Hace algunos meses empecé a explorar el proceso de Ascenso - entendido como el tránsito opuesto al Descenso al Inframundo-. Al no tratarse de una elección consciente, me costaba imaginar a dónde conduciría este camino; como cada inicio estaba lleno de incógnitas y de expectativas que, paso a paso, se van viendo expuestas y superadas por la realidad. De hecho, es precisamente este punto el que a menudo me permite validar la experiencia como algo más allá de un paseo por mi propia fantasía.
Cuando aprendemos a enlazar nuestros recorridos psíquicos con los físicos solemos encontrarnos con esclarecimientos súbitos, con momentos en los que las cosas por fin parecen encajar. Algo parecido me ocurrió una noche de finales de este junio, cuando sin esperarlo me encontré contemplando tierra y cielo desde el asombroso mirador de la Mussara, un enclave cuyo auténtico misterio me temo que no se encuentra en las historias que se cuentan al respecto.
Del mismo modo que hay muchos aprendizajes en el camino del Descenso, debe haber muchas enseñanzas en el Ascenso. En muchas culturas el ascenso es una vía iniciática que transcurre por medio de los logros, ya sean mundanos (materiales o sociales) o ascéticos, y que lleva a la unión o encuentro con el "Padre", y la identificación con este principio en el punto álgido del camino Sobre Tierra.
La literatura al respecto tiene sentido, y algo de eso iré desgranando
en mi vida y - de paso- en los siguientes posts, pero una cosa es cómo las historias, el relato heredado explícita o implícitamente toma forma en nuestro pensamiento, y otra la forma en que se manifiesta cuando pisamos sobre el terreno.
En algún momento de nuestra historia empezamos a percibir rasgos de humanidad en las divinidades, los dioses y diosas se convirtieron en maestros de las artes y conocimientos legados a la civilización. A cambio, encerramos nuestra percepción de lo divino en esa reducida esfera hasta el punto que si un dios convoca la lluvia es para castigar o premiar a los humanos, sus cosechas y su ganado; como si nada importara más en el universo, como tierras, océanos y criaturas que los pueblan no siguieran ahí, sosteniéndonos al fin y al cabo. Algo parecido sucede con ese antropoteísmo exacerbado que nos lleva a trasladar los rasgos de género que culturalmente asignamos a hombres y mujeres a las divinidades, tal cual, sin pensar en dar un paso más allá hacia la naturaleza íntegra de una divinidad. La montaña (altura) es la contraparte de la sima (profundidad), podemos sexualizar estos elementos pero a menudo es innecesario para trabajar con ellos, o incluso puede convertirse en una distracción.
Si tuviera que
concentrar en una palabra lo que este tránsito me ha aportado, sería,
sin lugar a dudas, "Perspectiva". Por supuesto, hablar de "perspectiva" desde la cima de una montaña suena a obviedad, pero el caso es que, en ocasiones, las cosas no son precisamente complicadas. Algo que se puede ver la noche del 23 de junio desde el barranco en el que termina lo que queda de la Mussara, son los fuegos artificiales de las celebraciones de San Juan en los pueblos y ciudades que se extienden a los pies de la sierra. Tan impresionantes como se ven cuando estamos a orillas de la playa, la altura de la cima recuerda calmadamente lo que en realidad son: fuegos artificiales, efímero entretenimiento humano que no puede competir y palidece ante la solemnidad rocosa de los montes, o el brillo inigualable de las estrellas. Los gigantes no tienen prisa, aún cuando se la erosión los vaya mermando y la misma oscuridad los devore al final; en comparación nuestras vidas aceleradas son a penas un suspiro, y incluso tal vez la humanidad misma lo sea.
Aunque no sería sensato cambiar la escala humana por la de los montes, las estrellas o los dioses en nuestra vida cotidiana, pero encontrarnos súbitamente expulsados de la burbuja en la que a menudo nos encontramos "demasiado atareados" como para dedicarnos a vivir, sí puede ayudar a repensar algunos aspectos de nuestras vidas y corregir las proporciones que con el tiempo y por inercia hemos ido descuidando. Reconocer qué es "naturaleza sustentadora" y qué "fuego artificial" en nuestro entorno, y en nosotros mismos. A veces simplemente rehuímos detenernos y contemplar, porque sabemos que la toma de conciencia nos empujará a hacer grandes cambios y no tenemos demasiado claro cómo afrontarlos. La naturaleza reencontrada nos impulsa a buscar nuestro ritmo interno,
que a menudo retorcemos y forzamos por exigencias ajenas o
autoimpuestas. Pero el ascenso supone también llegar a un punto desde el cuál orientarnos, la oportunidad de salir por un momento del bosque en el que estamos inmersos, ver a dónde lleva el camino que seguimos (o los diferentes caminos a los que tenemos acceso) y hacer elecciones meditadas al respecto.
Mientras buscaba imágenes para conmemorar el 8 de marzo,
Día de la Mujer, encontré por casualidad uno de los carteles del Congreso
Internacional del Sufragio Femenino, celebrado en Budapest en 1913. En el
cartel se puede ver a un Atlas encorvado bajo el peso del mundo, y a una mujer
que empieza a rodear el globo terráqueo con sus manos, dispuesta a ayudarlo con
la pesada carga. Personalmente creo que es la imagen más lúcida que he visto en
relación a las cuestiones de género, debido a que no habla de derechos, sino de
responsabilidades y no habla de lucha, sino de colaboración.
Creo que parte de ese espíritu que implicaba no sólo una
mejora de las condiciones femeninas, sino una integración de la visión femenina
en el mundo, se ha perdido en el camino. El Sistema patriarcal ha logrado
reformularse y fortalecerse a cambio de la concesión de un puñado de migajas.
Nos ha enredado, dándonos la razón como a los locos o a los tontos, ahogando
las reivindicaciones en el océano turbio de la corrección política. Y esto es algo
que podemos constatar cuando en una empresa se celebra el día de la mujer
regalando un cactus de escritorio a empleadas, a las que se sigue despidiendo
por quedarse embarazadas.
Vivimos en un sistema injusto, pero me parece una terrible
hipocresía achacar toda la culpa al género masculino, a los hombres en general;
cuando el género femenino, las mujeres, han colaborado en la construcción y
mantenimiento del mismo tanto desde su pasividad, como desde sus restringidas
áreas de poder. Olvidamos con frecuencia que el individuo masculino sufre
también los abusos del sistema patriarcal y que el desmantelamiento de un sistema
basado en el abuso favorecería a ambos géneros por igual. Olvidamos que buscar
una alternativa viable, no es una cuestión "de la mujer", sino de la
humanidad.
La llamada "guerra de sexos" que enfrenta a
hombres y mujeres como históricos enemigos, es una herramienta ideal para dispersar las fuerzas que
posibiliten un cambio real, un cambio
que vaya más allá de las apariencias para modificar las estructuras que
sostienen la sociedad. Tal como sucedía al hablar de la defensa del Medio
Ambiente, nos encontramos con una oficialidad mediocre, que busca quedar bien
antes que aportar verdaderas soluciones, que prefiere el maquillaje, antes que
la transformación. Que neutraliza en vez
de potenciar.
Pero para que pueda haber un cambio desde las instituciones, es
necesario vencer la inercia del sistema a través de una renovación de valores. Pero hay que tener en cuenta que, debido a la educación que
hemos recibido o a la cultura en la que hemos crecido, estos nuevos valores son en ocasiones difíciles de integrar ya en nuestra individualidad. Incluso en círculos de activismo por los derechos de la mujer,
o en entornos femeninos supuestamente espirituales, podemos encontrar personas
convencidas de que el fin justifica los medios, y no importa a quien se lleven
por delante, a cambio de asegurar sus intereses. Por más que esto se maquille
adoptando símbolos o discursos femeninos, en el fondo lo que encontramos es una
aceptación y defensa de los valores del sistema patriarcal, que emplea a la
imagen de la mujer como excusa, y que de esta manera se refuerza, como un virus
que muta.
Algunas personas no se toman demasiado bien que hable de
la inexistencia de un Matriarcado histórico tal como fue definido por los
teóricos del siglo XIX. Creo que no han entendido aun lo que esto significa;
que no se trata de volver a ningún pasado dorado, que posiblemente no existió,
sino de hacer una verdadera aportación en nuestro turno, en el presente, y
ayudar a construir una sociedad más humana para todos, como no la pudo haber
antes.
Por estos motivos no podemos permitirnos el lujo de caer en
provocaciones que nos lleven a batallas estériles, pero tampoco el de
conformarnos con cualquier premio que se nos dé para que dejemos de quejarnos,
esto es, para silenciarnos; del mismo modo que algunos callan las quejas de los
niños con un dulce. Será necesario mantenerse alerta y poder ver más allá de
las apariencias si no queremos acabar reforzando aquello que quisiéramos
transformar (o que decimos que queremos transformar), y también ir tejiendo una alternativa a aquello que
queremos derrumbar.
Pero antes que nada, habrá que tener en cuenta que absolutamente todo en este camino empieza
desde dentro, desde nuestra individualidad. Tomando conciencia de qué actitudes
premiamos o castigamos, en nosotros y en los demás, y comprobar si esta
respuesta más o menos automática está en concordancia con nuestros valores.
***
Esta fue mi reflexión para la trilogía de Encrucijada Pagana dedicada a los movimientos de espiritualidad femenina. Podéis descargar los audios desde Ivoox.
The mirror game, por Dan Gifford, en su página The Postcard Whisperer, a partir de sus investigaciones sobre las postales y la cultura norteamericana de principios del siglo XX. Traducido por Vaelia.
Las imágenes más comúnmente representadas en tarjetas postales de Halloween se
centraron en el "juego de espejos." En este ritual de adivinación, la medianoche de
Halloween una mujer mira un espejo con el fin de ver el rostro de su futuro esposo en el
reflejo. Sin embargo, a principios del siglo XX, hubo literalmente cientos de estos
rituales y juegos de Halloween para las mujeres, que no se muestran tan regularmente como
el juego de espejos. (1) ¿Por qué este tema fue especialmente popular en las postales?
Los susurros de esta postal surgen al vincular la imagen del juego de espejos con el
mayor debate cultural de la época sobre las mujeres.
Empecemos por comprender el aislamiento de este ritual en particular. A diferencia
de otros juegos de la fiesta, este vez se juega solo, lejos de la multitud (a menudo a
una multitud de ambos sexos) de la fiesta de Halloween. La tardanza de la medianoche
requerida lo hacía necesario. La autora Laura Jean Libbey, cuya prosa se dirige a menudo
a mujeres jóvenes, describe lo que ha sido varias veces representado en tarjetas
postales: "La pequeña fiesta de Halloween se rompe puntualmente a las once en punto...
Hay una fuga rápida al propio cuarto, un lanzamiento apresurado de cintas de aquí y de
ropa interior allí, porque las manecillas del viejo reloj, han avanzado en lo que ella
estaba en la escalera, hasta llegar a cinco minutos para las doce". (2)
Comprender la naturaleza solitaria de este juego ayuda a enmarcar algo de su emoción y
popularidad. A diferencia de otros juegos de la fiesta, la soledad significaba que todos
los poderes que la niña o la mujer podían invocar a fin de realizar el ritual del juego
del espejo eran de ella, y sólo de ella. Por lo tanto, en estas imágenes el
espejo empieza a capturar otra figura clave de Halloween: la bruja. En las representaciones del juego del espejo, los límites entre la niña y la bruja se desdibujan. El tocador de la joven con botellas y cajas se asemeja sorprendentemente al laboratorio de una bruja. Al igual que la bruja trabaja solo en su caldera o con sus pociones, también lo hace la mujer en el juego de espejos, actuando fuera de la vista de los demás, particularmente de los hombres. Pero las imágenes van más allá de difuminar la frontera. En muchas imágenes la mujer no está del todo sola. En esta tarjeta popular,la sombra de una bruja se ve claramente. Esto podría interpretarse como la representación de una entidad separada, el ser sobrenatural que entra en la escena con el fin de proporcionar los conocimientos buscados por la mujer. Pero el hecho de que esta y muchas otras postales creen la sombra de una bruja también sugiere que no es una entidad separada en absoluto. Se sugiere que la mujer se ha introducido en el reino de la magia y el lanzamiento de hechizos para convertirse, al menos por el momento, en una bruja.
La nota clave de su carácter es la autosuficiencia y el poder de la iniciación.
¿Por qué las mujeres querrían conectarse visualmente a las brujas y la brujería, -por lo
menos en el contexto seguro de un inofensivo juego de Halloween-? Porque las brujas eran
mujeres con poderes -poderes mágicos, sí, pero poderes. Y las mujeres que tenían y ejercían
poder eran uno de los temas de debate más comunes de principios del siglo XX. A menudo,
este cambio cultural se introdujo en la construcción de una feminidad llamada "la nueva mujer".
Como el historiador Ben Singer señala, la literatura sugirió que "la autonomía y el
poder de iniciación" son características particulares de esta nueva mujer.(3)
Sabemos que las tarjetas postales se distribuyeron principalmente por y para mujeres.
(Véase la investigación .) Las imágenes del juego del espejo disfrutaron de una popularidad
especial porque este tipo de imágenes podía recordar a las mujeres que ellas también
eran criaturas de gran alcance: En el momento del juego del espejo, poseían los poderes
de la bruja. Es cierto que el juego todavía estaba muy arraigado en roles tradicionales,
después de todo, el objetivo era ver a su futuro marido! Pero al permitir a las
espectadoras identificarse un poco con las brujas, se pretendía acrecentar los
poderes (muy reales) de la nueva feminidad ... no sólo en Halloween, sino durante todo el año. Esta
imagen (y muchas otras similares) nos susurran hoy en día acerca de un tiempo en el que
las fechas señaladas podría utilizarse para probar la dinámica emergente de la Nueva
femineidad.
Notas del autor:
1) Mary Blain's Games for Halloween fills 45 pages with almost nothing but these kinds of rituals. See Mary E Blain, Games for Hallowéen (New York: Barse & Hopkins, 1912). 2) Laura Jean Libbey, “All Halloween is Love's Own Eve,” Boston Daily Globe, October 31, 1910, 11. 3) Ben Singer, Melodrama and Modernity (Columbia University Press, 2001), 242.
Los que me conocen desde hace algún tiempo saben que el único "día internacional" que puedo recordar es el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Sin embargo, no siempre ha sido así, y retrocediendo en el tiempo puedo encontrarme en algún momento en el que la conmemoración de esta fecha me parecía incluso una banalidad.
A menudo requiere cierto desarrollo vital el adquirir perspectiva respecto al lugar y el momento en el que nacemos, que aceptamos como "normales" cualesquiera que sean las condiciones sociales en las que crecemos y, reacios siempre al cambio, posiblemente no aspiremos a mejorarlas demasiado, nos resulta inconcebible renunciar a lo que consideramos unos "mínimos aceptables". Creo que es por esto que el día de la mujer me parecia una especie de adorno innecesario hace unos años, pues en el mundo en el que yo crecí, en la casa, en la escuela, ya no era necesario ni pedir ni reclamar la equivalencia de géneros, que era ya una realidad. Por esto y, en segundo término, porque en estas cuestiones no faltan nunca quienes padecen de ese acusado complejo de víctimas que hace ver culpables y exigir reparaciones por doquier, sin importar si éstas incurren en el absurdo o en un nuevo abuso.
A veces, oímos hablar de cosas, que no es lo mismo que vivirlas. Cuando, muchos años después me encontré con una serie de situaciones que implicaban una percepción dispar del género - e incluso cierto grado de violencia no física -, tanto por parte de hombres como de mujeres, me resultó tan difícil creer que era una situación real que ni siquiera supe cómo reaccionar, era algo que se suponía pertenecía a otros tiempos, algo fuera de lugar. Ésta fue una gran lección, que aplica en otros ámbitos. Imagino que muchos españoles de mi generación se han sentido así al ver cómo se mermaban los derechos sociales que creíamos eran nuestros, como progresaban los recortes en salud y educación, como incrementaba el control e incluso la violencia policial. Es como haber caído en la casilla equivocada, que nos obliga a retroceder y volver a lidiar con aquellos monstruos que creíamos por siempre superados y rescatar aquellas otras que creímos por siempre logradas.
Estoy segura de que hay quien no lo cree, pero vivir en este mundo y moverse por él adecuadamente requiere de calma y reflexión, además de ganas. Toda la fuerza, física o no, que podamos agrupar requiere un adecuado encauce para lograr los objetivos deseados y no otros. Y para ello es necesario ganar esa perspectiva -que afortunadamente no siempre requiere de malas experiencias-, de estar atentos y dispuestos a escuchar todas las voces, y a vestirnos, aunque sea por unos minutos, con la piel de otros. Estoy segura también de que hay quien está convencido de que este "día de la mujer" es un asunto de mujeres, pero no lo es : Al igual que el derecho a la libertad de creencia, el respeto a la diversidad étnica y a la identidad sexual, la conservación de la naturaleza, es un asunto de interés para todos aquellos que construimos día a día la sociedad en la que nos desarrollamos como personas, y que heredarán aquellos que vengan detrás de nosotros.
Por estas razones escogí para conmemorar este 8 de marzo un relato corto de Emilia Pardo Bazán, autora que con toda seguridad debió estar en mis libros de primaria, pero que he empezado a descubrir recientemente, precisamente a partir de ese relato que llegó en el momento más apropiado. Lo que más admiro en Pardo Bazán es que ella siempre actuó con total convicción respecto a la paridad de género y a los derechos de los que la mujer debía gozar, no en virtud de su sexo, sino como persona. No hay un rasgo de victimismo en sus declaraciones y razonamientos, sino que tiende a subrayar lo absurdo de no ver la obviedad. A pesar de las durísimas críticas, incluso ataques personales, que recibió a lo largo de toda su vida, Emilia Pardo Bazán actuó como si nada pudiera serle negado, sin esperar la compasión, la gracia o el permiso de nadie, se negó a callar y trabajó incansablemente, dejando una muestra de la mejor literatura en nuestro idioma.
En mi niñez, todo cuanto no fuese zurcir, guisar y otras tareas domésticas en la mujer se reprobaba con severidad. El menor intento de dedicarse a estudios o cosa análoga parecía excentricidad peligrosa. Más tarde, siendo yo joven, la cruzada contra la afición a instruirse en la mujer arreció de firme, al menos yo creía notarlo, acaso porque, rodeada siempre de libros, ávida de aprender, tropezaba a cada paso con las prevenciones, veía condensarse la leyenda de la supuesta incompatibilidad entre las obligaciones caseras y los gustos intelectuales. Emilia Pardo Bazán, Crónica en La Nación de Buenos Aires, abril de 1912.
Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña en 1851, hija única de una familia acomodada que, fuera de lo habitual en la época, toleró que se apartara de los estudios femeninos y se acercara a una formación de literata reservada al género masculino. Se casó a los 16 años con José Quiroga, estudiante de leyes, y ambos viajaron por Europa con la familia Pardo Bazán. La autora aprendió varios idiomas y envió sus crónicas periodísticas desde ciudades como Roma o París a La Época y otras publicaciones y leyó con interés a Émile Zola y otros autores europeos del momento.
En 1876 publicó su primera novela, Pascual López y ganó un ensayo dedicado al teatro del padre Feijoo. También este año nació su primer hijo, Jaime, a quien dedicaría su único poemario. Tuvo dos hijas más, Blanca, que nació en 1878 y Carmen, en 1881. La Tribuna (1883) está considerada la primera novela larga que ya es completamente naturalista, protagonizada por una cigarrera de La Coruña. Con los artículos compilados en La cuestión palpitante (1883), Emilia Pardo Bazán introdujo la corriente del naturalismo literario en España. El naturalismo trataba cuestiones sociales y cotidianas como el mundo laboral o el sexo, temas y atrevimientos que le costaron durísimas críticas. Su marido, escandalizado, le exigió dejar de escribir y retractarse públicamente de lo escrito, pero Emilia prefirió abandonar a su esposo, y vivir con sus tres hijos de forma independiente. Posteriormente, fue amante de Benito Pérez Galdós durante más de veinte años, y se insinúa que su pluma pudiera estar detrás de algunos de los Episodios Nacionales (1872-1912).
Pardo Bazán viajó con frecuencia a París y se instaló en La Coruña, donde entró en contacto con la crueldad del caciquismo. En 1886 publicó Los Pazos de Ulloa, obra cumbre de la autora, en 1887 La madre Naturaleza y en 1888 Insolación. Emilia fue siempre un escritora prolífica y cuenta aproximadamente con 40 obras en su haber entre novelas, recopilaciones de cuentos y ensayos, además de multitud de crónicas periodísticas.
La gente no pensaba como yo y el anatema contra las literatas se alzaba colérico, entendiéndose por literatas a todas las que demostraban gustos intelectuales en cualquier esfera y acribillándolas a sátiras, burlas, censuras y excomuniones. Yo, sin embargo, no perdía la esperanza, es lo último que debe perderse, conocedora del movimiento que en el extranjero iba desenvolviéndose en favor de la mujer aguardaba siempre que, como tantas otras cosas, nos trajesen de fuera, con carácter de novedad, lo que acaso aquí estaba más en la tradición, aunque olvidada y perdida para nuestro daño.
En 1890 escribió sola la revista El Nuevo Teatro Crítico durante tres años y en 1892 fundó y dirigió la publicación La Biblioteca de la mujer. Denunció la violencia de género y la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer. Ya consagrada como escritora, fue propuesta para formar parte de la Real Academia de la Lengua Española en los años 1889, 1892 y 1912, pero su ingreso fue siempre denegado - como también lo fue para Concepción Arenal y Gertrudis Gómez de Avellaneda-, además de sufrir una campaña de ridiculización y descrédito, promovida especialmente por el también escritor Juan Valera. En 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y en 1910 fue nombrada Consejera de Instrucción Pública. Seis años más tarde le fue concedida una cátedra en la Universidad de Madrid, aunque la mayoría los alumnos, e incluso compañeros de la institución, se opusieron al nombramiento y se negaron a asistir a sus clases. Murió en Madrid, a causa de una gripe común, el 12 de mayo de 1921.
Porqué no estaba yo en la Academia Española, vamos a ver, se preguntaba asombrada la gente. Yo había escrito mucho y de mis libros y de mis artículos, se hablaba, se leía, se traducía. En suma, me sucedía todo lo que de bueno puede suceder a un escritor varón cuando logra hacerse oír. ¿Que no estaba yo en la Academia por el hecho de ser mujer?¿Y eso qué? Insistía la gente no comprendiendo. ¿El ser mujer me había impedido escribir mis tomos, mis ensayos, mis crónicas? ¿Entonces?
"Las desnudadas", es un relato corto publicado en el num.304 de"Blanco y Negro" en 1897, posteriormente fue incluido en los Cuentos trágicos. No es una historia "para mujeres", es un recordatorio de que no importa lo que sea que nos suceda, lo importante es lo que seamos capaces de hacer con ello. Adjunto además la versión radiofónica que realizó el equipo del programa Historias de RNE, a cargo de Juan José Plans.
Una tarde gris, en el campo, mientras las
primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies,
recuerdo que, predispuestos a la melancolía y
a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el
irresistible influjo de las circunstancias y de
fuerzas externas sobre el alma humana, y nos
comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado
de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo
absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo
terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa
propia, el camino, bueno o malo, que en esto
precisamente estriba la libertad.
-Pertenece
mi historia
-añadió- a un cruento período de nuestras
luchas civiles, después de la Revolución de
1868; y evoca la siniestra figura de uno de
esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al
sentir en derredor la hostilidad y la enemiga
de un país donde todos le aborrecen: hablo
del contraguerrillero, tipo digno de estudio,
que mueve a piedad y a horror. Mientras el
guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas,
encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla,
descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la
delación; siempre oía en la sombra el resuello
del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las
guerrillas son el país alzado en armas, y el
contraguerrillero es el Judas contra el cual
todo parece lícito, y hasta loable.
Ahora, pues, el contraguerrillero de mi
historia -supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el
triste ideal de esta clase de héroes; al oír su
nombre, persignábanse las mujeres y rompían
a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en
pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de
pacificar el territorio en que funcionaba la
contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su
partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su
jefe, se guardaban bien de contravenir a lo
mandado.
Si en alguna ocasión lamentó el Manco
haber empeñado su formidable palabra al
general, fue el día en que, evacuado por las
fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi,
penetró la contraguerrilla en este foco del
carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de
diez veces había puesto la ceniza en la frente
al Manco yéndole a los alcances, batiéndole,
cogiéndole prisioneros y dispersando a su
gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era
ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi
vivían cinco lindas y honestas muchachas,
carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por
los liberales en la anterior guerra. Cuando
trajeron ante el Manco, amarillas cual la
muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en
el alma feroz del contraguerrillero; la promesa
al general combatía los ímpetus salvajes de
un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su
enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha
limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado
el medio de no faltar a su palabra, y al mismo
tiempo de mancillar al cura en la persona de
sus sobrinas.
Dio en vascuence una orden
terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas,
eran paseadas y empujadas al través de las
calles del pueblo, entre rechifla, denuestos,
golpes y groseros equívocos de los inhumanos
que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre.
El Manco había anunciado que sería reo de
pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las
cuales, estúpidas de vergüenza, intentando
velarse el rostro con el pelo, echándose por
tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su
ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como
estatuas de dolorido e injuriado mármol, el
Manco en persona, o satisfecho o ablandado
ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa: "Ahora ya pueden volverse a su madriguera
estas carcundas".
Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio,
es como si nos asomásemos a un abismo de
desesperación. Nótese que eran mujeres de
intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las
respetaban en el pueblo por honradas y las
celebraban por hermosas; que a pesar de su
fe no tenían vocación monástica, y entre los
mozos incorporados a la partida del cura, más
de uno rondaba sus ventanas y pensaba en
bodas a la conclusión de la guerra.
Pero después del horrible atropello del Manco, para las
sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las
perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban Las
desnudadas, y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel,
quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas
bajo la carga de la desventura, permanecían
recluidas en casa, sin asomarse a la ventana
siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si
estuviesen contaminadas de lepra, como a los
lazaretos que la Edad Media aislaba, les traía
una amiga, movida a compasión, lo necesario
para su sustento, y se lo dejaba en el portal,
en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella
consentían ser vistas y habladas. Así vivieron
un año...
-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri,
interrumpiéndole-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de
Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico.
-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No
se ha concluido el episodio.
Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de
las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el
Manco. Enferma de tristeza desde el día de su
desgracia, había ocultado su padecimiento por
no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino
del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje
de noche, con la cara envuelta en tupido velo,
y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las
religiosas de una Orden que tiene por misión
asistir a los enfermos y amparar a los niños
abandonados.
Quedaban solamente en Urdazpi tres de
las sobrinas del cura; pero de allí a medio año
escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría
las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre,
con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y
pereció desangrada. En cuanto a la otra...
-¿Murió también? -preguntamos.
-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella;
rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo
comprender que por mucho que desnuden el
cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden
cuando se desnuda el alma.
-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?
-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que
se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo
a sus labores domésticas y a sus devociones,
no parece recordar que en algún tiempo quiso
vivir apartada de sus semejantes... Y en el
pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A
pesar de que no puede olvidarse la espantosa
acción del Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz.