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3 de junio de 2012

Las sombras del maestro



En las últimas semanas me ha sorprendido comprobar cómo se trataba de desacreditar el legado de algunos autores empleando para este fin algunos de sus datos biográficos. Se me ocurren pocas cosas más incongruentes que escribir un tratado de educación y tener cinco hijos abandonados en un hospicio, y no veo que nadie ponga en duda la contribución de Jean Jacques Rosseau en el devenir de la cultura occidental. Y no es que alguien tratara de difamarlo difundiendo la información, si no que él mismo escribió sin demasiado rubor el dato en sus Confesiones, entre otros detalles que al lector del s.XXI bien pueden parecer imperdonables.

El cometido del maestro o del referente, más que enseñar nada, consiste en dar pistas y propiciar experiencias para que uno pueda aprovecharlas en su aprendizaje. Entre otras cosas, ningún maestro de este -u otro- mundo puede darnos la atención que el aprendizaje requiere, la voluntad de permanecer, de ver y escuchar aún cuando el conocimiento que llega a nosotros para destrozar las creencias, ilusiones y esperanzas que apretábamos contra nuestro pecho, ni puede darnos la humildad necesaria para reconocer nuestros errores, corregirlos y seguir aprendiendo de ellos, en lugar de disimularlos o correr a enterrarlos como si nada hubiera pasado... Sin embargo, la idea de que el aprendizaje sea responsabilidad del discípulo no parece demasiado extendida, tal vez porque -tal como oí reprochar a algún docente universitario- tenemos grabada en nuestra mente la idea del profesor dictando la lección en una clase de primaria. 

En el caso de las diferentes vías de conocimiento  mágico y/o espiritual, parece que se espera que el maestro, el referente, o simplemente el buen conocedor de la materia sea poco menos que un modelo de perfección.  Nunca falta el observador ansioso por descubrir el hilo suelto que permita, tirando un poco de él, desacreditar al "falso maestro". Lo cual no estaría del todo mal si no fuera porque, incluso en caso de que no existan cargos, siempre se pueden inventar. Demasiado a menudo la intención de descubrir a los "falsos maestros" pasa de ser un sincero gesto por el bien común, a convertirse en una serie de guerras absurdas sostenidas por intereses particulares.

No es mi intención defender a ningún autor en específico - estoy convencida de que ninguno lo necesita-, sino señalar cómo el referente, ya sea alguien a quien se ha otorgado la autoridad de ser un maestro o un autor destacado, recibe con demasiada frecuencia las proyecciones tanto positivas como negativas de sus acólitos, discípulos o público que, a su vez, renuncia a su verdadera labor, que debería ser el aprendizaje.

Como alumnos de preescolar, a veces tenemos en la mente un maestro bondadoso, el hermano mayor que nos ayuda, nos guía, nos explica y nos salva del mundo que se extiende alrededor y dentro de nosotros y que a penas empezamos a descubrir. Sus seguidores lo admiran y lo adoran, pero en cuanto muestra una debilidad humana o algo que escapa del papel que se le ha dado a interpretar, su propio círculo se le echará encima, bien para desacreditarlo y pelear por ocupar el lugar del caído en la jerarquía interna, bien para maquillar esa grieta tan molesta en la aparente perfección del hierático modelo.

Lo que me llama la atención de este fenómeno es la incapacidad del discípulo de aceptar las cosas (y las personas) tal como son, su intento de forjarlas a encajar sus propios patrones mentales aceptables y aceptados... No sólo porque obviamente no es demasiada buena señal entre los que se consideran a sí mismos "buscadores de la verdad", sino porque hace pensar en la idea que los aprendices tienen de sí mismos. 

El maestro o el autor, no están ahí para encarnar nuestras fantasías acerca de la bondad, la sabiduría, el poder o la perfección. Aparecen en nuestras vidas como un elemento más que nos permite crecer, no sólo en el sentido de adquirir y aplicar nuevos conocimientos, sino también en el de madurar y hacernos responsables de nuestras vidas y el rumbo que decidimos darles.   

No me refiero sólo al hecho de que, en determinados momentos del entrenamiento, el maestro pueda asumir un rol más severo, haciendo pasar al discípulo por pruebas más o menos duras, diciéndole verdades que resultan dolorosas, o alejándolo de su lado con el fin que empiece a volar por su cuenta. Sino a que, de hecho, existen autores y maestros que a pesar de ser excelentes referentes en algunos aspectos, resultan pésimos ejemplos en otros: personajes histriónicos, refinados hipócritas, grandes embaucadores,  tramposos y gentes de ética dudosa, etc... a través de los cuales, sin embargo, nos llegan multitud de lecciones que debemos tomar en esta vida. 

Sus defectos no les dan ni les quita méritos, pero de vez en cuando, si descubrimos que tal o cual autor en un momento determinado no está a la altura de sus propias palabras, nuestra parte más mezquina sonríe,  y nos asegura que si el referente no es capaz de mantener el aura de perfección, nosotros - sin hacer nada- ya podemos considerarnos mejores que él y otorgarnos la autoridad suficiente para desacreditarlo en cualquier ámbito. 

Ésta es una de las peores excusas que conozco para no ponerse a trabajar, porque sea lo que sea que busquemos en un maestro, o en un autor de referencia, es en nosotros mismos donde debemos cultivarlo. De poco valdría encontrar el maestro perfecto, si no tenemos la aspiración de acercarnos en la medida de lo posible a su modelo. Y si ya tenemos el modelo tan claro en nuestra mente, es más sensato tratar de  hacerlo real en nosotros -incluso sin saber hasta donde podremos llegar-, que buscar encarnaciones de nuestros ideales o, como dice el refrán, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. 

El camino raramente se desarrolla en una recta perfecta, requiere de tramos accidentados y agrestes tanto como de vías civilizadas; necesita de sus atajos, rodeos y encrucijadas. A menudo pasamos dos o tres veces por el mismo lugar, o la misma vivencia, y en cada ocasión nuestra experiencia es distinta dado que  asumimos un papel distinto. Sólo más tarde comprendemos que todas esas experiencias constituyen una unidad que hemos fragmentado por nuestra identificación. A medida que pasa el tiempo y acumulamos vivencias, vestimos distintas pieles (que en algún momento fueron de otros) y aumenta nuestra compresión.

Cuando, al hablar de un autor, cito alguna nota de su biografía, no lo hago para sumar o restarle méritos, sino para tener presente que se trata de una persona de carne y hueso, como yo, como el resto de lectores.  Para recordar que, independientemente del momento en el que estemos, con nuestros eventuales errores, con todas esas cosas que no nos gustan de nosotros mismos, así tal como somos en este momento, podemos tener nuestros aciertos e, incluso, servir de algo a otros.

Por otro lado, no tenemos que estar de acuerdo con los postulados de las personas de las que hemos podido aprender algo, y aunque algunas de ellas llegan a sernos muy queridas, otras pueden caernos francamente mal. Algunas nos sirven de ejemplo para lo que queremos llegar a ser o hacer, otras para entender aquello en lo que no queremos convertirnos. Aquí la cuestión es el aprendizaje, y si de entrada desacreditamos a alguien por un rumor - confirmado o no- de algo que era o es, que hace o que hizo, y no nos parece bien, sencillamente estamos dejando escapar la lección que tiene o dejó para nosotros.

Las sombras del maestro son nuestras propias sombras, del mismo modo que su luz es un reflejo de la que yace en nuestro interior. La imagen que creamos del maestro está tejida con nuestras propias aspiraciones y temores, por ello, cuando tenemos la disposición adecuada el maestro puede aparecerse en cualquier cosa y hablarnos a través de cualquier persona. Sin embargo,  no es con él  con quien debemos trabajar, sino con nosotros mismos, porque no hay otra vida en la que nos sea lícito trabajar que no sea la propia.

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