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14 de septiembre de 2014

Cerremos, si es necesario, las puertas


Christopher Williams, Cerridwen, 1910
Más Vida

Es bueno saber permanecer cuando todo incita
a desistir.
Cerremos, si es necesario, las puertas
y convirtamos la casa en un reducto
donde cada cosa, poco a poco, retome
dimensiones comprensibles y amigas.

Nada nos limita salvo el rechazo
de este espacio. En la incertidumbre granan
voces y más voces y a lo lejos el mar propone
el impulso del viento y la luz de las rutas.

Siempre el poniente convoca fuegos y auroras.

Saber permanecer, he aquí la consigna,
y preservar cadaquién el pequeñísimo
terreno en que proclama, altivo, más vida.

L'àmbit de tots els àmbits (1980)
Hace algunos años cierta violinista comentó en una reunión: "Entre los nuestros no podemos cultivar amistades demasiado comprometidas, porque hay que competir siempre y a toda costa; Pero tampoco podemos enemistarnos con nadie, porque nunca sabemos cuándo lo vamos a necesitar". Estas frases se me quedaron grabadas porque describen muy bien una actitud que logra que me nazca una urgencia terrible por salir de un lugar, o logra disipar cualquier intención o curiosidad que pudiera tener de entrar en él. Es cierto que no soy una persona extrovertida, ni demasiado ducha en las transacciones sociales, sin embargo, los vínculos forjados con mis compañeros de búsqueda - así sea por haber recorrido juntos sólo un tramo del camino -, permanecen a pesar del tiempo y la distancia. Hay muchas personas realmente importantes para mi, por las que siento un respeto, admiración y estima que no habrían podido darse en una relación menos sincera o entregada. Estas relaciones son también pruebas del camino, y frutos de un trabajo  y un aprendizaje sobre nosotros mismos, y sobre los demás.
Desde mi infancia he recorrido caminos de cabras, asomándome a la carretera de vez en cuando y volviendo siempre, tarde o temprano a los senderos menos transitados. Pero el mío es un camino que amo, una búsqueda a la que también me he entregado. Me he entregado a mí, con todo lo que tenía en ese momento, y por cada pago he recibido muchas veces más de lo que hubiera sido sensato pedir. Soy consciente de lo mucho que siempre queda por aprender, para lo que una sola vida o un puñado de ellas no bastarían; sin embargo veo demasiado a menudo personas que se llaman a sí mismos "buscadores", que dan dos pasos y se acomodan a la vera del camino, y van montando su particular tingladillo hasta invadir la carretera, tapando con las telas de sus tiendas ese horizonte que otros siempre seguiremos como enamorados.
Son unos cuantos años y muchos tropiezos en el camino, reconozco las trampas de lejos. Sin embargo, me gusta decir a otros que no les falta capacidad, sino ganas de trabajar; que esa urgencia por tener los frutos en sus cestos antes de estar maduros es una manera pésima de presentarse en los caminos y, a menudo, algo poco honesto para uno mismo y para los demás. No sirvo para advertir a alguien que está comiendo un fruto demasiado verde como para que no le sea indigesto, o que esa artesanía que le ha costado un ojo de la cara es una chapuza, o ese ungüento es un timo... De hecho, creo que algunos buscan precisamente ese timo o esa chapuza para entretenere y no enfrentar cosas mayores; y que de no ser así tal vez una indigestión o una desilusión a tiempo es justo lo que otros necesitan para salvarse de un mal mayor... Pero al mismo tiempo creo que ésa no es la mejor manera de aprender y me doy cuenta de que necesito algo más, algo que va más allá de esto. Puedo pasar por la feria un par de días al año y "socializar", pero mi lugar debe estar en otro sitio. En un sitio donde no haya necesidad de finjir afectos por miedo a perder intereses, para empezar.

Hoy ha sido un día en el que, tras muchas dudas, se han cerrado puertas. Yo las he cerrado, para poder abrir otras, y de paso he aprendido una vieja lección. Por más que no tenga nombre, este Camino que piso y los que considero mis compañeros en él merecen sólo lo mejor que pueda dar. 


3 de julio de 2014

La cima


Vistas desde La Mussara (Tarragona), 2014


Hace algunos meses empecé a explorar el proceso de Ascenso - entendido como el tránsito opuesto al Descenso al Inframundo-. Al no tratarse de una elección consciente, me costaba imaginar a dónde conduciría este camino; como cada inicio estaba lleno de incógnitas y de expectativas que, paso a paso, se van viendo expuestas y superadas por la realidad. De hecho, es precisamente este punto el que a menudo me permite validar la experiencia como algo más allá de un paseo por mi propia fantasía.
Cuando aprendemos a enlazar nuestros recorridos psíquicos con los físicos solemos encontrarnos con esclarecimientos súbitos, con momentos en los que las cosas por fin parecen encajar. Algo parecido me ocurrió una noche de finales de este junio, cuando sin esperarlo me encontré contemplando tierra y cielo desde el asombroso mirador de la Mussara, un enclave cuyo auténtico misterio me temo que no se encuentra en las historias que se cuentan al respecto.

Del mismo modo que hay muchos aprendizajes en el camino del Descenso, debe haber muchas enseñanzas en el Ascenso. En muchas culturas el ascenso es una vía iniciática que transcurre por medio de los logros, ya sean mundanos (materiales o sociales) o ascéticos, y que lleva a la unión o encuentro con el "Padre", y la identificación con este principio en el punto álgido del camino Sobre Tierra.
La literatura al respecto tiene sentido, y algo de eso  iré desgranando en mi vida y - de paso- en los siguientes posts, pero una cosa es cómo las historias, el relato heredado explícita o implícitamente toma forma en nuestro pensamiento, y otra la forma en que se manifiesta cuando pisamos sobre el terreno.

En algún momento de nuestra historia empezamos a percibir rasgos de humanidad en las divinidades, los dioses y diosas se convirtieron en maestros de las artes y conocimientos legados a la civilización. A cambio, encerramos nuestra percepción de lo divino en esa reducida esfera hasta el punto que si un dios convoca la lluvia es para castigar o premiar a los humanos, sus cosechas y su ganado; como si nada importara más en el universo, como tierras, océanos y criaturas que los pueblan no siguieran ahí, sosteniéndonos al fin y al cabo. Algo parecido sucede con ese antropoteísmo exacerbado que nos lleva a trasladar los rasgos de género que culturalmente asignamos a hombres y mujeres a las divinidades, tal cual, sin pensar en dar un paso más allá hacia la naturaleza íntegra de una divinidad. La montaña (altura) es la contraparte de la sima (profundidad), podemos sexualizar estos elementos pero a menudo es innecesario para trabajar con ellos, o incluso puede convertirse en una distracción.

Si tuviera que concentrar en una palabra lo que este tránsito me ha aportado, sería, sin lugar a dudas, "Perspectiva". Por supuesto, hablar de "perspectiva" desde la cima de una montaña suena a obviedad, pero el caso es que, en ocasiones, las cosas no son precisamente complicadas. Algo que se puede ver la noche del 23 de junio desde el barranco en el que termina lo que queda de la Mussara, son los fuegos artificiales de las celebraciones de San Juan en los pueblos y ciudades que se extienden a los pies de la sierra. Tan impresionantes como se ven cuando estamos a orillas de la playa, la altura de la cima recuerda calmadamente lo que en realidad son: fuegos artificiales, efímero entretenimiento humano que no puede competir y palidece ante la solemnidad rocosa de los montes, o el brillo inigualable de las estrellas. Los gigantes no tienen prisa, aún cuando se la erosión los vaya mermando y la misma oscuridad los devore al final; en comparación nuestras vidas aceleradas son a penas un suspiro, y incluso tal vez la humanidad misma lo sea.

Aunque no sería sensato cambiar la escala humana por la de los montes, las estrellas o los dioses en nuestra vida cotidiana, pero encontrarnos súbitamente expulsados de la burbuja en la que a menudo nos encontramos "demasiado atareados" como para dedicarnos a vivir, sí puede ayudar a repensar algunos aspectos de nuestras vidas y corregir las proporciones que con el tiempo y por inercia hemos ido descuidando. Reconocer qué es "naturaleza sustentadora" y qué "fuego artificial" en nuestro entorno, y en nosotros mismos. A veces simplemente rehuímos detenernos y contemplar, porque sabemos que la toma de conciencia nos empujará a hacer grandes cambios y no tenemos demasiado claro cómo afrontarlos. La naturaleza reencontrada nos impulsa a buscar nuestro ritmo interno, que a menudo retorcemos y forzamos por exigencias ajenas o autoimpuestas. Pero el ascenso supone también llegar a un punto desde el cuál orientarnos, la oportunidad de salir por un momento del bosque en el que estamos inmersos,  ver a dónde lleva el camino que seguimos (o los diferentes caminos a los que tenemos acceso) y hacer elecciones meditadas al respecto.

15 de mayo de 2014

Atenea, la lechuza y la serpiente.

Atenea brandiendo una serpiente de la égida contra un gigante,
Antiguo templo de Atenea en Acropolis, Acropolis Museum, Barbara McManus, 1980


Acabábamos de visitar la exposición "Mediterraneo, del mito a la razón" en Caixa Forum con PFI, y llevaba días pensando en lo infravalorada que está la cultura, especialmente la académica, en nuestros tiempos. En nuestra ruta, volví a pasar por delante de una estatua de Atenea que tenemos en Barcelona, cerca de Montjuïc. Me di cuenta de que para muchos esa imagen maltrecha, capaz sin embargo de inspirar algún respeto, podría representar el academicismo del viejo mundo y la cultura occidental.

La imagen que nos ha llegado de la Atenea se considera a menudo un arquetipo "incompleto", una casi estéril "hija del padre", cuya contraparte simbólicamente asumida es la monstruosa Medusa, a la que ella misma castigó. Aquí Atena es la razón "fría", calculadora, la razón "de estado"; que si bien desdeña la belicosidad y la violencia visceral de Ares, no tiene remilgos en otorgar  poder al más astuto, lo cual - comprobado está- no es precisamente sinónimo de hacer un mundo más justo o siquiera más habitable. Del otro lado observa Medusa, Górgona con cabellera de serpientes, la capacidad no expresada o el poder censurado, que sólo se desata con ferocidad destructora. 
Parece que la solución moderna al aparente conflicto entre ambos modelos ha sido optar por una exaltación del rol de Medusa (o de cualquier sombra) hiperemocional y fuera de control, cómo si este arquetipo no estuviera, a su vez, tan incompleto y cegado como el de la Atena hiperracional, como si la Górgona monstruosa no fuera, a su vez, hija de la misma herida original. Cuando hablamos de arquetipos, recordemos, podemos referirnos tanto a un individuo como a una cultura o sociedad.

Escribí hace poco acerca de la necesidad, para el buscador, de realizar ambos caminos; el que desciende hacia el Inframundo y el que asciende hacia las Alturas. No basta con descender a la búsqueda de nuestra sombra, hay que ser capaz de incorporar a nuestro mundo lo que hayamos aprendido en este viaje. Esto, a su vez, nos pondrá en camino de una nueva búsqueda sobre tierra y hacia las alturas, pues es dudoso que haya existido una cultura capaz de desdeñar a los cielos.
A menudo los animales asociados a los Dioses y Diosas constituyen una fuente icongráfica de información adicional sobre sus funciones. En el caso de Atenea encontramos dos animales clave, la lechuza y la serpiente; ambos símbolos femeninos y de sabiduría ambos; una del cielo, y la otra de la tierra. Y es este vínculo con la noche y la tierra, con lo oculto e íntimo, el que se ha perdido en la imagen blanca e irreal que creamos para representar la antigüedad clásica (irreal, porque, para empezar, las estatuas mismas estuvieron originalmente policromadas y no precisamente de forma discreta).

Como esas casas llenas de estantes con libros que nadie ha leído ni leerá jamás, la familiaridad con el academicismo es algo que parece mencionarse más a menudo con la finalidad de mejorar las apariencias, que disfrutarse como una auténtica vía de crecimiento personal...  Creo que hubo un tiempo en el que el academicismo representó la esperanza de encontrar soluciones a los problemas que aquejaban al mundo, una voluntad de superación, de crecimiento conjunto de la humanidad. Y aunque los errores cometidos en este camino son practicamente incontables, aún hay herramientas que deberían rescatarse como aportaciones al bien común, y que incluso podrían resultar útiles a la hora de traer nuestras potencialidades pendientes a la luz.

Por poner un ejemplo, durante los primeros años de la licenciatura en historia nos enseñaron los "trucos" del oficio, aquellas trampas - sesgos de información, omisiones, reinterpretaciones,...-, faltas a la verdad que algo más tarde veríamos cometer a más de un profesor en la misma facultad, y de formas aún más descaradas fuera de ella. En un mundo narrado por los medios de comunicación, encargados de ponernos en escena y dictar los papeles que cada uno de nosotros deberá ocupar en ella, esta situación se dispara. Vivimos en una sociedad hábilmente dirigida por expertos en manipulación emocional, y lo único que podemos hacer al respecto es mantenernos sereno, y tratar de acostumbrar la vista a los hilos con los que pretenden irnos conduciendo. En una situación como la descrita, la capacidades como la observación "objetiva", el análisis, la contrargumentación, etc. debería ayudarnos a conservar cosas tan importantes como nuestra libertad personal y favorecer una correcta gestión de nuestras emociones.

Será necesario recuperar, tal vez, la Atena que enseña las artes y los oficios, benefectora de la humanidad que - en algunas versiones- incluso da el fuego a los mortales. Los ojos de la lechuza son penetrantes, y dirigen su atención calma más allá de lo aparente, sin temor a adentrarse en el mundo de las sombras propias o ajenas. La serpiente, a su vez, además de conocer los reinos ocultos y sus tesoros, es símbolo de la conexión con la tierra, con los ciclos de la naturaleza (los procesos de crecimiento, pero también de caducidad, muerte, desprendimiento y renovación) a cuya influencia nosotros mismos estamos sometidos. La lechuza y la serpiente no nos hablan de la técnica o el razonamiento ciegos o estériles, sino de la sabiduría necesaria para completar el ciclo que unifica los tres mundos; los cielos, la tierra y el inframundo, o tres partes de nuestro ser que solemos trabajar por separado. De este modo el análisis, no sólo capaz de detectar las trampas sino también de desactivarlas, se convierte en discernimiento y la búsqueda de conocimiento deviene un acto desinteresado por el bien común, cuya culminación no es otrs que reintegrar los tesoros obtenidos en cada viaje en el mundo medio, y quedar vacíos para volver a empezar.

Los bienes culturales, tangibles o intangibles, incluyendo por supuesto aquellos que proceden del ámbito académico, forman parte de nuestra herencia, guardan la memoria tanto de nuestros contemporáneos como de aquellos que vivieron antes que nosotros, de sus propuestas para entender este mundo, de sus errores y sus aciertos. El modo en como recibimos y tratamos esta herencia es también la manera en la que dialogamos con nuestro pasado, pero también con el mundo que nos rodea. No podemos abordarlos dejando de lado por completo de lado nuestras emociones, pero tampoco podemos hacerlo dejando de lado nuestras capacidades intelectivas para gestionarlas.
Del mismo modo que sucede cuando nos reencontramos con la naturaleza (la propia, o la que nos rodea), no siempre es sencillo abrir los ojos a un mundo que, precisamente por estar a nuestro alcance, no ha obtenido toda la atención que merecía. Así como la naturaleza debe vivirse y comprenderse desde la experiencia, también la cultura (tanto en la vertiende de investigación, cómo en el arte) debe ser en algún momento rescatada del mundo de las apariencias para volverse a descubrir de primera mano y de forma vivencial, implicándonos con ella. Cuando lo hacemos, hallamos la combinación que abre la puerta a una nueva forma de vivir en este mundo y relacionarnos con sus habitantes presentes, pasados o incluso futuros.

4 de mayo de 2014

Notas sobre el Ascenso





...¡El mar, el mar, recomenzado siempre!
¡Oh recompensa, acallar la mente
y contemplar la calma de los dioses! 
¡Qué obra pura consume de destellos
plural diamante de la leve espuma,
y cuánta paz puede concebirse!
Cuando sobre el abismo un sol reposa
labores puras de una eterna causa,
titila el tiempo y es sueño la ciencia... 
Paul Valéry, Cementerio Marino


Hay temporadas en las que el camino no discurre precisamente por donde más nos apetecería ir... Hace unos meses mi paisaje interior mostraba de manera inequívoca un sendero escarpado y tortuoso que se perdía montaña arriba. Yo ya sabía lo que eso significaba y, como no podía ser de otro modo, algo en mí se resistía: "¿Qué es esto de Ascender ahora? Eso es cosa de monjes o de iluminados, dejadme ir abajo como todo el mundo. "  Pero cuando el camino hacia abajo ya ha sido recorrido varias y memorables veces, tal vez llega la hora de escuchar otro llamado. 

La Montaña, como el Árbol, puede tener raíces que se hundan en lo profundo de la tierra, y levantarse hasta rozar el cielo, pero es el mismo símbolo. Se debe recorrer el sendero de lo profundo a lo alto, de lo alto a lo profundo, para empezar a comprender su naturaleza de forma integral. Nuestra alma viaja de uno a otro extremo del mismo modo que las abejas acarrean el polen, y formamos parte de aquello que hace posible la unión de los aparentes contrarios.

Del mismo modo que el descenso es un dejarse ir, el ascenso es un esfuerzo; el descenso lleva a la calma tranquila de la oscuridad, de la unión y la disolución, el ascenso obliga a buscar la luz, emerger, pero también a separarse y convertirse en un blanco fácil. Los demonios de la Montaña dan tanto miedo como los del Inframundo, pues no dejan de ser su contraparte. Se escuchan las mismas voces espectrales, las mismas advertencias: era más seguro quedarse en casa, no habrá vuelta atrás. Pero paso a paso subiendo por el sendero rocoso y escarpado, del mismo modo que sucede al descender, cada movimiento resulta un poco menos difícil que el anterior. 

Si el Descenso permite el encuentro con la parte "oscura" de nuestro ser, ¿el Ascenso nos conecta con la "luminosa"?  En realidad aquello que nos hemos acostumbrado a llamar oscuro no es sino lo que nos resulta desconocido, aquello que si no estamos preparados para digerir, puede ser peligroso para nosotros y para los demás. Estos Dragones más allá de los límites de nuestros mapas mentales se encuentran tanto en el Descenso como en el Ascenso, pues ambos viajes implican una confrontación con hechos, ideas o potencias que el propio camino nos ha preparado para asumir, y ambos no terminan con éxito a menos que seamos capaces de volver al punto medio e integrar en él las verdades descubiertas o las fuerzas despertadas. 

Después de años de trabajo, la observación del paisaje interior suele darme pistas bastantes exactas acerca de lo que toca hacer a continuación. Lo que tocaba era aceptar ciertas peculiaridades en mi persona, en mi manera de trabajar y en mi enfoque a la hora de considerar la búsqueda espiritual y de conocimiento. Cuando, por fin, me encontré "como por casualidad" en la ladera de un monte físico,  muchas de las cosas que durante semanas y hasta aquél momento habían estado revoloteando por mi mente empezaron a encajar, y experimenté una sensación de comprensión y serenidad. No sólo supuso verme liberada de cargas innecesarias (algo tan necesario para bajar al Inframundo, como para ascender la Montaña), sino acallar la habitual discusión entre varias de las partes que insisten en estar en guerra en nuestro interior.

Un momento silencioso, bajo las olorosas ramas de los pinos, contemplando el mar y la luz del mediodía sobre los bosques. Tan cerca de los Dioses como lo estuve en los días de infancia en que se me permitía recorrer a mi aire los bosques, acompañada por los perros. Recordando a Horacio, y recordando a Valéry sin tener que considerarme extraña por ello; feliz de haber crecido en estas soleadas tierras a la orilla del Mediterráneo, pero también de haber vivido al otro lado de un océano y de haber regresado; consciente de que cada etapa en este periplo  respondía a una necesidad interna, tan viva, tan real, que debería avergonzarme cuando me sorprendo tratando de justificarlos.


La Montaña no me dió una revelación al uso, - ningún Dios apareció con voz atronadora para dictarme un decálogo, mis viejos principios nunca me han fallado-, pero me dió la perspectiva necesaria para entender que había un hilo que enhebraba los diferentes momentos de mi vida
como cuentas de un collar, y ese hilo, al que a pesar de las dificultades y las dudas había conseguido no perder, no era otro que el sentido que siempre he querido para mi vida.  Y de esta manera, en la Montaña,  el ser, mis circunstancias y yo quedamos en paz, al menos por un momento, antes de seguir nuestro camino.

Sospecho que si es cierto que venimos a este mundo para aprender, cuanto más pronto y más claras tengamos las cosas, más puntos acumulamos para que nuestra senda se tuerza de maneras insospechadas, pero volveremos al camino una y otra vez, por una suerte de pertenencia mútua.

28 de enero de 2014

Los cisnes de Sibelius


"A las once menos diez de esta mañana vi dieciséis cisnes, una de las más increíbles experiencias de mi vida. ¡Oh Dios, qué belleza!, volaron sobre mí dando vueltas por un largo tiempo y desaparecieron en la bruma solar como una cinta reluciente y plateada. (...)
Los cisnes están siempre en mis pensamientos y dan esplendor a mi vida. Es raro pensar que nada en el mundo, ni el arte, la literatura, o la música, me afecta como las grullas, los cisnes, y los gansos salvajes, sus cantos y su mismo ser. Este es el hilo que atraviesa mi vida.".
Jean Sibelius (diario), abril de 1915

A veces las respuestas llegan en momentos insospechados, y entonces no nos lleva más de un instante comprender que todo lo que estábamos sosteniendo en nuestras manos hasta hace a penas un segundo ha perdido su importancia, y queremos soltarlo e ir ligeros allí donde quiera que el viejo llamado nos lleve. Muchas veces esas experiencias nos acontecen después de un cierto periodo de agotamiento y desazón; sin esperarlo ya, algo enciende de nuevo nuestra alegría y el camino vuelve a tener un sentido y dirección claros para nosotros. Y con una nueva visión sobre el mundo del que formamos parte, decidimos cambiar de lugar algunas piezas sobre el tablero. Tiempo de cambios, que no llegan por azar.

En ocasiones la decepción y el hartazgo que puede provocar el trato con personas tóxicas puede llegar a desgastarnos hasta cubrir nuestra mirada con un sutil velo gris, como si no hubiera nada más allá de esos pequeños infiernos cotidianos encerrados sobre sí mismos, llenándose de neblumo. 
Pero un día, simplemente porque ya tocaba, sales del drama de turno y vuelves a tí por esos senderos del bosque que pocos conocen, o te encuentras con un grupo de gente que aún puede detenerse a contemplar la belleza del vuelo de las aves sobre el pantano en una tarde tranquila o disfrutar de una conversación, y te das cuenta de los motivos por los que estás allí y no en cualquier otro lugar, con otro tipo de personas, haciendo otras cosas.

Hace a penas un año que llegué a Barcelona, tras pasar casi cinco años al otro lado del Atlántico, tocaba entonces empezar de cero. En estos meses he llevado a cabo proyectos personales y grupales e incluso he colaborado en la creación de un programa de radio que a pesar de mi timidez, me encanta hacer. Pero lo cierto es que siempre necesitaré algo más para ser auténticamente feliz: La certeza de la libertad para tomar los caminos que tengan sentido para mí, y la capacidad de empezar prácticamente de cero una y mil veces, no sólo por necesidad, sino también (y sobretodo) por gusto.

Lo imprescindible es realmente poco. Y esa es la idea que tengo de pureza, de integridad, poder mantenerse en lo que realmente importa, y no dejarse confundir por ese humo tóxico que fácilmente hurta a las palabras su sentido, descarrila intenciones y hace que las acciones pierdan el alma que debería ennoblecerlas, convirtiéndolas en meros sucesos mecánicos.

El tema de los cisnes de la Quinta Sinfonía de Sibelius me parece una de las cosas más hermosas que he escuchado en la vida... Escuchándolo revivo la maravilla que se experimenta ante la Naturaleza salvaje cuando podemos contemplarla desde la más absoluta reverencia, recordándonos el poder de lo esencial e incluso despertándolo como un eco en nosotros. Otros muchos, con otros nombres, en otras épocas, en otros lugares, desde muy distintas tradiciones, han recorrido la misma senda que ahora recorremos nosotros. Un camino al que no se le hace ningún favor tratando de etiquetar... Ya nos reconocemos cuando nos miramos a los ojos, o en algún gesto sutil que, por supuesto, no requiere ser pactado de antemano.


15 de enero de 2014

Con la primera luz, Vicente Valero


Al alba nadie sabe nada... Vean:
ninguno de nosotros se atrevería a hablar
del sol que ahora despunta solamente
como una sola y libre flor del prado,
sólo un milagro más entre la hierba.

Todo es silencio todavía, nadie
se atrevería a entrar con sus viejas palabras
en este manantial de sombras y de nieblas,
de azulados reflejos y caminos
que siguen siendo aún un poco de la noche.

Fruto desnudo de la oscuridad,
tiembla como nosotros cada día, en su árbol
celeste y triste: el árbol que nos da
sólo su frío del comienzo, puro,
en húmedos abrazos, lentos, inabarcables.

Recogemos así el nuevo día, el aire
que al hacerse visible nos asombra,
el aire sin razones, prodigioso,
siempre con su cosecha diferente:
la dulce claridad entredormida.

Y ahora el sol que está aún entre nosotros,
abajo, entre las flores, se revela por fin
como un obsequio inesperado, sólo
un alimento más del bosque -en las más breves
y transparentes gotas de rocío-, oh sí:
la bebida primera indescriptible.

Vicente Valero, "Taller de paisajistas", 2005

20 de abril de 2013

Porque has venido han florecido las lilas...



He reencontrado hoy, subiendo la cuesta de la estación, un aroma familiar que venía a buscarme. Al levantar la vista racimos de flores lilas parecían sonreír, cómplices, desde lo alto de una verja. He recordado al instante los días en que camino al instituto mis pasos se negaban a cruzar aquellas puertas, e insistían en seguir a su propio ritmo más allá de las vías del tren, hasta llegar a la playa, desnudarse y enterrarse en la arena mientras el aire salado me alborotaba el cabello. 

Lo cierto es que no he logrado jamás reunir una brizna de arrepentimiento por aquellas fugas... Brillaba el sol de primavera anticipando la generosidad del verano, resplandeciendo sobre el mar, iluminando los callejones alrededor del viejo mercado. Las flores de la glicina y su fragancia anunciaban la proximidad de la víspera de mayo. Y en las clases a las que mi propia rebeldía no hubiera renunciado leíamos, entre otras joyas, el Poema de la rosa als llavis, de Salvat-Papasseit. 
Mientras camino, como una canción infantil o como un hechizo antiguo, vuelven a mí fragmentos de aquellos versos tras una ausencia prolongada en demasía: "Porque has venido han florecido las lilas y han proclamado su gozo envidioso a las rosas (...) Porque has venido ahora vuelvo a querer: diré tu nombre y lo cantará la alondra."   

La primavera ha regresado con una fiereza que mi memoria había descuidado. 
No hay lugar al que mi vista pretenda dirigirse que no haya sido conquistado ya por las flores; sus pétalos se mecen jugando con el viento desde los balcones y ventanas, silvestres en los campos y en las orillas de los caminos. El aire, suave, parece a menudo encantado y veo más colores entre el cielo y la tierra de los que puedo identificar, como si algún dios se hubiera dado a la tarea de devolver al mundo un esplendor arcano, desconocido incluso por las generaciones que nos precedieron.

Y se hace muy extraño pensar en el tiempo que hacía que no sentía posarse sobre mi piel una luz como la de estas tardes. Darme cuenta de cómo la he llegado a añorar, sin sospecharlo siquiera, sin reconocer la sensación ni contar con palabras capaces de describirla. 
Ahora sólo queda agradecer.


En la Tierra la primavera es una danza en la que todo parece volverse ligero y abundan, como las flores y las aves, los juegos. Perséfone regresa del Inframundo retomando con infantil felicidad los caminos que ya le pertenecían mucho antes del tenebroso descenso. Siempre es ella y la otra al mismo tiempo, y está bien que así sea. Sólo bajo la sombra perenne de pestañas empapadas en luto podía iluminarse una mirada capaz de despertar a la naturaleza entera del sueño de la muerte. 

11 de octubre de 2012

Viajero


Tiffani Gyatso, Taming the tamed horse, sf


Me gusta el momento en que volvemos a viejos lugares no para reavivar recuerdos queridos, sino porque en ellos nos aún nos sentimos bien. Me gusta cuando esto sucede con las personas, y las historias de cada quién suponen sólo una parte de lo que significa estar allí.

Cuando yo era joven, muy joven, la palabra "viajero" resonaba en mi interior con un brillo mágico. Hacíamos planes de los lugares a los que iríamos, imaginábamos la gente que conoceríamos. Pero cuando yo era, a decir verdad, más pequeña que joven, nada estaba más lejos de mi mente que América. Yo pensaba en el mítico "Norte", en la nieve... en un exceso de imaginación podía coniderar Asia o Australia, pero no América.

Cuando yo era pequeña ya quería ser bruja, una bruja de la tierra, como las que yo había leído que una vez hubo en Inglaterra. El chamanismo, el vuduismo, incluso las religiones y espiritualidades oriental me parecían extrencicidades tan foráneas como el cristianismo o el islamismo. Se puede decir que tenía el mal, y tenía la cura; los planes de mi prisión mental incluían su ineludible derrumbe.
No puedo decir que viajé a México porque me atrajera el país, más que nada porque era prácticamente desconocido para mí. Pero yo quería entender cosas, hacer cosas, y creí sinceramente que allí me esperaba una oportunidad de aprendizaje. Y la hubo, de hecho, hubo muchísimas, como una plaga de ratas sorprendida saliendo en tropel de los rincones más inesperados. 

Cuando viajas, de verdad, a la antigua, y permaneces el tiempo suficiente en una tierra que no es aquella que te conoció tan bien, también la sensación de extrañeza se va diluyendo. A fuerza de contrastes y matices, de pérdidas, encuentros, equivocaciones e islas de inesperada paz vamos descubriendo de qué estamos hechos. Yo, por ejemplo, entre otras cosas descubrí que el cuerpo mediterráneo extraña el sol, las noches de verano en la playa, el color de los chopos y los arces en las calles de la ciudad, el olor del lecho de agujas secas de pino en la tierra, y su manera de crujir al caminar sobre ellas. 
Si hubiera viajado al "Norte" no hubiera resistido mucho, ahora lo sé. Pienso en toda la gente que "añora" este frío... qué aprendizaje sería para ellos vivirlo, la decepción que en muchos casos ocurriría (y en otros no). Pienso en la gente que habla de "añorar" el pasado, añorar los tiempos "gloriosos de la guerra", como si no hubiera habido suficiente, como si aún pudieran dar la espalda a la realidad de lo que una guerra es.

¨¨¨
Cuando viajas, y no eres un turista, te quedas a vivir en una tierra que va dejando de ser tan extraña a medida que nos enseña que las cosas no tienen porqué ser como las creímos, las aprendimos o las imaginamos. Que las cosas, de hecho, no tienen porqué ser ni siquiera cómo recordamos haberlas vivido. Cosas en las que nunca te habrías fijado, cosas ínfimas, tan asimiladas que nunca antes las habías visto. No importa cuanto intentes prevenirte, siempre serás sorprendido.

Cuando viajas de esta manera conoces las diferencias y los matices que pueden haber entre dos mundos que se rozan, dos mundos que se supone que forman parte del mismo plano material. Entonces  empiezas a plantearte qué diferencias puede haber entre los que conocemos, y los "otros" mundos. A regañadientes tal vez, comprendes que no eres de un mundo o de otro, que no te pertenecen ni tu les perteneces. Que transitas - que transitamos- durante un tiempo que se nos ha dado, cuya medida desconocemos.
Estas experiencias que nada parecen tener de mágico rompen el caparazón de lo habitual y empezamos a ver que la realidad es más amplia de lo que sospechábamos, poco a poco, no sin dificultades aprendemos a anidar en la incertidumbre, forzados a confiar en ella.
Pero, de alguna manera, siempre habrá quien continúe manteniendo sus viejos sueños lejos de cualquier realización, asegurándose de que nunca se cumplan. Siempre habrá quien en vez de derrumbar, o simplemente salir, de su cárcel mental pretenda encerrar a otros en ellas.

Cuando vas de uno a otro mundo, lo primero que caen los las etiquetas. Caen porque no en todos los mundos las palabras tienen tanta incidencia como en el nuestro, y porque hay experiencias a las que las palabras sólo pueden acercarnos, como un pañuelo podría acercarnos al contorno de un objeto invisible que cubriera. Cuando viajas a estos otros mundos, dejas una parte importante de ti en el camino. Sacrificas un viejo "yo", hecho girones por las espinas del camino, como señal para poder avanzar por el sendero del descenso. Lo que tenías, ya no sirve. Tienes que aprender a llevar contigo sólo lo que puedas llevar, no sólo físicamente. Aprendes, también,  que en ocasiones, las distancias físicas significan poco. 

Y a la vez que te vas familiarizando con lo que no conocías, vas convirtiéndote en una extraña tanto entre aquellos de la tierra de la que procedes, como entre aquellos que habitan el territorio al que te diriges. No tienes un lugar al que volver, sino lugares a los que ir y cosas que hacer. Y el sol sigue saliendo.

13 de junio de 2012

Aclaraciones sobre CdC y planes inmediatos


Ashley Benham, Little goat, 2010


Hay épocas para todo; épocas de revelaciones épicas, y épocas de revelaciones más caseras, pero no menos importantes. Esta una de esas épocas - o, sencillamente, un puñado de semanas - en las que las cosas no terminan de asentarse, en el que las ideas deben captarse al vuelo y cocinarse rápido, porque a penas hay tiempo de preparar algo más elaborado. Escribo desde el espacio que dejan unos horarios laborales que se han dilatado considerablemente, ese espacio que resta para otras ocupaciones igualmente necesarias, que se pelean como niños para captar la atención y ser atendidas.  Me gusta detenerme un momento y pensar que esto también es parte del camino que elegí. Eso me hace recordar, también, que una serie de cambios se anuncian sutilmente en el aire, y que algo en el fondo empieza a removerse para darles la bienvenida, mucho antes de que sean evidentes. Cada cambio es un brote que se abre paso, una vida nueva, desconocida, que toma fuerza y se extiende desde lo que hemos sido hasta el momento.

Camino de cabras es mi cabaña de bruja: Aún cuando trate de equilibrar las cosas, el mundo no deja de ser un reflejo de mi persona, por ahí están mis filias y fobias; los recuerdos, las propuestas al futuro y también momentos aparentemente anodinos como éste. Es también un lugar de trabajo y, a pesar de que la puerta permanezca abierta, también una especie de refugio... Un viejo lugar que cambia de nombre y forma para acompañarme a través de los años.
Hace tiempo alguien criticó una de mis publicaciones diciendo algo así como "no me gusta la gente que cree que sabe lo que los demás tienen que hacer". Me hizo mucha gracia porque ciertamente abuso de expresiones como "debemos", y eso no está bien, sin embargo el motivo detrás del atrevimiento es que a menudo las publicaciones son el resultado de una discusión más o menos larga y cruenta conmigo misma hasta llegar a una resolución.  La verdad es que me cuesta horrores decirle a nadie lo que debe hacer, incluso en las situaciones en las que es lo que se espera de mí.

Sobre los temas aquí tratados asoman constantemente las orejillas peludas de mis monstruos favoritos, resuenan los ecos de las batallas libradas contra los viejos yoes, o dubitan los asuntos que no he terminado de resolver aquí dentro. Porque no sé demasiadas cosas, y algunas de las que creía saber no han superado los embates de la realidad, y me han llevado de nuevo a la casilla de salida. Las cosas que más o menos he aprendido, debo repetírmelas, porque no me sirve de nada la comprensión, sino la tengo presente. Y a veces me veo obligada a volver una y otra vez sobre un mismo tema, porque no acabo de aprender la lección, o porque necesito profundizar en ella.

Cada vez que recuerdo algo en el blog, me lo estoy recordando a mí misma, a menudo porque me hace falta. No tengo motivos para esconderme, pero más que nada sucede que prefiero confrontar que tratar de seducir. No es que yo escriba sólo para mí misma, yo aquí escribo un poco como quien lanza botellas con mensaje al mar, esperando que lleguen a alguna costa desconocida y que devuelvan un mensaje igualmente personal. 
Si viajo a la raíz encuentro que los puntos aquí defendidos son fruto de elecciones personales, no verdades últimas, ni siquiera verdades primeras. Creo en lo que hago y digo porque en el momento en el que lo hago y lo digo me parece la mejor opción, discuto mucho conmigo y si no directamente con otros, sí con sus ideas, y a veces -muchas, de la mano del tiempo y la experiencia- hay serios cambios de opinión. Sólo de vez en cuando hay algo que se desliza a través de mis dedos como una combinación de letras particularmente acertada. 

Dicho lo cual, ante la presente falta de tiempo para hacer todo lo que me gustaría hacer, en las próximas semanas voy a centrarme en el Cuaderno de campo para brujas que se publica en Ouróboros ABC. El propósito es proponer unas bases para estructurar la práctica diaria - y de ahí que se le de prioridad, para que aquellos que se sumen al experimento puedan empezar-, luego se irán incluyendo diferentes ejercicios que pueden resultar útiles para enfrentar diferentes situaciones para desarrollar habilidades. Dicho de otro modo: la temática práctica , y enfoque más neutro del que la que escribe sea capaz, van a estar concentrados allí.

Por otro lado, en Ouróboros, voy a estar rescatando algunos artículos que en su día se publicaron en Perro Aullador, aunque hay un PDF disponible, creo importante que los artículos puedan ser indexados independientemente por los buscadores y la información sea más fácil de localizar. Las traducciones nuevas que vayan saliendo también se publicarán allá.

Camino de Cabras, queda - al menos por el momento- para cosas más personales, los artículos de simbolismo, naturaleza, literatura, artes plásticas, asuntos de andar por casa y, por otro lado, algunos escritos que reflejan mi opinión sobre ciertos temas con los que me voy encontrando en este camino.

26 de marzo de 2012

Mudanzas

Pluma de garza en el agua, Arc of Appalachia, sf.

No hay mejor excusa para una buena limpieza primaveral que una mudanza. Una limpieza profunda que regrese a esos rincones poco visitados de la casa en la que he habitado, rascando detrás de las orejas a  una criatura gigante, como un último servicio en agradecimiento por  haberme dado cobijo. Y una despedida en condiciones, con flores, velas e incienso. Luz tranquila al oscurecer el día, luz de ese hogar que en adelante será un recuerdo.

Reconozco que me gustan las mudanzas. Y me gusta el proceso de sacar todas mis pertenencias y comprobar en cuántas cajas puedo hacerlas caber: cuántas menos mejor. Guardo mis libros con mimo, en una caja pequeña, separándolos del resto de libros que a pesar de que también me pertenecen no son "mis" libros. Me entretengo pensando en lo poco que sufriría en realidad si todo se perdiera, si se perdieran incluso esas cositas que guardo a parte.

Disfruto al hacer paquetes y regalar no sólo aquello que ya no me sirve pero aún puede servir a otros, sino especialmente aquellos objetos que de alguna manera llegaron a mi vida sin tener realmente nada que hacer en ella, que llegarán nuevos a manos de personas que sí los quieran.  No sólo hay que hacer sitio a lo nuevo,  - lo nuevo por sí sólo no es bueno o malo-, hay que tener un lugar preparado para aquello que nos es afín, para aquello que se acerca a nosotros como un reflejo de lo que somos, una respuesta a nuestro llamado.

Y sufro un poco al abrir las cajas de documentación y papeles personales, y entregar -a fin de no acumularlos-  al sacrificio aquellos que no sirven. Leo, releo, sopeso, juzgo y ejecuto sentencia sobre datos cuyo contexto ya no recuerdo, y otros que preferiría no tener que recordar. Uno a uno pasan por mis manos y les doy una última mirada y la parte de agradecimiento que les corresponde antes inmolarlos.

Me mudo - otra vez- porque quiero, porque empieza una nueva temporada llena de vivencias que, para bien o para mal, no se repetirán y el corazón me dice "sigue por ahí"... algo que ya no le reclamaré jamás. Me mudo con mis cuatro cosas que podrían ser tres, o dos, o ninguna, y a su debido momento me volveré a mudar.

Mis recuerdos viajan conmigo, dentro de mí, aquello y aquellos a los que he amado me conforman.
Mi hogar tiene unas raíces tan profundas que puede extender sin problemas sus ramas hasta allí dónde quiera que me encuentre, hasta donde quiera que me atreva a llegar. 

29 de febrero de 2012

Febrero


Al salir del trabajo, el aire olía a lluvia de verano. La tarde estaba envuelta en aquella luz del regreso a casa desde la escuela. El azul gris del cielo avivaba los colores de las buganvilias y de las ramas de los pirules a un lado de la carretera. Aspiré el aire como si quisiera consumir esa atmósfera, llevarla dentro, recordando a mi abuelo llevándome de la mano por las calles de otra ciudad, enseñádome a mirar a través de las palabras. 

Por unos minutos caminé por las mismas aceras que recorro cada día desde hace un par de años, como si fuera la primera vez que las veía, como si mi comprensión visual de este espacio estuviera aún por determinar; pero también como si andara con los ojos abiertos por un sueño extraordinariamente vívido. Luego, el momento pasó y las cosas convinieron volver a la normalidad sin hacer ruido, y disimular como si nada hubiera sucedido.

Es febrero, y algo se desata en el aire del mismo modo que el agua del deshielo se precipita montaña abajo. Algo invisible camina a nuestro lado, roza nuestra piel o nuestro pelo, susurra una imagen en nuestros oídos y se va tan ligero como llegó, casi imperceptible para el caminante. 
Algo que no existe dentro de los coches.


Arthur Rackham, Exquisite Fairy Dancing, 1906