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5 de marzo de 2014

Lejos puede ser aquí mismo




Lejos puede ser aquí mismo, en el silencio. No en el silencio entendido como la ausencia completa de sonido, sino el silencio respetuoso de las palabras que enmudecen para mezclarse con el sonido del viento entre las hojas, para perderse en la textura rugosa del tronco y seguir los senderos ascendentes de las ramas, para sonreír en el verde de las yemas que asoman tempranas para saludar al sol de Primavera.
El silencio es, a veces, tiempo necesario para sumergirse de nuevo en el mundo y descubrirlo todo de nuevo, y recuperar el asombro y el agradecimiento. El silencio es, en ocasiones, una soledad compartida, un abrazo de punta a punta de la distancia, que nos une en lo más íntimo bajo un mismo cielo estrellado; porque en el fondo, en la raíz, somos lo mismo y nos buscamos al crecer siguiendo los caminos del viento.

Hace un puñado de meses empecé a acercarme a los árboles, algo que posiblemente no hacía con seriedad desde niña, cuando estas cosas resultaban mucho más sencillas. Creo que todo empezó a hacerse evidente con un joven almendro, en una esquina por lo demás anodina, del Distrito Federal. La vuelta al Mediterráneo no fue precisamente un acontecimiento alegre, y durante algún tiempo lo único que sabía hacer para acallar la desesperación era caminar y observar en silencio la naturaleza y sus colosales dimensiones envolviéndome como una mortaja, de la que meses después emergiría una nueva persona, aunque siguiera siendo "yo". 
Los veía y me veían, a su manera, los árboles. A fuerza de pasar repetidamente por algunos caminos, terminamos por saludarnos. No les he puesto nombres, pero cada uno de ellos es diferente a otro, cada uno tiene una voz única y silenciosa. Sólo con su presencia, algunos han logrado transformar mi visión sobre algunas cosas. El Granado que asoma en los límites de un campo cercano, que es como una anciana de dedos nudosos y cabellera enredada ofreciendo su fruto aunque nadie lo tome, más que los pájaros y los gusanos, y espera a reverdecer por más que  la impaciencia de los almendros y las mimosas haya ya florecido. Estos almendros y estas mimosas que insisten en sacar sus flores al sol, por más que haga a penas un puñado de días que una poda irreflexiva convirtiera sus ramas en recortados muñones, y a pesar de las heridas florecen, tercos, porque no se puede detener el impulso de su savia al despertar...

Entre todos,  uno me acogió con cierta condescendencia  bajo su majestuosa sombra. Al principio  nada fuera de lo común, a penas un breve saludo al pasar; pero con el paso de las semanas y meses, un día te das cuenta de que aquello es un amigo del que dolerá despedirse. Debo ya mucho al Roble de la encrucijada, entre otras cosas la evidencia de que el ritmo que traía conmigo no servía en aquella esfera y el ver elevarse como una ola sobre mí el miedo a perder los hilos de las mil cosas que intento manejar día con día; los proyectos, los compromisos, las expectativas, etc. Lógicamente a su entender en realidad esas cosas no importan demasiado. No me queda más remedio que admitir que tiene razón... Que a menudo las palabras, las mismas ideas, son como hojas que se secan, y que el viento pone a nuestros pies para nutrir las esperanzas y proyectos de un nuevo reverdecer.
Pero a veces necesito también abrazar, aunque sea con los ojos, las dimensiones gigantescas de una presencia que me recuerda las raíces y las ramas de mi propio ser, aquello de donde vengo, aquello hacia lo que crezco, en un impulso desde lo más profundo... Aquello que constituye la evolución de la semilla que yo misma soy. Y necesito acogerme en la protección de una paciencia infinita como la suya, y permanecer lejos, aunque esté aquí mismo, y reencontrar el sentido de las cosas. A veces necesito de esta soledad, que es en realidad la compañía de las cosas sutiles; el cultivo de una serie de delicados vínculos que me unen al mundo, de caminos que recorro en silencio, de historias que en ocasiones resultan difíciles de traducir.


20 de abril de 2013

Porque has venido han florecido las lilas...



He reencontrado hoy, subiendo la cuesta de la estación, un aroma familiar que venía a buscarme. Al levantar la vista racimos de flores lilas parecían sonreír, cómplices, desde lo alto de una verja. He recordado al instante los días en que camino al instituto mis pasos se negaban a cruzar aquellas puertas, e insistían en seguir a su propio ritmo más allá de las vías del tren, hasta llegar a la playa, desnudarse y enterrarse en la arena mientras el aire salado me alborotaba el cabello. 

Lo cierto es que no he logrado jamás reunir una brizna de arrepentimiento por aquellas fugas... Brillaba el sol de primavera anticipando la generosidad del verano, resplandeciendo sobre el mar, iluminando los callejones alrededor del viejo mercado. Las flores de la glicina y su fragancia anunciaban la proximidad de la víspera de mayo. Y en las clases a las que mi propia rebeldía no hubiera renunciado leíamos, entre otras joyas, el Poema de la rosa als llavis, de Salvat-Papasseit. 
Mientras camino, como una canción infantil o como un hechizo antiguo, vuelven a mí fragmentos de aquellos versos tras una ausencia prolongada en demasía: "Porque has venido han florecido las lilas y han proclamado su gozo envidioso a las rosas (...) Porque has venido ahora vuelvo a querer: diré tu nombre y lo cantará la alondra."   

La primavera ha regresado con una fiereza que mi memoria había descuidado. 
No hay lugar al que mi vista pretenda dirigirse que no haya sido conquistado ya por las flores; sus pétalos se mecen jugando con el viento desde los balcones y ventanas, silvestres en los campos y en las orillas de los caminos. El aire, suave, parece a menudo encantado y veo más colores entre el cielo y la tierra de los que puedo identificar, como si algún dios se hubiera dado a la tarea de devolver al mundo un esplendor arcano, desconocido incluso por las generaciones que nos precedieron.

Y se hace muy extraño pensar en el tiempo que hacía que no sentía posarse sobre mi piel una luz como la de estas tardes. Darme cuenta de cómo la he llegado a añorar, sin sospecharlo siquiera, sin reconocer la sensación ni contar con palabras capaces de describirla. 
Ahora sólo queda agradecer.


En la Tierra la primavera es una danza en la que todo parece volverse ligero y abundan, como las flores y las aves, los juegos. Perséfone regresa del Inframundo retomando con infantil felicidad los caminos que ya le pertenecían mucho antes del tenebroso descenso. Siempre es ella y la otra al mismo tiempo, y está bien que así sea. Sólo bajo la sombra perenne de pestañas empapadas en luto podía iluminarse una mirada capaz de despertar a la naturaleza entera del sueño de la muerte. 

22 de marzo de 2013

El imposible retorno



Franz Marc, Seated Mythical Animal, 1912

Los retornos no existen, nunca regresamos por completo a ningún lado; ni siquiera a nosotros mismos. Después de la alegría de reencontrar lugares, sensaciones y personas que han habitado mi recuerdo todos estos años de ausencia, descubro que hoy por hoy no soy menos extranjera en Barcelona de lo que una vez lo fui en México. 
Despierto cada mañana sintiendo no una añoranza que de aquellas que nos atan al pasado, sino de la que nos llama a la búsqueda. El deseo casi carnal de concretar alguna de las infinitas posibilidades que nos pasan por la cabeza cuando el universo que solíamos habitar es ya un irreconocible descampado lleno de ruinas, y aún no sabemos exactamente qué realidad nos apetece construir.

A veces dejar tu casa y tus cosas atrás no es suficiente cambio; cruzar un océano no es suficiente cambio, y tampoco lo es cambiar por completo de entorno social. En última instancia, el cambio es algo que sucede por dentro.
Cada día que pasa veo con mayor claridad algunas cosas que sucedieron no hace demasiado tiempo, pero que quedan ya muy lejos. Las veo como de pequeña veía las películas de miedo, asomando el ojo entre los dedos de mis manos, intentando evitar el impacto de las escenas más terroríficas. Pero tengo que mirar, y atreverme cada vez un poco más, porque al fin y al cabo es mi vida: nadie más puede ocuparse de ella. 

Dado que la misma vida me ha demostrado que era absolutamente necesario que lo hiciera, es un trabajo que me tomo muy en serio. Y para hacerlo bien, por más reclamos que me conlleve, necesito grandes dosis de distancia y silencio a mi alrededor. Ciertamente, debía hacer demasiado tiempo que no me prestaba verdadera atención: Cuando me pregunto a mí misma de qué va todo esto, las respuestas que me doy llegan a sorprenderme. 

Llevo escribiendo sobre magia, brujería y paganismo muchos años, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que en estos ámbitos se están teniendo más en cuenta la formas que los contenidos. No digo que esto sea así para todo el mundo y en toda ocasión, pero tampoco me parece demasiado sensato desoír una alarma que suena día y noche. Tal vez no sé lo suficiente, o no he dado con las personas adecuadas; tal vez los dioses se aburran y quieran verme haciendo trucos nuevos o incluso puede que, después de todo, éste no sea mi camino.

Creo que estemos en el punto que estemos debemos aceptar la responsabilidad de asegurar la continuidad de nuestro crecimiento. Evitar que aquello que usamos como herramienta eche a perder nuestro trabajo, e impedir que nuestras definiciones nos aprisionen y acabe por tener más peso el nombre -o la imagen, o la forma- que la realidad que se está describiendo. 

Tengo ahora más preguntas de las que podría enumerar y sé que debo alejarme de lo hasta ahora conocido en búsqueda de las posibles respuestas y retomar el valor de la experiencia directa (y los experimentos). Dejar a un lado todo lo que ya ha sido, y volver al camino como quien nada sabe, empujada por la necesidad de buscar un lenguaje nuevo - no "nuevo" para la humanidad, me basta que lo sea para mí- que me permita manifestar todas aquellas cosas que he hecho esperar tanto tiempo en la antesala de mi conciencia.

Tampoco es que se pueda decir mucho más al respecto, si supiera exactamente lo que encontraré más allá de las limitaciones que he aceptado durante todo este tiempo, la aventura que me propongo vivir sería mucho menos atractiva. Pero cuando haya hecho realidad algunas ideas locas, con mucho gusto explicaré cómo lo conseguí. 


***


Dicho lo cual: A partir de ahora Un camino de cabras fungirá como un blog personal, es decir, con el transcurrir de los días acabará por haber un poco de todo.  
Los artículos y otros materiales específicos sobre magia, brujería o paganismo se irán moviendo a Ouróboros o a Ouróboros ABC. Seguiré en PFI, y disponible para los grupos de investigación académica.  En otro orden de cosas, el nombre de los Bjalfi - y lo que conlleva- pasa a manos de una persona de mi entera confianza, que ya lo hará saber si en algún momento lo considera oportuno. A partir de ahora aquí nos quedamos con Vaelia y ya.  :)


***


5 de febrero de 2013

Carta VIII, Primavera temprana


Robert Kingsley, Early Spring, 2007

De 1902 a 1908 el poeta alemán Rainer María Rilke (Praga, 1875- Val-Mont, 1926) mantuvo correspondencia con un joven Franz Xaver Kappus, quien inicialmente le escribió pidiéndole su opinión sobre algunos versos. Fueron publicadas en 1929, bajo el título "Cartas a un joven Poeta", yo las conocí por recomendación de un profesor y de una manera u otra me han acompañado hasta la fecha.

En la Carta VIII he visto siempre un paralelismo con esta época invernal en la que la primavera se anuncia, sí, pero como algo pendiente de confirmar. Un momento en el que la semilla debe desgarrar la piel o la cáscara que la cubre y abrirse paso hacia la luz, a través de la tierra, en un viaje largo y agotador, antes de tener siquiera la oportunidad de desplegar sus hojas. La primavera temprana puede ser muy dura y también triste, sin embargo encierra el secreto del crecimiento más hondo.


Carta VIII

 Borgeby Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904

(...) Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si, mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.

Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla...

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.

Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. (...)

Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

(...) Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo...

No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.

No se observe demasiado. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (...)

1 de febrero de 2013

Imbolg

Kathy Ostman-Magnusen, The Mask, sf



Regresar a la tierra, tan gris como el invierno. Hace un frío terrible, dentro y fuera; un aire de indiferencia, de vacío, sopla incluso en el corazón de las conversaciones y las risas, se extiende como una niebla detrás de las palabras y, bajo un manto de silencio, araña incansable recuerdos que deberían ser cálidos, ansiando arrebatarlos, hacerlos suyos, devorarlos para siempre.

Hay noches largas, mañanas después de esas noches y tardes después de esas mañanas en las que se podría llegar a dudar de la promesa de la primavera. Si no fuera porque la primavera siempre llega, salgamos o no a abrirle la puerta. Si no fuera porque hay primaveras que nunca se van por completo: primaveras que nos habitan y abren puertas a la luz, contradiciéndonos.

25 de julio de 2012

La savia de los almendros. Crónica de la primavera.


Como parte del trabajo en el Taller de Crónica, se decidió publicar una serie de artículos relacionados con los movimientos sociales que desde hace más de un año han estado surgiendo y desarrollándose en diversos puntos del planeta.  Decidí retomar entonces el texto de La savia de los almendros, escrito después de leer las noticias relacionadas con la Primavera valenciana, y seguir el curso de ideas a las que me llevó. 

Mercedes Pérez (Kotori), Almendro en flor, 2010

La crónica. Y cómo se hace para hablar de lo que no se puede… Trepa por una raíz hacia el centro donde los relatos son uno, narrado mil veces en mil formas distintas y diluido en el tiempo por donde fluye más o menos desapercibido.

Hubo una vez un joven que, deseando ser investido como rey, pidió al dios del mar una señal de la legitimidad de su poder. Poseidón hizo surgir de las aguas un hermoso toro blanco, que debía ser sacrificado como símbolo de sumisión a las funciones del cargo real. Sin embargo, valorando la belleza del animal el nuevo monarca decidió atesorarlo para sí, y creyendo ingenuamente que la divinidad no se daría cuenta de la sustitución, sacrificó en su lugar al mejor ejemplar de su terrenal ganadería. De esta traición primera nació, como recordatorio de la falta cometida, el Minotauro. La trágica caricatura del poder corrupto, al que año tras año debían sacrificarse las nuevas generaciones.
Algo más tarde llegaría el correspondiente libertador, para dar un respiro al curso de esa historia que olvida pronto que el héroe siempre está a un paso del monstruo, y que el mismo traidor que es necesario derrocar, fue en otro momento una fuerza por la que se clamaba a los cielos. Un tirano es como un invierno demasiado largo.

***

De camino al trabajo, con hojas como escudos y yemas a modo de lanzas, un joven almendro desafía desde hace semanas al invierno. Y cada día que pasa son más los botones que aparecen en sus ramas, más los pétalos que brillan como armas de marfil. Es posible que este arbolito esperara, como se espera lo inevitable, la granizada por la que hace apenas unos días, los vecinos se asomaron asustados a las ventanas. Sorprendidos porque la memoria de los hombres es, a menudo efímera, y desconoce esa atávica batalla entre las flores y el hielo, por más de que también tenga lugar en ellos, incluso si se encuentran pensando en otras cosas.

En la escuela, de niños, nos enseñaron que la primavera era la época más alegre del año; aquí y allí brotaban flores coloridas y pululaban indolentes los zánganos. Nos lo enseñaron así porque no recordaban lo que la primavera era. Sin embargo -esto algunos lo saben demasiado bien-, la primavera no es otra cosa que sobrevivir al invierno, y acercarse a un verano que muchos no llegan a conocer. La auténtica primavera no es el tiempo del sol, sino aquel en el que se clama por su regreso bajo la amenaza de un cielo plomizo o el azote de un viento helado.

Al refugio de las casas, de las oficinas, de los cines... Los desmemoriados se compadecen de la locura de los almendros, cuyas delicadas flores parecen abrirse siempre antes de tiempo, llevados por una insensata falta de paciencia que les impide esperar a que las condiciones para florecer sean las óptimas.
Y al otear perezosamente los colores que van rompiendo del gris monótono del horizonte, al intuir que con ellos llegan también el deshielo y el movimiento al mundo, algunos incluso se molestan; por más que cierren los ojos será difícil prolongar el cómodo letargo.  

Fuera, olvidadas de sí mismas, suaves corolas ondean como banderas, para señalar al invierno que su plazo está por expirar.  Los almendros son heraldos del regreso de Perséfone del exilio en las profundidades del inframundo. Abriendo camino a las primeras cosechas, la diosa asciende por el sendero de pétalos que el granizo desbarató, vestida con sus mismos colores, blanca y rosada aurora que llega tras una noche que parecía eterna.

Acaso por el íntimo conocimiento de su función, no tienen los almendros - jóvenes o ancianos-, miedo del frío, de las sombras o de la muerte. A pesar de los fuertes vientos, de la lluvia o de la helada permanecen erguidos, sostenidos por unas raíces cada vez más profundas. Alentados por el crecimiento de sus ramas oscuras, que tienden al cielo como manos que quisieran asir la luz y el calor y derramarlos eternamente sobre el reino de los mortales, ofrecen sus flores con singular generosidad, sin preocuparse demasiado por si éstas habrán de convertirse en fruto o caer en tierra, porque florecen en abundancia.

Esto es así en todas las Primaveras: a pesar de la desigualdad de condiciones esas flores aparentemente frágiles, desafían con su claridad la amenaza de roca que se cierne sobre ellas. Lo hacen incluso sin ser conscientes del triunfo  conquistado en silencio; pues aún quedando deshechas por el suelo, son la prueba viviente de que tras un inverno demasiado largo la savia de los almendros vuelve a circular.

Despierta con su latido la tierra dormida, levantan el vuelo de las aves que cantan a los cuatro confines del mundo lo que aunque los hombres no recuerden, pueden aprender de nuevo, reverdeciendo.

***

El Invierno siempre regresa. Posiblemente no podríamos vivir en una eterna Primavera, tampoco en un Verano u Otoño eternos, por lo que la reaparición en escena del viejo invierno no carece de una cierta lógica. ¿Para qué batallar?

Forma parte del carácter invernal el tratar de permanecer como un ídolo monolítico y perpetuar indefinidamente el silencio y el estancamiento que terminan por imponerse bajo su reinado. El Invierno intentará prolongar su mandato, aunque para ello tenga que hundir zarpas de hielo en la carne de la tierra y devorar por igual a hijos ajenos y propios antes de que éstos puedan llegar a conocer la luz del sol, ahogando de antemano la voz que podría reclamar que el momento de los nuevos ha llegado.

El Invierno volverá, haciéndonos sentir demasiado débiles, pequeños e impotentes ante el despliegue de sus titánicas fuerzas, y la guerra más vieja del mundo no podrá jamás ganarse por completo. ¿Para qué batallar, entonces?
Es necesario lograr desterrarlo a tiempo, cada vez, aunque no pueda ser por siempre. Hay muchas razones para ello; las aves, las cosechas, los hijos propios y los ajenos… Dicho así, no ha de parecer gran cosa; pero sospechamos que en el fondo, de esta capacidad de oponer resistencia, sobrevivir y arañar con manos desnudas un pedazo de Invierno para convertirlo en un principio de primavera, depende que una vida merezca ser vivida.  

17 de mayo de 2012

Raíces y semillas

Witold Pruszkowski, Spring, 1887

La raíz es lo primero que crece al germinar la semilla; se hunde rápidamente en la tierra en la que ha ido a caer y busca su alimento en ella, extrayendo los nutrientes necesarios para desarrollar brotes, tallos, flores, y frutos. El reino vegetal entrega generosamente al resto de la naturaleza estos frutos, que no son sino el ropaje carnoso del que la semilla debe despojarse para poder despertar.

La función de nuestras raíces no es mantenernos atados a un pedazo de territorio, porque las raíces son aquello que nos conecta con la tierra y nos empuja siempre a crecer buscando la luz. Las semillas contienen el espíritu del árbol que las originó, un espíritu que se aligera y desprende en incontables ocasiones, para viajar llevado por el viento, por el agua o por los animales que recorren la tierra y los cielos. 

La semilla que parte lleva en sí toda la información que precisa para completar su desarrollo, y no piensa con añoranza en lo que deja atrás, porque su memoria está en la tierra, y volverá al hundir en ella sus raíces, nuevas y viejas a un mismo tiempo.

***

Esto pensando en las múltiples maneras que hay de contar una historia: en las personas que usan aquello que tienen al alcance para construir puentes, y aquellas que tratan de derrumbarlos. 
Pienso en el miedo que se esparce en el aire, ese veneno lento que ingerimos al respirar, acaso más peligroso que la misma contaminación física, pero también en la fuerza que puede transmitirnos la sonrisa o la mirada cómplice de un extraño con el que nos cruzamos en la calle. 

Pienso en un gris que se derrama ahogando colores, y en el resurgimiento de éstos, a su debido tiempo, estallando alegres aquí y allá, cuando ya nadie los esperaba.

Con un poco de suerte, el paso de los años contribuye a erosionar lo categórico de nuestros juicios juveniles, esa terrible necesidad de etiquetarlo todo incluso en nosotros mismos, de buscarle un lugar  y tirarlo al fondo del sótano oscuro cuando no hay donde colocarlo. Nos ayuda también a comprender la naturaleza ilusoria de las fronteras que nos separan del resto de la humanidad y a plantearnos cuál es nuestra función en este escenario efímero que transitamos, al que llamamos "nuestra" vida.

A pesar de las capas de condicionamiento que se han ido depositando, una tras otra, sobre nuestras cabezas, el impulso de la semilla donde quiera que llega a caer es buscar en lo profundo, elevarse a la luz y entregar sus frutos al resto de la naturaleza.  

17 de abril de 2012

Reverdecer

Vania Zouravliov, Autumn rot, sf.

Cada cierto tiempo el mundo palidece a nuestro alrededor como una envoltura desgastada, y el camino que recorríamos parece extinguirse en un enredo de pequeños senderos que no llegan a ningún lugar, en un muro o en un despeñadero. En ocasiones, el triunfo de la primavera consiste precisamente en emerger de la crisálida no puede contener el impulso que la habita, en romper la cáscara que nos protegía precisamente aislándonos de un mundo nuevo que será el nuestro. 

Justo antes de cruzar la frontera sentimos el vértigo de las cosas que se van de un modo humilde,  sin a penas despedirse. Sentimos crearse en nuestro pecho, o en nuestras tripas, un vacío que no añora, un vacío necesario para contener el aliento y dar una vez más ese salto hacia delante que nos llevará una realidad desconocida que terminará por devenir cotidiana y desgastarse a su vez. Y aún a través de los rayos de sol tamizados por las nuevas hojas reconocemos el brillo acerado de las herramientas de la muerte. Compañera constante y madre de la sabiduría, también nos lleva de la mano hacia el resplandor de una nueva vida.

Así reverdecemos los humanos. De este modo, a pesar de los años y las experiencias acumuladas, nos encontramos una mañana de marzo tirados sobre la hierba, abstraídos en los detalles mínimos del movimiento de un insecto que pasa ante nuestra mirada, de nuevo curiosa. Y un mediodía de abril paseamos por las calles admirando el vigor recuperado del sol resplandeciendo en la fuente o en el rojo de los geranios  y una parte de nosotros elige volver a confiar, o cuanto menos dar una oportunidad sincera, a aquello que no conocemos; sin importar cuántas veces antes nuestra confianza haya sido traicionada por lo que ya conocimos. 

Somos tan viejos como lo que ya hemos aprendido, pero al mismo tiempo tan jóvenes como lo que estamos dispuestos a no dar por sentado. En cualquier momento el mundo que creemos conocer se nos caerá, porque nuestras ideas sobre la realidad no dejan de ser una ilusión que, aunque bien trenzada, termina por secarse. No es el mundo el que envejece, sino nuestra percepción de él la que se queda atrás; tanto más para aquellos cuya necesidad de saber funge como un gran impulso, como una montura mítica que ansía cabalgar más allá de los valles del sueño.

Si la suerte nos acompaña, si no tememos las pequeñas despedidas, de la impresión del vacío y enfrentamos el miedo a lo que no sabemos, cualquier día nos sentiremos de nuevo desvalidos entre montones de cosas nuevas, resplandecientes, de las que no teníamos ni la menor idea, incluyendo algunas que no nos atrevíamos siquiera a imaginar y que, al fin y al cabo, allí están, sonrientes, saludándonos con toda la naturalidad, demostrándonos que el camino nunca termina, sencillamente tenemos que aprender a ver por dónde sigue.

26 de marzo de 2012

Mudanzas

Pluma de garza en el agua, Arc of Appalachia, sf.

No hay mejor excusa para una buena limpieza primaveral que una mudanza. Una limpieza profunda que regrese a esos rincones poco visitados de la casa en la que he habitado, rascando detrás de las orejas a  una criatura gigante, como un último servicio en agradecimiento por  haberme dado cobijo. Y una despedida en condiciones, con flores, velas e incienso. Luz tranquila al oscurecer el día, luz de ese hogar que en adelante será un recuerdo.

Reconozco que me gustan las mudanzas. Y me gusta el proceso de sacar todas mis pertenencias y comprobar en cuántas cajas puedo hacerlas caber: cuántas menos mejor. Guardo mis libros con mimo, en una caja pequeña, separándolos del resto de libros que a pesar de que también me pertenecen no son "mis" libros. Me entretengo pensando en lo poco que sufriría en realidad si todo se perdiera, si se perdieran incluso esas cositas que guardo a parte.

Disfruto al hacer paquetes y regalar no sólo aquello que ya no me sirve pero aún puede servir a otros, sino especialmente aquellos objetos que de alguna manera llegaron a mi vida sin tener realmente nada que hacer en ella, que llegarán nuevos a manos de personas que sí los quieran.  No sólo hay que hacer sitio a lo nuevo,  - lo nuevo por sí sólo no es bueno o malo-, hay que tener un lugar preparado para aquello que nos es afín, para aquello que se acerca a nosotros como un reflejo de lo que somos, una respuesta a nuestro llamado.

Y sufro un poco al abrir las cajas de documentación y papeles personales, y entregar -a fin de no acumularlos-  al sacrificio aquellos que no sirven. Leo, releo, sopeso, juzgo y ejecuto sentencia sobre datos cuyo contexto ya no recuerdo, y otros que preferiría no tener que recordar. Uno a uno pasan por mis manos y les doy una última mirada y la parte de agradecimiento que les corresponde antes inmolarlos.

Me mudo - otra vez- porque quiero, porque empieza una nueva temporada llena de vivencias que, para bien o para mal, no se repetirán y el corazón me dice "sigue por ahí"... algo que ya no le reclamaré jamás. Me mudo con mis cuatro cosas que podrían ser tres, o dos, o ninguna, y a su debido momento me volveré a mudar.

Mis recuerdos viajan conmigo, dentro de mí, aquello y aquellos a los que he amado me conforman.
Mi hogar tiene unas raíces tan profundas que puede extender sin problemas sus ramas hasta allí dónde quiera que me encuentre, hasta donde quiera que me atreva a llegar. 

20 de marzo de 2012

El Triunfo de Baco y Ariadna



Alphonse Mucha, Spring Night, ca. 1910

El Triunfo de Baco y Ariadna o Canto de Baco, es un canti carnascialeschi, que seguramente acompañó a un grupo carnavalesco y a un carro alegórico que representaba el motivo mitológico del título en los carnavales de Florencia de 1490. Fue escrito por Lorenzo de Médici, también conocido como Lorenzo el Magnífico.

Después de que Ariadna ayudara a Teseo a salir del laberinto en el que acabó con el minotauro, ambos abandonaron juntos la isla de Creta. Sin embargo durante la travesía hacia Atenas la joven Ariadna fue abandonada por Teseo en una playa. Allí la encontraría Dionisio, que la coronó y la llevó con él, convirtiéndola en su consorte. 
Según otra leyenda, Sileno, maestro de Dioniso, se cayó de su asno en los jardines del rey Midas, en una ocasión en que se encontraba ebrio.  Midas le prestó ayuda, y Dionisio, agradecido le permitió solicitar un deseo. El rey solicitó que todo lo que tocara se convertiera en oro. La petición fue concedida con prontitud, pero sus consecuencias causaron muchos inconvenientes a Midas, ya que no podía ni comer ni beber, pidió a Dionisio que lo liberara de aquél poder y el dios le ordenó que se bañara en el río Pattolo, que a partir de aquél momento fue rico en oro.

La canción está dedicada a Baco, el dios del vino y, por extensión, de la alegría y el placer. Aunque el tema hunde sus raíces en la mitología clásica,  también se encuentra en él la influencia de la literatura medieval, de acuerdo con una concepción de "carnaval", que canta a la vida y el disfrute de los sentidos y que va en contra de toda visión de la ascesis que lleva  a renunciar al mundo. La búsqueda del placer, que parece inspirar las afirmaciones de varios personajes mitológicos, jóvenes y viejos de unirse en la exaltación de la alegría de vivir, está rodeada por un sentimiento de melancolía  por la fugacidad del tiempo, toda vez que subraya la banalidad de la codicia de bienes materiales.



Il Trionfo di Bacco e Arianna

Quant'è bella giovinezza,
che si fugge tuttavia!
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Quest'è Bacco e Arianna,
belli, e l'un dell'altro ardenti:
perchè 'l tempo fugge e'nganna,
sempre insieme stan contenti.
Queste ninfe ed altre genti
sono allegre tuttavia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Questi lieti satiretti,
delle ninfe innamorati,
per caverne e per boschetti
han lor posto cento agguati;
or, da Bacco riscaldati,
ballan, saltan tuttavia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Queste ninfe hanno anco caro
da lor essere ingannate:
non può fare a Amor riparo
se non gente rozze e'ngrate:
ora insieme mescolate,
suonan, cantan tuttavia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Questa soma, che vien dreto
sopra l'asino, è Sileno:
così vecchio, è ebbro e lieto,
se non può star ritto, almeno
ride e gode tuttavia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Mida vien dopo costoro:
ciò che tocca, oro diventa.
E che gioia aver tesoro,
s'altri poi non si contenta?
Che dolcezza vuoi che senta
chi ha sete tuttavia?
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Ciascun apra ben gli orecchi,
di doman nessun si paschi;
oggi siam, giovani e vecchi,
lieti ognun, femmine e maschi;
ogni tristo pensier caschi:
facciam festa tuttavia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.

Donne e giovinetti amanti,
viva Bacco e viva Amore!
Ciascun suoni, balli e canti!
Arda di dolcezza il core!
Non fatica, non dolore!
Ciò c'ha esser, convien sia.
Chi vuol esser lieto, sia:
di doman non c'è certezza.


Quant'è bella giovinezza,
che si fugge tuttavia!


Lorenzo de' Medici, ca.1490








El Triunfo de Baco y Ariadna


Qué hermosa es la juventud,
a pesar de que escape!
Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

 Baco y Ariadna,
hermosos, ardiendo el uno por el otro:
porque el tiempo huye y engaña,
siempre juntos están contentos.
Esta ninfa y otras gentes
son felices todavía.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Los alegres pequeños sátiros,
enamorados de las ninfas,
por cavernas y bosquecillos
han puesto cientos de trampas para ellas;
ahora, calentados por Baco,
danzan y saltan todavía.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Las ninfas a su vez están contentas 
de ser engañadas por ellos:
nadie puede protegerse del Amor
sino la gente cruel e ingrata:
ahora mezclados unos con otras,
tocan, cantan todavía.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Esta carga que viene detrás, 
sobre el asno, es Sileno:
aún viejo, está ebrio y feliz,
si no puede mantenerse derecho, al menos
ríe y goza todavía.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Midas viene detrás de él:
aquello que toca, se convierte en oro.
Qué bien hay en poseer tesoros,
para el que no se satisface?
Qué placer creéis que siente
está sediento todavía?

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Cada quién abra bien las orejas,
nadie se alimenta del mañana;
seamos felices, jóvenes y viejos,
alegres todos, mujeres y hombres;
desterremos cada pensamiento triste:
celebremos todavía.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.

Mujeres y jóvenes amantes,
viva Baco y viva Amor!
Cada quién toque, baile y cante !
Arda de dulzura el corazón!
Sin fatiga, sin dolor!
Lo que tenga que ser, será.

Quien quiera ser feliz, lo sea:
no hay certeza en el mañana.


Qué hermosa es la juventud,
a pesar de que escape!





Bibliografía:

Martin Wackernagel. El medio artístico en la Florencia del Renacimiento, Akal, 1997, p.192
Luciano Rebay. Invitation to Italian Poetry, Courier Dover Publications, 1998, p.53-59.
Roberto Crosio. I trionfi d'amore e l'incombente fuga del tempo.

29 de febrero de 2012

Febrero


Al salir del trabajo, el aire olía a lluvia de verano. La tarde estaba envuelta en aquella luz del regreso a casa desde la escuela. El azul gris del cielo avivaba los colores de las buganvilias y de las ramas de los pirules a un lado de la carretera. Aspiré el aire como si quisiera consumir esa atmósfera, llevarla dentro, recordando a mi abuelo llevándome de la mano por las calles de otra ciudad, enseñádome a mirar a través de las palabras. 

Por unos minutos caminé por las mismas aceras que recorro cada día desde hace un par de años, como si fuera la primera vez que las veía, como si mi comprensión visual de este espacio estuviera aún por determinar; pero también como si andara con los ojos abiertos por un sueño extraordinariamente vívido. Luego, el momento pasó y las cosas convinieron volver a la normalidad sin hacer ruido, y disimular como si nada hubiera sucedido.

Es febrero, y algo se desata en el aire del mismo modo que el agua del deshielo se precipita montaña abajo. Algo invisible camina a nuestro lado, roza nuestra piel o nuestro pelo, susurra una imagen en nuestros oídos y se va tan ligero como llegó, casi imperceptible para el caminante. 
Algo que no existe dentro de los coches.


Arthur Rackham, Exquisite Fairy Dancing, 1906

28 de febrero de 2012

La savia de los almendros





De camino al trabajo hay un joven almendro que desde hace unas semanas desafía al invierno mostrando sus hojas como escudos, sus yemas como lanzas y sus pétalos blancos como colmillos. Es posible incluso que esperara, gracias a una memoria atávica, la granizada que cayó el otro día e hizo que muchos vecinos se asomaran sorprendidos a ventanas y balcones. Es febrero y una parte de mí se complace de que las flores y el granizo sigan librando la antigua batalla.

Cuando éramos niños, en la escuela nos enseñaron que la primavera era la época más alegre del año, en la que las flores brotaban por doquier y los animales correteaban por el campo. Nos lo enseñaron así porque no recordaban lo que la primavera era. Pero al crecer supimos -al menos algunos-, que la primavera era sobrevivir al invierno, y que muchos no llegarían a conocer el verano. Que no era precisamente el tiempo del sol, sino un tiempo en el que se clamaba por su regreso bajo la amenaza de un cielo plomizo o el azote de un viento helado.

En consecuencia nos compadecíamos de la locura de los almendros, cuyas delicadas flores parecen abrirse antes de tiempo... Sin pensar que tal vez pudieran están ahí precisamente para enfrentar el invierno que debe  empezar a retirarse.

Los almendros son heraldos del regreso de Perséfone. La diosa asciende con el secreto de la semilla y la renovación desde las profundidades del Inframundo, y lo hace por el suave camino de los blancos pétalos que el granizo desbarató.  Los almendros no tienen miedo del frío, de la oscuridad o de la muerte, y a pesar de los fuertes vientos, la lluvia, el granizo o la nevada permanecen erguidos -sostenidos por unas raíces cada vez más profundas y alentados por ramas oscuras que se alargan buscando la luz-, y ofrecen sus flores con singular generosidad, sin preocuparles demasiado si habrán de convertirse en fruto o caer en tierra, porque florecen en abundancia.
 
Esto es así en todas las Primaveras: a pesar de la desigualdad de condiciones esas flores ligeras y blancas desafían la amenaza color de roca que se cierne sobre ellas. Lo hacen incluso sin saber que aún quedando deshechas por el suelo, son la prueba de que, tras un largo invierno, la savia de los almendros vuelve a circular.