mucho mejor si no me lo hubiera tomado siempre tan en serio todo, lo sé: pero yo creía en la realidad de todas aquellas maravillas cuyos nombres otros sólo usan como cebo. Lo cierto es que, a pesar de todo, sigo creyendo en ella. Sigo en el camino, convencida, y cada segundo que pasa tardo menos en detectar las trampas. Hago las paces con mi vida, aunque no siempre sea fácil, y me compadezco de los tramposos, porque llegará el día en que tendrán que rendir cuentas por todo aquello sagrado que fue nombrado en vano, o se usó para propósitos desviados.

Tal vez sea hora ya de ir asumiendo que el mundo de "los que tanto saben", es las más de las veces una farsa en la que se miente más que se habla, en la que las promesas no tienen otro valor que el de poder enredarnos para que entremos en túneles por los que ellos no caben, y consigamos para ellos los tesoros que no pueden alcanzar con sus propias manos. Renunciar a su corrupción, y aprender de cada uno de nuestros pasos, de cada golpe y cada caricia que la Vida por sí misma nos da. Restablecer el vínculo, devolver la esencia a todas las formas que hace ya mucho fueron privadas de ella. Porque cuando llega al destino adecuado, el oro de las hadas no necesita desvanecerse al amanecer.

11 de noviembre de 2012

Tu ya no estás y florecerán las rosas...



Veronica Winters, Moonlit Tree, 2007

CARTA A DOLORES

Me cuesta imaginarte por siempre ausente.
Tantos recuerdos de tí se me acumulan
que ni dejan lugar a la tristeza
y te vivo intensamente sin tenerte.
No quiero hablarte con voz melancólica,
tu muerte no me quema las entrañas,
ni me angustia, ni me quita el gozo de vivir;
me duele saber que no podremos compartir
nunca más el pan, ni hacernos compañía;
pero de este dolor saco la fuerza
para escribirte estas palabras y recordarte.
Más tenazmente que nunca, me esfuerzo en crecer
sabiendo que tú creces conmigo: proyectos,
ilusiones, deseos, cobran impulso
por ti y contigo, por muy distantes que te sean,
y contigo y por tí sueño cumplirlos.  
Te me haces presente en las pequeñas cosas
y es en ellas donde te pienso y te evoco,
seguro como nunca de que la única esperanza
de sobrevivir es amar con fuerza suficiente 
para convertir todo lo que hacemos en vida
y acrecentar la esperanza y la belleza.

Tu ya no estás y florecerán las rosas,
madurarán las mieses y el viento tal vez 
despertará secretas melodías;
tu ya no estás y el tiempo ahora me transcurre 
entre el recuerdo de ti, que me acompañas,
y aquel esfuerzo, que bien conoces,
de persistir cuando nada nos es propicio.
Desde estas palabras muy tiernamente te pienso,
mientras la tarde muy suavemente declina.
Todos los colores proclaman vida nueva
y yo la vivo, y en tí se me representa
sorprendentemente vibrante y armoniosa. 
No volverás nunca, pero perduras
en las cosas y en mí de tal manera,
que me cuesta imaginarte por siempre ausente.


Miquel Martí i Pol, Llibre d'absències, 1984
(Traducción de la casa).

20 de octubre de 2012

Sombras densas


Ramón Casas Carbó, La Sargantain, 1907

A finales de octubre las sombras ralentizan el paso y se vuelven densas como fantasmas que tocan levemente nuestras manos cuando caminamos por las calles en las que empiezan a amontonarse las primeras hojas caídas. La víspera de Noviembre se recordará a los que ya partieron, y la muerte ocupará un lugar en las mesas de los vivos, como una invitada de honor. Calladas o ruidosas, estas celebraciones pueden ser una manera de reencontrarnos con nuestra sombra, pero también de seguir huyendo de ella.

Hace ya algunos años, el Ciclo Anual  sigue a la semilla en su viaje de las profundidades a la superficie de la tierra y, después de la flor y el fruto, el regreso al origen. En el ciclo de la semilla este es el tiempo que se encuentra más allá de la madurez, el último tramo del camino de la superficie, la vejez. Tras la muerte vendrá la fase de la putrefacción, el desprendimiento último que permitirá una nueva germinación.
El pesar que puede causarnos la idea de la muerte, a menudo no es nada en comparación con el horror que nos supone el natural declive del cuerpo; el abrazo último del tiempo que nos devolverá a la desnudez de los huesos, y finalmente a la tierra misma, nos espanta al recordarnos nuestra fundamental vulnerabilidad. 

La Tierra nos recuerda que el tiempo que tenemos para andar sobre su superficie está contado y tarde o temprano volveremos al mismo limo del que nos levantamos. La Tierra nos recuerda también a la vejez, la enfermedad y el dolor que afectan a nuestro cuerpo físico y - aunque muy equívocamente -, con nuestra tendencia a los placeres "mundanos" y el sufrimiento asociado a nuestro apego a los mismos.

La Tierra es una gran maestra a la que demasiado a menudo se prefiere desoír, sus enseñanzas se desdeñan con frecuencia por parecer demasiado familiares o básicas, sin caer en la cuenta de que a penas conocemos la superficie del mundo que habitamos y de que poco podremos levantar sin una buena base. Nos ve correr como niños en nuestros juegos de aire, fuego y agua, sabiendo que cuando llegue el momento nos sentaremos a meditar en sus faldas y que por más que ese momento nunca llegue, agotados ya los días de nuestra vida, volveremos a su seno.

A pesar de su crucial importancia en el camino del aprendizaje, los procesos de descomposición suelen ser un punto ciego en la contemplación de los ciclos - salvo por aquellos que se detienen, fascinados, en ellos, produciendo un desequilibrio en el sentido contrario -.  La putrefacción, que no es otra cosa que un abandono y una disolución necesarios para entrar en el Inframundo e iniciar un nuevo ciclo, causa el mismo rechazo que la sombra y es, en cierta medida, la sombra misma que viene a enfrentarnos para rendirse a un bien más grande de lo que hemos encarnado hasta el momento.

Cuando la muerte ronda cerca, cuando algo en nuestro interior nos avisa de que necesitamos terminar con una situación, alejarnos de unas circunstancias, abandonar una antigua forma de vida, cuando la parte de nosotros que permanece despierta huele el final de algo, nuestras sombras se hacen presentes, más corpóreas y amenazantes que nunca, señalando el límite de nuestro viejo ser y preguntándonos, insidiosas, si seremos capaces de cruzarlo o no.  Si no estuvieran allí nuestro miedo, nuestra angustia, nuestros apegos, ¿quién temería al cambio? Y sin embargo, la sombras deben estar allí, y al menos una parte de ellas cruza con nosotros, y se reintegra como fortaleza en la siguiente etapa de nuestra vida.

Ya he escrito acerca del poco respeto que, a mi entender, se guarda a las sombras, sin embargo,  por su naturaleza a la Sombra le trae sin cuidado la clase de respeto que socialmente se le pueda ofrecer. Está ahí desde que el humano es humano, en sus sueños y pesadillas, habita las vidas de todos y cada uno, y desempeña su sagrado papel, tanto si se aprovechan las oportunidades que brinda como si no. Pienso en la sombra como en una criatura feral, un ser al que no se ha sometido - ni se puede someter- por medio de embellecimientos artificiales, una realidad a la que no se puede engañar ni disfrazar, algo que escapa del control de nuestro ego, algo con lo que este ego se golpeará una y otra vez o se tropezará una y otra vez hasta cascarse como un huevo; algo que está ahí para ser reconocido y superado.

Si algo se puede decir acerca de la sombra, es que nunca trataríamos de usarla para ganarnos la simpatía  de otros... No es un dolor de garganta, es una diarrea, no es una imagen romántica de tristeza y languidez, es la ira, la rabia, la culpa. Es la envidia insana, los celos o el deseo desesperado de poseer, el momento en el que perdemos el control, las palabras de las que sabemos que nos vamos a arrepentir escapando de nuestros labios, o aquél silencio que no rompimos y resuena en nuestra cabeza porque no nos perdonamos el haberlo consentido; la desconfianza, la maldicencia, la torpeza y la debilidad y la falta de ánimo; el dolor físico que nos golpea y ante el que nada podemos hacer... Es una imagen fea, horrible, que nos devuelve el espejo; ya sea reflejando un cuerpo que se marchita, o un ánimo envilecido con causa o sin ella. 

No es algo que usaríamos para ganar el amor de otros, porque nuestro trabajo nos cuesta superar la vergüenza que nos produce y aceptar que, sencillamente, es algo que está ahí y que podemos querernos a pesar de ello. Y sin embargo, es absolutamente necesario aprender esto. Conocer nuestras sombras, identificarlas, tratar con ellas, irlas redimiendo a medida que tenemos la posibilidad. Porque en la medida que conocemos nuestras propias sombras podemos despreocuparnos de aquellas que el resto del mundo pueda proyectar en nuestro camino.

31 de octubre de 2011

Huesos y semillas


Edvard Munch, Death and the Maiden, 1894. Fuente.


A finales de octubre el verano se ha rendido por completo, yace deshecho en montones de hojas secas que empiezan a ennegrecerse, y un viento más frío nos advierte que es tiempo de guarecernos en casa. Varias tradiciones celebran la víspera de noviembre como un punto de contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Si el Equinoccio de otoño es una festividad de agradecimiento, de celebración de la abundancia, y la despedida para quienes emprenden el viaje hacia el Inframundo.

Persiste en el aire un llamado a adentrarnos en la cueva, en la tierra, en el aspecto interno de nuestra existencia, allí dónde no llega la luz del sol pero se tejen los sueños que germinarán en la primavera. Una invitación a viajar a los confines sombríos de nuestro ser en los que todo empieza, y a recuperar parte de nuestra conciencia y poder olvidados.


Despojarse de la carne

Uno de los mitos más ilustrativos al respecto es el del descenso de la diosa Inanna al Inframundo. En esta narración Innanna debe ir despojánse de todas sus joyas y vestiduras a medida que se adentra en el mundo subterráneo, porque tales son las leyes del Inframundo. Al llegar con su temible hermana Ereshkigal ésta la condena:

Desnuda e inclinada, Inanna entró al salón del trono.
(...)La rodearon los Anunna, jueces del inframundo.
Pronunciaron sentencia en su contra.
Entonces Ereshkigal amarró el ojo de la muerte sobre Inanna
Habló contra ella su palabra de ira.
Exclamó contra ella su grito de culpa.
La golpeó.
Inanna se convirtió en cadáver,
Una pieza de carne podrida,
Y fue colgada de un gancho sobre la pared.1

El cadáver será posteriormente rescatado y rociado con las Aguas de la Vida, gracias a las cuales Inanna regresará al mundo de los vivos, pero la cuestión a señalar aquí es que esta muerte no se trata desprenderse sólo de los bienes materiales (las joyas, las vestiduras y aquellos elementos simbólicos que se les puedan asociar). La historia de este sacrificio voluntario va más allá, porque tras ser desnudada, Inanna es condenada y linchada hasta su muerte... hasta convertirse encarne podrida colgada de un gancho. La figura de una diosa, tal como estamos (mal)acostumbrados a imaginarla, es irreconocible aquí: nada queda de su poder, de su belleza, de sus funciones. El sacrificio voluntario de la divinidad podría ser una suerte de pago por descubrir lo que hay de importante en esta historia.

El precio de cruzar al otro lado es estar dispuesto a aceptar nuestra propia muerte, invitar a esa sombra oscura a nuestra casa, a nuestra mesa y a nuestro lecho. Aprender a no temerla, a ver más allá de su aspecto horrible, y considerar, por nuestro bien, sus sabios consejos. A menudo tenemos miedo de las cosas que acaban, de las despedidas, de los finales. Incluso cuando los deseamos, a menudo queda un residuo de temor por lo que vendrá a continuación.

Tenemos miedo de lo que somos, de que las cosas cambien demasiado, de sobrevivir a nosotros mismos, a nuestros viejos parámetros y formas de entender el mundo, incluso a nuestros sueños caducos. Y tenemos también miedo de dar luz a nuevos proyectos, de ver nacer nuevas esperanzas, de empezar una y mil veces. Este miedo nos impide vivir cada momento con la atención que merece, nos convierte en unos locos que huyen de la naturaleza de su propia existencia, y nos hace desgraciados. Así que, al fin y al cabo, por horrible que nos parezca, y aunque en ocasiones implique cierto grado de esfuerzo y sufrimiento, es mejor reconciliarse con la muerte y empezar a vivir en plenitud.


El alma ósea

Inanna se despoja de su carne. Existen rituales simbólicos en el mismo sentido, en los que el aspirante es maltratado, asesinado, devorado, desmembrado o descarnado con el fin de renacer como iniciado. En muchas culturas el hueso es también símbolo de lo esencial, y a partir del esqueleto se puede reconstruir la vida del animal sacrificado o incluso del héroe muerto. En pueblos cazadores del norte de Europa y Siberia se manifiesta la creencia de que la reconstrucción del esqueleto de la caza, la presa sería recuperada. 2

La osamenta es la parte más duradera del cuerpo y a menudo se ha considerado que alberga una suerte de alma propia. Esta idea, ligada a la prohibición de romprer los huesos, está presente en episodios mitológicos que nos son familiares, como aquel de la Saga de Snorri en el que el dios Thor sacrifica a los bucos que tiran de su carro, resucitándolos al día siguiente a partir de sus osamenta. El episodio formará también parte de los Milagros de San Germán de Heiric de Auxerre, en el 872, y estará presente en las declaraciones del proceso inquisitorial de Pierina, en 1390, quien afirmó que Madonna Oriente, tras el banquete de carne, recogía los huesos y los poníendolos sobre los pellejos, devolvía la vida a los animales, aunque ya no servían para trabajar. 3

En última instancia, este alma ósea es también una memoria que persiste aún cuando la vida ha partido, un último hilo de voz que, en ocasiones, se hace oír entre los vivos en numerosas historias de fantasmas y aparecidos, que reclaman una sepultura digna o la conclusión de algún asunto pendiente.


Huesos y semillas

En cierto modo, los huesos conservan una vida propia, esencial, duradera, aparentemente incorruptible, a partir de la cual se puede recrear un mundo. Tal como indica Pinkola Estés:
Los símbolos del hueso y la semilla son muy similares. Cuando se tiene el rizoma, la base, la parte original, cuando se tiene el maíz de siembra, cualquier estrago se puede arreglar, las tierras devastadas se pueden volver a sembrar, los campos se pueden dejar en barbecho, la semilla dura se puede remojar para ablandarla, para ayudarla a abrirse y germinar. 4
El paralelismo, la cercanía entre el hueso y la semilla es esencial en este momento del ciclo anual y en el contexto del viaje al Inframundo. Cuando la fruta, pasado el momento de maduración, se descompone, descubre la semilla que asegura la perpetuación de la especie. Nada se pierde en este ciclo, la putrefacción de su materia enriquece el suelo del que la nueva semilla se alimentará.

Del mismo modo uno acepta la muerte como un proceso que requiere despojarse de todo aquello que sobra en nuestras vidas y permite acceder a lo esencial, a la semilla que contiene aquello que en verdad se es, y nos enseña a alimentarlo para que pueda brotar en la superficie de nuestra vida, para que llegue a dar frutos. La muerte permite establecer límites, asignar finales y liberar con ello energías que permanecían atrapadas en un sinfín de elementos caducos que amontonamos descuidadamente en un lugar al que preferiríamos no asomarnos demasiado, porque la muerte es también un trabajo, y nunca morimos dos veces igual.

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NOTAS:

1. Canto de Inanna.Sumeria.3500 a 2000 a.C. Versión de Diane Wolkstein y Samueel Noah Krame,Traducción de Ofelia Iszaevich. Publicada en De sombras y de luces, por Lía Luna.

2. Jean Chevalier, Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Barcelona, Herder, 2003. pp.580-581

3. Claude Lecouteux, Hadas, Brujas y Hombres Lobo en la Edad Media. Palma de Mallorca, José J. de Olañeta, 1999. pp.66-68.

4.Clarissa Pinkola estés. Mujeres que corren con los lobos. Madrid, Ediciones B, Suma de letras, 2001. p.56