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3 de abril de 2014

El Monstruo se queda



Todos tenemos épocas difíciles en nuestras vidas, semanas en las que todo parece venir junto, momentos en los que no vemos salida, y cerrando los ojos nos gustaría simplemente volver al barro original, y que el agua de la lluvia nos arrastrara hasta hacernos desaparecer. 
Luego nos sobreponemos, y seguimos.
Obviamente no hablo por aquellos que deciden revolcarse en sus desgracias y recitar en el relato interminable de quejas ensayadas antes que hacer nada... Hablo de las personas que mientras otros hacen esto, se levantan cada dia y luchan, y desde el fondo del pozo en el que se encuentran arañan las paredes buscando una salida, y se quedan sin uñas antes que sin fuerza, pero ahí siguen, mientras los días del plazo indescifrable pasan lentos.

En  una sucesión de acontecimientos que ha caído como una lluvia de piedras, puedo decir que en las últimas semanas me ha pasado prácticamente de todo, y no demasiado bueno, a todos los niveles: relaciones, proyectos, trabajo, salud...  El tipo de confluencias que, además de dejarnos temblando, nos da que pensar.  Una vez pasada la tormenta, no nos vamos a quedar en el dolor, simplemente empezamos de cero, y desde menos que cero si es necesario. Cuando pienso que he estado tantas veces en este punto que casi se ha convertido en mi medio natural, el miedo se esfuma y llega una especie de agradecimiento que no termina de ser una rendición.

Si algo tiene cada uno de los sismos que sacuden nuestras vidas derrumbando la mitad de lo que creíamos certero por los suelos, es que nos ayudan a hacer limpieza de todo aquello que  sobra en nuestras vidas, revelando a nuestra olvidadiza conciencia, la resplandeciente belleza de aquello que es esencial y permanece intacto cuando todo lo demás se agrieta y cae. Desde la perspectiva privilegiada de aquel que se halla entre ruinas podemos entender muchas cosas, y liberarnos ya sin pesar  de las mentiras (o medias verdades) con las que  hasta el momento velábamos nuestros ojos.
Cada vez que nuestro mundo se derrumba, una parte de nosotros muere con él y queda para siempre atrás. Eso significa también que podemos elegir hacia dónde orientaremos nuestro cambio, en el siguiente paso a dar.  Después de años de volver una y otra vez a este punto, puedo decir que la vida es algo que construimos dialogando con la existencia, más que planeando... Aunque tener un plan, ser capaz de entregarse a algo, siempre ayuda.  

Durante todos estos años el Monstruo me ha acompañado, como una sombra que me habita y, a veces, me hace daño. El Monstruo que permanece al fondo de la conciencia, mirando con escepticismo mis intentos de actuar de forma ética incluso cuando ando entre tramposos y cobardes. El Monstruo que, atado, se agita con furia, cada vez que tengo que tolerar una salida de tono, o incluso una falta de respeto de alguien que no cree necesario pensar antes de hablar, o no le importa. El monstruo que me araña por dentro cuando lo contengo sabiendo que alguien está tratando de mentirme o manipularme,  pero no hago nada, porque no está bien acusar sin pruebas ( aunque cuando las tienes, el daño ya está hecho, y ya no importa).

Casi puedo contar con las manos las ocasiones en las que el Monstruo ha escapado de mi control, provocándome una vergüenza terrible, porque gran parte de mi formación la pasé en una pseudoescuela en la que el dolor, la rabia o el enojo, deberían haber sido comprendidos, gestionados y trascendidos, pero como es algo que en realidad cuesta mucho esfuerzo y dedicación, más a menudo eran simplemente criticados, reprimídos y castigados.
Lo llamé Monstruo al ver como individuos que creían que podían seguir con sus experimentos sobre mi persona se asustaban al verlo aparecer... Lo llamé Monstruo porque por su culpa perdí cosas que amaba, o al menos, según los estándares de la época, creía amar. 
Sólo con el tiempo he podido ver que el Monstruo conserva todos los mecanismos de autodefensa que mi conciencia en algún momento trató de suprimir en busca de aprobación ajena, y  por mucho daño que me haya hecho, nunca será mayor que el que me ha ayudado a evitar. A fin de cuentas, el Monstruo ha hecho por mí más que muchos de aquellos que en algún tiempo consideré mis compañeros, o incluso hermanos.  Por no hablar de lo mucho que me ha ayudado a seleccionar  en quienes puedo confiar, algo que curiosamente poco tiene que ver con lo cerca o lejos que tienes a otra persona, o con el tiempo que haga que la conozcas, sino más bien con su manera de reaccionar cuando en el momento más inesperado nuestro Monstruo -  supongo que cada uno tendrá el suyo-  hace su aparición estelar.

Bien... Aquí sentada de nuevo sobre una montaña de piezas rotas y descartables, acaricio el lomo peludo del Monstruo que siempre me ha sido leal. Conversamos acerca de cómo deberíamos abordar el siguiente tramo de nuestras vidas y qué nos apetece construir ahora. Él sabe que hay principios a los que pase lo que pase no pienso renunciar,  y yo sé que puedo contar con que acuda en mi ayuda cuando alguien con las cartas marcadas pretenda hacerme entrar en su juego. Contemplando cómo han cambiado las cosas en los últimos cinco, diez o quince años, no puedo estar más que contenta de haber pasado por tantas muertes y renacimientos, y despertar aquí, ahora, de nuevo. Abrir los ojos después del hundimiento, y comprobar que el Monstruo y yo, no estamos tan solos como solíamos estarlo en estas ocasiones...  
Los Dioses me habrán negado muchas cosas en esta vida, pero me han concedido lo que más me importaba, sin lo cual, nada de lo demás tendría sentido. Así que, feliz y agradecida después de todo, volveré a este punto las veces que haga falta.

28 de enero de 2014

Los cisnes de Sibelius


"A las once menos diez de esta mañana vi dieciséis cisnes, una de las más increíbles experiencias de mi vida. ¡Oh Dios, qué belleza!, volaron sobre mí dando vueltas por un largo tiempo y desaparecieron en la bruma solar como una cinta reluciente y plateada. (...)
Los cisnes están siempre en mis pensamientos y dan esplendor a mi vida. Es raro pensar que nada en el mundo, ni el arte, la literatura, o la música, me afecta como las grullas, los cisnes, y los gansos salvajes, sus cantos y su mismo ser. Este es el hilo que atraviesa mi vida.".
Jean Sibelius (diario), abril de 1915

A veces las respuestas llegan en momentos insospechados, y entonces no nos lleva más de un instante comprender que todo lo que estábamos sosteniendo en nuestras manos hasta hace a penas un segundo ha perdido su importancia, y queremos soltarlo e ir ligeros allí donde quiera que el viejo llamado nos lleve. Muchas veces esas experiencias nos acontecen después de un cierto periodo de agotamiento y desazón; sin esperarlo ya, algo enciende de nuevo nuestra alegría y el camino vuelve a tener un sentido y dirección claros para nosotros. Y con una nueva visión sobre el mundo del que formamos parte, decidimos cambiar de lugar algunas piezas sobre el tablero. Tiempo de cambios, que no llegan por azar.

En ocasiones la decepción y el hartazgo que puede provocar el trato con personas tóxicas puede llegar a desgastarnos hasta cubrir nuestra mirada con un sutil velo gris, como si no hubiera nada más allá de esos pequeños infiernos cotidianos encerrados sobre sí mismos, llenándose de neblumo. 
Pero un día, simplemente porque ya tocaba, sales del drama de turno y vuelves a tí por esos senderos del bosque que pocos conocen, o te encuentras con un grupo de gente que aún puede detenerse a contemplar la belleza del vuelo de las aves sobre el pantano en una tarde tranquila o disfrutar de una conversación, y te das cuenta de los motivos por los que estás allí y no en cualquier otro lugar, con otro tipo de personas, haciendo otras cosas.

Hace a penas un año que llegué a Barcelona, tras pasar casi cinco años al otro lado del Atlántico, tocaba entonces empezar de cero. En estos meses he llevado a cabo proyectos personales y grupales e incluso he colaborado en la creación de un programa de radio que a pesar de mi timidez, me encanta hacer. Pero lo cierto es que siempre necesitaré algo más para ser auténticamente feliz: La certeza de la libertad para tomar los caminos que tengan sentido para mí, y la capacidad de empezar prácticamente de cero una y mil veces, no sólo por necesidad, sino también (y sobretodo) por gusto.

Lo imprescindible es realmente poco. Y esa es la idea que tengo de pureza, de integridad, poder mantenerse en lo que realmente importa, y no dejarse confundir por ese humo tóxico que fácilmente hurta a las palabras su sentido, descarrila intenciones y hace que las acciones pierdan el alma que debería ennoblecerlas, convirtiéndolas en meros sucesos mecánicos.

El tema de los cisnes de la Quinta Sinfonía de Sibelius me parece una de las cosas más hermosas que he escuchado en la vida... Escuchándolo revivo la maravilla que se experimenta ante la Naturaleza salvaje cuando podemos contemplarla desde la más absoluta reverencia, recordándonos el poder de lo esencial e incluso despertándolo como un eco en nosotros. Otros muchos, con otros nombres, en otras épocas, en otros lugares, desde muy distintas tradiciones, han recorrido la misma senda que ahora recorremos nosotros. Un camino al que no se le hace ningún favor tratando de etiquetar... Ya nos reconocemos cuando nos miramos a los ojos, o en algún gesto sutil que, por supuesto, no requiere ser pactado de antemano.


25 de enero de 2014

Bienvenida


La popularización del paganismo/brujería nos ha permitido acceder a información que hace años era muy difícil de conseguir, y nos ha dado nuevos espacios de convivencia, pero también ha generado un ruido del que a veces es necesario separarse, para volver a preguntarse por las cosas que de verdad importan. Cuando empecé este camino aún era niña, y como todos los niños tenía algunas ideas muy claras acerca de los requisitos mínimos que debían cumplirse para poder considerarse un iniciado/a. Tras años de búsqueda, me encuentro un panorama en el que a menudo se da por buena prácticamente cualquier cosa que se nos cruza en el camino, o por el contrario, se produce un ataque igualmente indiscriminado, cuasi fúrico, hacia cualquier cosa que salga de nuestros propios esquemas.

Posiblemente mis cuotas de autoexigencia han sido enfermizas, tanto pensar en los "debería" me ha impedido a menudo apreciar el valor que había en lo que ya era, y darme cuenta de que desde allí, sin más, podía ir avanzando tranquilamente por el camino que escogí.
La verdad es que ahora veo a nuevos paganos/brujos/sacerdotes felicísimos de ostentar un título o certificado obtenido en un curso de varios meses, semanas, o incluso días y aunque de entrada es algo que de verdad me parece excesivo, (y de vez en cuando hasta me parece un poco falso), algo en mi también me recuerda que no todo el mundo necesita las mismas cosas, y que mientras no se engañe a nadie, aquello tampoco está del todo mal.

Creo que los enormes rodeos que mi camino ha dibujado en el tiempo formaban parte de un aprendizaje que a penas empiezo a digerir... Dadas las fechas creo que no es casual que esté pensando en la claridad de aquellos principios y en como, si lo descuidamos, el paso del tiempo puede apagar nuestro brillo. A pesar de que algunos consideren Imbolg un festival inocentemente alegre, otros lo trabajamos como uno de los momentos más duros del ciclo anual, y un momento crítico en el paralelo del desarrollo individual. En el que lo más viejo en nosotros lleva de la mano a lo más joven hasta los límites de sus dominios, para que esa nueva etapa pueda crecer y dar los frutos que volverán una y otra vez a alimentar la tierra de la que surgieron.

Así como morir puede ser un dejarse ir y no requiere de esfuerzo alguno, nacer es esforzarse por llegar a la otra orilla en un camino que muchos no son capaces de completar. Contamos para esta travesía desde las profundidades, con la luz que hemos recogido, como una semilla, en el fondo del abismo invernal. Pero antes de que pueda incluso empezar a germinar, algunos la sueltan a medio camino, porque se les hace demasiado largo, o la cambian por otra cosa porque no la consideran suficientemente valiosa.

De este pequeño drama encontraremos ecos a lo largo de toda nuestra vida, épocas en las que la luz se pierde, o se ahoga entre otras cosas. Muchas veces, creyendo hacer lo correcto (y esto sucede a menudo cuando sentimos grandes miedos) nos enmarañamos en palabras y acciones que, de hecho, van en contra de lo que en principio pretendíamos defender. La buena noticia es que, con la debida purificación y el debido esfuerzo, la llama puede encenderse de nuevo, y nuestra Vida recuperar su dosis inmensa de maravilla.

A veces puede ser útil recuperar nuestros ojos de niño (lo que en vez de "hacer el tonto", como muchos parecen haber entendido, significaría más bien "dejarse de tonterías") para dar una segunda mirada sobre los problemas o situaciones que nos abruman. Pero puede ser incluso más útil, sencillamente, volver a lo esencial y preguntarnos por aquello que nos importa en realidad: ¿Por qué empezamos este camino que recorremos, cada uno a su manera? ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿Qué cosas amamos y respetamos? ¿De qué manera podemos mostrar este amor y este respeto? ¿Lo estamos haciendo?

Hace unos días encontré por casualidad una canción que cantábamos en los campamentos de verano, que me recordó lo real que es la posibilidad de acabar traicionando nuestros principios en un mundo dominado por la perversión del lenguaje propagandístico, capaz de dar la vuelta a prácticamente cualquier cosa, capaz de perpetuar estructuras y actitudes dañinas simplemente cambiando un poco el vocabulario empleado para tirar de nuestras emociones más básicas.
Puede ser que tanto bosque, tanto libro, tanta noche estrellada, tanta canción y tanta hoguera hicieran de mí una hippie de lo peor... Muchos ni siquiera lo sospechan, porque esta parte de mí ha sido bastante maltratada por las sombras de turno, ya fueran internas o externas. A mí misma me sorprendió encontrarla de pie después de tantos golpes y desprecios, mirándome desafiante, preguntándome qué pensaba hacer ahora.

Decidí que había llegado el momento de honrarla. Porque, bien pensado, posiblemente sea lo mejor de mí.
Entonces volví a sentir lo que se siente cuando se cruza un umbral... Como iluminado por una nueva luz, el mundo de cada día se mostraba profundo y lleno misterio, y yo recuperaba una antigua felicidad, casi olvidada, en medio de estos días grises, y no precisamente por las nubes que cubren nuestros cielos. Cada uno de los momentos en los que experimentamos cosas así es una iniciación, sin necesidad de tradiciones o certificados que la avalen. Y a cada uno le llegará el turno, si no le ha llegado ya, de darse cuenta. Una iniciación no es más que una nueva Bienvenida.


18 de septiembre de 2013

Desde el umbral del otoño



Mis años empiezan al final del verano. Un día indeterminado de septiembre algo en el aire logra detener mi pensamiento, alejarlo por unos segundos del mundo atareado que lo circunda, como si pudiera mitigar mágicamente sus ruidos. Entonces sé que el momento ha llegado: la última celebración de la luz, el agradecimiento, la despedida, la vuelta a esa casa oscura que todos tenemos en el seno de la tierra. Sé que me voy a ralentizar, que me va a apetecer menos salir y que estaré menos disponible porque aunque mire fuera de mí, estaré viéndome por dentro. El equinoccio de otoño siempre es un umbral que cruzo sabiendo que algo debe quedar atrás para que lo desconocido pueda acercase hasta ser familiar.

Esta ocasión es especialmente significativa, acaso porque el trabajo de este año ha sido más intenso que el de los anteriores. Acostumbrada a dejar por escrito prácticamente cada paso en el camino, me estremezco al buscarme en el reflejo cobrizo de la memoria. Hace un año, mi vida entera empezaba a deshacerse sin pedir permiso, como una construcción cuyos materiales estuvieran condenados de antemano a sucumbir... Es natural que cuando algo así sucede, al menor movimiento todo empiece a temblar, y el derrumbe sea inevitable. Sin embargo, eso no nos ahorra el dolor de las heridas cuando todo cae encima, ni la rabia de no habernos dado cuenta a tiempo de lo que iba a suceder para al menos ponernos a resguardo.

Hay un camino muy largo - tan largo, que no corresponde medirlo en tiempo- desde que un mundo se cae hecho añicos, hasta que comprendemos que la vida no termina, que nuestra tarea sigue, que hay cosas tan buenas o mejores como las que ya vivimos esperando a que vayamos a por ellas. Pero hay que ser valientes, hay que dar un paso detrás de otro desde el centro mismo de la oscuridad, atrevernos a confiar en la vida y en nosotros mismos. Comprender que somos algo más que el dolor, por más que éste pueda volver a irrumpir en escena en cualquier momento. Hay que tener ganas o, al menos, dejar de resistirnos a esas fuerzas que desde nuestro interior tiran de nosotros constantemente hacia la luz.   
Budi Satria Kwan, Journey of a Thousand Miles


Hace un año mi vida, tal como yo la tenía en mente, terminó. Terminó del mismo modo en que las frutas se pudren, para que la semilla pueda desprenderse fácilmente, para que a la semilla no le falte alimento al germinar. Aquello que tenía apuntado en los cuadernos de trabajo, lo que era realmente importante para mí, - lo irreductible, es decir, la semilla-, siguió creciendo a pesar de mi incomprensión, abriéndose camino, encontrando maneras de realizarse que yo entonces no podía ni siquiera imaginar.

Mi mundo de entonces era demasiado pequeño y forzosamente debía quedar atrás, pero esto no significa que el proceso no fuera doloroso. Muchas veces estando frente al altar -donde recuperaba por unos minutos la paz perdida-, me lamentaba y a la vez pedía disculpas por la ignorancia que me impedía ver cómo todo aquello que estaba sucediendo podía ser algo bueno, y terminaba por agradecer lo desconocido que se abría camino hacia mí.
No ha sido fácil, porque acumulamos resistencias, pero he tenido la suerte de contar con quien me echara una mano en el momento preciso para evitar que cayera rodando colina abajo y todo el esfuerzo realizado fuera en vano. Sin esperarlo, lo mismo que al inicio del viaje era  desconocido, ha resultado hacerme descubrir, entre otras cosas aún más importantes, una felicidad como nunca antes la había vivido.

Este ciclo me ha permitido identificar y empezar a dejar atrás una enorme carga de pensamientos caducos que he arrastrado durante años, y que me han condicionado demasiado; a medida que los dejo ir la serenidad y la alegría vienen a ocupar su lugar. Es muy posible que aquellos que me conocen se pregunten "¿Pero de qué serenidad habla esta mujer?", a lo que sólo podré responder que antes era peor -y también que por segunda vez en mi vida tengo uñas-.
Por supuesto el proceso no termina aquí y siempre habrá aspectos que trabajar, simplemente se trata de hacer una pausa para agradecer las enseñanzas y experiencias que esta cosecha ha traído, y sobretodo la presencia de aquellos que me han acompañado en ellas, haciendo de mi universo un lugar mucho más valioso en el que habitar.

8 de septiembre de 2013

Las zapatillas rojas



En el umbral que separa lo que se conoce de lo que se espera conocer se proyectan a menudo los fantasmas de la duda y el temor. Recuerdo, en más de una ocasión, haber deseado tener un par de zapatos de rubí como los de Dorothy, que me aseguraran el regreso a casa si las cosas se ponían demasiado feas... Sin embargo, a veces ese billete de regreso es lo último que necesitamos.

Para algunos el hogar está justo al otro lado de esa frontera que retiene al viajero como la Esfinge y su enigma. Y su llamado, difícil de acallar, és dolorosamente claro por más que lo vistan las brumas de la incertidumbre. Aunque las maravillas que acontecen cada instante en nuestro entorno serían incontables, a penas llaman nuestra atención porque en algún momento se decidió ponerles una etiqueta que las enviara directamente al fondo de los armarios, con todo aquello que "tal vez un día podamos necesitar". Pero lo cierto es que son sumamente importantes y no estaría mal asegurarnos de tenerlas a mano. 

Vivimos nuestra realidad muy por debajo de sus posibilidades: Las puertas permanecen abiertas, pero nos quedamos en la frontera alimentando nuestras dudas como los ancianos alimentan a los patos en un parque, y nos empeñamos en encontrar la manera de perder nada al dar el siguiente paso... ¡Cómo si pudiéramos hacerlo! Nos resultan aleccionadoras las historias en las que un humano trata de negociar con la Muerte, pero no pensamos demasiado en los modos que tenemos de hacer lo mismo con la Vida, como si ésta fuera menos implacable que su hermana oscura.

A veces los zapatos de rubí se convierten en aquellas malditas zapatillas rojas que hacían danzar sin descanso a aquel que las calzaba; ser perpetuamente sacudido por fuerzas invisibles e implacables durante el sueño y la vigilia, sin un tiempo para nosotros, para los nuestros. Contínuamente torturados por una legión de voces que nos recuerdan que no somos nada, que no merecemos nada, que tenemos sólo un lugar que ocupar, un rol que cumplir y una lista de tareas que desempeñar con eficiencia. Aunque a menudo lo juzguemos como una locura, lo más sensato que podemos hacer en estos casos es sacarnos esos zapatos de rubí, lanzarlos bien lejos, y avanzar descalzos y confiados más allá del arco iris. Al fin y al cabo no hay nada realmente importante que podamos perder en esto, que no pudiéramos perder de todos modos al decidir instalarnos en la autotortura.

Lo cierto es que muchas de las cosas que conservamos en forma de anhelo están más cerca de nuestro mundo de lo que nos atrevemos a creer. En no pocas ocasiones, de hecho, pugnan por manifestarse en nuestras vidas y nosotros, cobardes, las empujamos una y otra vez al fondo. Como deseo no exigen nada de nosotros, sin embargo su realización requiere un compromiso, un riesgo, una mirada sostenida a los abismos, especialmente a los propios.
Tal vez por ello cargamos con el peso de muchas generaciones que han sostenido un "no" perpétuo por respuesta, que han levantado muros y cerrado puertas hasta encarcelarse a sí mismas, pero siempre podemos aprender a decir "sí", y dar un paso más, o un saltito. Y esperar a ver qué pasa. Y seguir a nuestro propio ritmo. Y celebrar cada paso; disfrutar del camino, de sus paisajes, de los percances y alegrías que vayan apareciendo.

La humanidad ha olvidado el sentido profundo de sus propios códigos, ha perdido la comprensión y, confundiendo fondos y forma, padece de una literalidad mortal... Muchas de las cosas en las que no acabamos de atrevernos a creer están aquí mismo, esperando simplemente a que nos demos cuenta. Y si puede ser cierto que nuestros ojos han perdido la capacidad de verlas, nada nos impide alargar una mano para tocarlas.


8 de abril de 2012

Despacio

Hannah Hayoubi, Sloth smiles, 2011 

Para algunas personas tomarse las cosas con calma es un privilegio destinado a periodos vacacionales, mientras que otras ni siquiera en vacaciones serían capaces de cometer tal osadía contra uno de los signos del tiempo que nos ha tocado vivir: la aceleración. Porque un aumento de velocidad es necesario en ocasiones y bastante disfrutable, pero hablamos aquí de una aceleración absurda a todos los niveles; de un sentirse constantemente apremiado por una autoridad invisible que además nos azuza contra los demás en una serie de competencias ciegas en las que nadie gana, y en las que, por si fuera poco, de paso nos perdemos a nosotros mismos.

Vivimos en una realidad distorsionada, que asumimos como normal, aunque sabemos que hace a penas un par de siglos los ritmos de trabajo y descanso aún los marcaba el curso solar, y que entonces la palabra alimento significaba algo completamente diferente. Aquellos descubrimientos que debieran ser ventajosos para la humanidad han sido, en gran medida, empleados en contra de su propio bienestar, toda vez que se han cobrado un alto precio. Son, sin embargo, elementos y servicios que en muchos casos a penas necesitamos y que en la mayoría resultan completamente prescindibles. Dicho de otro modo, tenemos la opción de no usarlos, o de hacerlo de una manera que no resulte tan contraproducente.

Es posible que nos encontremos incluso más desconectados de nuestros propios ritmos que de los ciclos estacionales, y aunque tratamos de acercarnos a espacios naturales olvidamos con frecuencia nuestro propio cuerpo. Por eso éste de vez en cuando nos recuerda - a través de un sinfín de molestias de menor o mayor gravedad - que está ahí y que más nos valdría detenernos a escucharlo. Sin embargo nos resistimos, porque hemos sido educados para seguir adelante, forzando la máquina, aguantando lo que nos caiga encima en vez de detenernos a buscar y aplicar la solución adecuada que nos liberará de una vez de las cargas innecesarias.

Queda claro, por lo tanto, que no es una cuestión de productividad, sino -nuevamente- de valores  pervertidos. La opción de seguir adelante y a la mayor velocidad siempre y a cualquier precio nos va desgastando y merma poco a poco nuestra capacidad de prestar atención a lo que estamos haciendo y nuestras ganas de hacerlo.  Se nos enseña a compararnos con otros, a estar atentos a las oportunidades disfrazadas de trenes que no han de volver a pasar, pero que están ahí cada 15 minutos, llenos de gente a la que sólo llevan de una estación gris a otra, en círculos descendientes hacia un infierno de tedio iluminado periódicamente por estallidos de una excitación grotesca.

Ir despacio puede ser un acto de desobediencia a este poder abstracto que nos acecha desde las sombras de la sociedad que habitamos. Al igual que caminar nos permite percibir una realidad distinta a la de los automovilistas,  cuando vamos despacio o, sencillamente, a un ritmo no-acelerado nos damos cuenta de una multitud de detalles que antes habíamos pasado por alto. Cuando dedicamos a las cosas el tiempo necesario - en vez del triple de tiempo que supone tratar de hacerlas "rápido" sin éxito-, adquirimos también una comprensión más profunda de aquello con lo que nos relacionamos.

Todo empieza quizá, por aprender a ralentizarse, que no es tan fácil como pudiera parecer. A pesar de los beneficios que esta práctica nos reporta, el hecho de disminuir nuestra velocidad nos hace sentir un poco incómodos, como si estuviéramos rompiendo un acuerdo tácito con aquellos que nos rodean. La situación se agrava cuando se trata de reducir nuestra disponibilidad para concentrarnos en asuntos propios: No responder una llamada o un mensaje tan pronto como llega se interpreta como una especie de desaire, así que corremos el riesgo de empezar a responder por compromiso, mecánicamente, pero no sólo a los mensajes y las llamadas.

El primer paso para realizar cambios importantes y duraderos es precisamente detenerse a observar, analizar la situación en la que nos encontramos, la situación a la que queremos llegar y los recursos con los que contamos para ello, con el fin de realizar un plan de trabajo. Pero se necesita algo de intimidad no interrumpida para empezar a pensar en lo que uno está haciendo, aunque a veces da miedo - no vamos a engañar a nadie- darse cuenta de las cosas a las que en realidad estamos dedicando nuestro tiempo, o los agujeros negros por los que lo dejamos correr.

Recuperar nuestros propios ritmos y ciclos, que de forma natural engranan con los que la naturaleza nos muestra al otro lado de las fronteras de nuestro cuerpo, es una manera de recuperar nuestra propia vida, nuestros sentidos, nuestra consciencia del presente, y nuestra capacidad de actuar, todo lo cual redunda en un inmediato aumento de nuestra salud y bienestar y, posiblemente, en también en el de aquellos que nos rodean - al menos cuando les toca tratar con nosotros-.

23 de noviembre de 2011

Drama? Tal vez este no es tu camino.



Llegados a ciertas edades todos sabemos que escoger un camino significa renunciar a otras posibilidades, tomar responsabilidades, asumir riesgos y también realizar algunos sacrificios. Dado que somos nosotros los que deberemos vivir con las consecuencias de esa elección, es de suma importancia que la realicemos en función de nuestros propios criterios.
Todos aquellos que transitan un camino de su elección deberían estar satisfechos con lo que éste aporta a sus vidas. Sin embargo, con cierta frecuencia aparece el personaje dramático que, aunque insiste en que no podría haber realizado otra elección, narra su vida como poco menos terrible que un infierno, con declaraciones del tipo: "A mí, a veces, me gustaría poder ser feliz como la gente normal".

Como todos sabemos, la "gente normal" rebosa felicidad por doquier - especialmente en el metro, los lunes por la mañana, en hora punta-. Por eso el mundo está como está, por exceso de felicidad del común de los mortales... Menos mal que nos queda esa selecta reserva de amargados para compensar y evitar el colapso del sistema...

Lo más probable es que el dramático de turno (ya sea brujo, empresario, pintor, etc.) no se encuentre en el camino correcto para él. Dada nuestra falta de experiencia no es tan raro que, iniciando nuestra búsqueda, o al explorar nuevos territorios, nos decidamos por tomar una senda que luego no resulta ser la más adecuada para nosotros pero que, en ese momento, es la única que somos capaces de ver. Estará bien por un tiempo, pero a la larga nuestro caminar se volverá progresivamente incómodo, llegando a lastimarnos, y tal vez a dejarnos incapacitados para seguir adelante.

Por alguna extraña razón, hay personas que preferirían quedarse sin pies antes que detenerse a vaciar sus zapatos de las piedras acumuladas. En lugar de buscar el desvío más cercano hacia alternativas más adecuadas, han hecho de este subgénero de drama épico una manera de vida. Resulta particularmente triste cuando, viejos antes de tiempo, tratan de asustar a las nuevas generaciones con sus cuentos de fantasmas acerca de los terribles sacrificios que los neófitos deberán padecer si insisten en seguir el camino que ellos recorrieron, como si ganaran algo con que éstos desistan.
De aquí vienen también muchas confusiones (luego serias decepciones), especialmente cuando los neófitos sí están en el camino que les pertenece y son incapaces de encontrar los obstáculos y pruebas mencionados, o éstos no resultan, ni de lejos, tan horribles como les habían hecho creer.

Sabes que estás en el camino que te corresponde (o al que correspondes) cuando te sientes a gusto en él como en un traje cómodo, que te protege bien del frío sin robarte libertad de movimientos, que te gusta y parece una segunda piel. Renuncias a otras posibilidades, tomas responsabilidades, asumes riesgos y realizas algunos sacrificios, sí, pero todo ello queda de sobras compensado por lo que significa desarrollar libremente la propia senda. Por supuesto no todo es color de rosa, porque en tanto que humanos hay dolores que no podemos evitar, pero en general se está satisfecho con la vida que se ha elegido vivir, y se disfruta de ella.

Todos los que llevamos algún tiempo caminando nos hemos llevado alguna vez un duro golpe, una decepción desoladora, hemos tragado saliva y pasado miedo, pero es importante comprender que, aunque en ese momento nos imaginemos a nosotros como héroes de una animación japonesa - con una cicatriz cruzando nuestro rostro y la melena al viento-, estas experiencias son comunes al resto de la humanidad y de ningún modo nos hacen especiales, sino que, por el contrario, nos acercan al resto de las personas.
Seguramente nuestros padres y nuestros abuelos las vivieron antes que nosotros, y los vecinos también sabrán de qué se trata... Si habláramos más con ellos de las cosas que, como personas, realmente nos importan, posiblemente nos diéramos cuenta antes.

La propia felicidad es el sencillo y poderoso acto de disfrutar de lo que somos y lo que hacemos, (no importa en qué ramo, no importa en que aspecto de nuestra vida), y se puede compartir perfectamente con otros. Sin embargo, en virtud de un sistema de valores realmente tergiversado, en lugar de esto, a menudo nos obligamos a hacer cosas que no nos apetece hacer, y con frecuencia las padecemos por otros que no nos lo han pedido y a los que, de todos modos, estamos enseñando implícitamente a que nieguen la felicidad para sí mismos.

Si ser felices no nos pareciera algo demasiado vulgar seguramente estaríamos más atentos a las señales que nos indican sutilmente que nos estamos alejando de la ruta que nos pertenece. En vez de estar ahí ,en medio de un camino que no es el nuestro, incordiando a los viajeros con esas siniestras advertencias que no son más que quejas reformuladas (y espejo de las incapacidades que asumimos), estaríamos dando ánimos a los que pasan a nuestro lado, dondequiera que se dirijan, "no está lejos, está al alcance", como en el poema de Whitman.

Soy de la opinión que ser feliz no es nada común, sino un reto; algo que debe aprenderse a base de conocerse bien a base de aciertos y errores ; algo que debe construirse como se construye la propia vida, a través de elecciones, responsabilidades y riesgos, y algo que vale la pena, no sólo por nosotros mismos, sino también para aquellos que nos rodean.