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26 de marzo de 2015

El rey va desnudo




Muchos entienden que ser bruja equivale a creer en cualquier tipo de "cosas extrañas" de forma indiscriminada; lo mismo da que hablemos de medicina alternativa, conjuros y talismanes, canto de mantras, trabajo ritual, conspiranoia o fantasías decimonónicas de etnocentristas trasnochados. En ocasiones compramos las historias de otros, por absurdas que nos parezcan, porque queremos reafirmar las propias, aquello del "no juzgues si no quieres ser juzgado". Parece la solución más fácil para evitar la hostilidad que supondría admitir simplemente que algo no nos acaba de convencer, que lo vemos de una manera diferente o que no nos cuadra de ninguna de las maneras. Detrás de esta elección, además de este supuesto "interés mutuo" que ciertamente puede terminar haciéndonos comulgar con ruedas de molino puede estar cierto temor a la respuesta de aquellos que contaban con que nuestro apoyo fuera incondicional, o el miedo a no ser "lo suficientemente sensibles" para percibir algo que un grupo de gente está declarando allí mismo como real.

En el cuento de Andersen "El Traje nuevo del Emperador", ante la premisa de que las nuevas telas no pueden ser vistas por gente estúpida, nadie admite que de hecho lo que ven es un emperador desnudo, empezando por el propio emperador. La historia es tan vieja que podemos encontrarla en el folklore de Turquía, India o Sri Lanka. También en el Conde Lucanor (ca.1330) aparece una versión en la que el traje sólo será visto por aquellos que sean hijos de su presunto padre. En la versión de Andersen, sólo un niño es capaz de gritar que ve al emperador desnudo, y tras su atrevimiento el pueblo allí reunido admite que el regente va desnudo, aunque éste hace como si nada y termina su desfile. De haberse tratado de una historia real, alguien hubiera callado al impertinente niño y seguido con la pantomima: Es difícil que se admita de tan buen grado haber mentido por temor a quedar mal, porque naturalmente es algo que a pesar de ofrecernos una salida digna, nos haría quedar aún peor. El descubrimiento de un engaño - o simplemente de una pieza que chirría - a menudo se vuelve contra aquel que no sigue el juego y en ocasiones reciba el castigo del "colectivo" que ha apostado por respaldar la versión de la realidad que ha aceptado a priori, aún cuando a fin de cuentas sus manos estén vacías. Por supuesto, no faltarán  individuos capaces de fabricar y venderse el traje a sí mismos, y salir luego a la calle a presumirlo.

Esto sucede por igual en la vida ordinaria y en la vida mágica/espiritual, si es que realmente se puede trazar una frontera entre ambas. Lo vemos en grupos de adolescentes, pero también de personas adultas, que están pidiendo a gritos atención, que necesitan de artificios para poner un poco de color en sus vidas aburridas, o de subterfugios que justifiquen las acciones en las que no se reconocen. Esto no significa que no se produzcan fenómenos reales (porque una cosa no quita la otra), sino que son gestionados de la peor de las maneras posibles, y suelen acabar creando una auténtica dependencia del individuo hacia sus propias sombras o proyecciones luminosas - cuando no a las de otros-, que no cesan de alimentarse y crecer, atrapándolo en un bucle.
Para ver más allá de lo habitual basta con mirar donde nadie mira y luego ser capaz de aceptar lo que se ve. Del mismo modo que el pasado histórico es sistemáticamente manipulado para justificar construcciones ideológicas del presente, muchas acciones que tienen lugar en el mundo "espiritual" o "mágico" son antes síntomas de un problema básico no-resuelto que soluciones viables para enfrentarlo. A menudo esto me hace pensar en si nos tomamos en serio la premisa de la "responsabilidad por uno mismo", o si nos pueden las ganas de agitar enfáticamente una varita (rosa fresa o negro noche, lo mismo da) y contar historias robadas como si fueran propias.

Por supuesto no hay una única manera de andar el camino, y el autoengaño puede ser una etapa más en este viaje, pero personalmente y a pesar de los disgustos que me causa en público, prefiero mantener al niño impertinente cerca. Lo quiero, porque no se le supone a esta criatura un ánimo destructivo, ni siquiera una intención de afirmar o negar a priori lo que otros dicen; sino de ser sincero respecto a sus propias percepciones (o, en otros casos, sus principios) y que hablar de ello no debería ser motivo de censura, mientras se respete a los demás. Es posible incluso que, en tanto que niño, crea en cosas mucho más locas o absurdas que una tela que sólo los hijos de sus presuntos padres puedan ver. Pero lo necesitamos para recordar que aunque "cualquier cosa" podría funcionar, no lo hará siempre, ni en cualquier lugar, ni será lo mismo para una persona que para otra. Y es también muy útil para burlar las presiones y exigencias de aquellos que quieren para sí lo que pretenden prohibir a otros, por ejemplo, la capacidad de inventar viejos y nuevos dioses y establecer una relación personal con ellos. 

23 de septiembre de 2014

¿Existe la Magia?

Domenico Zampieri, A Virgin with a Unicorn, c 1604–05,
fresco del Palacio Farnese, Roma, según el diseño de Annibale Carracci

Hace algunos días en Un Papá como Darth Vader nos encontramos con la historia de un niño al que en su primer día de escuela su padre le había regalado un anillo asegurando que tenía poderes, pero unas horas más tarde un compañero - hijo, tal vez, de algún ferviente seguidor de Richard Dawkins- había logrado convencerlo de que no existe tal cosa como la magia, porque el anillo no puede hacer aparecer dulces. La tarea que se propusieron los padres fue, simplemente, explicar al pequeño que hay personas que creen en la magia y otras que no, apoyándose en parte en las respuestas que daba la gente a una simple cuestión planteada vía Facebook: "Si creéis que la magia existe y que, este anillo de “Linterna Verde” de la foto tiene poderes mágicos…darle un “like”. Si además compartís la foto…os estaré eternamente agradecido." Hasta el momento la foto ha sido compartida 1567 veces,  ha recibido 4950 likes y 380 comentarios, entre los que se cuentan tanto los de otros padres, amigos y familiares solidarios con la causa de que un niño no pierda la ilusión por esta clase de juegos tan pronto, como las de algunos brujos y brujas que conozco. Y, en muchas ocasiones, las respuestas de unos y otros no eran tan diferentes.

Parece que hay un acuerdo más o menos común en que acabar demasiado pronto con las ilusiones de un niño es quitarle algo muy valioso que le pertenece como un tesoro que, ya de por sí, se considera que tiene fecha de caducidad. Curiosamente, una de las respuestas que leí en varios comentarios fue "la magia sirve para cosas más importantes que hacer aparecer chuches, que se pueden comprar". Me parece una respuesta bastante adecuada para aquellos que nos interrogan acerca de la práctica mágica, porque no faltan adultos tan encaprichados con sus objetivos como un niño pueda estarlo de una bolsa de caramelos; aunque no sea el momento, aunque le vayan a sentar mal, o aunque puedan conseguirlos de manera mucho más práctica con acciones físicas directas en vez de pretenderlos lograr por la vía mágica.

La Magia, en ese sentido amplio que la equipara a la capacidad de maravillarse, es un bien que los adultos necesitan tanto como los niños, pero que en muchas ocasiones no saben como conservar. La Magia no habita en los prodigios, sino en la totalidad de la experiencia; no se desvanece, sino que dejamos de percibirla, al mismo tiempo que perdemos nuestro asombro por la maravilla de lo que somos, de lo que nos rodea, de la simple experiencia de estar vivos aquí y ahora.

Que existen un montón de palancas y cuerdas más o menos metafóricas y algunos métodos más o menos acertados de manipular la realidad en la que vivimos según nuestra voluntad o necesidad, es innegable. Pero por ellos mismos no pueden asegurar que la Magia esté presente, del mismo modo que las máquinas que hace medio milenio podían parecer un auténtico e inexplicable prodigio hoy son parte de esos paisajes industriales ( o de interminables basureros), que nos recuerdan con dolor la naturaleza sacrificada en los pseudoaltares racionalistas. Así mismo, existe la fantasía, que a veces funciona para conectar la Magia, pero que mal empleada sólo nos aleja de más y más de ella.
La Magia que niños y adultos necesitamos aún es la que nos hace ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos con amor; la que nos descubre la belleza oculta en lo cotidiano y de vez en cuando incluso logra estremecernos al tomar conciencia por unos segundos de lo inexplicable y lo efímero de nuestras existencias. Esos momentos en los que la posibilidad de cualquier prodigio supranatural no resulta esencialmente más maravillosa que la oportunidad de pasear por un bosque, tomar un café con tu madre en la cocina, mojar los pies en la playa, desayunar tostadas, jugar con tu mascota, circular en bus en una tarde de lluvia o abrazar a tu pareja y decirle que la amas. Esos momentos en los que casi se escapa una lagrimilla y si alguien te pregunta a qué viene sencillamente lo dejas correr, porque a ver quién explica tanta emoción surgida de la nada en un puñado de segundos que tejen recuerdos, deseos, agradecimiento y consideraciones existenciales.

Pero por causas muy diversas, alguna vez en la vida, incluso los que trabajamos con ella, sentimos que perdemos la Magia. Son momentos que no siempre se deben a la dureza de las circunstancias, en los que nos sentimos extraviados y nos falta una dirección en la que marchar o un lugar al que llegar, momentos en los que algo no parece terminar de encajar, o nos sentimos solos porque nuestra propia compañía se hace extraña, porque no acabamos de reconocernos en lo que fuimos, o en lo que vamos a ser. Momentos que duelen, pero tampoco demasiado; que provocan una desazón difícil de explicar y que suelen ser el preludio de un cambio importante, de una nueva etapa. Momentos en los que el fruto que no ha sido recolectado cae al suelo, y alimenta esa tierra negra que es el lecho del mañana, en un tránsito oscuro y regenerador hacia la luz de una nueva primavera. En todo ese proceso también hay también una Magia, tal vez la más difícil de percibir, pero la que nos sostiene al fin y al cabo en nuestros peores momentos, recordándonos que seguimos vivos, pero también que nunca sabemos por cuánto tiempo contaremos con lo que ahora tenemos, ya sea mucho o poco, y más vale aprovecharlo, dejar de querer imponer nuestros planes a toda costa y estar más atentos a las sugerencias del Universo.

Tengo 33 años y aún creo en un montón de cosas que algunos creen imposibles, no sólo la Magia, sino cosas aún "peores" como la honestidad, la coherencia, las ganas de aprender y trabajar, la entrega, la amistad y el amor sinceros. Tengo la tremenda suerte de saber por experiencia que existen, aunque a veces parezcan desterrados de la faz de la tierra, y de no tener ninguno de ellos demasiado lejos. Pero siempre habrá quien dude incluso de la posibilidad de que cosas así existan más allá de los cuentos de hadas o las cabezas soñadoras, personas que verán un muro donde nosotros vemos una puerta, y - más vale tenerlo en cuenta- actuarán en consecuencia, por ejemplo, poniendo negaciones o fantasías (dos caras de la misma moneda) allí donde podría haber realidades maravillosas.
Que la Magia, y otras cosas supuestamente imposibles, existan no significa que sean fáciles de encontrar y reconocer, ni mucho menos que lo sea estar en contacto con ellas...  Una vez mi gato atrapó por reflejo un colibrí que se coló en casa, me miró como preguntando qué hacer con un insecto tan grande y, confundido, sencillamente lo dejó ir. Creo que por lo mismo muchas personas dejan escapar oportunidades maravillosas, proyectan o dejan volar su imaginación lejos de lo tangible, porque de hecho no sabrían qué hacer con la materialización de una posibilidad real entre sus patas, no están preparadas para ello. Y a veces es tan importante recordarnos que la Magia existe como estar conscientes de que hay personas que no quieren, o no pueden creer en ella, y no se puede esperar más al respecto.


14 de septiembre de 2014

Cerremos, si es necesario, las puertas


Christopher Williams, Cerridwen, 1910
Más Vida

Es bueno saber permanecer cuando todo incita
a desistir.
Cerremos, si es necesario, las puertas
y convirtamos la casa en un reducto
donde cada cosa, poco a poco, retome
dimensiones comprensibles y amigas.

Nada nos limita salvo el rechazo
de este espacio. En la incertidumbre granan
voces y más voces y a lo lejos el mar propone
el impulso del viento y la luz de las rutas.

Siempre el poniente convoca fuegos y auroras.

Saber permanecer, he aquí la consigna,
y preservar cadaquién el pequeñísimo
terreno en que proclama, altivo, más vida.

L'àmbit de tots els àmbits (1980)
Hace algunos años cierta violinista comentó en una reunión: "Entre los nuestros no podemos cultivar amistades demasiado comprometidas, porque hay que competir siempre y a toda costa; Pero tampoco podemos enemistarnos con nadie, porque nunca sabemos cuándo lo vamos a necesitar". Estas frases se me quedaron grabadas porque describen muy bien una actitud que logra que me nazca una urgencia terrible por salir de un lugar, o logra disipar cualquier intención o curiosidad que pudiera tener de entrar en él. Es cierto que no soy una persona extrovertida, ni demasiado ducha en las transacciones sociales, sin embargo, los vínculos forjados con mis compañeros de búsqueda - así sea por haber recorrido juntos sólo un tramo del camino -, permanecen a pesar del tiempo y la distancia. Hay muchas personas realmente importantes para mi, por las que siento un respeto, admiración y estima que no habrían podido darse en una relación menos sincera o entregada. Estas relaciones son también pruebas del camino, y frutos de un trabajo  y un aprendizaje sobre nosotros mismos, y sobre los demás.
Desde mi infancia he recorrido caminos de cabras, asomándome a la carretera de vez en cuando y volviendo siempre, tarde o temprano a los senderos menos transitados. Pero el mío es un camino que amo, una búsqueda a la que también me he entregado. Me he entregado a mí, con todo lo que tenía en ese momento, y por cada pago he recibido muchas veces más de lo que hubiera sido sensato pedir. Soy consciente de lo mucho que siempre queda por aprender, para lo que una sola vida o un puñado de ellas no bastarían; sin embargo veo demasiado a menudo personas que se llaman a sí mismos "buscadores", que dan dos pasos y se acomodan a la vera del camino, y van montando su particular tingladillo hasta invadir la carretera, tapando con las telas de sus tiendas ese horizonte que otros siempre seguiremos como enamorados.
Son unos cuantos años y muchos tropiezos en el camino, reconozco las trampas de lejos. Sin embargo, me gusta decir a otros que no les falta capacidad, sino ganas de trabajar; que esa urgencia por tener los frutos en sus cestos antes de estar maduros es una manera pésima de presentarse en los caminos y, a menudo, algo poco honesto para uno mismo y para los demás. No sirvo para advertir a alguien que está comiendo un fruto demasiado verde como para que no le sea indigesto, o que esa artesanía que le ha costado un ojo de la cara es una chapuza, o ese ungüento es un timo... De hecho, creo que algunos buscan precisamente ese timo o esa chapuza para entretenere y no enfrentar cosas mayores; y que de no ser así tal vez una indigestión o una desilusión a tiempo es justo lo que otros necesitan para salvarse de un mal mayor... Pero al mismo tiempo creo que ésa no es la mejor manera de aprender y me doy cuenta de que necesito algo más, algo que va más allá de esto. Puedo pasar por la feria un par de días al año y "socializar", pero mi lugar debe estar en otro sitio. En un sitio donde no haya necesidad de finjir afectos por miedo a perder intereses, para empezar.

Hoy ha sido un día en el que, tras muchas dudas, se han cerrado puertas. Yo las he cerrado, para poder abrir otras, y de paso he aprendido una vieja lección. Por más que no tenga nombre, este Camino que piso y los que considero mis compañeros en él merecen sólo lo mejor que pueda dar. 


28 de julio de 2013

Convertirse en gato







Arthur Rackham, All through Egypt every man burns a lamp (fragmento), s/f


Hace unas semanas encontré un cráneo de gato. Los huesos fascinan, porque avivan recuerdos de viejas historias que permanecen generación tras generación, idénticas en el fondo, cambiando las formas que las cubren. Son el reducto de lo que fue, la última memoria, como las brasas que no volverán a arder pero aún no se han enfriado del todo. Lo interrogo y me cuenta por qué algunas brujas terminan convirtiéndose en gatos. Se han dicho muchas cosas de estos animales, pero, a fin de cuentas el motivo por el que se odia o se ama al gato es que se trata de una criatura capaz de acompañarse perfectamente a sí misma. Sin importar lo duras que sean las condiciones de su vida, no sólo se acomodará en el primer rayo de sol que encuentre como un rey lo haría en su trono, sino que lo disfrutará mil veces más.

Hace tiempo alguien que entonces parecía mucho más fuerte que yo, me arrinconó para torturarme maliciosamente sentenciando con voz grave todo aquello bueno que yo no era y jamás podría ser... No era el primero, ni sería el último, de una lista ya borrosa de individuos que me recordaron hasta la saciedad todo lo que hacía mal, todo lo que "me permitía", que me señalaban como si hubiera algún error de configuración en mí que pudiera echar a perder cualquier cosa con la que llegara a entrar en contacto. No fue el primero, ni sería el último en intentar derrumbarme por completo para construir sobre las ruinas su propia idea de lo que yo debía ser, pero en aquella ocasión, con el último resquicio de resistencia que me quedaba, algo salió al paso desde muy adentro respondiendo: "Entonces, quiero ser como un gato, y que todo esto me dé igual. Y que me de igual estar sola, y que me importe una mierda lo que la gente como tú pueda pensar de mí". 

Como un gato de cuento, he muerto varias veces desde aquel día. A veces ha sido la curiosidad lo que me ha llevado de una vida a otra. En ocasiones aún siento el roce de las invisibles cadenas del entrenamiento que, lección tras lección, se prolongó el tiempo necesario para aprender que sólo dependía de mí que siguieran allí. Las cosas me hubieran ido mucho mejor si no me lo hubiera tomado siempre tan en serio todo, lo sé: pero yo creía en la realidad de todas aquellas maravillas cuyos nombres otros sólo usan como cebo. Lo cierto es que, a pesar de todo, sigo creyendo en ella. Sigo en el camino, convencida, y cada segundo que pasa tardo menos en detectar las trampas. Hago las paces con mi vida, aunque no siempre sea fácil, y me compadezco de los tramposos, porque llegará el día en que tendrán que rendir cuentas por todo aquello sagrado que fue nombrado en vano, o se usó para propósitos desviados.

Tal vez sea hora ya de ir asumiendo que el mundo de "los que tanto saben", es las más de las veces una farsa en la que se miente más que se habla, en la que las promesas no tienen otro valor que el de poder enredarnos para que entremos en túneles por los que ellos no caben, y consigamos para ellos los tesoros que no pueden alcanzar con sus propias manos. Renunciar a su corrupción, y aprender de cada uno de nuestros pasos, de cada golpe y cada caricia que la Vida por sí misma nos da. Restablecer el vínculo, devolver la esencia a todas las formas que hace ya mucho fueron privadas de ella. Porque cuando llega al destino adecuado, el oro de las hadas no necesita desvanecerse al amanecer.

8 de febrero de 2012

De renacimientos y purificaciones

Jeanie Tomanek, Starquilt, s.f.


El elemento central de la celebración de principios de Febrero, que recibe entre otros los nombres de Imbolg o Imbolg, es para algunos el inicio del fin de una larga noche, el momento de luz que empieza a deshilachar el denso manto de la oscuridad. Para otros, es el germinar de la semilla, el último - y en ocasiones fallido- paso desde el Reino de los Muertos, a la Vida; del mundo de las posibilidades infinitas a la realización que se encarna en la materia. El regreso de nuestro propio ser desde el Inframundo, y lo que de sus profundidades podemos traer con nosotros.

El calendario popular está lleno de fechas consagradas a la purificación de todo cuanto vuelve a despertar tras el sueño del invierno, y las celebraciones se llenan de ruido y movimiento para espantar a los últimos fantasmas y sombras merodeadoras, anunciando la llegada del reinado del día. Es más una esperanza que un hecho, porque la batalla entre el hielo y los signos precursores de la primavera puede prolongarse varias semanas con avances y retrocesos por parte de ambos. Es un tiempo inseguro, en el que todo, incluso aquello que quisiéramos dar por sentado, debe ser confirmado. Sin embargo, no es un tiempo de permanecer quieto, sino que nos impulsa adelante, a dar un paso detrás de otro aún cuando el camino aún parezca oscuro, y sólo se puedan intuir el perfil de los obstáculos con los que nos encontraremos.

Jeanie Tomanek, A bit more faith, s.f.
Tal vez por estas razones es un buen momento para  iniciaciones de todo tipo, pero especialmente para las dedicaciones, momentos en los que decidimos de un modo consciente tomar un camino hasta allí donde pueda llevarnos, a pesar de aquello que pueda salirnos al paso. Es a partir de este punto cuando se empieza a ejercitar la voluntad, avanzando aún a tientas en la oscuridad del principio, alejándonos sin prisas y sin añoranza del sueño del abrazo maternal.   

Sólo mucho mucho más adelante en la ruta, en otra alba prodigiosa que es un silencioso despertar a la conciencia, entenderemos que aquello de lo que un día tal vez  pretendimos alejarnos ha viajado a nuestro lado, ha crecido en nuestra sangre y nuestros huesos, y ha aparecido en el último momento en nuestro rescate, cuando toda esperanza se había desvanecido. No dará un nuevo reflejo, y entenderemos un poco mejor aquello que somos, de lo que estamos hechos, lo que se ha transmitido en nuestras palabras y miradas, y en cada gesto de amor.

Jeanie Tomanek, Chapel, s.f.
El Sendero está lleno de retornos y de principios. Es posible que en estas fechas encontremos la ocasión propicia celebrar estos pequeños renacimientos: hacer limpieza interna, hacer un pacto con nosotros mismos, y renovar nuestros votos y nuestras fuerzas para el tramo del recorrido que nos aguarda. En muchas culturas, dentro y fuera del paganismo, el agua goza de virtudes purificadoras; personalmente, considero que es el elemento idóneo para este tipo de prácticas (por ser mucho más suave que la purificación por fuego, y un renacimiento menos tortuoso que aquél al que nos lleva la podedumbre ).

En la tradición que sigo el cuerpo y el alma, expresados tal como son, el ser íntegro, representan la máxima expresión de la pureza. El agua en la que nos sumergimos, real o simbólica, tiene la propiedad de arrastrar al menos una parte de aquello nocivo o simplemente innecesario que llevamos pegado, incluso sin darnos cuenta, a nuestras espaldas: preocupaciones, conductas erróneas, malos hábitos, etc. Es posible que ya nos hayamos acostumbrado a ellas, pero es inevitable sentir alivio cuando nos deshacemos de ellas. ( Por esto es necesario acostumbrarse a realizar determinadas rutinas prácticas aún cuando no nos parezcan demasiado necesarias, para evitar haciendo parches y acatando dudosas soluciones de última hora ) .

Este agua también tiene la propiedad de limpiar y sanar heridas, renovar las fuerzas y recuperar la juventud, sino del cuerpo, sí del alma. Se trata también del regreso a esa inocencia sabia que es negarse a que las heridas de las que aprendemos tanto se infecten convirtiéndose en un problema mayor que aquello que las generó: Sea lo que sea lo que pasó, depende de nosotros la parte que nos permitimos retener de la experiencia. En este sentido es importante saber acudir a esta fuente - que no nos proporciona olvido, sino conciencia- a lavar las propias heridas. En el agua se pueden dejar ir muchos otros problemas, dolores profundos que ni siquiera queremos codificar en palabras, pero que necesitamos sacar de nosotros, que necesitamos dejar ir.
Jeanie Tomanek, Family ties, s.f.

La purificación implica un cierto retorno a la inocencia, pero aquí inocencia no es sinónimo de ingenuidad. Nunca regresaremos a la infancia, sin embargo, es posible que podamos conservar, en la edad adulta, parte de lo que consideramos sus tesoros, como ese deseo de aprender y experimentar más feroz que el mismo miedo o la capacidad de levantarnos de inmediato cada vez que nos caemos. 
Más allá de esto, tal como comentaba más arriba, cuando hemos recorrido un tramo lo suficientemente largo del camino, emergen de nosotros mismos, en el momento preciso, elementos olvidados que nos recuerdan a la par a nuestra propia infancia y al lugar donde venimos. Vuelven a la luz de una nueva comprensión aquellas pequeñas o grandes cosas que nos enseñaron los nuestros y que tal vez del mismo modo, casi sin darnos cuenta, nosotros enseñemos a aquellos que nos lleguen a conocer lo suficiente.



Jeanie Tomanek, The bees apprentice, s.f.


Es la infancia la que regresa, transformada, a nosotros, cuando el reflejo de las aguas nos devuelve la imagen de ese cachorro humano que ha sobrevivido en nuestro propio cuerpo. Podemos ver como en él están los abuelos y las abuelas, el padre y la madre, y los hermanos, tíos y primos, los viejos amigos con los que crecimos, compañeros y compañeras de aventuras, aún cuando la guadaña se los haya llevado por siempre hace años, o simplemente los separe la distancia de un océano. Están con ellos también las calles y los bosques, las fiestas del pueblo, las Navidades y los veranos, la ropa y los libros y la música y las recetas de otro tiempo que de alguna manera sigue siendo el nuestro porque todo, todo eso vive en nosotros y, de una manera u otra, también es parte de lo que dejaremos en este mundo.

Incluso desde edades tempranas, un delicado y único entramado de elementos diversos e, incluso, dispares, que no obstante pueden aprender  a convivir. Cuando estamos en paz con este hecho, nunca seremos tan simples como aquellos que viven manipulando a otros quisieran. No pueden borrar tan fácilmente la información que hemos ido acumulando por el simple hecho de estar vivos,  no pueden saberlo todo de nosotros porque no saben las historias que llevamos por dentro, ni las muchas alternativas que conocemos a la "verdad única" que pretenden vendernos, ni entienden que, a pesar de que nos encierren entre una espada y una pared encontraremos el hueco por el que escaparnos y conservar nuestra capacidad de elección.

Cuando estamos limpios, cuando permanecemos serenos, centrados en nosotros mismos, conscientes de aquello que somos, teniendo claras nuestras necesidades y el modo en como son satisfechas, todas estas conexiones tan profundas con el mundo que nos envuelve se hacen más evidentes. En momentos así cuando podemos entender más y mejor las cosas que necesitamos conocer para desarrollarnos en el arte de vivir, o de la brujería - que para el caso y la que escribe vienen a ser lo mismo -.

Jeanie Tomanek, Among us, s.f.