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14 de octubre de 2014

Bajo las aguas

Drowning Dream, por Necromantikk, 2008

"¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor quizás, algo muerto que parece por momentos vivo aún..."  
El espinazo del diablo, 2001.

Llevo años escribiendo sobre el descenso al Inframundo, una experiencia que se repite con mayor o menor intensidad a lo largo de nuestra búsqueda, de nuestras vidas, y según el momento adquiere una forma u otra. El Descenso es también el inicio del ciclo Bajo Tierra, implica una despedida de todo lo logrado hasta el momento, el aprendizaje del desapego, abrir las manos y dejar ir tanto lo disfrutado como lo sufrido. Idealmente, sólo lo esencial debería permanecer con nosotros, del mismo modo que la semilla deja atrás la carne del fruto, y se adentra en la tierra para resurgir en un nuevo árbol.
Pero el camino de los humanos dista mucho de ser un sendero ideal, y cada uno de los descensos nos recuerda la necesidad de excavar las capas de pieles caídas sobre las que construimos nuestro presente, a la búsqueda de los tesoros que nos queda pendiente traer a la superficie para su manifestación. Otra cosa es que hagamos más o menos caso, ya que en ese viaje hacia nuestras semillas de futuro, en lo profundo de nuestro interior, nos encontraremos también con todos los muertos que nos habitan, no siempre en paz, con los fantasmas no han logrado disolverse porque les queda una cuenta pendiente que saldar. 

Todos conocemos historias de espectros, y solemos creer que pertenecen al mundo exterior. Pero como en una vieja historia de fantasmas que aguardan en las orillas de un pantano, los remanentes de otros tiempos esperan que pasemos cerca para agarrarnos de los tobillos y exigir lo que necesitan para su redención. A veces el descenso al Inframundo no es un acto voluntario, nos pilla por sorpresa, nos arrastra contra voluntad a nuestras profundidades, que no por propias dominamos o resultan menos oscuras. Pero el tesoro sigue estando allí, esperando también a que superamos las pruebas que impone el ciclo Bajo Tierra.
A lo largo de mi propia búsqueda he aprendido mucho de los mitos y de los cuentos, que en ocasiones pueden funcionar como mapas o más bien como indicadores de qué puede pedir de nosotros el camino en un momento determinado, ya que en esencia son la memoria de muchos recorridos. Otra cosa que he aprendido es que cuando nos tomamos el sendero en serio, no existen los "compartimientos estancos". Si las cosas se hacen de forma completa llega un momento en que cada instante de nuestras vidas implica tener los pies en el sendero escogido, y todo lo que hayamos aprendido y practicado resulte una herramienta dolorosamente útil para superar una prueba que la vida nos presenta, a veces, cuando menos lo esperamos.

Existen muchos relatos acerca de espíritus que sorprenden al viajero distraído para arrastrarlo consigo al fondo de las aguas, a las profundidades donde residen los deseos y los temores más profundos de nuestro ser. Del mismo modo en ocasiones un accidente o incluso un evento trivial puede arrebatarnos de forma súbita esa ilusión de control sobre nuestras vidas a la que estamos tan acostumbrados, y hacer temblar nuestro mundo desde sus cimientos.  

Recientemente,  una conversación normal con un familiar me llevó al terreno de mis sombras de una forma tan fulminante como si se hubiera abierto una trampilla bajo mis pies. Al principio me sentí algo extraña, quise quitarle importancia e intenté no hablar de ello, pero en cuestión de horas mi mente estaba obsesionada al punto que la realidad se transformó eclipsando mi presente y haciéndome revivir la impotencia, el dolor y la rabia de un infierno pasado hace años, de forma tan violenta como si hubiera ocurrido ayer mismo. 
Lloré durante días, enfermé de males que relaciono con aquella época. Guardé todas mis fuerzas para no perder el trabajo, porque a penas podía levantarme de la cama. Fue como vivir una pesadilla de la que no podía despertar: los monstruos del pasado devoraban mi presente, amenazando con derrumbar lo que he construido en este tiempo, sin que yo pudiera hacer nada.

Desde una perspectiva racional, nada de aquello tenía sentido; objetivamente, esa etapa de mi vida está superada y mi presente, con todas sus carencias e incomodidades, es mejor que el futuro que me esperaba de no haber pasado por lo que pasé. Sin embargo, sé que en algún momento aprendí a tragarme el dolor y la ira, por justificados que fueran, para poder seguir adelante. Podemos contenerlos el tiempo necesario para que nadie salga demasiado dañado, a cambio de que luego sean liberados en un lugar "seguro". Pero en su día la necesidad me llevó a empujarlos muy al fondo, y a la hora de liberar conscientemente estas fuerzas, parecía que se habian disuelto, que ya no había nada allí.
... Hasta que algo, casualmente, removió el fondo, y las emociones que llevaban demasiado tiempo sumidas en un sueño artificial despertaron con fúria. No había nada que resolver, no había nada que entender de aquello, ningún sentido ulterior; sólo tocaba dejar ir esas emociones que habían quedado atrapada en el fondo, como un fantasma que ha perdido el camino para pasar al otro lado. Dejarlas pasar sin caer en la tentación de reengancharse. Después de llorar todo lo que había que llorar, la obsesión y el malestar se fueron atenuando por sí mismas, y por fin volví a mi vida tal como ahora es.

Hasta la fecha me ha costado explicar este tipo de experiencias, tal vez por el miedo a ser juzgada en un medio en el que cualquier cosa mala que nos pase es susceptible de etiquetarse como un "daño que alguien ha conseguido hacernos", o como un "castigo que por algo nos hemos ganado". Pero me hago mayor y creo que empieza a ser momento de advertir que este es el tipo de cosas a las que nos puede llevar el trabajo interior, a remover los fondos donde habitan nuestros propios fantasmas, en ocasiones irredentos: El que no los haya encontrado es que o no ha profundizado lo suficiente, o sigue empujándolos hacia el fondo. Y esto es en paralelo con lo que puede suceder fuera. Pero si no hubiera un aprendizaje y unas pruebas que pasar no tendría sentido estar en un camino.
Puede parecer que pasar dos o más semanas desconectada porque tu cabeza está en otro lado y tu cuerpo a penas te responde para mantener un trabajo es un "mal", y yo no negaré que es un mal trago, pero realmente me alegro de que haya sucedido de este modo, en vez de generar una enfermedad bastante más grave dentro de unos años. Del mismo modo, si no hubiera tenido cierta idea de lo que podía estar sucediendo podría haberme reenganchado a viejas emociones y confundido y la pesadilla podría haber sido mucho más larga o interminable; del mismo modo, si no hubiera tenido a las personas adecuadas a mi lado, los daños ocasionados por la situación podrían haber sido realmente preocupantes. Así que definitivamente ha sido un asco el proceso de sacarlo, pero está fuera. Comprobado que algo he aprendido, que los esfuerzos valen la pena y que tengo a mi lado a las personas adecuadas, no debo estar haciendo las cosas tan mal. Significa también que el camino se ha despejado y hay vía libre hacia la próxima parte del tesoro a manifestar ( y a compartir con las mismas personas que han demostrado ser las adecuadas). Y eso es bueno. Aunque implica seguir trabajando, por supuesto.

Para muchos de nosotros no existe tal cosa como un "...De seis a ocho meditaré/visualizaré sobre el Descenso al Inframundo, pondré una vela  y así habré cumplido con la celebración de esta festividad." Algo así puede suceder al principio del camino, algo parecido a mojarse un poco los pies antes de zambullirse en el agua. Esto no significa que todo el mundo esté en condiciones o tenga ganas de convertirse en nadador profesional, pero creo que es fácil de entender la diferencia que existe entre asistir a una exhibición de natación, y ponerse a nadar: nademos mejor o peor, con un estilo u otro, con más o menos resistencia se trata de experiencias distintas a ser un espectador externo. Creo que es importante recordarlo de vez en cuando. Nuestra formación puede facilitarnos mapas, que como decía antes, nos ayudan a entender qué puede pedir el camino de nosotros en un momento dado; pero luego hay que vivir ese camino, con todos sus monstruos, redenciones, compañeros de viaje y tesoros. 

14 de septiembre de 2014

Cerremos, si es necesario, las puertas


Christopher Williams, Cerridwen, 1910
Más Vida

Es bueno saber permanecer cuando todo incita
a desistir.
Cerremos, si es necesario, las puertas
y convirtamos la casa en un reducto
donde cada cosa, poco a poco, retome
dimensiones comprensibles y amigas.

Nada nos limita salvo el rechazo
de este espacio. En la incertidumbre granan
voces y más voces y a lo lejos el mar propone
el impulso del viento y la luz de las rutas.

Siempre el poniente convoca fuegos y auroras.

Saber permanecer, he aquí la consigna,
y preservar cadaquién el pequeñísimo
terreno en que proclama, altivo, más vida.

L'àmbit de tots els àmbits (1980)
Hace algunos años cierta violinista comentó en una reunión: "Entre los nuestros no podemos cultivar amistades demasiado comprometidas, porque hay que competir siempre y a toda costa; Pero tampoco podemos enemistarnos con nadie, porque nunca sabemos cuándo lo vamos a necesitar". Estas frases se me quedaron grabadas porque describen muy bien una actitud que logra que me nazca una urgencia terrible por salir de un lugar, o logra disipar cualquier intención o curiosidad que pudiera tener de entrar en él. Es cierto que no soy una persona extrovertida, ni demasiado ducha en las transacciones sociales, sin embargo, los vínculos forjados con mis compañeros de búsqueda - así sea por haber recorrido juntos sólo un tramo del camino -, permanecen a pesar del tiempo y la distancia. Hay muchas personas realmente importantes para mi, por las que siento un respeto, admiración y estima que no habrían podido darse en una relación menos sincera o entregada. Estas relaciones son también pruebas del camino, y frutos de un trabajo  y un aprendizaje sobre nosotros mismos, y sobre los demás.
Desde mi infancia he recorrido caminos de cabras, asomándome a la carretera de vez en cuando y volviendo siempre, tarde o temprano a los senderos menos transitados. Pero el mío es un camino que amo, una búsqueda a la que también me he entregado. Me he entregado a mí, con todo lo que tenía en ese momento, y por cada pago he recibido muchas veces más de lo que hubiera sido sensato pedir. Soy consciente de lo mucho que siempre queda por aprender, para lo que una sola vida o un puñado de ellas no bastarían; sin embargo veo demasiado a menudo personas que se llaman a sí mismos "buscadores", que dan dos pasos y se acomodan a la vera del camino, y van montando su particular tingladillo hasta invadir la carretera, tapando con las telas de sus tiendas ese horizonte que otros siempre seguiremos como enamorados.
Son unos cuantos años y muchos tropiezos en el camino, reconozco las trampas de lejos. Sin embargo, me gusta decir a otros que no les falta capacidad, sino ganas de trabajar; que esa urgencia por tener los frutos en sus cestos antes de estar maduros es una manera pésima de presentarse en los caminos y, a menudo, algo poco honesto para uno mismo y para los demás. No sirvo para advertir a alguien que está comiendo un fruto demasiado verde como para que no le sea indigesto, o que esa artesanía que le ha costado un ojo de la cara es una chapuza, o ese ungüento es un timo... De hecho, creo que algunos buscan precisamente ese timo o esa chapuza para entretenere y no enfrentar cosas mayores; y que de no ser así tal vez una indigestión o una desilusión a tiempo es justo lo que otros necesitan para salvarse de un mal mayor... Pero al mismo tiempo creo que ésa no es la mejor manera de aprender y me doy cuenta de que necesito algo más, algo que va más allá de esto. Puedo pasar por la feria un par de días al año y "socializar", pero mi lugar debe estar en otro sitio. En un sitio donde no haya necesidad de finjir afectos por miedo a perder intereses, para empezar.

Hoy ha sido un día en el que, tras muchas dudas, se han cerrado puertas. Yo las he cerrado, para poder abrir otras, y de paso he aprendido una vieja lección. Por más que no tenga nombre, este Camino que piso y los que considero mis compañeros en él merecen sólo lo mejor que pueda dar. 


23 de agosto de 2014

El dios vencido

Gleaning, Arthur Huges (1832-1915)


"Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones. Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo."
La savia de los almendros. Crónica de la primavera.

Hay algo en los campos cuando, al caer la tarde, salgo a pasear por los caminos de tierra que los rodean. Vemos al trigo crecer verde y tornarse dorado, caer bajo la hoz y convertirse en montones de paja amontonados en los mismos campos en los que  meses atrás germinó la semilla de la que procedía. Es el dios vencido - por sí mismo -, el grano sacrificado convertido en símbolo de todo aquello que muere para que el resto de criaturas se alimenten, que nos recuerda que un día también nosotros entregaremos nuestro último aliento para volver a la tierra. En los márgenes de los campos un viento fresco agita sombras entre las cañas, y en el cielo nubes grises anuncian anticipadamente el tránsito a la época oscura del año. El guardián del umbral espera, aún cuando no se manifieste.

Hay matices en el desarrollo de nuestra práctica mágica/espiritual que no aparecen en los manuales, del mismo modo que ningún tratado genérico hablaría de las relaciones concretas que tenemos con nuestro círculo cercano. En muchas ocasiones sería más conveniente dejar de lado las explicaciones dadas y abrirse a la experiencia directa. Y cuando hablo de las "explicaciones dadas" no me refiero sólo a las que recibimos, sino también a las que por alguna extraña razón nos vemos impelidos a dar.  

Este año me he encontrando explorando el ciclo sobre-tierra y ha sido algo agotador, seguramente por primeriza, y por no tener detrás el entrenamiento más adecuado (y no me refiero a que no tenga el conocimiento necesario, sino a ciertas lagunas de disciplina...). Si estuviera en un tablero de la oca, hace días que habría pisado la casilla de la muerte, para empezar el viaje desde cero. Pero si lo que llega ahora es la cosecha, es lo que tiene sentido e incluso prefiero que sea así, ha habido muchas cosas en este recorrido y quisiera vivirlas plenamente antes de pasar a otro orden de cosas.

En estas fechas muchos paganos celebran la abundancia de la cosecha como resultado de sus esfuerzos, y también como una muestra de generosidad de la naturaleza. Pero de unos años a esta parte prevalece para mí en este momento la noción del sacrificio y de la entrega, más allá de la analogía en el reino natural, en relación con la necesidad de desapego. Es posible que al tener la atención en la parte del ciclo que transcurre Sobre-Tierra estos conceptos resuenen aún con más fuerza. En el momento de la cosecha el grano se sacrifica en su momento óptimo, da lo mejor de sí. Podría seguir vivo, pero entonces simplemente se iría marchitando y acabaría cayendo de todos modos, pero su descomposición sólo alimentaría a la tierra. 

En el ciclo del héroe, el joven acumula méritos hasta convertirse en héroe y en no pocas ocasiones su gesta consiste en desplazar a un antiguo rey que ha olvidado que su función es servir al pueblo, y se aferra al poder, corrompiéndolo. Una vez el héroe deviene rey deberá evitar acabar convirtiéndose en el mismo mal que un día llegó a combatir; y la única manera de hacerlo es recordar a quien sirve, y aprender a dejar ir. Después de entregar todo lo que tiene, como el alma descarnada, puede adentrarse en la segunda parte de la historia, la que discurre por los reinos internos, Bajo Tierra.

Escribió C.G: Jung, a raíz de este punto de inflexión existencial: "El Sol contrae los rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo". Jung, en 1930, se refería con esto a la segunda etapa de la vida adulta. Sin embargo, del mismo modo que aunque consideremos la primavera  análoga a la juventud y el invierno a la vejez, las estaciones se van sucediendo a lo largo de nuestros años, también las diferentes etapas del ciclo se suceden varias veces a lo largo de las vidas de cada individuo. Simplemente, destilamos más o menos aprendizaje de ellas en función de nuestra madurez y atención al fenómeno (que es lo mismo que decir que para muchos pasan tan inadvertidas como las estaciones).

El dios que se vence a sí mismo (que vence su apego y se entrega a la transformación) es recibido por el bosque, por las sombras que se alargaran cada día que pase. El dios de la época oscura del año no es sólo el devorador, sino el sabio que domina aquellos aspectos desconocidos para el que sólo ha desarrollado su ser en las etapas externas del camino, a través del aprendizaje efectuado en el encuentro. La experiencia del rey que ha muerto pasará así a formar parte del aprendizaje acumulado por las generaciones de reyes, alimentará el legado de su función y será la herencia que esperará al próximo joven que comprenda y asuma el destino siempre transitorio del monarca.

Hablaba párrafos arriba de cómo a menudo nos complicamos la vida o nos desgastamos por tratar de dar explicaciones innecesarias. El lenguaje de la parte del ciclo que se desarrolla Sobre Tierra es, antes que cualquier otra cosa, el de la acción. El rey no explica, actúa; no intenta convencer, sino que muestra con el ejemplo la posibilidad que ha escogido encarnar. En el ciclo del héroe el rey es esencialmente un servidor, y el poder que ejerce en un territorio, un préstamo. Del mismo modo, nosotros tenemos un cuerpo y una personalidad que habrán de desintegrarse al final de nuestros días. 

A  escala menor, cada uno de nosotros asume roles o posiciones que en un momento dado, ya sea con violencia o con naturalidad, deberá dejar atrás. Cada vez que nos encontramos con una de estas situaciones conviene preguntarnos a qué servimos (porqué empezamos a caminar, cuál es el objeto de nuestra búsqueda, en qué creemos, cuáles son nuestros ideales...) y actuar en consecuencia, dejando ir y entregándonos  sin reticencias a la transformación.

Puede que, como decía más arriba, la secuencia nos deje la sensación de haber pisado la casilla de la muerte para volver al principio, puede que implique un pequeño o gran sacrificio, pero el camino tiene sus propios métodos para corregir nuestro rumbo en caso de que nos hayamos alejado demasiado de la senda que en justicia nos pertenece recorrer; y al final siempre podemos agradecer la oportunidad de volver a empezar, apreciando mejor cada uno de nuestros pasos.
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf

5 de junio de 2014

Toda semilla tiene un tiempo...

Persephone, Kris Waldherr, sf

Las últimas semanas han sido de aquellas en las que cada día te dices "ya queda menos", a pesar de no saber ni "cuánto queda" en realidad, ni en qué condiciones estarás cuando acabe. Uno de esos momentos en los que puedes ver claramente el sol iluminando el valle de enfrente, pero sobre tu cabeza pasan, muy, pero muy lentas las nubes de tormenta. 
En el pasado, me entrenaron para fingir que no existían las malas épocas, lo cual me parece un gran error. Puedo conceder que, a la luz de algunas consideraciones de la fe o la razón, las malas épocas no existan; sin embargo fingir es un ejercicio que siempre hace más mal que bien, y en este caso simplemente indicaría no entender nada. Así que hablo de malas épocas, y todos sabemos de lo que hablo. Estamos prácticamente a las puertas del verano, y esto permanecer en retiro parece dejarnos fuera de lugar: "No es lo que toca...pero es lo que hay". 

Y lo que hay, es lo que debe ser. No porque nos conformemos, sino porque además de los cambios estacionales, cada uno de nosotros posee ritmos y ciclos propios que también es nuestra tarea conocer, compreder y aprender a respetar. Es la parte del conocimiento que el Mundo no nos puede dar, porque reside en nosotros mismos, sólo falta aprender a escuchar. Y así, mientras no hacía nada de lo que quería hacer porque otras obligaciones me lo impedían, como una ficha aparentemente apartada del tablero, resulta que algunas piezas sueltas que tenía en la cabeza se han ido poniendo en su lugar, lo cual será de lo mejor que me lleve - a pesar de todo- de este momento de mi vida. 
Otra cosa que ha sucedido en estas semanas me han llegado respuestas, a preguntas que hice  hace años. Sé que eran buenas preguntas porque no ha importado cuánto tardara en llegar la respuesta, aún después tantos años tenía sentido saber aquello. Como buscadora por naturaleza (acerca de los roles arquetípicos escribiremos otro día), es comprensible que gran parte de mis "siembras" hayan sido preguntas, o simplemente cosas que quiero saber. Otras personas sembrarán el deseo de una pareja, de una habilidad determinada, de una estabilidad material, etc.

Aunque todos tenemos una lista casi interminable de cosas que creemos que deberíamos "tener", si hacemos un análisis más profundo del asunto nos daremos cuenta de que en realidad ya tenemos aquello que es más importante para nosotros. No sólo en en ámbito mágico, sino desde cada aspecto de nuestras vidas, incluido por supuesto el inconsciente, imponemos nuestras prioridades a la hora de hacer las elecciones que trazarán nuestro camino en la vida. A partir de aquí podemos deducir dos cosas, la primera, que siempre será más fácil atraer algo que tenga sentido para nosotros, y la segunda, lo importante que es a nivel práctico trabajar sin máscaras, conscientes de las ideas que albergamos y las emociones que nos mueven. Y esto es, en gran medida a lo que nos referimos a la hora de hablar de los "procesos bajo tierra". Cada semilla tiene su tiempo, que escapa de nuestro control; sólo podemos decidir qué sembramos a cada momento, sin saber nunca cuando o en qué condiciones recibiremos sus frutos.

Decía al principio del post que tratar de fingir es siempre una mala idea, porque tarde o temprano aquello que tenemos por dentro, ya sea bueno o malo, admirable o execrable, acaba saliendo a la luz. Puede que lo haga en forma de reconocimientos externos, o simplemente a través de felicidad; y a la inversa, también puede que no sea denunciado o castigado, pero se manifestará en forma de una vida desgraciada.  Y al escribir estas cosas no me refiero a lo que puede ser un acierto aislado, un golpe de suerte o una equivocación de las que todos hemos comentido alguna vez (nadie es perfecto); sino a sentimientos e ideas largamente acunados, fomentados bien por haber sido cuidados con esmero, o por haberse dejado proliferar por negligencia.  
La paciencia es una de esas virtudes que se me escapan,  pero si en algo me han servido estas semanas de "mala racha" es para darme cuenta de que todo llega, y, si es importante para nosotros, nunca es demasiado tarde para darle la bienvenida. Una y otra vez nos encontramos con los frutos de las emociones, las ideas, los esfuerzos que sembramos en algún momento de nuestra vida, ya sea cercano o lejano. Por lo tanto, si actuamos conforme a nuestros principios, poco habrá que temer del futuro. Lo que tenga que salir a la luz, de nosotros, o de los demás, ya saldrá... No puede ser de otro modo.

23 de diciembre de 2013

Un fuego para las noches largas


Este es todo el fuego que necesito para la noche más larga, y para todas las noches largas que habrán de llegar.  Aquí está todo el calor, toda la luz que requiero para volver a poner en marcha un Universo cuando el que ahora habito se apague, y desfallezca, y se rompa como un cascarón o se desprenda como una vieja piel, y abra paso a lo nuevo... Lo nuevo que siempre llega, una y otra vez, del mismo modo que las olas alcanzan la playa.

Este fuego contiene todo cuanto necesito; es una semilla sembrada en el Reino Bajo Tierra, cobijada por el manto denso de lo oculto, nutrida por los restos de lo que un día fue y ya no será más.

Volverán las primaveras, los veranos, los otoños, y los mismos inviernos a desfilar, majestuosos, por bosques y campos, con trajes bordados de dorado calor o plateado frío, con coronas de flores pálidas, de hojas verdes o rojizas, con cetros de ramas ornadas de rocío o escarcha... Pero bajo su paso regio esta humilde llama - nacida de lo imprevisto, pero hija de un fuego más antiguo que las propias estaciones-, permanecerá dando aliento y latido desde la profundidad insondable de la que emerge, como de una fuente inagotable, la confianza capaz de mirar al miedo a los ojos y desterrarlo con una sonrisa. 

17 de diciembre de 2013

Llegando al corazón del Invierno



Echaba de menos volver al camino de cabras... Algo desvencijado por la larga ausencia, sigue siendo un lugar en el que puedo recuperar la paz. Llego después de una gripe intensa, que ha conseguido obligarme a guardar cama, y de paso a hacer también una buena limpieza mental y emocional.

Aunque para mí los años empiezan en Septiembre, hace semanas que recuerdo que hace a penas doce meses me preparaba para mi regreso a Barcelona con el ánimo del exiliado que, en un abrir y cerrar de ojos, se sabe condenado a perder todo; todo lo que ha levantado con su esfuerzo, todo lo que ha configurado su mundo, y todo lo que había amado. Acostumbro a suavizar las patadas que me da la vida, pero creo que los que me acompañaron en aquellos tristes días pudieron ver mi alma hecha jirones... Y sin embargo, debo decir que gracias a ellos, gracias a su amabilidad y su aliento; aquellas últimas semanas en México defendieron, orgullosos, una belleza propia, innegable, y brillaron por encima de la tristeza con una luz que no esperaba y que nunca olvidaré. Así que gracias otra vez, espero de corazón que volvamos a vernos algún día. Y, por supuesto, allí donde yo esté, estará su casa.

Al llegar a mi Barcelona natal, todo se me hacía extraño, frío, hostil... Principalmente mi cabeza. Estuve enferma, empapada hasta los huesos de ese tipo de malestar que dejan las grandes decepciones, los momentos en los que por mucho que te muevas no llegas a ningún sitio, y aunque te quedes quieto tampoco hay descanso posible. Ves como la gente va y viene a tu alrededor, y se alegran de tu regreso; pero estás tan frío por dentro, que a penas llegan los ecos de aquel calor y respondes mecánicamente, como desde un trance lejano. Te gustaría desaparecer para siempre, pero no es posible, así que te quedas y esperas a ver qué pasa... A ver si pasa algo mínimamente interesante. Lo he escrito en alguna ocasión; nunca se valora lo suficiente la curiosidad. A veces mata al gato, sí, y a veces esta es la única manera de que el gato en cuestión descubra las vidas que le quedan por vivir.

La luz  fue ganando terreno a medida que pasan los meses, la naturaleza reverdeciendo, y como en el poema de Ana Rossetti, una cree que el corazón a muerto despedazado, hasta que un día se lo encuentra de nuevo dando lecciones desde su inmortal sabiduría. Y poco a poco reconocemos a nuestros amigos de siempre, y entran personas nuevas en nuestra vida, y casi sin sospecharlo, acabamos por descubir que se han ganado un lugar propio en ella... A pesar de los recelos iniciales, creamos nuevas relaciones y nos entregamos a la labor de cuidarlas con toda nuestra pericia, y todas esas torpezas que está en nuestra mano ir limando. Así que gracias, de corazón, a los que siempre habéis estado ahí, y a todos los que habéis ido llegando, en estos meses, a mi vida... Con mención honorífica a la Confabulación Pagana, por supuesto. Entre unos y otros habéis conseguido que este sea, de hecho y contra todo pronóstico, uno de los mejores años de mi vida.


***

Un año en el que hemos vivido muchas cosas,  sobre las que iré escribiendo en futuros posts, pero sobretodo, un año en el que los mensajes han llegado muy claros, aunque me ha costado entenderlos, sencillamente porque no estaba ni mental ni emocionalmente preparada. Y aquí viene el meollo del asunto, de acordarme de cómo empezó el año y de lo difícil que ha sido en algunos aspectos. Necesitaba que mi alma se hiciera pedazos, que mis estructuras se vinieran abajo, que mi lista obsesiva de cosas que yo creía que tenían que cumplirse "sí o sí", obtuviera por respuesta una y otra vez un severísimo "No, de ninguna manera", hasta lograr que me diera por vencida y empezara a contemplar otras opciones.
O, mejor dicho, hasta que viendo el fracaso absoluto de los modelos en los que he sido de una u otra manera educada (convertidos después en autoimposiciones), me diera por una vez la oportunidad de probar un modelo propio de funcionamiento existencial.

Supongo que para algunas personas debe ser algo tan sencillo que a penas merece ser mencionado... Pero para mí ha sido realmente muy difícil apartar los montones de consejos "bienintencionados pero inútiles a la práctica" que siempre han entorpecido mis pasos, ensombreciendo de culpa la necesidad de trazar un camino propio. Y al fin decir que no pienso dar un sólo paso más dando la espalda a aquello en lo que creo, ni gastaré mis energías en cosas a las que no logre ver un sentido; aunque este modo de proceder, como ironizan algunos, me lleve a vivir debajo de un puente. 
No se trata de terquedad; terquedad es intentar ajustarnos por todos los medios posibles, incluyendo los que nos  desgastan o nos dañan, a una idea de nosotros (o de nuestra vida) que no nos corresponde, sólo porque desde fuera nos dicen (y nosotros aceptamos) que debemos ser así. Esto es más o menos lo que he hecho toda mi vida, si no en todos, sí en muchos aspectos de mi vida; y está claro que no ha funcionado demasiado bien.

Hace años que sé perfectamente lo que quisiera para mí; y principalmente tiene que ver con la manera de relacionarme conmigo misma, con los demás y con el mundo que habito, así como con la manera de actuar y reaccionar ante las situaciones que la vida me ponga por delante, buenas o malas. Una de las cosas que se han esclarecido para mí en estos meses es un esquema del que hace ya un montón de años hablaba Wayne Dyer [...Por cierto que un día de estos voy a escribir a favor de la New Age hasta quedarme a gusto, porque, lo adelanto ya, para mí está claro que hay mucho más que aprender de la New Age original, que de las publicaciones que hacen un refrito de lo mismo y le pasan después el filtro "Instagram" de la tendencia esotérica/pagana/brujeril de moda], según el cual, mientras nos preparamos para vivir una vida mágica/espiritual plena, pasamos por tres fases: una en la que la prioridad es tener, otra en la que nuestro motor es el hacer, y por fin una en la que valoramos el ser por encima de las dos opciones anteriores.

Supongo que nuevamente es una de esas cosas que depende de la educación que hemos recibido/aceptado. Por mi parte el tener o no tener cosas, creo que no me ha afectado demasiado (por aquí somos más bien de no tener). Sin embargo, tal vez como reacción a los modelos excesivamente pasivos que me rodeaban, gasté gran parte de mi juventud en entornos en los que se fomentaba la idea de que "cuanto más haces, más vales", hasta caer en la trampa de un sistema en el que se aprovecha la capacidad y las ganas de hacer cosas de las personas como si éstas no fueran más que combustible, y cuando las mismas personas que han dado su trabajo se agotan o se queman, se las desecha como envoltorios inservibles. La parte buena de este entrenamiento desquiciado es que no hay la pasividad heredada, por enraizada que esté, que lo resista (ahora literalmente soy capaz de "hacer cosas" incluso cuando parece que no hago nada); lo malo es que la acción sin conciencia puede anclarnos en la letargia más absoluta, tanto o más que la ociosidad.

Si nos valoramos en función de las cosas que hacemos; el día que hagamos menos, creeremos que valemos menos, y el día que no podamos hacer nada, además de la impotencia nos encontraremos con que nuestra autoestima puede desvanecerse de la noche a la mañana. Esto no significa que sea fácil cambiar de paradigma... A mi me está costando horrores. Así que llegando al corazón del Invierno, ya instalada en mi tierra junto al mar, rodeada de personas a las que quiero y con un montón de proyectos de todo tipo en el regazo, puedo decir que cada uno de los "NO" que he recibido en estos meses ha sido una auténtica bendición que me ha llevado por el único camino que realmente tiene sentido para mí, e incluso he podido ver los primeros frutos de mi nuevo proceder, tan pequeños como las primeras uvas de una vid, que parecen de juguete, pero nos prometen que crecerán con nuestro cuidado y dedicación. 

La ventaja de moverse desde el ser es que aquello que eres se expresa a través de cualquiera de tus acciones; trabajes en lo que trabajes, escribas acerca de lo que escribas; hablando con otros, comprando, saliendo a caminar, viendo una película, jugando con el gato... Implica estar conectado en todo momento con aquello en lo que crees, y con aquello que eres. La dificultad radica no sólo en lo poco que nos cuesta "desconectarnos", sino en lo mucho que nos cuesta creer en cosas realmente positivas para nosotros y los demás. En el entorno pagano es más curioso si cabe, pues puedes encontrar a personas capaces de sacarse una tradición ancestral de la manga elaborada a partir de sus propias filias y fobias, o a individuos capaces de creer que los dioses se preocupan personalmente de cómo les va un examen, una entrevista de trabajo, una discusión con los vecinos;  pero con una visión completamente escéptica acerca de las posibilidades de transformación (a mejor) de una persona común y corriente.

Poniendo las cartas sobre la mesa; yo creo en las posibilidades de las personas, mucho más que en la intervención particular de una divinidad. Creo que la verdadera magia (y la verdadera espiritualidad), no es otra cosa que la capacidad de transformación del ser humano aplicada a uno mismo. Creo que los dioses tienen propios sus ámbitos de acción, y que no están para sustituir a la humanidad en las labores que le son propias. Estoy segura de que no soy menos pagana por ello, y sospecho que si nos hacemos los locos respecto a nuestra capacidad para transformar nuestro universo, empezando obviamente por nosotros mismos, es porque como bien nos ha enseñado la mitología moderna: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
Vivimos en una sociedad que ha roto los vínculos entre su corazón, su cabeza y sus manos; y por tanto se ha acostumbrado a usar la imaginación como forma de evasión, en vez de aprovecharla para encontrar soluciones a los problemas que encuentra por el camino. Vivimos en una sociedad que permite la fabricación de semillas estériles, ¿tan ilógico es pensar que pretendan hacer lo mismo las semillas de nuestra mente, nuestras ideas, arrebatarles su capacidad generadora, condenarlas a la esterilidad? 

Estoy convencida de que la única de compensar -al menos parte- esta inercia en la que nos vamos hundiendo cada vez más, es demostrando con el ejemplo que en cada ámbito de nuestra vida se pueden hacer las cosas de otras maneras; no sólo acordes con nuestros principios, sino incluso más efectivas y satisfactorias. Y pienso comprometerme con esta convicción, apostar por ella hasta sus últimas consecuencias. Pero de todas las elecciones que he tenido que hacer en mi vida esta es, con toda seguridad la más significativa, porque implica realmente un salto al vacío: Si me caigo, no sé que haré con mi vida; pero lo cierto es que si sobrevivo, tampoco... Todo a partir de este punto es nuevo para mí. Lo único que tengo claro es que nací para esta aventura, y que gracias a los dioses [gracias sobretodo a esa Eris Postpagana capaz de remover cielo y tierra para sacar del embrollo creado una posibilidad insospechada, y enseñarla con una enorme sonrisa de triunfo al mundo], por fin cuento con los compañeros de viaje adecuados para salir en búsqueda de nuestro particular tesoro, y que no necesito nada más para ser feliz. Así que gracias a todos, y en especial al Witchdoctor que me ayuda a lidiar con las sombras que de vez en cuando tratan de tomar el control (además, por supuesto, de ser el rey de los festejos en cada celebración).


15 de octubre de 2013

La Prueba, Antonio Colinas



El Bosque, Ilustración para la Divina Comedia de Dante, por Gustave Doré


 LA PRUEBA
 
Mira: a punto estás de penetrar en el bosque.
Vas a dejar la casa blanca de la cima,
tan plácida, tan llena de música y sosiego,
y ahí te espera el bosque impenetrable.

Irremediablemente deberás cruzarlo:
el bosque que desciende por ladera escabrosa,
el bosque en que no hay nadie
y el bosque en el que puede haber de todo,
el bosque de humedades venenosas,
morada de lo negro
y de una luz que enturbia la mirada.
Entra en él con cuidado y sal sin prisas,
mas nunca se te ocurra abandonar la senda
que desciende y desciende y desciende.
Mira mucha hacia arriba y no te olvides
de que este tiempo nuestro va pasando
como la hoz por el trigo.
Allá arriba, en las ramas,
no hay luces que te cieguen si es de día.
Y si fuese de noche,
la negrura más honda la sierran faros ciertos.
Todo lo que está arriba guía siempre.

Mira, te espera el bosque impenetrable.
Recuerda que la senda que lo cruza
—la senda como río que te lleva—
debe ser dulce cauce y no boa untuosa
que repta y extravía en la maraña.
Que te guíe la música que dejas
—la música que es número y medida—
y que más alta música te saque
al fin, tras dura prueba a mar de luz.


                                                   Antonio Colinas


PD.  Unos versos que hace ya algunos, por estas fechas, años conocí de la mano de Verónica Cabrera  :)

25 de septiembre de 2013

No hay una fórmula única



En más de una ocasión, escuchando una advertencia o un consejo, he tenido la sensación de que me hablaban cómo si en mi vida hubiera un enorme vacío y fuera necesario apresurarse a llenarlo de cosas o abarrotarlo con una decoración monotemática. Los consejos y las advertencias suelen darse desde la mejor de las intenciones, pero lo que funciona para unos no tiene porqué ser bueno para otros. Sencillamente, no existe una fórmula única, de modo que avanzamos por la vida probando las fórmulas de los demás, o bien tratando de elaborar una propia. Pero tanto si nos ha ido muy bien como si vamos cargados de dudas propias y ajenas, cuando damos un consejo corremos el riesgo de tratar de reafirmar la opción que nosotros hemos tomado, y olvidar que estamos dirigiéndonos a otra persona, con necesidades y prioridades distintas. Que el otro es alguien con quien podemos compartir mucho, pero que vive dentro de su propia piel.

El pasado domingo, fui a caminar un rato por los campos a las afueras del pueblo. Hacía tiempo que no me podía permitir algo así, y lo disfruté mucho. En un momento, sentada simplemente observando el cielo, muchas cosas cobraron un nuevo sentido, como piezas que encajan en un rompecabezas. Es algo que ha pasado con relativa frecuencia en las últimas semanas, pero que no deja de ser especial cada vez. Cada una de estas revelaciones mínimas me lleva a soltar en vez de acumular, a dejar de tratar de controlarlo todo, por difícil que me resulte. Y cada una me acerca más a la convicción de que es muy poco lo que en realidad necesitamos, que hay herramientas y trabajo de sobra para empezar a limpiar y a ordenar (otros dirían "sanar") tanto dentro como fuera de nosotros mismos. De hecho, las tareas por hacer son tan variadas, que es absurdo juzgar si una es más importante o significativa que las otras... En serio, la que escojas estará bien.

Sé por experiencia que un buen consejo ajeno puede hacer más daño que un error propio, simplemente porque nadie avanza demasiado cuando va en contra de sí mismo. Pero también sé que es injusto culpar a otros, cuando al fin y al cabo somos nosotros quienes decidimos si seguirlo o no. La única manera que se me ocurre de saber si lo estamos haciendo bien es ser capaces de detenernos en cualquier momento, ya sea que pasemos una buena o una mala época, y al preguntarnos si preferiríamos ser otra persona, respondamos que no. Si me detengo ahora mismo, incluso bajo la sombra de una montaña de incertidumbre por la que aún ronda alguna que otra hiena hambrienta, sé que no me gustaría estar en otra piel, que éste es mi lugar, que desde aquí seguiré creciendo y dando frutos. Tal vez tendré que renunciar a muchas cosas, tal vez tenga que lidiar con la oposición activa o pasiva de otros, e incluso con algún arrebato de autocastigo, pero el hecho es que no quiero vivir la vida de otro. 

El problema aquí es que estamos tan acostumbrados a hacerlo todo de puertas para afuera que hacerse   preguntas del tipo ¿Es esto lo que realmente quiero hacer? ¿Tiene esto sentido para mí ahora? suena excentrico o incluso egoísta. Se nos ha acostumbrado a determinar nuestros objetivos fijándonos en modelos externos, y a validar nuestras impresiones en la colectividad. Algo que no me acaba de convencer pasa a ser maravilloso si muchas de las personas que me rodean así lo definen; luego asumiré que algo es felicidad simplemente porque muchos otros le dan ese nombre, incluso aunque mi experiencia al respecto ni siquiera sea positiva. La historia narrada en El traje nuevo del emperador tiene muchos más años que la versión de los Grimm. Es fácil de entender, pero no tan sencillo de aplicar, y no es extraño que nos amarguemos la vida porque no podemos alcanzar algo que creemos que nos hará felices, cuando de hecho podríamos ser felices si sencillamente no nos dejáramos amargar...  Vivimos en un mundo de sombras y reflejos, cerrados a nuestros sentidos internos, tal vez porque éstos tengan demasiado que reclamarnos. Pero si no trabajamos esta parte de nosotros en la que estamos a solas y nos obligamos a ser sinceros con nosotros mismos, nuestro tiempo puede agotarse sin que hayamos hecho nada de lo que realmente nos hubiera gustado hacer con él.

Hace tiempo que tengo una lista de cosas que realmente me apetece hacer, muchas de ellas las he escrito sin saber cuándo podría hacerlas, porque escribir cuesta bien poco. Pero cuando las condiciones apropiadas se dan -y es increíble si me paro a pensar cómo las oportunidades se abren camino- las cosas se hacen,  se disfrutan, y luego se dejan ir. Hay mucho más que hacer, que conocer, que sentir. Alcanzar un objetivo no es lo que me hace feliz, lo que me hace feliz es ir dejando atrás las viejas metas sabiendo que eso es el Camino. Sé que en realidad no voy a ningún lado más que a la muerte y que allí se encontrarán, tarde o temprano, todos los senderos; pero siempre que tengo ocasión me gusta escoger la ruta y la compañía y, por supuesto, el ritmo al que avanzar. Así soy más consciente de la vida, y sólo así puedo celebrarla. Entiendo perfectamente que pueden haber otras fórmulas, que funcionen, que den resultados, que hagan felices a otras personas y las respeto, pero no me gusta que se enarbolen como si fueran el único camino posible, y mucho menos, que se traten de imponer como una solución única. Al parecer ser incómodo es parte del trabajo que escogí realizar en mi paso por este mundo.