Mientras buscaba imágenes para conmemorar el 8 de marzo,
Día de la Mujer, encontré por casualidad uno de los carteles del Congreso
Internacional del Sufragio Femenino, celebrado en Budapest en 1913. En el
cartel se puede ver a un Atlas encorvado bajo el peso del mundo, y a una mujer
que empieza a rodear el globo terráqueo con sus manos, dispuesta a ayudarlo con
la pesada carga. Personalmente creo que es la imagen más lúcida que he visto en
relación a las cuestiones de género, debido a que no habla de derechos, sino de
responsabilidades y no habla de lucha, sino de colaboración.
Creo que parte de ese espíritu que implicaba no sólo una
mejora de las condiciones femeninas, sino una integración de la visión femenina
en el mundo, se ha perdido en el camino. El Sistema patriarcal ha logrado
reformularse y fortalecerse a cambio de la concesión de un puñado de migajas.
Nos ha enredado, dándonos la razón como a los locos o a los tontos, ahogando
las reivindicaciones en el océano turbio de la corrección política. Y esto es algo
que podemos constatar cuando en una empresa se celebra el día de la mujer
regalando un cactus de escritorio a empleadas, a las que se sigue despidiendo
por quedarse embarazadas.
Vivimos en un sistema injusto, pero me parece una terrible
hipocresía achacar toda la culpa al género masculino, a los hombres en general;
cuando el género femenino, las mujeres, han colaborado en la construcción y
mantenimiento del mismo tanto desde su pasividad, como desde sus restringidas
áreas de poder. Olvidamos con frecuencia que el individuo masculino sufre
también los abusos del sistema patriarcal y que el desmantelamiento de un sistema
basado en el abuso favorecería a ambos géneros por igual. Olvidamos que buscar
una alternativa viable, no es una cuestión "de la mujer", sino de la
humanidad.
La llamada "guerra de sexos" que enfrenta a
hombres y mujeres como históricos enemigos, es una herramienta ideal para dispersar las fuerzas que
posibiliten un cambio real, un cambio
que vaya más allá de las apariencias para modificar las estructuras que
sostienen la sociedad. Tal como sucedía al hablar de la defensa del Medio
Ambiente, nos encontramos con una oficialidad mediocre, que busca quedar bien
antes que aportar verdaderas soluciones, que prefiere el maquillaje, antes que
la transformación. Que neutraliza en vez
de potenciar.
Pero para que pueda haber un cambio desde las instituciones, es
necesario vencer la inercia del sistema a través de una renovación de valores. Pero hay que tener en cuenta que, debido a la educación que
hemos recibido o a la cultura en la que hemos crecido, estos nuevos valores son en ocasiones difíciles de integrar ya en nuestra individualidad. Incluso en círculos de activismo por los derechos de la mujer,
o en entornos femeninos supuestamente espirituales, podemos encontrar personas
convencidas de que el fin justifica los medios, y no importa a quien se lleven
por delante, a cambio de asegurar sus intereses. Por más que esto se maquille
adoptando símbolos o discursos femeninos, en el fondo lo que encontramos es una
aceptación y defensa de los valores del sistema patriarcal, que emplea a la
imagen de la mujer como excusa, y que de esta manera se refuerza, como un virus
que muta.
Algunas personas no se toman demasiado bien que hable de
la inexistencia de un Matriarcado histórico tal como fue definido por los
teóricos del siglo XIX. Creo que no han entendido aun lo que esto significa;
que no se trata de volver a ningún pasado dorado, que posiblemente no existió,
sino de hacer una verdadera aportación en nuestro turno, en el presente, y
ayudar a construir una sociedad más humana para todos, como no la pudo haber
antes.
Por estos motivos no podemos permitirnos el lujo de caer en
provocaciones que nos lleven a batallas estériles, pero tampoco el de
conformarnos con cualquier premio que se nos dé para que dejemos de quejarnos,
esto es, para silenciarnos; del mismo modo que algunos callan las quejas de los
niños con un dulce. Será necesario mantenerse alerta y poder ver más allá de
las apariencias si no queremos acabar reforzando aquello que quisiéramos
transformar (o que decimos que queremos transformar), y también ir tejiendo una alternativa a aquello que
queremos derrumbar.
Pero antes que nada, habrá que tener en cuenta que absolutamente todo en este camino empieza
desde dentro, desde nuestra individualidad. Tomando conciencia de qué actitudes
premiamos o castigamos, en nosotros y en los demás, y comprobar si esta
respuesta más o menos automática está en concordancia con nuestros valores.
***
Esta fue mi reflexión para la trilogía de Encrucijada Pagana dedicada a los movimientos de espiritualidad femenina. Podéis descargar los audios desde Ivoox.
A veces tenemos la sensación de que el Universo no nos hace demasiado
caso, que anda lógicamente distraído con cualquier otra cosa. Pero el
día que yo afirmé, colmada de angustia existencial, que no quería una
vida aburrida, ese día, debía estar prestandome atención. Y yo que
después de muchos tropiezos empiezo a aceptarlo, no puedo evitar
alegrarme de ello.
Entre la preparación del Seminario Pagano, el viaje a Zugarramurdi y la organización del Día del Paganismo, estas últimas semanas han estado llenas de trabajo y carreras, pero
sobretodo de encuentros presenciales y diálogo con otros paganos.
Conocer personas nuevas, ver a las ya conocidas en un entorno que no es
el habitual o trabajar en equipo siempre es una experiencia reveladora,
que abre puertas a nuevas conexiones y planteamientos, ya sea por
afinidad o contraste.
Hace días que tengo tantos temas en la cabeza que es difícil escoger uno para empezar a escribir... A pesar de las dificultades, el ciclo ha sido generoso y la cosecha tan abundante que habrá que compartirla antes de que se eche a perder. El otoño ha traído incluso, bastante antes de lo previsto, la oportunidad de hacer un programa radiofónico dedicado al paganismo, al que hemos titulado Encrucijada Pagana. La radio es algo tan preciado por la que escribe, que irrumpir en sus entrañas de esta manera repentina, ha sido un buen recordatorio de porqué tenemos que estar preparados para que aquello que alguna vez nos atrevemos a desear se convierta en realidad en el momento menos esperado.
Sólo honramos las oportunidades que se nos dan cuando aprendemos a reconocerlas y hacemos lo posible por no dejarlas escapar. Desde luego una parte de mí no se sentía en absoluto preparada para la experiencia, y fue capaz en sólo tres días de dar a su miedo la forma de una gripe monumental, excusa perfecta para quedarse en casa y no hacer nada. Obviamente el resto de mí se moría de ganas de cruzar la frontera trazada por la autolimitación y dar ese paso más a pesar del miedo... Si bien es cierto - todo hay que decirlo- que saber de antemano que cuentas con el mejor de los compañeros para emprender una aventura de este tipo, ayuda bastante. Durante la emisión piloto, mi muy querida Eris logró quitar el protagonismo a Hermes en el papel de oficiante de nuestro bautizo de fuego, pero de algún modo su aparición logró consumir los nervios que me quedaban de un sólo susto. Curioso fue también el comprobar cómo los síntomas de aquella gripe monumental que me habían acompañado al estudio remitían a extraordinaria velocidad, hasta casi desaparecer. Destino que espero aguarde por igual a cada uno de los miedos que me quedan por descubrir en este camino.
Gracias a todos los que habéis estado ahí por darnos vuestro apoyo y confianza, gracias a Carlos por lo mucho que me queda por aprender de él, y gracias a Cerdanyola Radio por cedernos un espacio en su frecuencia. Cruzado ya el Rubicón, sólo queda entregarse al trabajo e intentar que cada emisión sea al menos un poco mejor que la anterior. Seguiremos haciendo cosas, porque nos gusta el movimiento que demuestra que algo está vivo, aunque de vez en cuando suponga algún rasguño. Seguiremos tomando decisiones y asumiendo riesgos por aquello en lo que creemos, tratando no sólo de redescubrir senderos y abrir alguno que otro por nuestra cuenta, sino sobretodo de honrar lo sagrado que acontece allí donde los caminos se cruzan.
Podéis escuchar Encrucijada Pagana en directo todos los miércoles de 18:05 a 19:00 en Cerdanyola Radio 105.3 FM o bien a través de la emisión on-line (11:00-12:00 AM en México DF). También podéis descargar los programas emitidos de la página de Ivoox. Y, por supuesto, informaros y comentar en nuestra página de Facebook.
Los que me conocen desde hace algún tiempo saben que el único "día internacional" que puedo recordar es el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Sin embargo, no siempre ha sido así, y retrocediendo en el tiempo puedo encontrarme en algún momento en el que la conmemoración de esta fecha me parecía incluso una banalidad.
A menudo requiere cierto desarrollo vital el adquirir perspectiva respecto al lugar y el momento en el que nacemos, que aceptamos como "normales" cualesquiera que sean las condiciones sociales en las que crecemos y, reacios siempre al cambio, posiblemente no aspiremos a mejorarlas demasiado, nos resulta inconcebible renunciar a lo que consideramos unos "mínimos aceptables". Creo que es por esto que el día de la mujer me parecia una especie de adorno innecesario hace unos años, pues en el mundo en el que yo crecí, en la casa, en la escuela, ya no era necesario ni pedir ni reclamar la equivalencia de géneros, que era ya una realidad. Por esto y, en segundo término, porque en estas cuestiones no faltan nunca quienes padecen de ese acusado complejo de víctimas que hace ver culpables y exigir reparaciones por doquier, sin importar si éstas incurren en el absurdo o en un nuevo abuso.
A veces, oímos hablar de cosas, que no es lo mismo que vivirlas. Cuando, muchos años después me encontré con una serie de situaciones que implicaban una percepción dispar del género - e incluso cierto grado de violencia no física -, tanto por parte de hombres como de mujeres, me resultó tan difícil creer que era una situación real que ni siquiera supe cómo reaccionar, era algo que se suponía pertenecía a otros tiempos, algo fuera de lugar. Ésta fue una gran lección, que aplica en otros ámbitos. Imagino que muchos españoles de mi generación se han sentido así al ver cómo se mermaban los derechos sociales que creíamos eran nuestros, como progresaban los recortes en salud y educación, como incrementaba el control e incluso la violencia policial. Es como haber caído en la casilla equivocada, que nos obliga a retroceder y volver a lidiar con aquellos monstruos que creíamos por siempre superados y rescatar aquellas otras que creímos por siempre logradas.
Estoy segura de que hay quien no lo cree, pero vivir en este mundo y moverse por él adecuadamente requiere de calma y reflexión, además de ganas. Toda la fuerza, física o no, que podamos agrupar requiere un adecuado encauce para lograr los objetivos deseados y no otros. Y para ello es necesario ganar esa perspectiva -que afortunadamente no siempre requiere de malas experiencias-, de estar atentos y dispuestos a escuchar todas las voces, y a vestirnos, aunque sea por unos minutos, con la piel de otros. Estoy segura también de que hay quien está convencido de que este "día de la mujer" es un asunto de mujeres, pero no lo es : Al igual que el derecho a la libertad de creencia, el respeto a la diversidad étnica y a la identidad sexual, la conservación de la naturaleza, es un asunto de interés para todos aquellos que construimos día a día la sociedad en la que nos desarrollamos como personas, y que heredarán aquellos que vengan detrás de nosotros.
Por estas razones escogí para conmemorar este 8 de marzo un relato corto de Emilia Pardo Bazán, autora que con toda seguridad debió estar en mis libros de primaria, pero que he empezado a descubrir recientemente, precisamente a partir de ese relato que llegó en el momento más apropiado. Lo que más admiro en Pardo Bazán es que ella siempre actuó con total convicción respecto a la paridad de género y a los derechos de los que la mujer debía gozar, no en virtud de su sexo, sino como persona. No hay un rasgo de victimismo en sus declaraciones y razonamientos, sino que tiende a subrayar lo absurdo de no ver la obviedad. A pesar de las durísimas críticas, incluso ataques personales, que recibió a lo largo de toda su vida, Emilia Pardo Bazán actuó como si nada pudiera serle negado, sin esperar la compasión, la gracia o el permiso de nadie, se negó a callar y trabajó incansablemente, dejando una muestra de la mejor literatura en nuestro idioma.
En mi niñez, todo cuanto no fuese zurcir, guisar y otras tareas domésticas en la mujer se reprobaba con severidad. El menor intento de dedicarse a estudios o cosa análoga parecía excentricidad peligrosa. Más tarde, siendo yo joven, la cruzada contra la afición a instruirse en la mujer arreció de firme, al menos yo creía notarlo, acaso porque, rodeada siempre de libros, ávida de aprender, tropezaba a cada paso con las prevenciones, veía condensarse la leyenda de la supuesta incompatibilidad entre las obligaciones caseras y los gustos intelectuales. Emilia Pardo Bazán, Crónica en La Nación de Buenos Aires, abril de 1912.
Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña en 1851, hija única de una familia acomodada que, fuera de lo habitual en la época, toleró que se apartara de los estudios femeninos y se acercara a una formación de literata reservada al género masculino. Se casó a los 16 años con José Quiroga, estudiante de leyes, y ambos viajaron por Europa con la familia Pardo Bazán. La autora aprendió varios idiomas y envió sus crónicas periodísticas desde ciudades como Roma o París a La Época y otras publicaciones y leyó con interés a Émile Zola y otros autores europeos del momento.
En 1876 publicó su primera novela, Pascual López y ganó un ensayo dedicado al teatro del padre Feijoo. También este año nació su primer hijo, Jaime, a quien dedicaría su único poemario. Tuvo dos hijas más, Blanca, que nació en 1878 y Carmen, en 1881. La Tribuna (1883) está considerada la primera novela larga que ya es completamente naturalista, protagonizada por una cigarrera de La Coruña. Con los artículos compilados en La cuestión palpitante (1883), Emilia Pardo Bazán introdujo la corriente del naturalismo literario en España. El naturalismo trataba cuestiones sociales y cotidianas como el mundo laboral o el sexo, temas y atrevimientos que le costaron durísimas críticas. Su marido, escandalizado, le exigió dejar de escribir y retractarse públicamente de lo escrito, pero Emilia prefirió abandonar a su esposo, y vivir con sus tres hijos de forma independiente. Posteriormente, fue amante de Benito Pérez Galdós durante más de veinte años, y se insinúa que su pluma pudiera estar detrás de algunos de los Episodios Nacionales (1872-1912).
Pardo Bazán viajó con frecuencia a París y se instaló en La Coruña, donde entró en contacto con la crueldad del caciquismo. En 1886 publicó Los Pazos de Ulloa, obra cumbre de la autora, en 1887 La madre Naturaleza y en 1888 Insolación. Emilia fue siempre un escritora prolífica y cuenta aproximadamente con 40 obras en su haber entre novelas, recopilaciones de cuentos y ensayos, además de multitud de crónicas periodísticas.
La gente no pensaba como yo y el anatema contra las literatas se alzaba colérico, entendiéndose por literatas a todas las que demostraban gustos intelectuales en cualquier esfera y acribillándolas a sátiras, burlas, censuras y excomuniones. Yo, sin embargo, no perdía la esperanza, es lo último que debe perderse, conocedora del movimiento que en el extranjero iba desenvolviéndose en favor de la mujer aguardaba siempre que, como tantas otras cosas, nos trajesen de fuera, con carácter de novedad, lo que acaso aquí estaba más en la tradición, aunque olvidada y perdida para nuestro daño.
En 1890 escribió sola la revista El Nuevo Teatro Crítico durante tres años y en 1892 fundó y dirigió la publicación La Biblioteca de la mujer. Denunció la violencia de género y la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer. Ya consagrada como escritora, fue propuesta para formar parte de la Real Academia de la Lengua Española en los años 1889, 1892 y 1912, pero su ingreso fue siempre denegado - como también lo fue para Concepción Arenal y Gertrudis Gómez de Avellaneda-, además de sufrir una campaña de ridiculización y descrédito, promovida especialmente por el también escritor Juan Valera. En 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y en 1910 fue nombrada Consejera de Instrucción Pública. Seis años más tarde le fue concedida una cátedra en la Universidad de Madrid, aunque la mayoría los alumnos, e incluso compañeros de la institución, se opusieron al nombramiento y se negaron a asistir a sus clases. Murió en Madrid, a causa de una gripe común, el 12 de mayo de 1921.
Porqué no estaba yo en la Academia Española, vamos a ver, se preguntaba asombrada la gente. Yo había escrito mucho y de mis libros y de mis artículos, se hablaba, se leía, se traducía. En suma, me sucedía todo lo que de bueno puede suceder a un escritor varón cuando logra hacerse oír. ¿Que no estaba yo en la Academia por el hecho de ser mujer?¿Y eso qué? Insistía la gente no comprendiendo. ¿El ser mujer me había impedido escribir mis tomos, mis ensayos, mis crónicas? ¿Entonces?
"Las desnudadas", es un relato corto publicado en el num.304 de"Blanco y Negro" en 1897, posteriormente fue incluido en los Cuentos trágicos. No es una historia "para mujeres", es un recordatorio de que no importa lo que sea que nos suceda, lo importante es lo que seamos capaces de hacer con ello. Adjunto además la versión radiofónica que realizó el equipo del programa Historias de RNE, a cargo de Juan José Plans.
Una tarde gris, en el campo, mientras las
primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies,
recuerdo que, predispuestos a la melancolía y
a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el
irresistible influjo de las circunstancias y de
fuerzas externas sobre el alma humana, y nos
comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado
de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo
absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo
terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa
propia, el camino, bueno o malo, que en esto
precisamente estriba la libertad.
-Pertenece
mi historia
-añadió- a un cruento período de nuestras
luchas civiles, después de la Revolución de
1868; y evoca la siniestra figura de uno de
esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al
sentir en derredor la hostilidad y la enemiga
de un país donde todos le aborrecen: hablo
del contraguerrillero, tipo digno de estudio,
que mueve a piedad y a horror. Mientras el
guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas,
encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla,
descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la
delación; siempre oía en la sombra el resuello
del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las
guerrillas son el país alzado en armas, y el
contraguerrillero es el Judas contra el cual
todo parece lícito, y hasta loable.
Ahora, pues, el contraguerrillero de mi
historia -supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el
triste ideal de esta clase de héroes; al oír su
nombre, persignábanse las mujeres y rompían
a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en
pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de
pacificar el territorio en que funcionaba la
contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su
partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su
jefe, se guardaban bien de contravenir a lo
mandado.
Si en alguna ocasión lamentó el Manco
haber empeñado su formidable palabra al
general, fue el día en que, evacuado por las
fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi,
penetró la contraguerrilla en este foco del
carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de
diez veces había puesto la ceniza en la frente
al Manco yéndole a los alcances, batiéndole,
cogiéndole prisioneros y dispersando a su
gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era
ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi
vivían cinco lindas y honestas muchachas,
carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por
los liberales en la anterior guerra. Cuando
trajeron ante el Manco, amarillas cual la
muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en
el alma feroz del contraguerrillero; la promesa
al general combatía los ímpetus salvajes de
un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su
enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha
limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado
el medio de no faltar a su palabra, y al mismo
tiempo de mancillar al cura en la persona de
sus sobrinas.
Dio en vascuence una orden
terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas,
eran paseadas y empujadas al través de las
calles del pueblo, entre rechifla, denuestos,
golpes y groseros equívocos de los inhumanos
que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre.
El Manco había anunciado que sería reo de
pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las
cuales, estúpidas de vergüenza, intentando
velarse el rostro con el pelo, echándose por
tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su
ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como
estatuas de dolorido e injuriado mármol, el
Manco en persona, o satisfecho o ablandado
ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa: "Ahora ya pueden volverse a su madriguera
estas carcundas".
Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio,
es como si nos asomásemos a un abismo de
desesperación. Nótese que eran mujeres de
intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las
respetaban en el pueblo por honradas y las
celebraban por hermosas; que a pesar de su
fe no tenían vocación monástica, y entre los
mozos incorporados a la partida del cura, más
de uno rondaba sus ventanas y pensaba en
bodas a la conclusión de la guerra.
Pero después del horrible atropello del Manco, para las
sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las
perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban Las
desnudadas, y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel,
quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas
bajo la carga de la desventura, permanecían
recluidas en casa, sin asomarse a la ventana
siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si
estuviesen contaminadas de lepra, como a los
lazaretos que la Edad Media aislaba, les traía
una amiga, movida a compasión, lo necesario
para su sustento, y se lo dejaba en el portal,
en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella
consentían ser vistas y habladas. Así vivieron
un año...
-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri,
interrumpiéndole-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de
Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico.
-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No
se ha concluido el episodio.
Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de
las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el
Manco. Enferma de tristeza desde el día de su
desgracia, había ocultado su padecimiento por
no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino
del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su viaje
de noche, con la cara envuelta en tupido velo,
y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las
religiosas de una Orden que tiene por misión
asistir a los enfermos y amparar a los niños
abandonados.
Quedaban solamente en Urdazpi tres de
las sobrinas del cura; pero de allí a medio año
escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría
las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre,
con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y
pereció desangrada. En cuanto a la otra...
-¿Murió también? -preguntamos.
-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el narrador-. No sé qué será de ella;
rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no supo
comprender que por mucho que desnuden el
cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden
cuando se desnuda el alma.
-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?
-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que
se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo
a sus labores domésticas y a sus devociones,
no parece recordar que en algún tiempo quiso
vivir apartada de sus semejantes... Y en el
pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A
pesar de que no puede olvidarse la espantosa
acción del Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz.
Hace unas semanas escuché el documental Las brujas de Zugarramurdi de Julia Murga, realizado para Radio Nacional de España. Se trata de un material de gran valor divulgativo, no sólo porque que cuenta con la participación de académicos especialistas en la materia como Gustav Henningsen, sino porque ayuda a combatir los tópicos existentes acerca de una Inquisición que fue moderna (no medieval), secular (independiente del poder religioso), y que se cobró más víctimas en los países protestantes que en el mundo católico.
El documental esclarece los precedentes, el desarrollo y las consecuencias, más allá de las condenas de los acusados, de los procesos de Logroño contra las supuestas brujas de Zugarramurdi. Independientemente de lo identificados que nos podamos sentir con la imagen de la bruja, invita a pensar sobre el peligro de las obsesiones colectivas, tanto entre los acusadores como entre los acusados, subraya la necesidad de distinguir entre los fenómenos de la brujería tradicional y la brujomanía.
Datos del documental: Las brujas de Zugarramurdi , por Julia Murga. Producido por Radio Nacional de España (RNE) para la serie "Documentos", dirigida por Juan Carlos Soriano. Primera emisión: 25 de septiembre de
2011. Realización y montaje: Maika Aguilera, Amparo
Hernández y Mercedes de Prado. Narradora: Modesta Cruz. Con las voces de Javier
Lostalé, Juan Suarez y Gustavo Adolfo Bautista.Con la intervención de:
Iñaki Reguera , Gustav Henningsen, Ángel Gari,
Julio Caro Baroja y José Miguel de Barandiarán. RNE permite la descarga gratuita de este programa.
Con el fin de esclarecer la estructura y facilitar la búsqueda a aquellos que estén interesados en el tema sigue un resumen del contenido, que no incluye las dramatizaciones, lecturas de fragmentos, etc. presentes en el documental.
Resumen de contenido:
La brujería no se vincula con el diablo satánico hasta la edad media, por
influencia del cristianismo. Sin embargo, durante siglos la jerarquía eclesial sostuvo que
las personas no podían trasladarse por el espacio, o provocar desastres
naturales y epidemias: según el Canon Episcopi de 906, defender lo contrario
era herejía.
La demonización de la brujería inicia cuando se da a ésta una interpretación teológica, rebasado el medievo: en 1484 el papa Inocencio VII
promulga la bula Sumnis Desiderantes Affectibus, en la que se reconoce la
existencia de seres diabólicos. Poco después aparece el Malleus Maleficarum
(Martillo de brujas) tratado que se convirtió en manual de persecución y caza
de brujas según el cual bastaba con la acusación de un individuo para iniciar la causa, y son
válidas las declaraciones de niños, torturados y enemigos del acusado. Esto va
a producir una ola de persecuciones en toda Europa, a partir del s.XV, y
especialmente entre los siglo XVI y XVII, conocida como “brujomanía”.
En 1478, antes de
la bula de Inocencio VII, Sixto IV, su antecesor, había permitido a los Reyes Católicos la creación de la
Inquisición Española. A diferencia de la Inquisición medieval (activa desde el siglo
XII en Europa para combatir la herejía, dependiente de la iglesia), la
Inquisición moderna española depende exclusivamente del
estado y no de la iglesia. El personal al servicio de la Inquisición cobra de
la hacienda pública, y su principal foco de atención estuvo en la persecución de
musulmanes y judíos.
Según Ángel Gari,
los inquisidores hacían valoraciones e informes de los casos que, antes de
emitir sentencia, remitían a la Suprema. La Suprema fue el órgano central de la Inquisición, más
alejado de los hechos, lo que tenía por resultado una cierta moderación a la
hora de castigar magia y brujería. Según
Henningsen, queda un resto de escepticismo en el mundo católico, por eso en
1526, en España, se exige que todos los procesos de brujos condenados a la
hoguera tienen que enviarse primero al Consejo, donde siempre se modifica la
sentencia hacia algo menos horrible. A pesar de ello, los encausados preferían ser juzgados por los tribunales de
la iglesia, dado que las sentencias de la justicia civil eran mucho más duras.
También destaca otra
característica peculiar de la brujería en la península ibérica, Henningsen señala “Hay brujas en el norte, pero hay brujas en el sur". Los miembros del Consejo de la Inquisición se dan
cuenta de este hecho, y escriben a los de Navarra para advertirles que no pueden atribuir todos los desastres a los brujos, dado que en
el sur también hay desastres pero no brujas.
A principios del s. XVII Francia vive una
ola de persecución a la brujería, en la que participó Pierre de Lancre, un juez
intransigente y carente de crítica. Los inquisidores que intervinieron en la zona de Navarra, llevando consigo un un cuestionario calcado de los procesos de brujería europeos, y con
los procedimientos sonsacaban no lo que había de verdad en las declaraciones de los acusados, sino lo que querían
los jueces. Empeñados en encontrar lo que aparecía en aquellos modelos,
encontraron toda la brujería de la que se hablaba en Europa.
A
finales de 1608 María de Ximildegui, natural de Zugarramurdi, regresa desde Francia con su familia. Tras asegurar que había visto a varios
vecinos de Zugarramurdi en reuniones de brujos, inician las delaciones en esta
y otras aldeas próximas. Al menos una
decena de personas hicieron confesión pública de haber participado en el
aquelarre. Entre ellas destaca la de María de Yurreteguia, quien confiesa
haber sido llevada al aquelarre desde muy niña, y que, habiéndose confesado, la
“reina del aquelarre”, en forma de yegua, y otras brujas y brujos en formas de
animales, la fueron a buscar a su casa para volverla a llevar al aquelarre.
Su exculpación se
produjo ante el párroco del pueblo, y todos los vecinos se reconciliaron. Pero
el abad de Urdax, más instruido que el párroco de Zugarramurdi, da cuenta de la situación a la Inquisición de Logroño.
Desde ésta envían a los inquisidores Alonso Becerra Holguín y Juan del Valle Alvarado para recoger
testimonio de todo lo que se ha dicho, y de los denunciados en confesión
pública. Estos inquisidores no tienen experiencia y están convencidos de la
realidad de los hechos y la presencia del diablo.
Se producen las
primeras detenciones y cuatro mujeres ingresan en 1609 a las cárceles de la
Inquisición, en Logroño. Poco después el resto de los inculpados -quienes
creían que serían perdonados- viajaron voluntariamente a la sede del Tribunal,
pero finalmente todos fueron presos. Llama la atención la coincidencia en las
declaraciones, aunque no se sabe si los encausados estuvieron en contacto entre
sí.
Por las
investigaciones de Caro Baroja y Gustav Henningsen de los archivos, se sabe que los interrogatorios eran siempre
similares, todo giraba entorno a un cuestionario de 14 preguntas básicas,
algunas de las cuales eran copia literal de procesos de dos siglos atrás. Las
declaraciones se extienden por meses, y
algunos de los acusados acaban confesando no sólo ser brujos, sino haber
realizado cuantos actos se les atribuían como tales, incluyendo la autoría del
asesinato de niños: Aquelarres, danzas, misas negras, acatamiento al demonio,
orgías sexuales, incesto, unturas y ponzoñas, vuelos por el aire, exhumación de
cadáveres, antropofagia, presencia de animales diabólicos, iniciación en la
brujería, la participación de niños y jóvenes, la existencia de dinastías de
brujos…
Además del uso de alucinógenos que se pueden ligar a sensaciones de vuelo o separación del cuerpo,
como la bufotenina, segregada por el sapo, aparece el envenenamiento, para el
cuál se empleaba el rejalgar (sulfuro de arsénico).
En las Cuevas de Zugarramurdi se
llevaban a cabo las reuniones de brujas, conocidas desde entonces como
aquelarres (palabra que significaría “prado del macho cabrío”). Según
Henningsen son los inquisidores los primeros en vincular esta palabra a lo
conventículos de brujas.
La cueva tiene tres entradas, en un piso más elevado
se encuentra la “Cueva de aquelarre”, hay un prado y a su orilla se ve una
especie de muro natural, en el que hay una
ventana que recibe popularmente el nombre de “la cátedra del macho cabrío”, porque supuestamente desde allí el diablo daba sus sermones y
consejos a las brujas reunidas en la planicie que está al pie. Por allí pasa también el llamado “río del
Infierno”, en sus alrededores los miembros menores de la supuesta secta
pastoreaban hatos de sapos vestidos a fin de que exudaran su veneno.
Los inquisidores
remiten informes detallados a la Suprema de Madrid, desde donde se mantiene una
actitud escéptica y se pide a los inquisidores que visiten en persona a la
zona. En 1609 Alonso de Salazar y Frías se
suma a Valle y Becerra, renuentes a cumplir con la exigencia de la Suprema.
Sólo Juan del Valle
Alvarado realizó una visita previa al norte de Navarra, dónde el
abad del monasterio en el que se hospedó le informó de las persecuciones de brujas que se llevaban a cabo en Francia. También estableció contacto con Pierre de Lancre. El viaje se realizó
por el norte de Navarra y Guipúzcoa, el objetivo era que con la llegada de la
comitiva, en todas las iglesias se leyese un edicto de fe consistente en la
elaboración de un catálogo con todos los posibles delitos de herejía, instando
a los parroquianos a la confesión y a la denuncia. Esto dio lugar a situaciones
poco justificables, hubo acusaciones entre vecinos por resentimientos
personales.
Una semana después se convocaba de nuevo a los feligreses y se
proclamaba el anatema donde se contaba cómo se llevaría a cabo la excomunión y
las terribles consecuencias que esto acarreaba. Se empieza a predicar contra las
brujas. Posteriormente, los acusados de brujería son apresados sin indicarles
quién los denuncia ni de qué son acusados.
Cuando el obispo de Pamplona, al investigar y preguntar a mucha gente
en Zugarramurdi acerca de cuándo había empezado la proliferación de las brujas, la
respuesta que encontró fue que ésta se había dado a partir de la visita de Alvarado, puesto que antes los vecinos
desconocían incluso el significado de la palabra “aquelarre”.
Valle Alvarado
deja a su paso una serie de comisarios designados para investigar para la
Inquisición en toda la zona, cuyos reportes estudiará junto con Becerra. Entre
la documentación conservada se encuentran testificaciones contra 280 brujos. Antes de diciembre de 1609 ingresaron en la cárcel 21 nuevos acusados.
La diferencia de
idioma – muchos de los acusados no hablaban castellano, expresándose sólo en
euskera-, añade una dificultad al estudio de los casos. Era necesaria la
contratación de intérpretes, que a su vez modificaban o filtraban las
declaraciones de los encausados. Se procesó a 31
personas por brujería, de las cuales 19
aceptaron la acusación y 12 se consideraron inocentes, pero debido a los
estragos causados por dos epidemias, sólo 18 de los reos llegaron con vida a
escuchar la sentencia.
El auto de fe, al
que concurrió una gran cantidad de público, se inició el 6 de noviembre de 1610
con una procesión en la que participaban autoridades civiles y grupos
eclesiásticos, además de las autoridades del Santo Oficio. El impresor de
Logroño Juan de Mongascón consiguió autorización para imprimir la relación de
procesos y sentencias del Auto de fe, celebrado los días 7 y 8 de noviembre.
En el auto
comparecieron 53 acusados por diferentes delitos, vestidos como correspondía a
la pena que habían de sufrir, por ejemplo, portando látigos al cuello si iban a
ser azotados, otros llevaban sambenitos y corozas (grandes conos de papel
engrudado) con pinturas alusivas a su delito y a su castigo. Los procesados por brujería y condenados a
pena capital fueron un total de 11: 6 vivos y 5 ya fallecidos, condenados “en
efigie” ( 5 estatuas vestidas con sambenitos, acompañadas por 5 ataúdes con los
huesos de aquellos a quienes las estatuas representaban); sus vestimenta
llevaba pintadas llamas y cabezas de diablo.
La Inquisición, que
en realidad no sentenciaba a muerte, envió a los acusados a la justicia civil para que fuesen
condenados conforme a sus leyes. Por lo que fueron escoltados por soldados
hasta las piras, aunque no se sabe si fueron quemados vivos o muertos, al lado
de los ataúdes de los reos fallecidos.
Los autos de fe
eran una puesta en escena de la justicia de la época, con objetivo
de dar ejemplo. 30.000 personas propagaron lo acontecido en el proceso de
Zugarramurdi. Fue un acto de propaganda en el que los inquisidores creyeron haber
demostrado que el aquelarre era una realidad. A raíz de esto empieza a
generarse un pánico colectivo en la zona, se envían predicadores cuya
presencia, en lugar de calmar a la población, suscita la aparición de más y más
adeptos: según los estudios realizados por Henningsen, en marzo de 1611 ya se
contabilizan, entre confesos y sospechosos, cerca de 2000 brujos en Navarra, Guipúzcoa, Ávila y
Logroño, la gran mayoría eran niños.
A la vez, sin
embargo, crecían los escépticos, entre los que destacan el inquisidor Alonso de
Salazar y Frías, los obispos de Pamplona y Calahorra y el humanista Pedro de
Valencia, historiógrafo real, quienes critican los métodos de confesión y
denuncia. El Inquisidor General Cardenal
Arzobispo Bernardo de Sandoval y Rojas adopta varias medidas, entre ellas un
edicto de gracia al que se podían acoger los arrepentidos y un edicto de
silencio prohibiendo hablar del tema, mientras tanto Salazar y Frías lleva a
cabo una exhaustiva investigación sobre el terreno. Después de 8 meses, envía al
Inquisidor General un informe de más de 11.000 páginas a partir de la confesión
de 5.000 personas que se habían presentado al Santo Oficio, y su conclusión es
que no hubo brujas, ni embrujadas, hasta que se empezó a hablar y a escribir de
ellas. Debido a los retrasos que provocan sus colegas Valle y Becerra no
reciben respuesta del Consejo hasta dos años después.
A partir de este momento,
con el informe de Salazar y Frías, así como uno posterior de Pedro de Valencia,
en 1614 la Suprema promulga unas nuevas instrucciones para abordar las
acusaciones y los delitos de brujería, donde aunque se sigue con los procesos
de brujería, se eliminan las quemas de brujas, un siglo antes que en el resto
del continente. Las causas contra las brujas perduraron hasta finales del
s.XVIII, durante el reinado de Isabel II, en
1834, la Inquisición Española quedó definitivamente abolida. Pero el
tema no empezará a investigarse hasta finales del s. XX.
Casi por casualidad encontré el audio del clásico Cuento de Navidad de Charles Dickens, que sin duda no merece la mayoría de las versiones y "adaptaciones" que se han hecho de él. Queda pendiente investigar si Dickens pudo inspirarse en alguna tradición previa para situar su versión de la procesión de muertos, condenados y espíritus precisamente en estas fechas.
La aparición se alejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar; quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó. Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa.