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23 de diciembre de 2013

Un fuego para las noches largas


Este es todo el fuego que necesito para la noche más larga, y para todas las noches largas que habrán de llegar.  Aquí está todo el calor, toda la luz que requiero para volver a poner en marcha un Universo cuando el que ahora habito se apague, y desfallezca, y se rompa como un cascarón o se desprenda como una vieja piel, y abra paso a lo nuevo... Lo nuevo que siempre llega, una y otra vez, del mismo modo que las olas alcanzan la playa.

Este fuego contiene todo cuanto necesito; es una semilla sembrada en el Reino Bajo Tierra, cobijada por el manto denso de lo oculto, nutrida por los restos de lo que un día fue y ya no será más.

Volverán las primaveras, los veranos, los otoños, y los mismos inviernos a desfilar, majestuosos, por bosques y campos, con trajes bordados de dorado calor o plateado frío, con coronas de flores pálidas, de hojas verdes o rojizas, con cetros de ramas ornadas de rocío o escarcha... Pero bajo su paso regio esta humilde llama - nacida de lo imprevisto, pero hija de un fuego más antiguo que las propias estaciones-, permanecerá dando aliento y latido desde la profundidad insondable de la que emerge, como de una fuente inagotable, la confianza capaz de mirar al miedo a los ojos y desterrarlo con una sonrisa. 

17 de diciembre de 2013

Llegando al corazón del Invierno



Echaba de menos volver al camino de cabras... Algo desvencijado por la larga ausencia, sigue siendo un lugar en el que puedo recuperar la paz. Llego después de una gripe intensa, que ha conseguido obligarme a guardar cama, y de paso a hacer también una buena limpieza mental y emocional.

Aunque para mí los años empiezan en Septiembre, hace semanas que recuerdo que hace a penas doce meses me preparaba para mi regreso a Barcelona con el ánimo del exiliado que, en un abrir y cerrar de ojos, se sabe condenado a perder todo; todo lo que ha levantado con su esfuerzo, todo lo que ha configurado su mundo, y todo lo que había amado. Acostumbro a suavizar las patadas que me da la vida, pero creo que los que me acompañaron en aquellos tristes días pudieron ver mi alma hecha jirones... Y sin embargo, debo decir que gracias a ellos, gracias a su amabilidad y su aliento; aquellas últimas semanas en México defendieron, orgullosos, una belleza propia, innegable, y brillaron por encima de la tristeza con una luz que no esperaba y que nunca olvidaré. Así que gracias otra vez, espero de corazón que volvamos a vernos algún día. Y, por supuesto, allí donde yo esté, estará su casa.

Al llegar a mi Barcelona natal, todo se me hacía extraño, frío, hostil... Principalmente mi cabeza. Estuve enferma, empapada hasta los huesos de ese tipo de malestar que dejan las grandes decepciones, los momentos en los que por mucho que te muevas no llegas a ningún sitio, y aunque te quedes quieto tampoco hay descanso posible. Ves como la gente va y viene a tu alrededor, y se alegran de tu regreso; pero estás tan frío por dentro, que a penas llegan los ecos de aquel calor y respondes mecánicamente, como desde un trance lejano. Te gustaría desaparecer para siempre, pero no es posible, así que te quedas y esperas a ver qué pasa... A ver si pasa algo mínimamente interesante. Lo he escrito en alguna ocasión; nunca se valora lo suficiente la curiosidad. A veces mata al gato, sí, y a veces esta es la única manera de que el gato en cuestión descubra las vidas que le quedan por vivir.

La luz  fue ganando terreno a medida que pasan los meses, la naturaleza reverdeciendo, y como en el poema de Ana Rossetti, una cree que el corazón a muerto despedazado, hasta que un día se lo encuentra de nuevo dando lecciones desde su inmortal sabiduría. Y poco a poco reconocemos a nuestros amigos de siempre, y entran personas nuevas en nuestra vida, y casi sin sospecharlo, acabamos por descubir que se han ganado un lugar propio en ella... A pesar de los recelos iniciales, creamos nuevas relaciones y nos entregamos a la labor de cuidarlas con toda nuestra pericia, y todas esas torpezas que está en nuestra mano ir limando. Así que gracias, de corazón, a los que siempre habéis estado ahí, y a todos los que habéis ido llegando, en estos meses, a mi vida... Con mención honorífica a la Confabulación Pagana, por supuesto. Entre unos y otros habéis conseguido que este sea, de hecho y contra todo pronóstico, uno de los mejores años de mi vida.


***

Un año en el que hemos vivido muchas cosas,  sobre las que iré escribiendo en futuros posts, pero sobretodo, un año en el que los mensajes han llegado muy claros, aunque me ha costado entenderlos, sencillamente porque no estaba ni mental ni emocionalmente preparada. Y aquí viene el meollo del asunto, de acordarme de cómo empezó el año y de lo difícil que ha sido en algunos aspectos. Necesitaba que mi alma se hiciera pedazos, que mis estructuras se vinieran abajo, que mi lista obsesiva de cosas que yo creía que tenían que cumplirse "sí o sí", obtuviera por respuesta una y otra vez un severísimo "No, de ninguna manera", hasta lograr que me diera por vencida y empezara a contemplar otras opciones.
O, mejor dicho, hasta que viendo el fracaso absoluto de los modelos en los que he sido de una u otra manera educada (convertidos después en autoimposiciones), me diera por una vez la oportunidad de probar un modelo propio de funcionamiento existencial.

Supongo que para algunas personas debe ser algo tan sencillo que a penas merece ser mencionado... Pero para mí ha sido realmente muy difícil apartar los montones de consejos "bienintencionados pero inútiles a la práctica" que siempre han entorpecido mis pasos, ensombreciendo de culpa la necesidad de trazar un camino propio. Y al fin decir que no pienso dar un sólo paso más dando la espalda a aquello en lo que creo, ni gastaré mis energías en cosas a las que no logre ver un sentido; aunque este modo de proceder, como ironizan algunos, me lleve a vivir debajo de un puente. 
No se trata de terquedad; terquedad es intentar ajustarnos por todos los medios posibles, incluyendo los que nos  desgastan o nos dañan, a una idea de nosotros (o de nuestra vida) que no nos corresponde, sólo porque desde fuera nos dicen (y nosotros aceptamos) que debemos ser así. Esto es más o menos lo que he hecho toda mi vida, si no en todos, sí en muchos aspectos de mi vida; y está claro que no ha funcionado demasiado bien.

Hace años que sé perfectamente lo que quisiera para mí; y principalmente tiene que ver con la manera de relacionarme conmigo misma, con los demás y con el mundo que habito, así como con la manera de actuar y reaccionar ante las situaciones que la vida me ponga por delante, buenas o malas. Una de las cosas que se han esclarecido para mí en estos meses es un esquema del que hace ya un montón de años hablaba Wayne Dyer [...Por cierto que un día de estos voy a escribir a favor de la New Age hasta quedarme a gusto, porque, lo adelanto ya, para mí está claro que hay mucho más que aprender de la New Age original, que de las publicaciones que hacen un refrito de lo mismo y le pasan después el filtro "Instagram" de la tendencia esotérica/pagana/brujeril de moda], según el cual, mientras nos preparamos para vivir una vida mágica/espiritual plena, pasamos por tres fases: una en la que la prioridad es tener, otra en la que nuestro motor es el hacer, y por fin una en la que valoramos el ser por encima de las dos opciones anteriores.

Supongo que nuevamente es una de esas cosas que depende de la educación que hemos recibido/aceptado. Por mi parte el tener o no tener cosas, creo que no me ha afectado demasiado (por aquí somos más bien de no tener). Sin embargo, tal vez como reacción a los modelos excesivamente pasivos que me rodeaban, gasté gran parte de mi juventud en entornos en los que se fomentaba la idea de que "cuanto más haces, más vales", hasta caer en la trampa de un sistema en el que se aprovecha la capacidad y las ganas de hacer cosas de las personas como si éstas no fueran más que combustible, y cuando las mismas personas que han dado su trabajo se agotan o se queman, se las desecha como envoltorios inservibles. La parte buena de este entrenamiento desquiciado es que no hay la pasividad heredada, por enraizada que esté, que lo resista (ahora literalmente soy capaz de "hacer cosas" incluso cuando parece que no hago nada); lo malo es que la acción sin conciencia puede anclarnos en la letargia más absoluta, tanto o más que la ociosidad.

Si nos valoramos en función de las cosas que hacemos; el día que hagamos menos, creeremos que valemos menos, y el día que no podamos hacer nada, además de la impotencia nos encontraremos con que nuestra autoestima puede desvanecerse de la noche a la mañana. Esto no significa que sea fácil cambiar de paradigma... A mi me está costando horrores. Así que llegando al corazón del Invierno, ya instalada en mi tierra junto al mar, rodeada de personas a las que quiero y con un montón de proyectos de todo tipo en el regazo, puedo decir que cada uno de los "NO" que he recibido en estos meses ha sido una auténtica bendición que me ha llevado por el único camino que realmente tiene sentido para mí, e incluso he podido ver los primeros frutos de mi nuevo proceder, tan pequeños como las primeras uvas de una vid, que parecen de juguete, pero nos prometen que crecerán con nuestro cuidado y dedicación. 

La ventaja de moverse desde el ser es que aquello que eres se expresa a través de cualquiera de tus acciones; trabajes en lo que trabajes, escribas acerca de lo que escribas; hablando con otros, comprando, saliendo a caminar, viendo una película, jugando con el gato... Implica estar conectado en todo momento con aquello en lo que crees, y con aquello que eres. La dificultad radica no sólo en lo poco que nos cuesta "desconectarnos", sino en lo mucho que nos cuesta creer en cosas realmente positivas para nosotros y los demás. En el entorno pagano es más curioso si cabe, pues puedes encontrar a personas capaces de sacarse una tradición ancestral de la manga elaborada a partir de sus propias filias y fobias, o a individuos capaces de creer que los dioses se preocupan personalmente de cómo les va un examen, una entrevista de trabajo, una discusión con los vecinos;  pero con una visión completamente escéptica acerca de las posibilidades de transformación (a mejor) de una persona común y corriente.

Poniendo las cartas sobre la mesa; yo creo en las posibilidades de las personas, mucho más que en la intervención particular de una divinidad. Creo que la verdadera magia (y la verdadera espiritualidad), no es otra cosa que la capacidad de transformación del ser humano aplicada a uno mismo. Creo que los dioses tienen propios sus ámbitos de acción, y que no están para sustituir a la humanidad en las labores que le son propias. Estoy segura de que no soy menos pagana por ello, y sospecho que si nos hacemos los locos respecto a nuestra capacidad para transformar nuestro universo, empezando obviamente por nosotros mismos, es porque como bien nos ha enseñado la mitología moderna: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
Vivimos en una sociedad que ha roto los vínculos entre su corazón, su cabeza y sus manos; y por tanto se ha acostumbrado a usar la imaginación como forma de evasión, en vez de aprovecharla para encontrar soluciones a los problemas que encuentra por el camino. Vivimos en una sociedad que permite la fabricación de semillas estériles, ¿tan ilógico es pensar que pretendan hacer lo mismo las semillas de nuestra mente, nuestras ideas, arrebatarles su capacidad generadora, condenarlas a la esterilidad? 

Estoy convencida de que la única de compensar -al menos parte- esta inercia en la que nos vamos hundiendo cada vez más, es demostrando con el ejemplo que en cada ámbito de nuestra vida se pueden hacer las cosas de otras maneras; no sólo acordes con nuestros principios, sino incluso más efectivas y satisfactorias. Y pienso comprometerme con esta convicción, apostar por ella hasta sus últimas consecuencias. Pero de todas las elecciones que he tenido que hacer en mi vida esta es, con toda seguridad la más significativa, porque implica realmente un salto al vacío: Si me caigo, no sé que haré con mi vida; pero lo cierto es que si sobrevivo, tampoco... Todo a partir de este punto es nuevo para mí. Lo único que tengo claro es que nací para esta aventura, y que gracias a los dioses [gracias sobretodo a esa Eris Postpagana capaz de remover cielo y tierra para sacar del embrollo creado una posibilidad insospechada, y enseñarla con una enorme sonrisa de triunfo al mundo], por fin cuento con los compañeros de viaje adecuados para salir en búsqueda de nuestro particular tesoro, y que no necesito nada más para ser feliz. Así que gracias a todos, y en especial al Witchdoctor que me ayuda a lidiar con las sombras que de vez en cuando tratan de tomar el control (además, por supuesto, de ser el rey de los festejos en cada celebración).


21 de diciembre de 2012

Dag, Daga y el troll, por Harald Österson

Una de las mejores cosas que tiene el invierno es poderse quedar una tarde en casa, junto al fuego (una estufa o un radiador en su defecto), encandilarse con las llamas, con las luces del árbol, con el vaho en las ventanas...  recordar historias y conocer otras nuevas. A pesar de que encontré el cuento sueco de Dag y Daga por casualidad, rápidamente se convirtió en uno de mis preferidos, una hermosa versión del relato del viaje al Inframundo, que va enumerando las pruebas que se presentan en el descenso, y la manera de superarlas. Espero que la disfrutéis tanto como yo.
Feliz Solsticio :)


Dag, Daga y el troll volador del Montecielo, por Harald Österson.



Cuando Dag y Daga se quedaron huérfanos, todo el mundo creyó, igual que ellos, que acabarían por perecer en la miseria. Pero después de los peores momentos del luto, se advirtió que los dos niños, que de forma tan inesperada se habían quedado solos en la aislada cabaña, tenían buena madera. Cuidaban muy bien de sus cabras, que les daban abundante leche, y también recogían frutas y setas que Dag cambiaba a veces por un poco de harina. 

Daga cocía polenta y hacía pan como una auténtica madre, aunque fuera tan pequeña, y Dag fue pronto tan hábil con el arco como lo había sido su padre. En aquella época a nadie le preocupaba que se matara a los animales del bosque; por el contrario, todo el mundo podía cazar cuanto quisiera. A veces llegaba Dag a casa con una liebre, y otras, con un urogallo. Alguna vez hasta había cazado un corzo, de forma que no pasaban hambre. Así vivían los dos hermanos año tras año, protegiéndose el uno al otro.

Una vez que Dag había salido de caza, tardó más de lo normal en regresar a casa. Daga se quedó toda la tarde y toda la noche esperando, pero él no volvió. Entonces salió a buscarle. Sospechaba más o menos hacia dónde podía haberse dirigido, pero en realidad empezó a buscarle a ciegas. 
A mediodía llegó a un lugar donde crecían muchas zarzas altas. De repente dio un grito de alegría. Su hermano tenía que estar allí dentro. Porque se veía sobresalir su gorro, con la pluma que ella misma le había puesto, por encima de las zarzas. Muy contenta se acercó rápidamente. Pero cuando estaba más cerca vio que se trataba únicamente del gorro, que estaba colgado de una de las ramas más altas. A un trecho de allí se podía ver también su aljaba de flechas y el arco. Pero no se veía ningún rastro del cazador. 
Las zarzas crecían tan espesas que era totalmente imposible acercarse a donde había dejado las cosas. -¿Cómo es posible que haya llegado hasta aquí? - se preguntaba Daga, después de haber intentado durante horas penetrar entre las zarzas-. No podré entrar si no voy por un hacha y corto las zarzas. Se dió prisa en hacerlo, y cuando por fin tenía en sus manos las pistas que había dejado el hermano tras de sí, ya era de noche.

Al día siguiente, al amanecer, ya estaba Daga levantada. Primero se preparó un poco de comida y la envolvió en un paquete. Después soltó a las cabras, para que se alimentaran lo mejor que pudieran, mientras ella estuviera fuera. Y luego cogió un bastón de paseo y salió andando en busca de su hermano. Los vecinos más próximos estaban muy lejos, y cuando por fin se encontró con ellos, no pudieron prestarle ninguna ayuda. 
- Si le ha pasado algo horrible, no podrás tú, que no eres más que una niña, encontrarle y salvarle -dijeron-. Será mejor que lo abandones a su destino y te pongas a trabajar aquí con nosotros. Porque de ese modo tendrás casa, hogar y pan todos los días, y no tendrás que pasar por situaciones peligrosas. Pero si sigues buscando a tu hermano, seguramente desaparecerás tú también. 

Daga comprendió que era muy peligroso lo que se proponía, pero no podía dejar a su hermano a la suerte del destino. Por eso dijo adiós, y continuó su camino. Anduvo por extensos bosques y atravesó altas montañas, y muchas veces se encontró tan cansada, tan cansada, que las piernas se le doblaban. Pero tan pronto como había descansado un poco, continuaba su camino. Con frecuencia se veía obligada a pasar la noche en el bosque tendida en una cama de musgo, bajo algún abeto. 
Entonces, con frecuencia, temía que la fueran a matar los animales salvajes. Pero no lo hicieron. ¿Y sabes por qué? Pues verás: Daga no estaba sola, aunque ella lo creyera. Si hubiera podido ver todo bien de verdad, se hubiera dado cuenta de que alguien la seguía desde que dejó la pequeña cabaña del bosque. Era un hombre pequeño, pequeño, con una cara tan arrugada que parecía enormemente viejo. Comprenderás, claro, que era el gnomo de la pequeña casa. Cuando ella se dormía, él se sentaba siempre al lado de su lecho, y si aparecía algún lobo u otro animal malo que la quería hacer algún daño, le miraba tan fijamente que éste se apresuraba a largarse enseguida.

Una mañana, cuando Daga había andado un par de horas, se sentó para descansar encima de una piedra cubierta de musgo. El bosque estaba tan hermoso y fresco de rocío, y en las copas de los pinos había tantos pinzones alegres, que si no hubiera sido porque llevaba una gran pena dentro de sí, podría haberse sentido enormemente feliz. De repente, se oyeron ladridos de perros y el son de una corneta y, al rato, apareció dirigiéndose hacia ella un espléndido príncipe vestido con un magnífico atuendo de caza. Cuando la vio, se quedó inmóvil por un momento y se limitó a contemplarla. Después se dirigió a sus acompañantes, que le habían dado alcance, y les dijo:
- ¡Mirad qué hermosa princesa del bosque! Ella va a ser mi esposa. Daos prisa en ir a buscar al palacio de caza una silla de manos y llevadla hasta allí.

Cuando la chica comprendió de qué se trataba se arrodilló delante del príncipe y le dijo:
-Dejadme marchar, querido señor, porque estoy buscando a mi hermano, que seguramente ha caído en manos de poderes malvados. No puedo ser tu esposa, porque no soy ninguna princesa del bosque, sino la hija de un pobre cazador.
Pero el príncipe contestó enseguida:
- Se hará lo que he ordenado. Mis sirvientes buscarán a tu hermano.
Después de un rato llegaron con la silla de manos, y Daga tuvo que acceder a ser llevada al palacio, lo quisiera o no. Allí la condujeron a uno de los salones y, por orden del príncipe, la vistieron las doncellas con un precioso vestido blanco. Después le puso el príncipe una corona de oro en su cabeza y pulseras doradas en los brazos.
-Esto -dijo- es mi regalo de bienvenida para ti, y te pertenece tanto si quieres ser mi esposa como si no. Dicho esto, la condujo a una magnífica sala, donde estaban reunidos muchas damas y caballeros nobles. Y durante toda la velada tuvo que estar sentada a su lado, y él se comportó con ella con la misma educación y atención que si hubiera sido una verdadera princesa.

Cuando la fiesta hubo terminado y ella se disponía a retirarse a su dormitorio, escuchó por casualidad una conversación entre dos de los sirvientes que estaban hablando en un pasillo oscuro.
-¿Tú puedes entender que siete amigos nuestros hayan sido mandados a buscar a un cazador, porque por lo que parece se ha perdido en el bosque? - dijo uno de ellos.
-Sí, lo sé -dijo el otro-, pero ellos dijeron que no iban a hacer caso. Solo se van a ausentar un par de días para divertirse y luego volverán diciendo que no lo han encontrado.
-¿Cómo podrían, además, encontrar a ese cazador? Seguramente habrá caído ya en poder de los trolls. Desgraciadamente, éstos abundan mucho últimamente por esta comarca -añadió un tercero.

Puedes imaginarte cómo se sintió Daga al oír esta conversación. Tan pronto hubo subido a su alcoba, se apresuró a recoger sus pertenencias. Las juntó todas haciendo un pequeño hatillo y salió del palacio, tan silenciosamente y con tanto cuidado, que nadie la vio. Anochecía ya, pero no podía quedarse tranquilamente en aquel hermoso dormitorio, sabiendo que nadie iba a hacer nada por ayudar a su hermano.
Con la corona de oro en la cabeza y vestida con el traje blanco, caminó por debajo de los abetos altos y lúgubres. Muy cerca, detrás de ella, iba el gnomo de la cabaña del bosque. Éste había sido muy bien recibido por el gnomo del palacio, que le había vestido con un traje de terciopelo y zapatos puntiagudos. Pero, claro, cuando Daga abandonó el palacio, también él tuvo que dejarlo.

Se hacía cada vez más de noche. Entonces vio Daga cómo dos grandes y horribles cabezas de troll, que estaban tumbados en tierra, se asomaban y brillaban rojizos como toronjas. Parecía como si sus manos gigantes quisieran arrastrar hacia sí todo lo que pudieran. Pero aunque casi se quedó tiesa de miedo, no quiso volver a la seguridad de palacio. Los trolls se acercaron cada vez más, pero de repente se pararon. Parecía que hubieran visto algo detrás de ella, algo que les asustaba.

Cuando empezaba a amanecer. Daga se sentó a descansar un poquito. Se encontraba ya tan alejada del palacio y tan bien escondida entre tupidas malezas, que estaba segura de que nadie la podía encontrar y llevarla de regreso. Ahora por fin tenía tiempo de quitarse la corona de oro, el traje blanco y los brazaletes dorados. Metió todo en su hatillo y, a continuación, se puso la ropa vieja.

Tras haber caminado hasta bien entrada la noche, se encontró con una niña pequeña y fea. No estaba segura de si se trataba de un troll o de una persona. Pero, puesto que tenía aspecto de persona, hizo lo que siempre hacía cuando se encontraba con alguien, y comenzó a hablar de su hermano desaparecido pidiendo consejo sobre la manera de dar con él.
-Si me das un vestido de princesa - dijo la pequeña y fea-, te diré quién ha raptado a tu hermano. Mientras decía esto, echó una mirada de desprecio a los harapos que llevaba Daga, como si hubiera querido decir: probablemente debes tener muchos vestidos como ése.
-¡Claro que te puedo dar un vestido de princesa! -dijo Daga, y sacó el vestido que le había regalado el príncipe. Se notó claramente que la pequeña feúcha no había contado con algo parecido. Ahora le hubiera gustado poder retirar su palabra, pero ya no podía.
-¡Ha sido el troll volador del Montecielo quien lo ha raptado! -exclamó con rabia-. ¡Y si vas allí, también te cogerá a ti!
Dicho esto arrancó el vestido de las manos de Daga y se marchó. - El troll volador del Montecielo - dijo Daga, y ya no pensó en otra cosa que en cómo llegar al Montecielo.

Después de haber andado durante siete semanas, vio por fin delante de sí el Montecielo, tan alto, empinado y terrible. Arriba, en la cima, se veían las torres y los pináculos de un lúgubre palacio. Durante tres días enteros estuvo la niña dando vueltas alrededor del pie de la montaña para buscar un sitio por el que trepar hacia la cima. Pero no lograba encontrar ningún camino. Toda la montaña era como una pared lisa. La tarde del tercer día se encontró con un pequeño y deforme enano.
-Buenas tardes, querido amigo - dijo-. ¿Usted me podría enseñar algún sitio por el que pueda subir a esta montaña?
- Sí, lo puedo hacer -dijo el enano con una risa malvada-, si me das por la molestia dos pesados anillos de oro - y empezó a reír de nuevo.
- Aquí los tienes - dijo la chica. Y dicho esto, sacó los brazaletes que le había regalado el príncipe. En ese instante acabaron las risas del enano, que se quedó tan sorprendido como enfadado. Pero tenía que cumplir su promesa, y condujo a la niña a un sitio donde había una grieta que subía en zig-zag por toda la pared de la montaña.
-Por aquí se puede subir si uno es muy fuerte, ágil y resistente y no siente vértigo con facilidad - dijo-. Pero lo más probable es que te caigas y te rompas el cuello. Con eso siguió su camino.

Tan pronto como hubo salido el sol a la mañana siguiente, empezó Daga a subir por la montaña. Se trataba de algo agotador, difícil y peligroso, porque la mayoría de las veces sólo había pequeños salientes para apoyar sus pies y sus manos. Sin embargo, había sitios donde la grieta era más profunda e iba más en línea recta, de forma que podía sentarse e incluso tumbarse para descansar un poco. Pero si hubiera tenido un descuido, por mínimo que fuera, se habría caído. Tuvo que tener también mucho cuidado en no mirar hacia abajo, para evitar el vértigo. Durante tres días multiplicados por tres continuó trepando por la montaña, hasta que por fin llegó arriba. El sendero que llegaba hasta el palacio troll pasaba por entre puntiagudas rocas y parecía como si los bloques salientes se fueran a desprender de un momento a otro.

Mientras caminaba a lo largo del sendero dejó escapar de repente un enorme grito. Había visto cómo se asomaba por entre una de las rocas la cabeza de su hermano. Su cara estaba pálida, pero se notaba que por lo menos aún estaba vivo. Y entonces él la vio.
-¡Huye, huye, hermana querida! -gritó.
-No he caminado por un bosque de cien millas y subido por una montaña tan alta como el cielo, para escapar cuando ya estoy tan cerca de la meta - contestó la hermana-. He venido para salvarte.
-No lo puedes hacer -dijo el hermano-. Aquí solamente te espera un horrible cautiverio. Después de que el troll me trajo volando hasta aquí, me puso a trabajar como un esclavo forjando oro con un martillo. Como no podía ni quería aprender, el troll me metió en esta roca por arte de magia. Todo mi cuerpo está metido en la montaña. Sólo puedo mover un poco la cabeza. 


Daga se echó las manos a la cara y lloró amargamente, pero luego se apresuró a llegar al palacio troll. Allí dentro estaba el terrible troll volador sentado en un alto y dorado trono, y a su alrededor había una multitud de enanitos martilleando y forjando. Cuando Daga entró, todos se quedaron tan sorprendidos, que soltaron lo que tenían en sus manos.
-¡Por favor, bondadoso troll volador! - dijo Daga-. ¡No dejes a mi hermano estar más tiempo metido en la roca, déjale venir conmigo a casa!
-¿Has venido trotando desde tan lejos hasta aquí creyendo que yo lo soltaría sólo porque tú me lo pidas? -dijo el troll-. Entonces eres verdaderamente tan tonta, que debes pagar por ello. Si eres capaz de conseguir una corona de reina de auténtico oro antes de que me dé tiempo de contar hasta tres, podréis tú y tu hermano salir de aquí en paz. Pero, si no lo puedes hacer, te lanzaré tan alto que no se te verá, y luego te dejaré caer exactamente frente a las narices de tu hermano.

Cuando el troll acabó de decir estas palabras empezaron a reírse con tales carcajadas él y los enanitos, que podría haberse metido por sus abominables bocas la mitad de un buey. Luego empezó el troll a contar, pero no le dio tiempo más de llegar hasta dos, porque Daga ya había sacado la corona de oro y la había tirado encima de su mano negra, que tenía garras en lugar de dedos. 



Deberías haber visto la cara de tonto que pusieron el troll y los enanitos. Pero el troll tuvo que cumplir su palabra, a pesar de su furia, y pronto estuvieron Dag y Daga felizmente de camino a casa. Entretanto, el príncipe alegre no había podido olvidar a la chica del bosque. Al fin se enteró por la doncella que había acompañado a Daga a su dormitorio, de la conversación que Daga había escuchado casualmente, y entonces comprendió por qué se había marchado. Los sirvientes mentirosos fueron severamente castigados, y luego salió él mismo en busca de Daga.

Cuando por fin la encontró, hacía ya mucho tiempo que ella y su hermano habían llegado a su vieja cabaña del bosque. Y ya no podía Daga continuar negándose, cuando el príncipe le pidió de nuevo que accediera a ser su esposa. Por supuesto, se enteró de la hermana tan fiel y valiente que era, y de todo lo que había hecho para liberar a su hermano. Y fueron muy felices. De este modo Daga no perdió nada cuando abandonó el seguro palacio de caza y se metió entre los trolls para salvar a su hermano.

Fuente original del texto: "Cuentos suecos" narrados por E. Beskow y otros. Ed.: Anaya. Madrid, 1986. Visto en el blog: Cuentos de Hadas 
Imágenes de John Bauer (1882-1918), Fuente: A Polar Bear's Tale.


16 de diciembre de 2012

Solsticio de invierno: Descenso hacia la luz


Fuente


Desde niños vemos sucederse las estaciones en el mundo que nos rodea; de celebración en celebración decoramos aún las escuelas y nuestras casas dando la bienvenida al tiempo de las flores, al del trigo dorado, al de las hojas caídas y al de la nieve. Sin importar cuál sea nuestra preferida, y al menos mientras somos niños, comprendemos que cada estación tiene su propia corte y nos colma de regalos que sólo ella puede dar.

A medida que acumulamos años, las estaciones empiezan a sucederse también en nuestras vidas. Sin embargo, desconectados de lo que en realidad somos, en lugar de dar la bienvenida a las primaveras, veranos, otoños e inviernos que se suceden en nuestro interior nos quejamos de las particulares  bendiciones que traen a nuestra existencia.

Se acerca el solsticio de invierno, la noche más larga del año, en la que un sólo fuego puede revivir la esperanza del retorno del sol. Para muchas personas es un tiempo lleno de recuerdos a veces alegres y dolorosos al mismo tiempo. Son días de dibujar en el vaho de las ventanas, de ralentizarse un poco al caminar por la calle para prestar atención al olor de alguna chimenea encendida o al brillo de las luces, tiempo de tomar chocolate caliente una mañana de domingo, de repartir abrazos, de aventurar proyectos futuros e incluso de pedir deseos...

Pero cuando el otoño ha pasado por nuestros corazones, llevándose todo cuánto podía ser llevado, cuando las hojas caídas, se han convertido en tierra que las lluvias arrastran, hemos descendido lejos de todo, y de todos, dejando atrás como una vieja piel, como una máscara rota, gran parte de aquello que creíamos ser.  
En la noche más larga, lo que queda de nosotros se hunde en la tierra, siguiendo las propias raíces hacia el Inframundo del que nace la realidad que habitamos en la vigilia. Una realidad que creamos con algún fin - aún cuando lo desconozcamos- y que, terminado su ciclo, se agota, palidece y debe ser renovada, volver a encenderse desde este centro sagrado, para mantenernos conectados a la Vida.

Así como la Osa trae al mundo a sus cachorros en el fondo de una cueva de la que no saldrán hasta la primavera, es posible que en el exterior pasen los meses sin ver aflorar los resultados de esta renovación; pero uno sabe que llegarán con la misma certeza que se tiene de que las semillas germinarán, que los brotes surgirán de la tierra y que, a su debido tiempo, el fruto maduro estará en nuestras manos.

Siempre a la Vida sigue más Vida, y tras cada Ciclo más que un descanso, hay un necesario acondicionamiento para lo que ha de venir. Siempre obtenemos aquello que en lo profundo deseamos, aún cuando esto nos lleve por senderos insospechados; y si hemos hecho bien nuestro trabajo, es posible que incluso obtengamos más, aunque no siempre nos sintamos preparados o dispuestos a aceptar esas bendiciones y las recibamos con alguna que otra lágrima entre nuestras alegrías. 


27 de diciembre de 2011

Saludo al invierno


Johan Christian Dahl, The Old Oak Tree in Winter, 1822

Si se atiene a la naturaleza, a lo que hay de sencillo en ella; a lo pequeño que apenas se ve y que tan improvisadamente puede llegar a ser grande, inmenso; si siente este cariño hacia las cosas ínfimas y, con toda sencillez, como quien presta un servicio, trata de ganar la confianza de lo que parece pobre, entonces todo se tornará más fácil, más armonioso, de algún modo más avenible. Tal vez no en el ámbito de la razón, que, asombrada, se queda atrás, pero sí en lo más hondo de su conocimiento, en el constante velar de su alma, en su más íntimo saber.
 Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke

Diciembre es un mes lleno de reuniones con familiares y amigos, luces brillantes en la noche y bullicio en las vecindades. Entorno a estas fechas señaladas, como llevadas por una violenta corriente, muchas personas se amontonan en los centros comerciales, agobiadas, buscando un regalo de última hora... Hay  muchos otros motivos de agobio, generados por una serie de expectativas que parecen flotar en el aire: Reuniones a las que acudimos sin ganas, por compromiso; temores debidos a la posibilidad de que nuestros presentes no sean los acertados, frustración cuando no estamos en condiciones de llenar una mesa como lo hicimos en otros tiempos...

Por supuesto, esta clase de condena sólo está en nuestra mente, es decir, depende de nosotros si la aceptamos o no. Sin embargo, es necesario aprender a detenerse cuando los automatismos de la urgencia y el "deber" nos arrastran, y preguntarnos acerca de lo que estamos haciendo, cómo nos sentimos al respecto y si hay algo que podamos hacer  para mejorar la situación. Es conveniente separarse, aunque sea por unos minutos, y reencontrarnos con nosotros mismos en el silencio y la soledad : ésta es la cita a la que la estación nos llama, y a la que la sociedad en la que vivimos pretende que rechacemos. 


Johan Christian Dahl, Megalith Grave in Winter, ca. 1825
El invierno debería servir para reforzar nuestra conexión con la tierra, con nuestro cuerpo y con nuestro mundo interior. El frío aguarda, pero en las mañanas claras, la luz nos invita a salir: hay quietud en las calles, interrumpida a penas por el vuelo de las aves. Restos de hoja seca se arremolinan al pie de los árboles que se alzan como manos huesudas hacia el cielo. El mundo se tiñe de una luz dorada al pasar el mediodía, y el sol aún pinta de colores pastel las breves tardes de la estación, que se diluirán sin prisas en la noche oscura y larga. De alguna casa, de algún puesto callejero, llega el olor a leña quemada y con él los recuerdos más plácidos. Por  poco que nos separemos del transcurrir apresurado, de los anuncios, los destellos y sonidos que estallan como reclamos a nuestro paso en las calles, encontraremos los rincones desde los que  incluso en una gran ciudad aún se puede observar el invierno, y hacer nuestra la serenidad que trae consigo. 

En este tiempo la naturaleza parece aquietarse, despojarse de la exuberancia vegetal y mostrar sus formas desnudas; replegarse sobre sí misma para tejer el mundo en el sueño de sus entrañas. Algo en nuestro ser algo que puede estar sepultado bajo capas de omisión, buscará siempre seguirla e imitarla, y nos llenará de una extraña tristeza cuando nos empeñemos en rechazar la invitación. En contraste con los mensajes publicitarios con los que se nos acosa continuamente en estas fechas, el invierno nos habla de la sencillez, de la austeridad, del descanso y de las cosas que son  en verdad importantes y dignas de celebrar. No se trata de buscar y competir por el regalo más sofisticado o más caro, sino de entender que prácticamente cualquier cosa, incluida nuestra vida, es un regalo y que la mejor manera de disfrutarlo es saber apreciarlo, agradecerlo y compartirlo con nuestros allegados.


Johan Christian Dahl, Danish Winter Landescape, 1838.
Sabemos en el fondo que la relación que tenemos con otros es en gran medida un reflejo de la que mantenemos con nosotros mismos. Éste es un buen momento para hacernos un regalo - en vez de esperar a que alguien más nos lo quiera hacer -, pasar un rato a solas y, sobretodo, prestarnos atención. Hacer balance de nuestra vida, de aquello que nos gustaría mantener o mejorar, hacer planes, comprometernos y convertirnos en nuestro mejor aliado en la tarea de transformar en realidades nuestros objetivos y deseos. 

Algo que aprendemos con el paso de las estaciones, es que las referencias que buscamos en el exterior deben llevarnos a lo profundo de nosotros mismos, dónde se encuentran todas las respuestas y soluciones que podamos necesitar. Transitar estas sendas no es difícil, aunque son necesarias paciencia, serenidad, claridad y persistencia. Las cosas que al principio no entendemos demasiado van haciéndose más comprensibles con el tiempo y la experiencia, no es necesario tener prisas, y menos aún que nadie venga a "rescatarnos de la ignorancia" o a decirnos qué es lo que debemos hacer... En cambio es importante reflexionar sobre lo que queremos hacer, y cómo podemos lograrlo. 


Johan Christian Dahl, Winter at the Sognefjord, 1827 
Uno de los retos que nos presenta el tiempo en que vivimos es aprender a no dejarnos engañar por la falsa imagen de abundancia que proyecta la sociedad de consumo, y que sólo consiste en la acumulación de artículos y servicios que raramente corresponden a una necesidad real y que suponen un alto precio a pagar - mucho más del que desembolsamos- en nuestro entorno natural y humano. Una abundancia de lo sobrante, que ni siquiera se refiere a lo material, sino a una serie de imágenes ideales fabricadas para negar la realidad y perpetuar la insatisfacción. Una falsa abundancia que pretende convencernos de que o bien todo está hecho, o no hay nada que podamos hacer. Lo que es más: que esto es cómodo y deseable porque cualquier otra opción implicaría enfrentar peligros inenarrables.  Es por esto que la imagen de unas rocas cubiertas de liquen, una hoja caída, un cielo al atardecer puede tener un eco tan poderoso en nosotros cuando logramos detener el automatismo y prestar atención: Nos devuelven el sentido de la realidad, nos están llamando a casa. Nos están recordando que lo que realmente importa está en nosotros, y que somos libres de transitar un camino propio, real y satisfactorio, a pesar de las incomodidades que pueda suponer,, y a pesar de esos curiosos peligros anunciados que empequeñecen hasta desaparecer cuando nos negamos a apartar la mirada.


Johan Christian Dahl, Nubes en luna llena, 1822

15 de diciembre de 2011

La mitad oscura del año



A Road in Winter, Christopher K. Hsee, s.f.

Aunque por lo general se divide el ciclo anual se divide de acuerdo a las horas de luz solar en una mitad luminosa y otra oscura, creo que tiene sentido dividirla en función de los eventos que simbólica o naturalmente suceden “sobre” y “bajo” tierra, siguiendo el ciclo que traza una la semilla desde que germina hasta que regresa a la tierra de la que surgió. La mitad oscura del año no sólo se caracteriza por sus largas noches, sino por que todo aquello que es esencial para la vida y se produce fuera del alcance de la vista y el oído del común de los mortales.
La fuerza del sol mengua y el frío reina sobre la tierra, sin embargo en sus entrañas, como en un vientre maternal, aguardan ocultas las semillas que son promesa del retorno de las mieses y, por extensión, de la luz, el calor y el alimento. Numerosas tradiciones disponían de ritos para acompañar al sol en su regreso del mundo de los muertos, y así mismo se viajaba al Inframundo para asegurar que las semillas encontraran el camino de ascenso a los campos.
El contacto con el Inframundo y, especialmente, con el mundo de los difuntos, es algo que aún parece restringido a la celebración de Samhain, Halloween, o el Día de Muertos: Al acercarse el solsticio de invierno el paganismo actual parece querer dar un salto hacia adelante y cambiar de tema: “Muy bien, ahora ya podemos hablar del nuevo sol”. Sin embargo, no conviene apresurarse: El hecho es que durante toda la mitad oscura del año las cosas más importantes suceden bajo tierra, siguiendo el esquema del que posiblemente sea el más antiguo de los relatos heroicos (el viaje de la divinidad al Inframundo, y la hazaña de su regreso), y tienen relación con la Muerte y sus dominios.
Tal vez sea conveniente plantearse hasta qué punto son esencialmente distintas las prácticas, por ejemplo, del Trick or Treating y la tradición navideña de los grupos de niños que van de casa en casa, cantando villancicos y pidiendo un aguinaldo. Los vínculos entre las figuras que tradicionalmente surcan los cielos y dejan regalos, como San Nicolás, Befana o los Reyes Magos, con los tradicionales líderes de los ejércitos de los muertos: Odín, Holle, Diana... La diferencia entre dejar ofrendas de alimento y bebida a los muertos el Día de Difuntos, y dejar pan y agua a las monturas, de los visitantes benefactores e incluso vinos y licores para ellos; o entre señalar el camino a casa con velas, con lámparas de calabaza y papel, o con luces de colores.
Se podrían encontrar aún muchos más ejemplos de este tipo de tradiciones, pero lo que interesa subrayar aquí es la conexión entre las celebraciones populares que, en relación con el ciclo anual, van desde el otoño a la primavera; desde las festividades de los muertos hasta los carnavales de febrero. La oscuridad reina sobre una luz que, bien por estar declinando, bien por estar naciendo, es débil y excepcional. La tierra en sombras guarda cadáveres y semillas: lo que no se ha ido del todo, lo que aún no llega. La noche expande los límites de su territorio, que se difuminan y se vuelven permeables a fin de que se pueda cruzar en ambas direcciones.
Las criaturas de luz sostienen pequeñas llamas de las velas, o se refugian en el hogar, conscientes de lo pequeñas que son, pero también del poder que les otorga ese fuego que pueden llevar consigo. También para ellas es necesario esta inversión temporal del orden de la luz y la oscuridad, del mundo de las cosas tangibles e intangibles; de otro modo los muertos no se podrían ir a descansar a su reino, y las semillas no podrían crecer sobre la tierra. Por un tiempo la inversión parece convertirse en caos, en un ir y venir de entidades y roles, que es también un símbolo de cambio y renovación, tan necesario para que la continuidad no sea una repetición estéril.