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23 de agosto de 2014

El dios vencido

Gleaning, Arthur Huges (1832-1915)


"Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones. Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo."
La savia de los almendros. Crónica de la primavera.

Hay algo en los campos cuando, al caer la tarde, salgo a pasear por los caminos de tierra que los rodean. Vemos al trigo crecer verde y tornarse dorado, caer bajo la hoz y convertirse en montones de paja amontonados en los mismos campos en los que  meses atrás germinó la semilla de la que procedía. Es el dios vencido - por sí mismo -, el grano sacrificado convertido en símbolo de todo aquello que muere para que el resto de criaturas se alimenten, que nos recuerda que un día también nosotros entregaremos nuestro último aliento para volver a la tierra. En los márgenes de los campos un viento fresco agita sombras entre las cañas, y en el cielo nubes grises anuncian anticipadamente el tránsito a la época oscura del año. El guardián del umbral espera, aún cuando no se manifieste.

Hay matices en el desarrollo de nuestra práctica mágica/espiritual que no aparecen en los manuales, del mismo modo que ningún tratado genérico hablaría de las relaciones concretas que tenemos con nuestro círculo cercano. En muchas ocasiones sería más conveniente dejar de lado las explicaciones dadas y abrirse a la experiencia directa. Y cuando hablo de las "explicaciones dadas" no me refiero sólo a las que recibimos, sino también a las que por alguna extraña razón nos vemos impelidos a dar.  

Este año me he encontrando explorando el ciclo sobre-tierra y ha sido algo agotador, seguramente por primeriza, y por no tener detrás el entrenamiento más adecuado (y no me refiero a que no tenga el conocimiento necesario, sino a ciertas lagunas de disciplina...). Si estuviera en un tablero de la oca, hace días que habría pisado la casilla de la muerte, para empezar el viaje desde cero. Pero si lo que llega ahora es la cosecha, es lo que tiene sentido e incluso prefiero que sea así, ha habido muchas cosas en este recorrido y quisiera vivirlas plenamente antes de pasar a otro orden de cosas.

En estas fechas muchos paganos celebran la abundancia de la cosecha como resultado de sus esfuerzos, y también como una muestra de generosidad de la naturaleza. Pero de unos años a esta parte prevalece para mí en este momento la noción del sacrificio y de la entrega, más allá de la analogía en el reino natural, en relación con la necesidad de desapego. Es posible que al tener la atención en la parte del ciclo que transcurre Sobre-Tierra estos conceptos resuenen aún con más fuerza. En el momento de la cosecha el grano se sacrifica en su momento óptimo, da lo mejor de sí. Podría seguir vivo, pero entonces simplemente se iría marchitando y acabaría cayendo de todos modos, pero su descomposición sólo alimentaría a la tierra. 

En el ciclo del héroe, el joven acumula méritos hasta convertirse en héroe y en no pocas ocasiones su gesta consiste en desplazar a un antiguo rey que ha olvidado que su función es servir al pueblo, y se aferra al poder, corrompiéndolo. Una vez el héroe deviene rey deberá evitar acabar convirtiéndose en el mismo mal que un día llegó a combatir; y la única manera de hacerlo es recordar a quien sirve, y aprender a dejar ir. Después de entregar todo lo que tiene, como el alma descarnada, puede adentrarse en la segunda parte de la historia, la que discurre por los reinos internos, Bajo Tierra.

Escribió C.G: Jung, a raíz de este punto de inflexión existencial: "El Sol contrae los rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo". Jung, en 1930, se refería con esto a la segunda etapa de la vida adulta. Sin embargo, del mismo modo que aunque consideremos la primavera  análoga a la juventud y el invierno a la vejez, las estaciones se van sucediendo a lo largo de nuestros años, también las diferentes etapas del ciclo se suceden varias veces a lo largo de las vidas de cada individuo. Simplemente, destilamos más o menos aprendizaje de ellas en función de nuestra madurez y atención al fenómeno (que es lo mismo que decir que para muchos pasan tan inadvertidas como las estaciones).

El dios que se vence a sí mismo (que vence su apego y se entrega a la transformación) es recibido por el bosque, por las sombras que se alargaran cada día que pase. El dios de la época oscura del año no es sólo el devorador, sino el sabio que domina aquellos aspectos desconocidos para el que sólo ha desarrollado su ser en las etapas externas del camino, a través del aprendizaje efectuado en el encuentro. La experiencia del rey que ha muerto pasará así a formar parte del aprendizaje acumulado por las generaciones de reyes, alimentará el legado de su función y será la herencia que esperará al próximo joven que comprenda y asuma el destino siempre transitorio del monarca.

Hablaba párrafos arriba de cómo a menudo nos complicamos la vida o nos desgastamos por tratar de dar explicaciones innecesarias. El lenguaje de la parte del ciclo que se desarrolla Sobre Tierra es, antes que cualquier otra cosa, el de la acción. El rey no explica, actúa; no intenta convencer, sino que muestra con el ejemplo la posibilidad que ha escogido encarnar. En el ciclo del héroe el rey es esencialmente un servidor, y el poder que ejerce en un territorio, un préstamo. Del mismo modo, nosotros tenemos un cuerpo y una personalidad que habrán de desintegrarse al final de nuestros días. 

A  escala menor, cada uno de nosotros asume roles o posiciones que en un momento dado, ya sea con violencia o con naturalidad, deberá dejar atrás. Cada vez que nos encontramos con una de estas situaciones conviene preguntarnos a qué servimos (porqué empezamos a caminar, cuál es el objeto de nuestra búsqueda, en qué creemos, cuáles son nuestros ideales...) y actuar en consecuencia, dejando ir y entregándonos  sin reticencias a la transformación.

Puede que, como decía más arriba, la secuencia nos deje la sensación de haber pisado la casilla de la muerte para volver al principio, puede que implique un pequeño o gran sacrificio, pero el camino tiene sus propios métodos para corregir nuestro rumbo en caso de que nos hayamos alejado demasiado de la senda que en justicia nos pertenece recorrer; y al final siempre podemos agradecer la oportunidad de volver a empezar, apreciando mejor cada uno de nuestros pasos.
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf
El Sol contrae sus rayos para alumbrarse a sí mismo, después de haber prodigado su luz por el mundo. - See more at: http://www.geocosmos.es/el-punto-de-inflexion-de-la-vida-1930-c-g-jung/#sthash.Exc8mZv3.dpuf

25 de enero de 2014

Bienvenida


La popularización del paganismo/brujería nos ha permitido acceder a información que hace años era muy difícil de conseguir, y nos ha dado nuevos espacios de convivencia, pero también ha generado un ruido del que a veces es necesario separarse, para volver a preguntarse por las cosas que de verdad importan. Cuando empecé este camino aún era niña, y como todos los niños tenía algunas ideas muy claras acerca de los requisitos mínimos que debían cumplirse para poder considerarse un iniciado/a. Tras años de búsqueda, me encuentro un panorama en el que a menudo se da por buena prácticamente cualquier cosa que se nos cruza en el camino, o por el contrario, se produce un ataque igualmente indiscriminado, cuasi fúrico, hacia cualquier cosa que salga de nuestros propios esquemas.

Posiblemente mis cuotas de autoexigencia han sido enfermizas, tanto pensar en los "debería" me ha impedido a menudo apreciar el valor que había en lo que ya era, y darme cuenta de que desde allí, sin más, podía ir avanzando tranquilamente por el camino que escogí.
La verdad es que ahora veo a nuevos paganos/brujos/sacerdotes felicísimos de ostentar un título o certificado obtenido en un curso de varios meses, semanas, o incluso días y aunque de entrada es algo que de verdad me parece excesivo, (y de vez en cuando hasta me parece un poco falso), algo en mi también me recuerda que no todo el mundo necesita las mismas cosas, y que mientras no se engañe a nadie, aquello tampoco está del todo mal.

Creo que los enormes rodeos que mi camino ha dibujado en el tiempo formaban parte de un aprendizaje que a penas empiezo a digerir... Dadas las fechas creo que no es casual que esté pensando en la claridad de aquellos principios y en como, si lo descuidamos, el paso del tiempo puede apagar nuestro brillo. A pesar de que algunos consideren Imbolg un festival inocentemente alegre, otros lo trabajamos como uno de los momentos más duros del ciclo anual, y un momento crítico en el paralelo del desarrollo individual. En el que lo más viejo en nosotros lleva de la mano a lo más joven hasta los límites de sus dominios, para que esa nueva etapa pueda crecer y dar los frutos que volverán una y otra vez a alimentar la tierra de la que surgieron.

Así como morir puede ser un dejarse ir y no requiere de esfuerzo alguno, nacer es esforzarse por llegar a la otra orilla en un camino que muchos no son capaces de completar. Contamos para esta travesía desde las profundidades, con la luz que hemos recogido, como una semilla, en el fondo del abismo invernal. Pero antes de que pueda incluso empezar a germinar, algunos la sueltan a medio camino, porque se les hace demasiado largo, o la cambian por otra cosa porque no la consideran suficientemente valiosa.

De este pequeño drama encontraremos ecos a lo largo de toda nuestra vida, épocas en las que la luz se pierde, o se ahoga entre otras cosas. Muchas veces, creyendo hacer lo correcto (y esto sucede a menudo cuando sentimos grandes miedos) nos enmarañamos en palabras y acciones que, de hecho, van en contra de lo que en principio pretendíamos defender. La buena noticia es que, con la debida purificación y el debido esfuerzo, la llama puede encenderse de nuevo, y nuestra Vida recuperar su dosis inmensa de maravilla.

A veces puede ser útil recuperar nuestros ojos de niño (lo que en vez de "hacer el tonto", como muchos parecen haber entendido, significaría más bien "dejarse de tonterías") para dar una segunda mirada sobre los problemas o situaciones que nos abruman. Pero puede ser incluso más útil, sencillamente, volver a lo esencial y preguntarnos por aquello que nos importa en realidad: ¿Por qué empezamos este camino que recorremos, cada uno a su manera? ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosas amamos y respetamos? ¿De qué manera podemos mostrar este amor y este respeto? ¿Lo estamos haciendo?

Hace unos días encontré por casualidad una canción que cantábamos en los campamentos de verano, que me recordó lo real que es la posibilidad de acabar traicionando nuestros principios en un mundo dominado por la perversión del lenguaje propagandístico, capaz de dar la vuelta a prácticamente cualquier cosa, capaz de perpetuar estructuras y actitudes dañinas simplemente cambiando un poco el vocabulario empleado para tirar de nuestras emociones más básicas.
Puede ser que tanto bosque, tanto libro, tanta noche estrellada, tanta canción y tanta hoguera hicieran de mí una hippie de lo peor... Muchos ni siquiera lo sospechan, porque esta parte de mí ha sido bastante maltratada por las sombras de turno, ya fueran internas o externas. A mí misma me sorprendió encontrarla de pie después de tantos golpes y desprecios, mirándome desafiante, preguntándome qué pensaba hacer ahora.

Decidí que había llegado el momento de honrarla. Porque, bien pensado, posiblemente sea lo mejor de mí.
Entonces volví a sentir lo que se siente cuando se cruza un umbral... Como iluminado por una nueva luz, el mundo de cada día se mostraba profundo y lleno misterio, y yo recuperaba una antigua felicidad, casi olvidada, en medio de estos días grises, y no precisamente por las nubes que cubren nuestros cielos. Cada uno de los momentos en los que experimentamos cosas así es una iniciación, sin necesidad de tradiciones o certificados que la avalen. Y a cada uno le llegará el turno, si no le ha llegado ya, de darse cuenta. Una iniciación no es más que una nueva Bienvenida.


22 de septiembre de 2013

Seminario Pagano Ouróboros




Aunque en la actualidad la oferta de talleres y cursos dedicados a técnicas de “crecimiento personal” es muy amplia, a menudo ese tipo de prácticas quedan como una experiencia aislada que carece de una continuidad que permita evaluar la efectividad de los conocimientos recibidos. A partir de esta observación, buscando una alternativa que pudiera funcionar con un grupo de personas procedentes de diversas tradiciones, se ideó el Seminario Pagano que dará inicio en Barcelona el próximo mes de octubre.

En el Seminario Pagano Ouróboros vamos a presentar modelos y técnicas para el desarrollo personal y la consecución de objetivos vinculados a la tradición pagana. Siempre han existido multitud de ramas dentro del paganismo, pero más allá de las particularidades de cada uno de estos senderos existe un fondo común: La relación con la Naturaleza como fuente de vida y conocimiento.  Por esto, el hilo conductor del taller será el viaje de la semilla desde las profundidades a la superficie y su regreso,  el ciclo que discurre Sobre/Bajo tierra. A lo largo de nuestro recorrido, sin embargo, procuraremos no perder de vista los vínculos que el paganismo moderno tiene con otras tradiciones y escuelas de conocimiento (tales como Hermetismo, las tradiciones orientales, la magia ceremonial o incluso la New Age).

Todo el saber acumulado procedente de estos intentos de comprender el universo y el papel que jugamos en él confluye en nuestro presente y resulta muy valioso a la hora de construir la vida que deseamos vivir. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en otras épocas, en la nuestra recibimos mucha información, de hecho se nos “bombardea” con ella, y no siempre tenemos tiempo de filtrarla o digerirla. Cualquier aprendizaje teórico no es sino una preparación para la experiencia, que es el paso que se omite con mayor frecuencia provocando resultados escasos y confusión. En el Seminario queremos recuperar la experiencia (individual y grupal) como fuente de conocimiento, y fomentar la comunicación como una forma de relacionarnos de manera constructiva con nuestras comunidades dentro y fuera del paganismo.

Aunque existen sistemas de aprendizaje completos y  bien estructurados dentro de algunas tradiciones, en la mayoría de ocasiones el pagano inicia sus estudios y prácticas en solitario, tomando información de diversas fuentes y desarrollando aisladamente una práctica irregular. En el plano teórico, lo que vamos a ver en el Seminario son una serie de modelos generales en los que sea posible ordenar la información que ya tenemos -y la que esté por venir-, para que sea mejor aprovechada. Así mismo, fomentaremos el diálogo entre tradiciones, pero también la capacidad crítica que permita detectar y enfrentar adecuadamente abusos y fraudes.

En el plano práctico revisaremos un conjunto de ejercicios y técnicas (relajación, visualización, respiraciones, pathworking, trabajo con sigil, trabajo ritual…) y presentaremos algunos métodos tanto para enfocar nuestros esfuerzos a la consecución de objetivos, como para beneficiarnos con el aprendizaje derivado de nuestros propios deseos, objetivos, esfuerzos, procesos y resultados. 

Para más información visita nuestro site:
http://seminariopagano.paganfederation.org/


Organizado por:

OuroborosPFI España
  

16 de diciembre de 2012

Solsticio de invierno: Descenso hacia la luz


Fuente


Desde niños vemos sucederse las estaciones en el mundo que nos rodea; de celebración en celebración decoramos aún las escuelas y nuestras casas dando la bienvenida al tiempo de las flores, al del trigo dorado, al de las hojas caídas y al de la nieve. Sin importar cuál sea nuestra preferida, y al menos mientras somos niños, comprendemos que cada estación tiene su propia corte y nos colma de regalos que sólo ella puede dar.

A medida que acumulamos años, las estaciones empiezan a sucederse también en nuestras vidas. Sin embargo, desconectados de lo que en realidad somos, en lugar de dar la bienvenida a las primaveras, veranos, otoños e inviernos que se suceden en nuestro interior nos quejamos de las particulares  bendiciones que traen a nuestra existencia.

Se acerca el solsticio de invierno, la noche más larga del año, en la que un sólo fuego puede revivir la esperanza del retorno del sol. Para muchas personas es un tiempo lleno de recuerdos a veces alegres y dolorosos al mismo tiempo. Son días de dibujar en el vaho de las ventanas, de ralentizarse un poco al caminar por la calle para prestar atención al olor de alguna chimenea encendida o al brillo de las luces, tiempo de tomar chocolate caliente una mañana de domingo, de repartir abrazos, de aventurar proyectos futuros e incluso de pedir deseos...

Pero cuando el otoño ha pasado por nuestros corazones, llevándose todo cuánto podía ser llevado, cuando las hojas caídas, se han convertido en tierra que las lluvias arrastran, hemos descendido lejos de todo, y de todos, dejando atrás como una vieja piel, como una máscara rota, gran parte de aquello que creíamos ser.  
En la noche más larga, lo que queda de nosotros se hunde en la tierra, siguiendo las propias raíces hacia el Inframundo del que nace la realidad que habitamos en la vigilia. Una realidad que creamos con algún fin - aún cuando lo desconozcamos- y que, terminado su ciclo, se agota, palidece y debe ser renovada, volver a encenderse desde este centro sagrado, para mantenernos conectados a la Vida.

Así como la Osa trae al mundo a sus cachorros en el fondo de una cueva de la que no saldrán hasta la primavera, es posible que en el exterior pasen los meses sin ver aflorar los resultados de esta renovación; pero uno sabe que llegarán con la misma certeza que se tiene de que las semillas germinarán, que los brotes surgirán de la tierra y que, a su debido tiempo, el fruto maduro estará en nuestras manos.

Siempre a la Vida sigue más Vida, y tras cada Ciclo más que un descanso, hay un necesario acondicionamiento para lo que ha de venir. Siempre obtenemos aquello que en lo profundo deseamos, aún cuando esto nos lleve por senderos insospechados; y si hemos hecho bien nuestro trabajo, es posible que incluso obtengamos más, aunque no siempre nos sintamos preparados o dispuestos a aceptar esas bendiciones y las recibamos con alguna que otra lágrima entre nuestras alegrías. 


20 de octubre de 2012

Sombras densas


Ramón Casas Carbó, La Sargantain, 1907

A finales de octubre las sombras ralentizan el paso y se vuelven densas como fantasmas que tocan levemente nuestras manos cuando caminamos por las calles en las que empiezan a amontonarse las primeras hojas caídas. La víspera de Noviembre se recordará a los que ya partieron, y la muerte ocupará un lugar en las mesas de los vivos, como una invitada de honor. Calladas o ruidosas, estas celebraciones pueden ser una manera de reencontrarnos con nuestra sombra, pero también de seguir huyendo de ella.

Hace ya algunos años, el Ciclo Anual  sigue a la semilla en su viaje de las profundidades a la superficie de la tierra y, después de la flor y el fruto, el regreso al origen. En el ciclo de la semilla este es el tiempo que se encuentra más allá de la madurez, el último tramo del camino de la superficie, la vejez. Tras la muerte vendrá la fase de la putrefacción, el desprendimiento último que permitirá una nueva germinación.
El pesar que puede causarnos la idea de la muerte, a menudo no es nada en comparación con el horror que nos supone el natural declive del cuerpo; el abrazo último del tiempo que nos devolverá a la desnudez de los huesos, y finalmente a la tierra misma, nos espanta al recordarnos nuestra fundamental vulnerabilidad. 

La Tierra nos recuerda que el tiempo que tenemos para andar sobre su superficie está contado y tarde o temprano volveremos al mismo limo del que nos levantamos. La Tierra nos recuerda también a la vejez, la enfermedad y el dolor que afectan a nuestro cuerpo físico y - aunque muy equívocamente -, con nuestra tendencia a los placeres "mundanos" y el sufrimiento asociado a nuestro apego a los mismos.

La Tierra es una gran maestra a la que demasiado a menudo se prefiere desoír, sus enseñanzas se desdeñan con frecuencia por parecer demasiado familiares o básicas, sin caer en la cuenta de que a penas conocemos la superficie del mundo que habitamos y de que poco podremos levantar sin una buena base. Nos ve correr como niños en nuestros juegos de aire, fuego y agua, sabiendo que cuando llegue el momento nos sentaremos a meditar en sus faldas y que por más que ese momento nunca llegue, agotados ya los días de nuestra vida, volveremos a su seno.

A pesar de su crucial importancia en el camino del aprendizaje, los procesos de descomposición suelen ser un punto ciego en la contemplación de los ciclos - salvo por aquellos que se detienen, fascinados, en ellos, produciendo un desequilibrio en el sentido contrario -.  La putrefacción, que no es otra cosa que un abandono y una disolución necesarios para entrar en el Inframundo e iniciar un nuevo ciclo, causa el mismo rechazo que la sombra y es, en cierta medida, la sombra misma que viene a enfrentarnos para rendirse a un bien más grande de lo que hemos encarnado hasta el momento.

Cuando la muerte ronda cerca, cuando algo en nuestro interior nos avisa de que necesitamos terminar con una situación, alejarnos de unas circunstancias, abandonar una antigua forma de vida, cuando la parte de nosotros que permanece despierta huele el final de algo, nuestras sombras se hacen presentes, más corpóreas y amenazantes que nunca, señalando el límite de nuestro viejo ser y preguntándonos, insidiosas, si seremos capaces de cruzarlo o no.  Si no estuvieran allí nuestro miedo, nuestra angustia, nuestros apegos, ¿quién temería al cambio? Y sin embargo, la sombras deben estar allí, y al menos una parte de ellas cruza con nosotros, y se reintegra como fortaleza en la siguiente etapa de nuestra vida.

Ya he escrito acerca del poco respeto que, a mi entender, se guarda a las sombras, sin embargo,  por su naturaleza a la Sombra le trae sin cuidado la clase de respeto que socialmente se le pueda ofrecer. Está ahí desde que el humano es humano, en sus sueños y pesadillas, habita las vidas de todos y cada uno, y desempeña su sagrado papel, tanto si se aprovechan las oportunidades que brinda como si no. Pienso en la sombra como en una criatura feral, un ser al que no se ha sometido - ni se puede someter- por medio de embellecimientos artificiales, una realidad a la que no se puede engañar ni disfrazar, algo que escapa del control de nuestro ego, algo con lo que este ego se golpeará una y otra vez o se tropezará una y otra vez hasta cascarse como un huevo; algo que está ahí para ser reconocido y superado.

Si algo se puede decir acerca de la sombra, es que nunca trataríamos de usarla para ganarnos la simpatía  de otros... No es un dolor de garganta, es una diarrea, no es una imagen romántica de tristeza y languidez, es la ira, la rabia, la culpa. Es la envidia insana, los celos o el deseo desesperado de poseer, el momento en el que perdemos el control, las palabras de las que sabemos que nos vamos a arrepentir escapando de nuestros labios, o aquél silencio que no rompimos y resuena en nuestra cabeza porque no nos perdonamos el haberlo consentido; la desconfianza, la maldicencia, la torpeza y la debilidad y la falta de ánimo; el dolor físico que nos golpea y ante el que nada podemos hacer... Es una imagen fea, horrible, que nos devuelve el espejo; ya sea reflejando un cuerpo que se marchita, o un ánimo envilecido con causa o sin ella. 

No es algo que usaríamos para ganar el amor de otros, porque nuestro trabajo nos cuesta superar la vergüenza que nos produce y aceptar que, sencillamente, es algo que está ahí y que podemos querernos a pesar de ello. Y sin embargo, es absolutamente necesario aprender esto. Conocer nuestras sombras, identificarlas, tratar con ellas, irlas redimiendo a medida que tenemos la posibilidad. Porque en la medida que conocemos nuestras propias sombras podemos despreocuparnos de aquellas que el resto del mundo pueda proyectar en nuestro camino.

1 de agosto de 2012

Madura el trigo...


Milo Anders, Cosecha, sf
                             






Madura el trigo
pero las uvas están verdes.
No se hace pan si no se muele el trigo
y tú no serás tú si no te pierdes. (...)
                                 Armando Uribe Arce

1 de julio de 2012

A favor de lo "pagano"


Jules Bastien-Lepage, At harvest time, 1880


Es evidente que las palabras cambian a medida que cambian las ideas de la comunidad que las emplea: ganan nuevos significados y se desprenden de los que han caído en desuso, adquieren  matices que subrayan lo nuevo, lo obsoleto o lo recuperado, y se las orienta para restringir definiciones o ampliar conceptos.  Hace algún tiempo empecé a leer críticas al uso de la palabra "pagano", por la que siento un especial aprecio. Sin pretender llevar la contraria a nadie, me apetecía explicar porqué a mí sí me gusta esta denominación - aunque tal vez después de la lectura, es posible que más de uno prefiera dejar de ser llamado así -. 

Como se habrá leído ya mucho la palabra pagano deriva del latín paganus (aldeano). Señala al respecto el historiador Peter Brown : 
A finales del siglo IV empezó a circular entre los cristianos el término paganus, “pagano”, para subrayar el carácter marginal del politeísmo. Originariamente la palabra paganus significaba “personaje de segunda clase”, designando por ejemplo al paisano frente al soldado regular, o al suboficial frente al oficial de alto rango. Un sacerdote hispano, Orosio, que escribió Historia contra los paganos por encargo de san Agustín en 416, añadiría un nuevo elemento a este sentido denigratorio y excluyente. Hacía saber a los politeístas cultos, a los notables de las ciudades e incluso a los miembros del Senado romano, que la religión que profesaban era propia de las gentes del campo, de los habitantes del pagus, de los paysans o paesanos, es decir, una religión propia únicamente de un obstinado grupo de campesinos que no se habían visto afectados por los tremendos cambios que habían puesto patas arriba las ciudades del Imperio romano. [1]
De modo que la palabra "pagano" era ya empleada para desacreditar a otros incluso antes de que el cristianismo la blandiera como un arma mediática, que más tarde serviría para definir a cualquier creyente no cristiano. El término pagano ha sido usado para referirse a religiones politeístas como el hinduismo, a creencias como el animismo, a los cultos afroamericanos, o al chamanismo. Sería difícil hallar entre estas tradiciones, unas estructuras de pensamiento y práctica básicos comunes tan frecuentes como los que encontramos entre aquellas tradiciones que, al menos a ojos externos, forman parte del paganismo occidental. 

El hecho de que la palabra "pagano" surgiera como un insulto no es más relevante que el resto de los significados y matices que la palabra ha adquirido con el paso de los siglos. Aún hoy, la mayoría de significados recogidos en el diccionario de la Real Academia Española para las palabra "brujo" y "bruja" son peyorativos y bastante inexactos si se consideran desde la realidad de las personas que en la actualidad se consideran a sí mismos brujos y brujas. Sin embargo, la mayoría de practicantes que se sienten cómodos con la palabra, han priorizado la asociación entre "pagano" y "campestre".

En este contexto, palabras pagano o paganismo tienen significados amplios e incluyentes, y requieren a menudo de añadidos para la creación de definiciones capaces de identificar en detalle sólo una entre la miríada de corrientes de pensamiento, tradiciones o prácticas que se pueden englobar bajo el término generalista.  Podríamos aventurar que precisamente paganismo es lo que hay detrás de estas diferencias, y es también el término que conserva la memoria de lo que fueron y el testigo de su supervivencia hasta la actualidad. La palabra pagano no ha dado un salto desde la Antigüedad tardía hasta el siglo XX, sino que ha serpenteado de línea en línea y de susurro en susurro a lo largo de generaciones que no conviene descuidar (al menos, desde la perspectiva historiográfica).

En un rango mucho más estrecho podríamos encontrar un paralelismo con la expresión musulmana "gentes del libro" empleada entre las principales religiones y cultos monoteístas para distinguirse como grupo - a pesar de sus diferencias internas - frente al politeísmo y la "idolatría". Subrayo lo de  "mucho más estrecho", porque entiendo que las palabras pagano y paganismo no deberían restringirse al ámbito religioso, y mucho menos al de las religiones establecidas.

Considero que la asociación entre "pagano" y "rural" no es precisamente trivial, sino que es lo que ha justificado el éxito de la palabra en el s.XX y -al menos- parte del XXI. Es "el campo" lo que encontramos al remontar hacia los orígenes de lo que posteriormente vamos a identificar como pagano.  Independientemente de la variedad de creencias y formas de culto, las prácticas paganas, que siguen los ciclos de los cultivos y del ganado, están estrechamente ligadas al terrible cambio de mentalidad que supuso la neolitización de los territorios en las que surgieron, incluyendo la resignificación de elementos precedentes, propios de sociedades pre-agrícolas.

En este aspecto, el paganismo moderno ha crecido y proliferado especialmente en núcleos urbanos, dando lugar a nuevas religiones; pero no sería justo ignorar el paganismo reticente que ha subsistido, unas veces escondido, y otras no, en el seno de las comunidades cristianas. Viejas creencias, estructuras y prácticas que pueden o no tener relación con los dioses, genios o espíritus rescatados y pulcramente diferenciados en las últimas décadas, pero que sin duda la tienen con las cosechas y el ganado, con  el paso de las estaciones y su efecto pocas veces controlable sobre el medio de subsistencia, el límite entre el territorio cultivado y lo salvaje, entre la extensión conocida, habitable, y lo desconocido que la circunda, donde el hombre queda a merced de fuerzas superiores que aún no ha sido capaz de dominar.

La cuestión es que, al hablar de paganismo, podemos remitirnos más que a una serie de religiones y cultos, a una serie de aprendizajes y técnicas (también de índole espiritual y mágica, pero no exclusivamente) derivados de la  experiencia y la observación de realidades concretas, de las que durante siglos ha dependido nuestra subsistencia y que han moldeado nuestras culturas. No se trata de un estancamiento en la añoranza estéril de otros tiempos -que, a decir verdad, no fueron mejores-, sino de la conciencia adquirida de que muchos de estos aprendizajes pretéritos, convenientemente revisados y aplicados, podrían constituir soluciones eficientes para gran cantidad de problemas que nos agobian en la actualidad. 

A pesar de los cambios que ha impuesto la industrialización en nuestro modelo de consumo, seguimos dependiendo de la tierra y sus frutos; aunque el argumento pueda parecer en exceso materialista, este vínculo está anclado en nuestro fondo y es sagrado porque en última instancia de él dependen nuestras vidas. Desde el momento en que no entendemos este vínculo como sagrado y le prestamos la debida atención, perdemos gran parte del conocimiento y comprensión que nos está reservado como humanos. A menudo también dañamos a otros y a nosotros mismos a causa de nuestra ignorancia al respecto, individual o colectiva. No vamos a ganar la conciencia de un día para el otro, simplemente apunto que hay suficiente trabajo por hacer como para no tomarse este asunto demasiado a la ligera.

Aunque respeto a sus seguidores, no deja de sorprenderme la insistencia de muchas religiones de competir entre ellas e instaurar órdenes y límites artificiales, muchas veces innecesarios, que terminan en la reafirmación de un ego grupal y dificultan el vínculo con la divinidad que sus practicantes pretenden desarrollar.  Una de las cosas que me gusta del término paganismo, así, en genérico, es que es un término del que difícilmente podría adueñarse una tradición en concreto, sino que su significado se construye a partir de realidades muy distintas entre sí, y deja espacio para todos. Sin embargo, esto no significa que todos los paganos deban "hermanarse", ni mucho menos tratar de eliminar las particularidades de cada tradición o grupo. Simplemente se trata del reconocimiento de un referente común y, lo que es más importante, vivo. 

Incluso si no existieran libros al alcance, podríamos acudir "al campo" y aprender por nuestra propia disposición lo mismo que otros han escrito - y aún lo que han tratado de escribir, porque es difícil de expresar en palabras-, y usar este conocimiento para explicarnos el mundo en el que vivimos, ayudarnos a otros y a nosotros mismos. De nuestra experiencia como criaturas agrícolas y ganaderas adquirimos las pautas que marcan nuestras festividades, supimos que existen buenas y malas cosechas, conocimos el valor del trabajo y también que, en ocasiones, el resultado final no depende por completo de nosotros. Del campo aprendimos el recorrido que va desde la semilla en lo profundo de la tierra hasta fruto, y su vuelta a la tierra a través de la descomposición;  la frontera con lo desconocido insondable, un nuevo paso entre los mundos. 

Uno de los peligros de la práctica espiritual, o incluso filosófica, es caer en la trampa de la abstracción excesiva, y terminar pensando o imaginando más que experimentando la vida. A pesar de que muchos vivimos alejados del entorno rural, el vínculo con la tierra permanece de tal modo que, cuando volvemos nuestra atención hacia estos principios, y en mayor medida cuanto más los convertimos en una experiencia consciente en nuestras vidas, recuperamos parte de la calma, la orientación y el conocimiento que nos permiten recuperar nuestro sendero entre el tumulto de mensajes publicitarios, modelos artificiales y soluciones engañosas con los que día a día se nos atormenta. 

___________________

[1] Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental, Barcelona, ed. Crítica, 1997. Publicamos este fragmento y algunos otros que ayudan a hacernos una idea del contexto histórico referido en "El nacimiento del paganismo" Ouróboros.

17 de mayo de 2012

Raíces y semillas

Witold Pruszkowski, Spring, 1887

La raíz es lo primero que crece al germinar la semilla; se hunde rápidamente en la tierra en la que ha ido a caer y busca su alimento en ella, extrayendo los nutrientes necesarios para desarrollar brotes, tallos, flores, y frutos. El reino vegetal entrega generosamente al resto de la naturaleza estos frutos, que no son sino el ropaje carnoso del que la semilla debe despojarse para poder despertar.

La función de nuestras raíces no es mantenernos atados a un pedazo de territorio, porque las raíces son aquello que nos conecta con la tierra y nos empuja siempre a crecer buscando la luz. Las semillas contienen el espíritu del árbol que las originó, un espíritu que se aligera y desprende en incontables ocasiones, para viajar llevado por el viento, por el agua o por los animales que recorren la tierra y los cielos. 

La semilla que parte lleva en sí toda la información que precisa para completar su desarrollo, y no piensa con añoranza en lo que deja atrás, porque su memoria está en la tierra, y volverá al hundir en ella sus raíces, nuevas y viejas a un mismo tiempo.

***

Esto pensando en las múltiples maneras que hay de contar una historia: en las personas que usan aquello que tienen al alcance para construir puentes, y aquellas que tratan de derrumbarlos. 
Pienso en el miedo que se esparce en el aire, ese veneno lento que ingerimos al respirar, acaso más peligroso que la misma contaminación física, pero también en la fuerza que puede transmitirnos la sonrisa o la mirada cómplice de un extraño con el que nos cruzamos en la calle. 

Pienso en un gris que se derrama ahogando colores, y en el resurgimiento de éstos, a su debido tiempo, estallando alegres aquí y allá, cuando ya nadie los esperaba.

Con un poco de suerte, el paso de los años contribuye a erosionar lo categórico de nuestros juicios juveniles, esa terrible necesidad de etiquetarlo todo incluso en nosotros mismos, de buscarle un lugar  y tirarlo al fondo del sótano oscuro cuando no hay donde colocarlo. Nos ayuda también a comprender la naturaleza ilusoria de las fronteras que nos separan del resto de la humanidad y a plantearnos cuál es nuestra función en este escenario efímero que transitamos, al que llamamos "nuestra" vida.

A pesar de las capas de condicionamiento que se han ido depositando, una tras otra, sobre nuestras cabezas, el impulso de la semilla donde quiera que llega a caer es buscar en lo profundo, elevarse a la luz y entregar sus frutos al resto de la naturaleza.  

28 de febrero de 2012

La savia de los almendros





De camino al trabajo hay un joven almendro que desde hace unas semanas desafía al invierno mostrando sus hojas como escudos, sus yemas como lanzas y sus pétalos blancos como colmillos. Es posible incluso que esperara, gracias a una memoria atávica, la granizada que cayó el otro día e hizo que muchos vecinos se asomaran sorprendidos a ventanas y balcones. Es febrero y una parte de mí se complace de que las flores y el granizo sigan librando la antigua batalla.

Cuando éramos niños, en la escuela nos enseñaron que la primavera era la época más alegre del año, en la que las flores brotaban por doquier y los animales correteaban por el campo. Nos lo enseñaron así porque no recordaban lo que la primavera era. Pero al crecer supimos -al menos algunos-, que la primavera era sobrevivir al invierno, y que muchos no llegarían a conocer el verano. Que no era precisamente el tiempo del sol, sino un tiempo en el que se clamaba por su regreso bajo la amenaza de un cielo plomizo o el azote de un viento helado.

En consecuencia nos compadecíamos de la locura de los almendros, cuyas delicadas flores parecen abrirse antes de tiempo... Sin pensar que tal vez pudieran están ahí precisamente para enfrentar el invierno que debe  empezar a retirarse.

Los almendros son heraldos del regreso de Perséfone. La diosa asciende con el secreto de la semilla y la renovación desde las profundidades del Inframundo, y lo hace por el suave camino de los blancos pétalos que el granizo desbarató.  Los almendros no tienen miedo del frío, de la oscuridad o de la muerte, y a pesar de los fuertes vientos, la lluvia, el granizo o la nevada permanecen erguidos -sostenidos por unas raíces cada vez más profundas y alentados por ramas oscuras que se alargan buscando la luz-, y ofrecen sus flores con singular generosidad, sin preocuparles demasiado si habrán de convertirse en fruto o caer en tierra, porque florecen en abundancia.
 
Esto es así en todas las Primaveras: a pesar de la desigualdad de condiciones esas flores ligeras y blancas desafían la amenaza color de roca que se cierne sobre ellas. Lo hacen incluso sin saber que aún quedando deshechas por el suelo, son la prueba de que, tras un largo invierno, la savia de los almendros vuelve a circular.

8 de febrero de 2012

De renacimientos y purificaciones

Jeanie Tomanek, Starquilt, s.f.


El elemento central de la celebración de principios de Febrero, que recibe entre otros los nombres de Imbolg o Imbolg, es para algunos el inicio del fin de una larga noche, el momento de luz que empieza a deshilachar el denso manto de la oscuridad. Para otros, es el germinar de la semilla, el último - y en ocasiones fallido- paso desde el Reino de los Muertos, a la Vida; del mundo de las posibilidades infinitas a la realización que se encarna en la materia. El regreso de nuestro propio ser desde el Inframundo, y lo que de sus profundidades podemos traer con nosotros.

El calendario popular está lleno de fechas consagradas a la purificación de todo cuanto vuelve a despertar tras el sueño del invierno, y las celebraciones se llenan de ruido y movimiento para espantar a los últimos fantasmas y sombras merodeadoras, anunciando la llegada del reinado del día. Es más una esperanza que un hecho, porque la batalla entre el hielo y los signos precursores de la primavera puede prolongarse varias semanas con avances y retrocesos por parte de ambos. Es un tiempo inseguro, en el que todo, incluso aquello que quisiéramos dar por sentado, debe ser confirmado. Sin embargo, no es un tiempo de permanecer quieto, sino que nos impulsa adelante, a dar un paso detrás de otro aún cuando el camino aún parezca oscuro, y sólo se puedan intuir el perfil de los obstáculos con los que nos encontraremos.

Jeanie Tomanek, A bit more faith, s.f.
Tal vez por estas razones es un buen momento para  iniciaciones de todo tipo, pero especialmente para las dedicaciones, momentos en los que decidimos de un modo consciente tomar un camino hasta allí donde pueda llevarnos, a pesar de aquello que pueda salirnos al paso. Es a partir de este punto cuando se empieza a ejercitar la voluntad, avanzando aún a tientas en la oscuridad del principio, alejándonos sin prisas y sin añoranza del sueño del abrazo maternal.   

Sólo mucho mucho más adelante en la ruta, en otra alba prodigiosa que es un silencioso despertar a la conciencia, entenderemos que aquello de lo que un día tal vez  pretendimos alejarnos ha viajado a nuestro lado, ha crecido en nuestra sangre y nuestros huesos, y ha aparecido en el último momento en nuestro rescate, cuando toda esperanza se había desvanecido. No dará un nuevo reflejo, y entenderemos un poco mejor aquello que somos, de lo que estamos hechos, lo que se ha transmitido en nuestras palabras y miradas, y en cada gesto de amor.

Jeanie Tomanek, Chapel, s.f.
El Sendero está lleno de retornos y de principios. Es posible que en estas fechas encontremos la ocasión propicia celebrar estos pequeños renacimientos: hacer limpieza interna, hacer un pacto con nosotros mismos, y renovar nuestros votos y nuestras fuerzas para el tramo del recorrido que nos aguarda. En muchas culturas, dentro y fuera del paganismo, el agua goza de virtudes purificadoras; personalmente, considero que es el elemento idóneo para este tipo de prácticas (por ser mucho más suave que la purificación por fuego, y un renacimiento menos tortuoso que aquél al que nos lleva la podedumbre ).

En la tradición que sigo el cuerpo y el alma, expresados tal como son, el ser íntegro, representan la máxima expresión de la pureza. El agua en la que nos sumergimos, real o simbólica, tiene la propiedad de arrastrar al menos una parte de aquello nocivo o simplemente innecesario que llevamos pegado, incluso sin darnos cuenta, a nuestras espaldas: preocupaciones, conductas erróneas, malos hábitos, etc. Es posible que ya nos hayamos acostumbrado a ellas, pero es inevitable sentir alivio cuando nos deshacemos de ellas. ( Por esto es necesario acostumbrarse a realizar determinadas rutinas prácticas aún cuando no nos parezcan demasiado necesarias, para evitar haciendo parches y acatando dudosas soluciones de última hora ) .

Este agua también tiene la propiedad de limpiar y sanar heridas, renovar las fuerzas y recuperar la juventud, sino del cuerpo, sí del alma. Se trata también del regreso a esa inocencia sabia que es negarse a que las heridas de las que aprendemos tanto se infecten convirtiéndose en un problema mayor que aquello que las generó: Sea lo que sea lo que pasó, depende de nosotros la parte que nos permitimos retener de la experiencia. En este sentido es importante saber acudir a esta fuente - que no nos proporciona olvido, sino conciencia- a lavar las propias heridas. En el agua se pueden dejar ir muchos otros problemas, dolores profundos que ni siquiera queremos codificar en palabras, pero que necesitamos sacar de nosotros, que necesitamos dejar ir.
Jeanie Tomanek, Family ties, s.f.

La purificación implica un cierto retorno a la inocencia, pero aquí inocencia no es sinónimo de ingenuidad. Nunca regresaremos a la infancia, sin embargo, es posible que podamos conservar, en la edad adulta, parte de lo que consideramos sus tesoros, como ese deseo de aprender y experimentar más feroz que el mismo miedo o la capacidad de levantarnos de inmediato cada vez que nos caemos. 
Más allá de esto, tal como comentaba más arriba, cuando hemos recorrido un tramo lo suficientemente largo del camino, emergen de nosotros mismos, en el momento preciso, elementos olvidados que nos recuerdan a la par a nuestra propia infancia y al lugar donde venimos. Vuelven a la luz de una nueva comprensión aquellas pequeñas o grandes cosas que nos enseñaron los nuestros y que tal vez del mismo modo, casi sin darnos cuenta, nosotros enseñemos a aquellos que nos lleguen a conocer lo suficiente.



Jeanie Tomanek, The bees apprentice, s.f.


Es la infancia la que regresa, transformada, a nosotros, cuando el reflejo de las aguas nos devuelve la imagen de ese cachorro humano que ha sobrevivido en nuestro propio cuerpo. Podemos ver como en él están los abuelos y las abuelas, el padre y la madre, y los hermanos, tíos y primos, los viejos amigos con los que crecimos, compañeros y compañeras de aventuras, aún cuando la guadaña se los haya llevado por siempre hace años, o simplemente los separe la distancia de un océano. Están con ellos también las calles y los bosques, las fiestas del pueblo, las Navidades y los veranos, la ropa y los libros y la música y las recetas de otro tiempo que de alguna manera sigue siendo el nuestro porque todo, todo eso vive en nosotros y, de una manera u otra, también es parte de lo que dejaremos en este mundo.

Incluso desde edades tempranas, un delicado y único entramado de elementos diversos e, incluso, dispares, que no obstante pueden aprender  a convivir. Cuando estamos en paz con este hecho, nunca seremos tan simples como aquellos que viven manipulando a otros quisieran. No pueden borrar tan fácilmente la información que hemos ido acumulando por el simple hecho de estar vivos,  no pueden saberlo todo de nosotros porque no saben las historias que llevamos por dentro, ni las muchas alternativas que conocemos a la "verdad única" que pretenden vendernos, ni entienden que, a pesar de que nos encierren entre una espada y una pared encontraremos el hueco por el que escaparnos y conservar nuestra capacidad de elección.

Cuando estamos limpios, cuando permanecemos serenos, centrados en nosotros mismos, conscientes de aquello que somos, teniendo claras nuestras necesidades y el modo en como son satisfechas, todas estas conexiones tan profundas con el mundo que nos envuelve se hacen más evidentes. En momentos así cuando podemos entender más y mejor las cosas que necesitamos conocer para desarrollarnos en el arte de vivir, o de la brujería - que para el caso y la que escribe vienen a ser lo mismo -.

Jeanie Tomanek, Among us, s.f.

27 de diciembre de 2011

Saludo al invierno


Johan Christian Dahl, The Old Oak Tree in Winter, 1822

Si se atiene a la naturaleza, a lo que hay de sencillo en ella; a lo pequeño que apenas se ve y que tan improvisadamente puede llegar a ser grande, inmenso; si siente este cariño hacia las cosas ínfimas y, con toda sencillez, como quien presta un servicio, trata de ganar la confianza de lo que parece pobre, entonces todo se tornará más fácil, más armonioso, de algún modo más avenible. Tal vez no en el ámbito de la razón, que, asombrada, se queda atrás, pero sí en lo más hondo de su conocimiento, en el constante velar de su alma, en su más íntimo saber.
 Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke

Diciembre es un mes lleno de reuniones con familiares y amigos, luces brillantes en la noche y bullicio en las vecindades. Entorno a estas fechas señaladas, como llevadas por una violenta corriente, muchas personas se amontonan en los centros comerciales, agobiadas, buscando un regalo de última hora... Hay  muchos otros motivos de agobio, generados por una serie de expectativas que parecen flotar en el aire: Reuniones a las que acudimos sin ganas, por compromiso; temores debidos a la posibilidad de que nuestros presentes no sean los acertados, frustración cuando no estamos en condiciones de llenar una mesa como lo hicimos en otros tiempos...

Por supuesto, esta clase de condena sólo está en nuestra mente, es decir, depende de nosotros si la aceptamos o no. Sin embargo, es necesario aprender a detenerse cuando los automatismos de la urgencia y el "deber" nos arrastran, y preguntarnos acerca de lo que estamos haciendo, cómo nos sentimos al respecto y si hay algo que podamos hacer  para mejorar la situación. Es conveniente separarse, aunque sea por unos minutos, y reencontrarnos con nosotros mismos en el silencio y la soledad : ésta es la cita a la que la estación nos llama, y a la que la sociedad en la que vivimos pretende que rechacemos. 


Johan Christian Dahl, Megalith Grave in Winter, ca. 1825
El invierno debería servir para reforzar nuestra conexión con la tierra, con nuestro cuerpo y con nuestro mundo interior. El frío aguarda, pero en las mañanas claras, la luz nos invita a salir: hay quietud en las calles, interrumpida a penas por el vuelo de las aves. Restos de hoja seca se arremolinan al pie de los árboles que se alzan como manos huesudas hacia el cielo. El mundo se tiñe de una luz dorada al pasar el mediodía, y el sol aún pinta de colores pastel las breves tardes de la estación, que se diluirán sin prisas en la noche oscura y larga. De alguna casa, de algún puesto callejero, llega el olor a leña quemada y con él los recuerdos más plácidos. Por  poco que nos separemos del transcurrir apresurado, de los anuncios, los destellos y sonidos que estallan como reclamos a nuestro paso en las calles, encontraremos los rincones desde los que  incluso en una gran ciudad aún se puede observar el invierno, y hacer nuestra la serenidad que trae consigo. 

En este tiempo la naturaleza parece aquietarse, despojarse de la exuberancia vegetal y mostrar sus formas desnudas; replegarse sobre sí misma para tejer el mundo en el sueño de sus entrañas. Algo en nuestro ser algo que puede estar sepultado bajo capas de omisión, buscará siempre seguirla e imitarla, y nos llenará de una extraña tristeza cuando nos empeñemos en rechazar la invitación. En contraste con los mensajes publicitarios con los que se nos acosa continuamente en estas fechas, el invierno nos habla de la sencillez, de la austeridad, del descanso y de las cosas que son  en verdad importantes y dignas de celebrar. No se trata de buscar y competir por el regalo más sofisticado o más caro, sino de entender que prácticamente cualquier cosa, incluida nuestra vida, es un regalo y que la mejor manera de disfrutarlo es saber apreciarlo, agradecerlo y compartirlo con nuestros allegados.


Johan Christian Dahl, Danish Winter Landescape, 1838.
Sabemos en el fondo que la relación que tenemos con otros es en gran medida un reflejo de la que mantenemos con nosotros mismos. Éste es un buen momento para hacernos un regalo - en vez de esperar a que alguien más nos lo quiera hacer -, pasar un rato a solas y, sobretodo, prestarnos atención. Hacer balance de nuestra vida, de aquello que nos gustaría mantener o mejorar, hacer planes, comprometernos y convertirnos en nuestro mejor aliado en la tarea de transformar en realidades nuestros objetivos y deseos. 

Algo que aprendemos con el paso de las estaciones, es que las referencias que buscamos en el exterior deben llevarnos a lo profundo de nosotros mismos, dónde se encuentran todas las respuestas y soluciones que podamos necesitar. Transitar estas sendas no es difícil, aunque son necesarias paciencia, serenidad, claridad y persistencia. Las cosas que al principio no entendemos demasiado van haciéndose más comprensibles con el tiempo y la experiencia, no es necesario tener prisas, y menos aún que nadie venga a "rescatarnos de la ignorancia" o a decirnos qué es lo que debemos hacer... En cambio es importante reflexionar sobre lo que queremos hacer, y cómo podemos lograrlo. 


Johan Christian Dahl, Winter at the Sognefjord, 1827 
Uno de los retos que nos presenta el tiempo en que vivimos es aprender a no dejarnos engañar por la falsa imagen de abundancia que proyecta la sociedad de consumo, y que sólo consiste en la acumulación de artículos y servicios que raramente corresponden a una necesidad real y que suponen un alto precio a pagar - mucho más del que desembolsamos- en nuestro entorno natural y humano. Una abundancia de lo sobrante, que ni siquiera se refiere a lo material, sino a una serie de imágenes ideales fabricadas para negar la realidad y perpetuar la insatisfacción. Una falsa abundancia que pretende convencernos de que o bien todo está hecho, o no hay nada que podamos hacer. Lo que es más: que esto es cómodo y deseable porque cualquier otra opción implicaría enfrentar peligros inenarrables.  Es por esto que la imagen de unas rocas cubiertas de liquen, una hoja caída, un cielo al atardecer puede tener un eco tan poderoso en nosotros cuando logramos detener el automatismo y prestar atención: Nos devuelven el sentido de la realidad, nos están llamando a casa. Nos están recordando que lo que realmente importa está en nosotros, y que somos libres de transitar un camino propio, real y satisfactorio, a pesar de las incomodidades que pueda suponer,, y a pesar de esos curiosos peligros anunciados que empequeñecen hasta desaparecer cuando nos negamos a apartar la mirada.


Johan Christian Dahl, Nubes en luna llena, 1822

15 de diciembre de 2011

La mitad oscura del año



A Road in Winter, Christopher K. Hsee, s.f.

Aunque por lo general se divide el ciclo anual se divide de acuerdo a las horas de luz solar en una mitad luminosa y otra oscura, creo que tiene sentido dividirla en función de los eventos que simbólica o naturalmente suceden “sobre” y “bajo” tierra, siguiendo el ciclo que traza una la semilla desde que germina hasta que regresa a la tierra de la que surgió. La mitad oscura del año no sólo se caracteriza por sus largas noches, sino por que todo aquello que es esencial para la vida y se produce fuera del alcance de la vista y el oído del común de los mortales.
La fuerza del sol mengua y el frío reina sobre la tierra, sin embargo en sus entrañas, como en un vientre maternal, aguardan ocultas las semillas que son promesa del retorno de las mieses y, por extensión, de la luz, el calor y el alimento. Numerosas tradiciones disponían de ritos para acompañar al sol en su regreso del mundo de los muertos, y así mismo se viajaba al Inframundo para asegurar que las semillas encontraran el camino de ascenso a los campos.
El contacto con el Inframundo y, especialmente, con el mundo de los difuntos, es algo que aún parece restringido a la celebración de Samhain, Halloween, o el Día de Muertos: Al acercarse el solsticio de invierno el paganismo actual parece querer dar un salto hacia adelante y cambiar de tema: “Muy bien, ahora ya podemos hablar del nuevo sol”. Sin embargo, no conviene apresurarse: El hecho es que durante toda la mitad oscura del año las cosas más importantes suceden bajo tierra, siguiendo el esquema del que posiblemente sea el más antiguo de los relatos heroicos (el viaje de la divinidad al Inframundo, y la hazaña de su regreso), y tienen relación con la Muerte y sus dominios.
Tal vez sea conveniente plantearse hasta qué punto son esencialmente distintas las prácticas, por ejemplo, del Trick or Treating y la tradición navideña de los grupos de niños que van de casa en casa, cantando villancicos y pidiendo un aguinaldo. Los vínculos entre las figuras que tradicionalmente surcan los cielos y dejan regalos, como San Nicolás, Befana o los Reyes Magos, con los tradicionales líderes de los ejércitos de los muertos: Odín, Holle, Diana... La diferencia entre dejar ofrendas de alimento y bebida a los muertos el Día de Difuntos, y dejar pan y agua a las monturas, de los visitantes benefactores e incluso vinos y licores para ellos; o entre señalar el camino a casa con velas, con lámparas de calabaza y papel, o con luces de colores.
Se podrían encontrar aún muchos más ejemplos de este tipo de tradiciones, pero lo que interesa subrayar aquí es la conexión entre las celebraciones populares que, en relación con el ciclo anual, van desde el otoño a la primavera; desde las festividades de los muertos hasta los carnavales de febrero. La oscuridad reina sobre una luz que, bien por estar declinando, bien por estar naciendo, es débil y excepcional. La tierra en sombras guarda cadáveres y semillas: lo que no se ha ido del todo, lo que aún no llega. La noche expande los límites de su territorio, que se difuminan y se vuelven permeables a fin de que se pueda cruzar en ambas direcciones.
Las criaturas de luz sostienen pequeñas llamas de las velas, o se refugian en el hogar, conscientes de lo pequeñas que son, pero también del poder que les otorga ese fuego que pueden llevar consigo. También para ellas es necesario esta inversión temporal del orden de la luz y la oscuridad, del mundo de las cosas tangibles e intangibles; de otro modo los muertos no se podrían ir a descansar a su reino, y las semillas no podrían crecer sobre la tierra. Por un tiempo la inversión parece convertirse en caos, en un ir y venir de entidades y roles, que es también un símbolo de cambio y renovación, tan necesario para que la continuidad no sea una repetición estéril.

4 de noviembre de 2011

Altar de Muertos MMXI


Cuarto Día de Muertos que paso en México. La preparación del altar de muertos es una de mis tradiciones favoritas, muy cercana a la concepción pagana de este momento del ciclo anual.

El altar tiene tres niveles, simbolizando los tres mundos (inferior, medio y superior), se adorna con papel "picado" que representa motivos propios de la festividad (esqueletos, altares, ofrendas...) y flores; especialmente Cempasúchil (anaranjadas), y Cresta de gallo (rojas o moradas). Así mismo se disponen agua y sal, se ofrenda comida y bebida, se encienden velas y se quema incienso de copal.

Es tradicional el pan de muerto, un pan dulce que en el centro de México suele adornarse con ajonjolí (sésamo) o azúcar, y simular dos huesos cruzados en su superficie. Otro elemento presente en la ofrenda son las calaveritas de dulce, ya sean las tradicionales de azúcar, o las más recientes de chocolate.





31 de octubre de 2011

Huesos y semillas


Edvard Munch, Death and the Maiden, 1894. Fuente.


A finales de octubre el verano se ha rendido por completo, yace deshecho en montones de hojas secas que empiezan a ennegrecerse, y un viento más frío nos advierte que es tiempo de guarecernos en casa. Varias tradiciones celebran la víspera de noviembre como un punto de contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Si el Equinoccio de otoño es una festividad de agradecimiento, de celebración de la abundancia, y la despedida para quienes emprenden el viaje hacia el Inframundo.

Persiste en el aire un llamado a adentrarnos en la cueva, en la tierra, en el aspecto interno de nuestra existencia, allí dónde no llega la luz del sol pero se tejen los sueños que germinarán en la primavera. Una invitación a viajar a los confines sombríos de nuestro ser en los que todo empieza, y a recuperar parte de nuestra conciencia y poder olvidados.


Despojarse de la carne

Uno de los mitos más ilustrativos al respecto es el del descenso de la diosa Inanna al Inframundo. En esta narración Innanna debe ir despojánse de todas sus joyas y vestiduras a medida que se adentra en el mundo subterráneo, porque tales son las leyes del Inframundo. Al llegar con su temible hermana Ereshkigal ésta la condena:

Desnuda e inclinada, Inanna entró al salón del trono.
(...)La rodearon los Anunna, jueces del inframundo.
Pronunciaron sentencia en su contra.
Entonces Ereshkigal amarró el ojo de la muerte sobre Inanna
Habló contra ella su palabra de ira.
Exclamó contra ella su grito de culpa.
La golpeó.
Inanna se convirtió en cadáver,
Una pieza de carne podrida,
Y fue colgada de un gancho sobre la pared.1

El cadáver será posteriormente rescatado y rociado con las Aguas de la Vida, gracias a las cuales Inanna regresará al mundo de los vivos, pero la cuestión a señalar aquí es que esta muerte no se trata desprenderse sólo de los bienes materiales (las joyas, las vestiduras y aquellos elementos simbólicos que se les puedan asociar). La historia de este sacrificio voluntario va más allá, porque tras ser desnudada, Inanna es condenada y linchada hasta su muerte... hasta convertirse encarne podrida colgada de un gancho. La figura de una diosa, tal como estamos (mal)acostumbrados a imaginarla, es irreconocible aquí: nada queda de su poder, de su belleza, de sus funciones. El sacrificio voluntario de la divinidad podría ser una suerte de pago por descubrir lo que hay de importante en esta historia.

El precio de cruzar al otro lado es estar dispuesto a aceptar nuestra propia muerte, invitar a esa sombra oscura a nuestra casa, a nuestra mesa y a nuestro lecho. Aprender a no temerla, a ver más allá de su aspecto horrible, y considerar, por nuestro bien, sus sabios consejos. A menudo tenemos miedo de las cosas que acaban, de las despedidas, de los finales. Incluso cuando los deseamos, a menudo queda un residuo de temor por lo que vendrá a continuación.

Tenemos miedo de lo que somos, de que las cosas cambien demasiado, de sobrevivir a nosotros mismos, a nuestros viejos parámetros y formas de entender el mundo, incluso a nuestros sueños caducos. Y tenemos también miedo de dar luz a nuevos proyectos, de ver nacer nuevas esperanzas, de empezar una y mil veces. Este miedo nos impide vivir cada momento con la atención que merece, nos convierte en unos locos que huyen de la naturaleza de su propia existencia, y nos hace desgraciados. Así que, al fin y al cabo, por horrible que nos parezca, y aunque en ocasiones implique cierto grado de esfuerzo y sufrimiento, es mejor reconciliarse con la muerte y empezar a vivir en plenitud.


El alma ósea

Inanna se despoja de su carne. Existen rituales simbólicos en el mismo sentido, en los que el aspirante es maltratado, asesinado, devorado, desmembrado o descarnado con el fin de renacer como iniciado. En muchas culturas el hueso es también símbolo de lo esencial, y a partir del esqueleto se puede reconstruir la vida del animal sacrificado o incluso del héroe muerto. En pueblos cazadores del norte de Europa y Siberia se manifiesta la creencia de que la reconstrucción del esqueleto de la caza, la presa sería recuperada. 2

La osamenta es la parte más duradera del cuerpo y a menudo se ha considerado que alberga una suerte de alma propia. Esta idea, ligada a la prohibición de romprer los huesos, está presente en episodios mitológicos que nos son familiares, como aquel de la Saga de Snorri en el que el dios Thor sacrifica a los bucos que tiran de su carro, resucitándolos al día siguiente a partir de sus osamenta. El episodio formará también parte de los Milagros de San Germán de Heiric de Auxerre, en el 872, y estará presente en las declaraciones del proceso inquisitorial de Pierina, en 1390, quien afirmó que Madonna Oriente, tras el banquete de carne, recogía los huesos y los poníendolos sobre los pellejos, devolvía la vida a los animales, aunque ya no servían para trabajar. 3

En última instancia, este alma ósea es también una memoria que persiste aún cuando la vida ha partido, un último hilo de voz que, en ocasiones, se hace oír entre los vivos en numerosas historias de fantasmas y aparecidos, que reclaman una sepultura digna o la conclusión de algún asunto pendiente.


Huesos y semillas

En cierto modo, los huesos conservan una vida propia, esencial, duradera, aparentemente incorruptible, a partir de la cual se puede recrear un mundo. Tal como indica Pinkola Estés:
Los símbolos del hueso y la semilla son muy similares. Cuando se tiene el rizoma, la base, la parte original, cuando se tiene el maíz de siembra, cualquier estrago se puede arreglar, las tierras devastadas se pueden volver a sembrar, los campos se pueden dejar en barbecho, la semilla dura se puede remojar para ablandarla, para ayudarla a abrirse y germinar. 4
El paralelismo, la cercanía entre el hueso y la semilla es esencial en este momento del ciclo anual y en el contexto del viaje al Inframundo. Cuando la fruta, pasado el momento de maduración, se descompone, descubre la semilla que asegura la perpetuación de la especie. Nada se pierde en este ciclo, la putrefacción de su materia enriquece el suelo del que la nueva semilla se alimentará.

Del mismo modo uno acepta la muerte como un proceso que requiere despojarse de todo aquello que sobra en nuestras vidas y permite acceder a lo esencial, a la semilla que contiene aquello que en verdad se es, y nos enseña a alimentarlo para que pueda brotar en la superficie de nuestra vida, para que llegue a dar frutos. La muerte permite establecer límites, asignar finales y liberar con ello energías que permanecían atrapadas en un sinfín de elementos caducos que amontonamos descuidadamente en un lugar al que preferiríamos no asomarnos demasiado, porque la muerte es también un trabajo, y nunca morimos dos veces igual.

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NOTAS:

1. Canto de Inanna.Sumeria.3500 a 2000 a.C. Versión de Diane Wolkstein y Samueel Noah Krame,Traducción de Ofelia Iszaevich. Publicada en De sombras y de luces, por Lía Luna.

2. Jean Chevalier, Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Barcelona, Herder, 2003. pp.580-581

3. Claude Lecouteux, Hadas, Brujas y Hombres Lobo en la Edad Media. Palma de Mallorca, José J. de Olañeta, 1999. pp.66-68.

4.Clarissa Pinkola estés. Mujeres que corren con los lobos. Madrid, Ediciones B, Suma de letras, 2001. p.56