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14 de octubre de 2014

Bajo las aguas

Drowning Dream, por Necromantikk, 2008

"¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún..."  
El espinazo del diablo, 2001.

Llevo años escribiendo sobre el descenso al Inframundo, una experiencia que se repite con mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra búsqueda, de nuestras vidas, y según el momento adquiere una forma u otra. El Descenso es también el inicio del ciclo Bajo Tierra, implica una despedida de todo lo logrado hasta el momento, el aprendizaje del desapego, abrir las manos y dejar ir tanto lo disfrutado como lo sufrido. Idealmente, sólo lo esencial debería permanecer con nosotros, del mismo modo que la semilla deja atrás la carne del fruto, y se adentra en la tierra para resurgir en un nuevo árbol.
Pero el camino de los humanos dista mucho de ser un sendero ideal, y cada uno de los descensos nos recuerda la necesidad de excavar las capas de pieles caídas sobre las que construimos nuestro presente, a la búsqueda de los tesoros que nos queda pendiente traer a la superficie para su manifestación. Otra cosa es que hagamos más o menos caso, ya que en ese viaje hacia nuestras semillas de futuro, en lo profundo de nuestro interior, nos encontraremos también con todos los muertos que nos habitan, no siempre en paz, con los fantasmas no han logrado disolverse porque les queda una cuenta pendiente que saldar. 

Todos conocemos historias de espectros, y solemos creer que pertenecen al mundo exterior. Pero como en una vieja historia de fantasmas que aguardan en las orillas de un pantano, los remanentes de otros tiempos esperan que pasemos cerca para agarrarnos de los tobillos y exigir lo que necesitan para su redención. A veces el descenso al Inframundo no es un acto voluntario, nos pilla por sorpresa, nos arrastra contra voluntad a nuestras profundidades, que no por propias dominamos o resultan menos oscuras. Pero el tesoro sigue estando allí, esperando también a que superamos las pruebas que impone el ciclo Bajo Tierra.
A lo largo de mi propia búsqueda he aprendido mucho de los mitos y de los cuentos, que en ocasiones pueden funcionar como mapas o más bien como indicadores de qué puede pedir de nosotros el camino en un momento determinado, ya que en esencia son la memoria de muchos recorridos. Otra cosa que he aprendido es que cuando nos tomamos el sendero en serio, no existen los "compartimientos estancos". Si las cosas se hacen de forma completa llega un momento en que cada instante de nuestras vidas implica tener los pies en el sendero escogido, y todo lo que hayamos aprendido y practicado resulte una herramienta dolorosamente útil para superar una prueba que la vida nos presenta, a veces, cuando menos lo esperamos.

Existen muchos relatos acerca de espíritus que sorprenden al viajero distraído para arrastrarlo consigo al fondo de las aguas, a las profundidades donde residen los deseos y los temores más profundos de nuestro ser. Del mismo modo en ocasiones un accidente o incluso un evento trivial puede arrebatarnos de forma súbita esa ilusión de control sobre nuestras vidas a la que estamos tan acostumbrados, y hacer temblar nuestro mundo desde sus cimientos.  

Recientemente,  una conversación normal con un familiar me llevó al terreno de mis sombras de una forma tan fulminante como si se hubiera abierto una trampilla bajo mis pies. Al principio me sentí algo extraña, quise quitarle importancia e intenté no hablar de ello, pero en cuestión de horas mi mente estaba obsesionada al punto que la realidad se transformó eclipsando mi presente y haciéndome revivir la impotencia, el dolor y la rabia de un infierno pasado hace años, de forma tan violenta como si hubiera ocurrido ayer mismo. 
Lloré durante días, enfermé de males que relaciono con aquella época. Guardé todas mis fuerzas para no perder el trabajo, porque a penas podía levantarme de la cama. Fue como vivir una pesadilla de la que no podía despertar: los monstruos del pasado devoraban mi presente, amenazando con derrumbar lo que he construido en este tiempo, sin que yo pudiera hacer nada.

Desde una perspectiva racional, nada de aquello tenía sentido; objetivamente, esa etapa de mi vida está superada y mi presente, con todas sus carencias e incomodidades, es mejor que el futuro que me esperaba de no haber pasado por lo que pasé. Sin embargo, sé que en algún momento aprendí a tragarme el dolor y la ira, por justificados que fueran, para poder seguir adelante. Podemos contenerlos el tiempo necesario para que nadie salga demasiado dañado, a cambio de que luego sean liberados en un lugar "seguro". Pero en su día la necesidad me llevó a empujarlos muy al fondo, y a la hora de liberar conscientemente estas fuerzas, parecía que se habian disuelto, que ya no había nada allí.
... Hasta que algo, casualmente, removió el fondo, y las emociones que llevaban demasiado tiempo sumidas en un sueño artificial despertaron con fúria. No había nada que resolver, no había nada que entender de aquello, ningún sentido ulterior; sólo tocaba dejar ir esas emociones que habían quedado atrapada en el fondo, como un fantasma que ha perdido el camino para pasar al otro lado. Dejarlas pasar sin caer en la tentación de reengancharse. Después de llorar todo lo que había que llorar, la obsesión y el malestar se fueron atenuando por sí mismas, y por fin volví a mi vida tal como ahora es.

Hasta la fecha me ha costado explicar este tipo de experiencias, tal vez por el miedo a ser juzgada en un medio en el que cualquier cosa mala que nos pase es susceptible de etiquetarse como un "daño que alguien ha conseguido hacernos", o como un "castigo que por algo nos hemos ganado". Pero me hago mayor y creo que empieza a ser momento de advertir que este es el tipo de cosas a las que nos puede llevar el trabajo interior, a remover los fondos donde habitan nuestros propios fantasmas, en ocasiones irredentos: El que no los haya encontrado es que o no ha profundizado lo suficiente, o sigue empujándolos hacia el fondo. Y esto es en paralelo con lo que puede suceder fuera. Pero si no hubiera un aprendizaje y unas pruebas que pasar no tendría sentido estar en un camino.
Puede parecer que pasar dos o más semanas desconectada porque tu cabeza está en otro lado y tu cuerpo a penas te responde para mantener un trabajo es un "mal", y yo no negaré que es un mal trago, pero realmente me alegro de que haya sucedido de este modo, en vez de generar una enfermedad bastante más grave dentro de unos años. Del mismo modo, si no hubiera tenido cierta idea de lo que podía estar sucediendo podría haberme reenganchado a viejas emociones y confundido y la pesadilla podría haber sido mucho más larga o interminable; del mismo modo, si no hubiera tenido a las personas adecuadas a mi lado, los daños ocasionados por la situación podrían haber sido realmente preocupantes. Así que definitivamente ha sido un asco el proceso de sacarlo, pero está fuera. Comprobado que algo he aprendido, que los esfuerzos valen la pena y que tengo a mi lado a las personas adecuadas, no debo estar haciendo las cosas tan mal. Significa también que el camino se ha despejado y hay vía libre hacia la próxima parte del tesoro a manifestar ( y a compartir con las mismas personas que han demostrado ser las adecuadas). Y eso es bueno. Aunque implica seguir trabajando, por supuesto.

Para muchos de nosotros no existe tal cosa como un "...De seis a ocho meditaré/visualizaré sobre el Descenso al Inframundo, pondré una vela  y así habré cumplido con la celebración de esta festividad." Algo así puede suceder al principio del camino, algo parecido a mojarse un poco los pies antes de zambullirse en el agua. Esto no significa que todo el mundo esté en condiciones o tenga ganas de convertirse en nadador profesional, pero creo que es fácil de entender la diferencia que existe entre asistir a una exhibición de natación, y ponerse a nadar: nademos mejor o peor, con un estilo u otro, con más o menos resistencia se trata de experiencias distintas a ser un espectador externo. Creo que es importante recordarlo de vez en cuando. Nuestra formación puede facilitarnos mapas, que como decía antes, nos ayudan a entender qué puede pedir el camino de nosotros en un momento dado; pero luego hay que vivir ese camino, con todos sus monstruos, redenciones, compañeros de viaje y tesoros. 

6 de julio de 2013

La locura


Emma Hauck, Carta a su esposo, 1909

Emma Hauck, con 30 años y dos hijos - de cuatro y dos años-, fue ingresada en febrero de 1909 en el hospital psiquiátrico de la Universidad de Heidelberg (Alemania), con un diagnóstico de demencia precoz (esquizofrenia). A pesar de haber obtenido el alta, debido al deterioro de su condición volvió a ser internada pocas semanas después. En agosto del mismo año, se consideró que su rehabilitación no sería ya posible, y fue trasladada definitivamente al asilo de Wiesloch, donde murió en 1920.
Emma escribió una serie de cartas, todas dirigidas a su marido ausente. Los textos se amontonan en cada página, sobreescritos hasta volverse ilegibles. En ellos se puede leer "Cariño, ven" una y otra vez, de vez en cuando alguna frase suelta, otros sólo repiten "Ven, ven, ven". A pesar de la desesperación con la que fueron escritas, ninguna de estas cartas fue entregada a su destinatario: Se conservaron en los archivos del hospital de Heidelberg, y posteriormente pasaron a formar parte de la Colección Prinzhorn. Según los registros médicos, la paciente buscaba a través de estos escritos una conexión con su hogar, con su antigua vida; sin embargo, Emma nunca pidió un encuentro real con su esposo.

Ya dejé caer en el último post que es en los momentos más luminosos cuando hay que honrar a las sombras, propias y ajenas, recordando invitarlas al banquete de nuestros bienes presentes, y entregarles la parte que en justicia merecen; para no haber de lamentar después la irrupción súbita de su ira en nuestras celebraciones...  Las cartas de Emma son prácticamente lo único a lo que pude encontrar sentido en aquella visita al MACBA donde, dicho sea de paso, nunca me pareció que fuera el lugar donde debieran estar. Tal vez por eso algo de ellas se quedó para siempre conmigo: la obsesión desesperada de Emma se convirtió en mi imagen de la la locura como desgracia, el otro lado de la inocencia, el infierno interior.
Debido a esto, cuando las personas llaman "locas" a otras personas, o incluso a sí mismas, de vez en cuando un relámpago cruza mi mente y me recuerda lo dolorosamente imprecisas que pueden llegar a ser las palabras. Cierto es que, en este punto, la discusión podría volverse eterna, entre lo que unos dicen y lo que otros quieren interpretar, y viceversa. Personalmente he llevado siempre conmigo el recuerdo de Emma Hauk y sus cartas porque, de algún modo, siempre me pareció algo que no estaba tan lejos, que era una de esas madrigueras de conejo por las que por desgracia en ocasiones perdemos a aquellos a quienes amamos, o incluso podemos llegar a perdernos a nosotros mismos.

A veces regresa a mi mente la memoria borrosa de algo que leí hace tiempo y que venía a decir que la locura es un saco diseñado por aquellso que tienen poder  para meter aquello que, de una u otra forma, con razón o sin ella, molesta. Algo que no está tan lejos de lo que la brujería fue en otros tiempos y de vez en cuando es aún en la actualidad. Otras veces camino por la calle preguntándome por la supuesta "cordura" de aquellos que pasan a mi lado, y juego a imaginar en que proporción serán "normales" y cuánto espacio quedará en ellos para ser "otra cosa". 
Y muy a menudo pienso que demasiadas cosas no tienen más locura que aquellos prejuicios que nuestro miedo proyecta sobre ellas. Porque lo cierto es que el sufrimiento que imagino en las cartas de Emma Hauck me parece mucho más cercano al de aquellos que se afanan en llevar una "vida normal" (siguiendo en la medida de lo posible los modelos establecidos, con esas excepciones toleradas que son la confirmación de toda regla),  que al precio que otras personas pagan por respetar el trazo natural de sus pasos por esta vida.